Abraham Lacalle, el artista sin fetiches ni torres de cristal

Para este pintor, la obra podría realizarse en cualquier espacio. No en vano, él cuenta con un segundo taller, una iglesia desacralizada en Oropesa, en el que reparte las tareas. En Madrid, lo comparte con otros cuatro creadores en Doctor Fourquet

Abraham Lacalle en su estudio en Madrid (Fotos: Ignacio Gil)
Abraham Lacalle en su estudio en Madrid (Fotos: Ignacio Gil)

«Lo bueno de compartir estudio –explica Abraham Lacalle– es que generas un espacio de diálogo. Se crea un ámbito afectivo en el que nada tienen que ver los lazos generacionales o idiológicos. Compartimos el silencio del trabajo y el ruido de la charla. De hecho, estoy en contra de la idea del artista encerrado en la torre de marfil. Me supura. O el pensamiento de que somos seres especiales que nadamos en nuestra individualidad. No es cierto. Lo que sí que es verdad es que compartes con los demás sin saberlo, casi sin haberlo pensado, en la deriva de tu propio interés personal». Continuar leyendo “Abraham Lacalle, el artista sin fetiches ni torres de cristal”

Nave Oporto, repartiendo ilusión desde 2013 (y II)

Regresamos a Nave Oporto para recorrer los espacios de los artistas que nos dejamos por conocer en la anterior entrega: los de FOD y Miki Leal, los artífices del proyecto, y los de Irma Álvarez-Laviada, Toni Ramón y Manuel Saro

FOD, trabajando en Nave Oporto (Fotos: Oscar del Pozo)
FOD, trabajando en Nave Oporto (Fotos: Oscar del Pozo)

No detallamos, en la primera aproximación a Nave Oporto que realizamos la semana pasada, el contexto en el que se inserta este peculiar estudio de nueve artistas, que le han dado por completo la vuelta a lo que era una antigua nave industrial. Porque el barrio madrileño que le da nombre, al sur de la ciudad de Madrid, se ha convertido en polo de atracción de creadores en la capital. Aquí cerca abrió su nuevo taller, coincidiendo con ARCO, el pintor José Luis Serzo, y hasta aquí nos desplazamos con anterioridad en otra entrega de «De Puertas Adentro» para conocer el ámbito de trabajo de Julio Falagán y los compañeros con los que comparte espacio. De hecho, ya está cerrado que, una planta más abajo de Nave Oporto, pronto desembarcarán otros autores, entre ellos, Carlos Aires, Rafael Díaz Alejandro Botubol, lo que transformará este edificio en una anténtica factoría del arte.  Continuar leyendo “Nave Oporto, repartiendo ilusión desde 2013 (y II)”

Nave Oporto: Repartiendo ilusión desde 2013 (parte 1)

Bajo el lema de este titular, hasta nueve artistas (entre los que se encuentran Sonia Navarro, Miguel Ángel Tornero, Santiago Giralda y Miki Leal) comparten estudio en una antigua nave industrial del madrileño barrio de Oporto. Un espacio en el que la energía y creatividad se palpa en el ambiente

Integrantes de Nave Oporto, en Madrid (Fotos: Oscar del Pozo)
Integrantes de Nave Oporto, en Madrid (Fotos: Oscar del Pozo)

Puede resultar a primera vista muy caótico, pero las piezas de este puzle se fueron colocando poco a poco de forma armónica y sin generar estridencias. Nueve artistas trabajando en el mismo espacio y sin molestarse. Sus protagonistas –se los enumero tal y como salen en la foto para que ustedes les pongan cara: Sonia NavarroSantiago Giralda, Irma Álvarez-LaviadaManuel SaroMiki LealFODMiguel Ángel TorneroBelén y Toni Ramón– se refieren constantemente a la energía que genera la confluencia de tanta creatividad, a lo mucho que se aprende trabajando codo con codo con los otros: «Sobre el papel –explica Tornero– si tú le dices a alguien que va a trabajar en una antigua nave indutrial junto a ocho personas más, es probable que la idea no le parezca apetecible. Pero una vez que estás aquí descubres que estás en el lugar adecuado».  Continuar leyendo “Nave Oporto: Repartiendo ilusión desde 2013 (parte 1)”

