El arte prehistórico se reactualiza en Burgos y Altamira

El Museo de Ciencias Naturales lleva a Burgos parte de sus calcos contemporáneos de arte parietal. El joven artista Juan Zamora entra en el Museo de Altamira para dialogar con sus conjuntos históricos en “ORA (bajo el cielo de la boca)”. La Prehistoria marca músculo y se actualiza

Intervención en tiza de Juan Zamora (en la imagen), para el Museo de Altamira
Intervención en tiza de Juan Zamora (en la imagen), para el Museo de Altamira

Las primeras copias de arte rupestre en España no se realizaron hasta el siglo XVIII. Fue resultado de una iniciativa del Conde de Floridablanca para el futuro Gabinete de Historia Natural de Madrid, antecesor del Museo de Ciencias Naturales, en el que tuvo su sede desde 1912 la Comisión de Investigaciones Peleontológicas y Prehistóricas del profesor Eduardo Hernández Pacheco, auspiciado por el marqués de Serrallo, el arqueólogo. En ella se enrolaron los artistas Juan Cabré Aguiló y Francisco Benítez Mellado (ambos, alumnos de Sorolla), los cuales se pusieron como meta documentar el profuso patrimonio prehistórico de la Península, que por entonces comenzaba a ponerse en valor.

Su actividad se vio truncada, como tantas cosas, por la Guerra Civil, pero para 1936 habrían desarrollado un conjunto de 2.000 láminas único en el mundo, que hasta el año 2015 no se había mostrado en ninguna ocasión de forma pública. Precisamente fue el propio Museo de Ciencias Naturales el que hasta este mes de mayo ofreció una selección de 120 calcos, restaurados para la ocasión (más un destacado conjunto de fotos que documentaba el trabajo de los aguerridos copistas), que ahora se ofrece, acompañado de publicación, en el burgalés Museo de la Evolución.

Uno de los calcos de las pinturas rupestres de la Comisión
Uno de los calcos de las pinturas rupestres de la Comisión

Un conjunto tan bello y evocador como frágil. No en vano, algunos de estos papeles a los que se enfrenta ahora el espectador no cuentan ya con un referente real. Es el caso de los de la cueva de los Cantos de la Visera (Murcia), declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2008, de la que Cabré escribía: «Consérvanse unas 30 (figuras), á cual más perfectas y bellas, ejecutadas con gran maestría». Cien años después, sólo se preserva una pequeña parte de la escena izquierda de ese mural. Esos mismos textos describen cómo es la acción del agua la que hacía saltar la primera capa de la piedra que funcionaba a modo de soporte. Cuando no eran los mismos miembros de la Comisión los que arrancaron algunas figuras para salvarlas de la destrucción inevitable, como en la Roca dels Moros, en Teruel, con métodos, no en todos los casos muy ortodoxos, apoyándose en la dinamita. Y sus rescates no siempre llegaron a su destino, el mencionado museo madrileño.

Peor suerte corrieron otros enclaves. Estos dibujos son ahora sus únicos testigos, los cuales atestiguan modos de hacer, comportamientos que nos trasladan a los albores de la humanidad miles de siglos atrás. Por sus trazos sabemos que la distribución habitual de las figuras por parte de nuestros antepasados solía ser en horizontal, salvo en la Cueva de los Letreros; o cómo lo que en un principio se entendió como jereoglíficos dio pie a la Comisión a considerarlos fórmulas más universales de esquematizar los grandes temas de este tipo de arte (la naturaleza, la caza, la religión…) al ver cómo se repretían en espacios distantes. Los de la Cueva del Tajo, cerca de Gibraltar, representan aves, motivos poco comunes en España, y los detalles morfológicos conducen a un naturalismo que permite identificar especies concretas. Los animales ocupan un lugar principal, pero también se observa evolución en la plasmación de la figura humana. De las necesidades nutricionales a las más espirituales. Se usaron diferentes escalas, diferentes tipos de papel y diferentes técnicas según la finalidad de la obra. Y uno se sonroja al descubrir cómo en ocasiones los hombres del siglo XX completaron algunos fragmentos para facilitar la comprensión de las escenas, como ese arquero de la parte inferior que nunca existió en los calcos de Morella la Vella, en Castellón.

Uno de los calcos de la colección del Museo de Ciencias Naturales
Uno de los calcos de la colección del Museo de Ciencias Naturales

Un espíritu similar es el que guía, una centuria después a Juan Zamora a la hora de «poetizar» el nacimiento del lenguaje humano en otro enclave cn tantas reminiscencias históricas como el Museo de Altamira. Este abre por primera vez sus puertas a un artista contemporáneo para, junto a sus piezas históricas, trenzar en la exposición ORA (bajo el cielo de la boca) un cruce de tiempos, una historia falsa, pero no por ello menos bella, sobre la necesidad del ser humano de comunicarse.

Dice Juan Zamora que la escultura es anterior al lenguaje oral. Y quizás en ese golpear la piedra o tallar el hueso, esos sonidos comenzaron a establecer las bases de una fonética rudimentaria. Eso y el repiqueteo del agua, elemento místico al que ya se acercó en otros proyectos para Roma y Colombia, y cuyos acordes dieron pie a algunas entonaciones (los de la q, la x o la y) en la que se considera la primera lengua común que compartieron todos los primeros homínidos y de la que aún quedan restos en algunos pueblos.

Una de las piezas de Juan Zamora en Altamira
Una de las piezas de Juan Zamora en Altamira

Hasta esa cuna de la humanidad, en la que se asienta la Nirox Foundation en Johannesburgo, y resultado de una beca en colaboración con la Slowtrack Cañizares, la galería del artista (de hecho, allí presentó la primera versión de esta cita el pasado año), se trasladó el madrileño para desarrollar en residencia un proyecto en torno a la capacidad simbólica del paisaje (un paisaje no respetado) y con una gramática llena de simbolismo que remite en las obras expuestas a la luz, a la sombra, a la muerte, al ritual que es mantenerse vivo… Todo ello, con sus materiales habituales, los encontrados en la Naturaleza, de cuestionable perdurabilidad, a veces difícilmente reconocibles como objetos artísticos, pero siempre de indudable poética. «Me fascina el viaje que puede entablar una piedra de un lugar a otro activada como obra de arte», confiesa el artista. Sobre algunas, con forma de lengua, posa Zamora otros objetos, como una mariposa. Sobre otras proyecta en los vídeos su propia sombra. Sombras tal vez desde las que surgieron esos primeros sonidos. Sombras, que nos separan en el tiempo de los dibujos de Cabré y Benítez Mellado, que a su vez luchaban contra las sombras del olvido de lo que aconteció con los primeros habitantes de la Península.

Una de las piezas de "ORA (bajo el cielo de la boca)"
Una de las piezas de “ORA (bajo el cielo de la boca)”
“Arte y naturaleza en la Prehistoria. La colección de calcos de arte rupestre del MNAC Museo de la Evolución Humana”. Burgos. Comisaria: Begoña Sánchez. Organizan: AC/E y Museo Nacional de Ciencias Naturales. Hasta enero.
Juan Zamora. “ORA(bajo el cielo de la boca)” Museo de Altamira. Santillana del Mar (Cantabria). Organiza: Subdirección General de Promoción de las Bellas Artes y Slowtrack Cañizares. Hasta el 12 de febrero

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 19 de noviembre de 2016 (Número 1.248)

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