El Salón de Ángela Cuadra

Un «Salón» en el que aprovechar todos los metros, todos los segundos

En el domicilio de Ángela Cuadra, en Madrid, tiene esta artista su estudio, que, cada cierto tiempo se convierte en sala alternativa de exposiciones, Salón, que acaba de afrontar dos citas internacionales importantes: Supermarket y Poppositions

Ángela Cuadra en Salón, su estudio-vivienda, además de sala de exposiciones
Ángela Cuadra en Salón, su estudio-vivienda, además de sala de exposiciones (fotos: Maya Balanya)

Estamos en el salón de la casa de Ángela Cuadra. Bueno, en realidad es su estudio. Lo que usan como salón en esa vivienda es una habitación amplia justo al lado de esta estancia. Y es también el salón de Salón. Pero sólo cuando no es el taller de Ángela… Creo que les estoy haciendo un lío, pero es sencillo de explicar. Ángela Cuadra (Madrid, 1978) llegó a este piso en Madrid, muy cerca de la zona de Ópera, con su pareja, el también artista Daisuke Kato, hace ya unos cinco años. «Por entonces lo que buscábamos era una casa grande y céntrica, sin importarnos cómo estuviera. Preferíamos optar a un alquiler barato a cambio de ir reformándola y mejorándola», recuerda la artista. Continuar leyendo “El Salón de Ángela Cuadra”

De puertas adentro: Rubenimichi

RUBENIMICHI. EN LA GUARIDA DEL MONSTRUO DE TRES CABEZAS Y SEIS BRAZOS

Dibujos, cerámicas, «toys», vinilos, revistas, otras obras de arte… El domicilio de Rubenimichi, que también es su taller, es un homenaje al «horror vacui». Y una de las «factorias» caseras más originales de la escena española

Los tres integrantes de Rubenimichi hablan a la cámara (Fotos: Óscar del Pozo)
Los tres integrantes de Rubenimichi hablan a la cámara (Fotos: Óscar del Pozo)

Absténganse de entrar en este reportaje (y en la vivienda de sus protagonistas) todos aquellos amantes del minimalismo, los alérgicos de la acumulación (damos fe que los que sufren de alergia al polvo no corren ningún peligro, pues, pese a la tendencia al almacenaje, estos chicos lo tienen todo muy limpio) y los maniáticos del orden. Nada de eso va con Rubenimichi y, para qué les vamos a engañar, nos encanta que así sea.

Ya desde la puerta de entrada de esta vivienda situada en el barrio madrileño de La Guindalera, las pegatinas pegadas en su revers, avisan de que este va a ser un lugar especial. Porque espacio en blanco o hueco en pared que sus dueños encuentran cuenta enseguida con la correspondiente obra de arte, objeto, libro, vinilo o muñeco que puedan cubrirlo. Y si el pasillo o ciertas estancias algo más alejados del salón funcionan como reguero de lo que está por venir (la colección de los Rubenimichi también se despliega en el cuarto de baño), es en el comedor en el que se produce el big bang creativo, la acumulación total, la zona cero de los pensamientos y la tendencia al abigarramiento que caracteriza el día día de estos artistas: «Queremos estar rodeados de lo que nos gusta cuando trabajamos, y por eso nuestra casa es nuestro estudio», explica Michi. «No somos nada metódicos –continúa Rubén–. Pintamos cuando va surgiendo y nos nutrimos mucho de lo que nos envuelve. Si tuviéramos un taller, acabaríamos viviendo allí y alquilando esta casa». «Si nos apetece ponernos a trabajar ahora mismo –puntualiza Luisjo– no te echa para atrás saber que tienes que desplazarte a ningún sitio. Esto es más cómodo».

Luisjo trabaja en el ordenador
Luisjo trabaja en el ordenador

¿Rubén? ¿Luisjo? ¿Michi? ¿No estábamos en casa de Rubenimichi? En este mismo momento a ustedes les está ocurriendo lo que le pasó a Luisjo cuando conoció a los que serían sus dos compeñeros: que se pensaba que, tras sus pinturas y sus dibujos de estilo homogéneo, tras ese sonoro apelativo se encontraba un señor italiano (el nombre suena a apellido transalpino) con unas barbas muy largas, en lugar de tres individuos. «Nuestro nombre nace de la fusión del de Michi y el mío –explica Rubén– y siempre hemos jugado a generar ese despiste, porque, en el fondo, nosotros procedemos como si de una única persona se tratara».

Porque, a los Rubenimichi no les gusta que les consideren un colectivo o un grupo de artistas: «Somos tres personas que pintan juntas. Nos gusta decir que somos un monstruo de tres cabezas y seis manos», señala Michi. «“Colectivo” suena a tareas separadas que hacen diferentes personas y que luego se ensamblan», remarca Luisjo. Aquí todo es mucho más natural, más orgánico. No hay nadie que empiece o acabe siempre una obra, lo que favorece un resultado homogéneo. Son los años los que les aportan la pericia para conocer a los otros y empastar con ellos los resultados. «De hecho, trabajar como lo hacemos no fue premeditado», nos confiesan.

La casa-estudio de este equipo tiene sus paredes tapiadas de obras de arte
La casa-estudio de este equipo tiene sus paredes tapiadas de obras de arte

La cuestión fue como sigue: Era Michi el que ya pintaba mientras Rubén estudiaba. Por su forma de proceder, el primero dejaba muchas cosas sin rematar, que el segundo empezó a completar. En una ocasión, Michi se tropezó con un encargo para una muestra (un homenaje artístico al festival de Eurovisión) que no le daba tiempo a entregar. Entonces le pidió a su amigo que la acabaran juntos. Y así fue como firmaron su primera obra entre los dos, que fue la que les rebautizó. No mucho tiempo después, Luisjo completaría este singular trío: «La ventaja es que hemos ido desarrollando el estilo a la vez, no veníamos cada uno con uno predefinido. Eso habría hecho más difícil cambiarlo», considera este. «Sí que hay cosas que a uno le salen mejor que a otros, o que le gustan más. Nos vamos complementando», concluye Rubén.

Para los tres, trabajo y vida van unidos. Por ello, lo más normal del mundo es que el salón de la casa sea el estudio, en el que despliegan las obras en las que andan enredados (suelen ser varias a la vez, para facilitar así la labor de cada uno), se escucha la música que les acompaña en estas labores (nos chiva un pajarito que son muy fans de Vainica Doble, junto a otros acordes más tranquilos para no disturbar lo que hacen) y los objetos que les inspiran. «Hay días que pintamos una hora. Otros, que le dedicamos diez. Por eso es más práctico tenerlo todo a mano». Y por la misma razón, «es más lógico que esto se parezca más a un taller que a una casa. Si nos apetece sentarnos en el sofá, lo tenemos complicado». «De hecho –bromea Michi–, yo creo que nunca lo he utilizado para eso».

Michi y Rubén apuran sendas obras
Michi y Rubén apuran sendas obras

Si echamos un vistazo a las paredes, descubrimos dos cosas: la primera, la extensa colección que poseen estos artistas, un conjunto que se ha conformado también de forma orgánica: a través de compras, de intercambios, de guiños del destino… Pedimos que nos den algunos nombres y nos llevan hasta las obras de Ricardo Cavolo, de Javi al Cuadrado, de Alberto de las Heras, de Boris Hoppek, Slava Mogutin (con el que comparten galería, la Fresh) o Theo Firmo. La pieza de Taxali es la favorita de Michi. Pero hay muchas más: de Catalina Estrada, de Ceesepe, de Gary Baseman (la obra más cara que tienen), de Nano… «En una ocasión intentamos inventariarlas y nos aburrimos. También creemos que no qusimos hacer cuentas de lo que llevamos gastado». La segunda de las evidencias: que no hay nada, pero nada suyo a la vista, salvo esas piezas inacabadas en las que están ahora trabajando, pero que descansan en caballetes: «Si yo comencé a pintar es porque quería ver mis cosas colgadas en la pared. Pero cuando empiezas a vender se te pasa», confiesa Michi. «Hay que admitir que sí que hay dos o tres obras que guardamos –continúa Rubén– y que no venderemos nunca por el valor sentimental que tienen para nosotros». Una de ellas descansa en la habitación de al lado. Luisjo contesta rápido: «De hecho, si alguna vez hemos colgado algo nuestro en casa, enseguida lo vendemos. Yo creo que deberíamos hacerlo más a menudo».

A las obras de otros artistas que les he mencionado (y las de aquellos que no puedo reproducir aquí porque la lista sería eterna) tienen que añadir ustedes mentalmente toda una colección de vinilos; otra de libros; el conjunto de gatos maneki neko sobre el aparador que contiene otra colección de dispensadores de caramelos Pez y una segunda de toys; las cerámicas; el resto de juguetes… No añado a Pelayo ni a Martín (los dos perrillos de Rubenimichi), ni a los dos pájaros encerrados en una gran jaula, porque no sería justo y porque para estos artistas son parte indisociable de la familia. «Tenemos una segunda casa en el campo, en Candeleda, a la que vamos casi todos los fines de semana, y allí llegamos cargados con los animales, con los pinceles, con las pinturas. Lo convertimos en un segundo taller y lo tenemos igual que esta casa».

Detalle de la mesa de trabajo de los artistas
Detalle de la mesa de trabajo de los artistas

«No sabríamos vivir en un espacio diáfano porque se nos vendrían las paredes encima –confiesan–. Lo nuestro es horror vacui en todos los sentidos». De hecho, los muebles en esta vivienda funcionan para sostener otras cosas. Las habitaciones y hasta la ducha, en ocasiones, han sido empleados como almancén. Otra cuestión que no saben hacer es trabajar junto a otros, por eso solo puntualmente han tenido taller o lo han compartido con más creadores: «Nos ponen nerviosos las presencias ajenas. Pero tenemos la suerte de que compartimos muchas cosas. Al vivir juntos, viajar juntos, las experiencias son compartidas, por lo que nos influye lo mismo y generamos gustos similares».

Cuando un artista se sirve de su casa como estudio es más complicado lo de plantearse un traslado. ¿Es este el estudio definitivo de Rubenimichi?: «Nunca se sabe –responden–. Lo será por mucho tiempo. Siempre hablamos de movernos al centro, pero al final no tenemos muchas ganas de vivir una mudanza». El piso no es grande, con unos setenta metros cuadrados. Les preguntamos si eso y el que tres personas trabajen a la vez en lo mismo, no determina sus formatos o sus procedimientos: «Nos hemos dado cuenta no sólo de que los grandes formatos dificultan nuestro proceder, sino que, a la hora de pintar, pensamos como coleccionistas, es decir, que tendemos a tamaños más pequeños porque luego sabemos de la dificultad de colgar algo». Así son Rubenimichi y así es la fantástica guarida de este monstruo de tres cabezas y 30 dedos.

Rubén, Luisjo y Michi, los tres integrantes de Rubenimichi en su estudio
Rubén, Luisjo y Michi, los tres integrantes de Rubenimichi en su estudio

Texto publicado en ABC.es el 20 de noviembre de 2015

De puertas adentro: Mateo Maté

MATEO MATÉ O CÓMO HACER DE TU “CASA” UN SAYO

Para el artista y diseñador Mateo Maté, el estudio y la vivienda son espacios indisolubles. De hecho, es en el entorno doméstico donde este creador centra su producción. El salón como trinchera y el taller como ámbito acogedor

Mateo Maté en el salón de su casa, rodeado de algunas de sus obras (Fotos: Isabel Permuy)
Mateo Maté en el salón de su casa, rodeado de algunas de sus obras (Fotos: Isabel Permuy)

En el salón, sobre el sofá, una gran pancarta lo grita a voces: «Mateo, sabemos dónde vives». Técnicamente, nosotros también, pues ahí estamos, en la vivienda, que es además estudio, de Mateo Maté (Madrid, 1964), el protagonista de este último «De Puertas Adentro». El cartel acusador es una obra de Juan Pérez Agirregoikoa, y acompaña en esta estancia a otras piezas del propio Maté, en las que hay que poner mucha atención para no confundirlas con parte del mobiliario: esa mesa baja con la silueta de la Península Ibérica; el sofá de camuflaje; la alfombra que indica el punto geográfico exacto sobre el que se sitúa y que es además el lugar de juego de los dos hijos pequeños del artista (que nos miran con cara de pocos amigos al haber invadido su espacio natural…).

«El nacionalismo doméstico es el eje de buena parte de mi trabajo –explica–, y otros conceptos que no se relacionan con esta temática sí que lo hacen sobre cuestiones que me son muy cercanas, como el mundo del arte. Yo siempre me ocupo de mi entorno. Soy autor de obras dudosas, artefactos que podrían confundirse con el menaje o el mobiliario, sin sentido en un museo pero sí, y mucho, en una casa. Por eso son las piezas con las que convivo. Muchas otras, ajenas a todo esto, están almacenadas en cajas».

Detalle del despacho de Maté, donde una de sus piezas flanquean su almacén
Detalle del despacho de Maté, donde una de sus piezas flanquean su almacén

Tiene pues sentido que, en el caso de Mateo Maté, el estudio del artista esté ubicado en su propio domicilio. «Nunca los he separado –continúa narrando–, porque tampoco separo los conceptos con los que trabajo del lugar donde llevo a cabo mi actividad. Incluso procedo de esta manera cuando viajo, hasta tal punto que hay obras que jamás se ejecutaron aquí, o que volvieron a casa tan sólo como documentación». Recuerda el madrileño que los anteriores estudios en los que desarrolló su labor «no diferían mucho de este: eran grandes, luminosos, en la zona de Malasaña o Estrecho».

La casa actual, muy cerca de la Puerta de Alcalá, está literalmente partida en dos: de un lado queda la vivienda, donde se obliga a que todo esté muy ordenado («yo mismo lo soy. Mi mujer no tiene la culpa de que su pareja sea un artista», bromea). Del otro, el área de trabajo, con un recibidor, una gran sala con ordenadores, su despacho al fondo, y un almacén donde comprobamos ese deseo del creador de que todo tenga un espacio asignado. «Sin embargo –confiesa– hay jornadas en las que no paso por la zona habitacional en todo el día. Hoy, sin ir más lejos, no he “vuelto a casa” a comer».

Maté manipula una de sus cajas de luz en su despacho
Maté manipula una de sus cajas de luz en su despacho

Pero, ¿por qué necesita Mateo Maté de esta cercanía? Responde sin dudar: «Es una cuestión de agilidad. Trabajo durante todo el día. A veces, también me pongo por la noche. Supongo que a un escritor o a un músico les sucede lo mismo: precisamos de un entorno cercano y propicio para ponernos a trabajar». Ahora bien: Maté nos quita enseguida de la cabeza cualquier idea romántica que podamos tener sobre la labor del artista: «Mi trabajo es similar a la de cualquier persona que lo hace por su cuenta. Yo me considero un autónomo del arte, que incluso tiene a algunos trabajadores a su cargo. Cumplo a rajatabla unos horarios, y cuando me los salto, me enfado». Asimismo, y como padre de familia que es, el artista «sale mucho» de aquí: «Por la mañana, llevo a los niños al cole, vamos a la piscina, de forma que puedo decir que también cojo los medios de transporte antes de llegar al trabajo».

La jornada laboral de Maté comienza en torno a las 9:30 de la mañana. Suele concluir hacia las siete de la tarde. Y el trabajo tiende a ser generalmente de gestión, de proyección de ideas. Precisamente, él es el autor del primer logo con el que ABC Cultural celebra su 25 aniversario en este 2016: «Vuestra revista es una referencia, algo inseparable del sector, y la que más espacio dedica al arte. Y, además, semanalmente. Pensé en la aventura de quien se embarcó en esta gesta hace dos décadas y media, con el compromiso que eso tiene y en un país que mantiene una relación complicada con la cultura. Además, me lo imaginé todo como una aventura “a la antigua”. subrayando lo de “embarcarse”. De ahí que el logo sea un barco, un barquito de papel hecho a su vez con las páginas de la propia revista».

Almacén de Mateo Maté en su estudio-vivienda
Almacén de Mateo Maté en su estudio-vivienda

Dado que lo doméstico y la relación con el espacio social es la base de la obra de Maté, la vivienda se ha convertido siempre en un «laboratorio de expermentación». A esta compartimentación, casi como de muñecas rusas, del estudio dentro de la casa, que es la base del trabajo en el estudio, se une un ámbito más: el del taller de un segundo artista, Óscar Seco. Porque Mateo no ha compartido nunca taller con otros creadores en un sentido literal, pero sí que es cierto que en todas sus casas ha habido un rincón, más grande o más pequeño, para el quehacer de este otro pintor: «Somos de la misma edad y no tenemos nada que ver plásticamente, pero llevamos casi toda nuestra trayectoria artística juntos. Pero el también es un creador contenido, ordenado; como digo yo, de esos que casi pintan con traje. Esto es divertido porque convierte este lugar en un foco de atención para otros compañeros, un punto de encuentro, de cita, de charla».

Nuestra conversación va llegando a su fin. Hay que devolverle a los niños su espacio de juegos. Y se nos van los ojos hacia la isla del tesoro que Maté le ha construido a sus hijos para que atraque allí otro barco: el de los piratas de sus playmobils. Es lo que tiene tener un papá artista. En la estancia dedicada a su despacho, otra pieza basada en un juguete copa nuestra atención. Es una obra antigua, hecha con piezas de lego, que dan lugar a un castillo controlado con pequeñas cámaras de vigilancia. Hasta llegar allí, mapas que retratan la geografía de su cama, escudos de armas con utensilios de cocina, alguna de las maquetas y cuadros de Seco…

Maté en la habitación que sirve de antesala de su estudio, rodeado de algunas obras
Maté en la habitación que sirve de antesala de su estudio, rodeado de algunas obras

Maté nos enseña sus últimas obras, unas cajas de luz sobre las que se proyectan unas radiografías de su cuerpo, reliquias de artista para el coleccionista que se precie y que ha expuesto con NF en este último ARCO. «No sé si este será mi último estudio. No influye en ello que sea mi casa. Soy un artista del presente y soluciono presentes. Es cierto que tengo otro, un segundo, en el campo, al que me traslado con mi asistente y en el que desarrollamos labores más propias de taller. Y posiblemente ese sí que sea más definitivo en el sentido de que se ubica en un espacio más personal». Una vez más, Mateo Maté es de los que piensan que, en casa, como en ningún sitio. Aunque le guste convertir el salón en un campo de batalla por la posesión del mando a distancia.

Maté, ante una de sus obras, trabajando en el ordenador

Texto publicado en ABC.es 14 de marzo de 2015