El “naufragio urbano” de Antonio Barroso (Casa de Velázquez)

Abrirse paso en la jungla urbana

Texto compuesto para la hoja de sala de la presentación del proyecto “Naufragio urbano” de Antonio Barroso, con motivo de su participación como artista invitado en la jornada de puertas abiertas de la Casa de Velázquez del 26 de febrero de 2017 

Fotografía de la serie “naufragio urbano” de Antonio Barroso

Somos pocos los que podemos presumir de ser auténticos madrileños, lo que se conoce por “gatos”, esto es: individuos nacidos en Madrid y con padres y abuelos que también lo hicieron en este terruño castellano con ínfulas de capital. Aunque, realmente, la grandeza de esta ciudad es el no pertenecerle a nadie; el ser puerto de interior en el que convergen gentes de todas las latitudes del país -y del planeta- sin que nadie le pregunte a nadie por su origen, ni le imponga una cultura o una lengua. Tan pocos somos, digo, que no ha quedado más remedio que reducir los requisitos de “pertenencia” a contar únicamente con progenitores de la urbe (tan sólo una generación antecesora de madrileños) para ser definidos como tales. Y los que somos de aquí por nacimiento no entendemos eso de las “identidades nacionales”. El catalán, el vasco, incluso el andaluz, tienen muy claro lo que son. Pero, ¿qué es ser madrileño?

Cuando me planteo esta pregunta, intento responderme de forma jocosa, mirado con descrédito a mis congéneres. Y concluyo que hay varios tics que moldean la “nación madrileña”. De un lado, está el hablar muy alto. Esto lo compartimos con otras nacionalidades peninsulares, pero también permanece en nuestro carácter no preguntarte nunca de dónde vienes. Nos interesa más saber si te vas a quedar mucho tiempo con nosotros. Abrir de par en par las puertas de nuestra casa también es algo muy madrileño. Y hacer colas. Para todo: para el pan, en el banco, en la parada del autobús… Parecen desordenadas, sí; pero cuidado, forastero: todo madrileño auténtico sabe el lugar que ocupa en ese meandro de personas sin mucho sentido para el de fuera. Ahora bien: si hay algo que nos define de verdad, esa particularidad que no deja lugar a dudas sobre nuestro origen, es que sabemos que la Puerta del Sol no es una plaza. Es “la Puerta del Sol”.

Obra de la serie “naufragio Urbano”, de Antonio Barroso

Puerta del Sol, Plaza del Callao, Plaza de España, Plaza Mayor, Gran Vía… Puntos neurálgicos que, a lo largo de los siglos, han devenido en escenarios en los que se han sucedido los grandes acontecimientos históricos que han marcado el rumbo de la ciudad y del país. También testigos mudos de los encuentros, públicos o anónimos, de los sujetos con el contexto. Aquí se sucedieron revueltas, manifestaciones, acampadas, crímenes, celebraciones…

Sin embargo, y con el tiempo (y ahí es donde entra en juego el trabajo de Antonio Barroso), todo ese poso de la Historia depositado en su arquitectura, también en su diseño urbano, queda desplazado por la publicidad, los luminosos y las grandes lonas que ocultan, que homogenizan a todas las ciudades del mundo. Que contaminan la mirada e invaden el espacio de los individuos para ocuparlo con prepotencia. El artista nos alerta sobre el peligro que corre Madrid de naufragar en este marasmo de siglas y logos (de ahí el título de la serie fotográfica que les propone), del que no quedan exentas otras urbes del planeta. Y así lo ofrece en sus instantáneas de forma descarnada.

Defensor de la arquitectura en todas sus manifestaciones, Barroso se lamenta de la imposibilidad de que en las capitales del siglo XXI la mirada no quede interrumpida por el abuso de cartelones, lonas, mappings, andamios, anuncios y demás mobiliario urbano plagado de llamadas, reclamos, descuentos sonoros, publicidades varias que incluso se perpetúan en las camisetas de las masas humanas que las recorren a cada jornada, en las bolsas con las que hacen alarde de un consumismo sin control.

Fotografía de “Naufragio Urbano” (Antonio Barroso)

En sus instantáneas parece que se detiene el tiempo. Sobre ellas se impone una gran mancha con los agresivos tonos rojos y amarillos que suelen emplearse en el océano de este tipo de mensajes de cariz panfletarios y con la que Barroso cubre lo que la publicidad contamina en el entorno próximo. Como en las imágenes tomadas con cámaras de infrarrojos o las que son capaces de plasmar los niveles de temperatura, el resultado traslada a la obra el deseo del artista de que el espectador sea capaz de diferenciar lo que realmente ve y no ve cuando se enfrenta al paisaje urbano.

Madrid en este caso, pero –repetimos- el pecado se repite aquí y allá, se ahoga en un mar de eslóganes, promesas de vidas mejores o exclusivas, falsas proyecciones de felicidad sin límite. En su día, la ciudad supo indultar algunos de estos anuncios (como el cartel del Tío Pepe, cuando la prepotencia de una gran marca norteamericana de tecnología quiso llevárselo por delante, propietaria como se hizo del edificio donde se ubicaba), e incluso los ha convertido en parte de su cultura (como el luminoso de Schweppes, en Callao), pero es como si ya no tuviera capacidad de réplica en la toma de este tipo de decisiones. Antonio Barroso, con su labor, lo denuncia, y nos retorna reflejos de una realidad pura, virgen, no contaminada. Porque puede llegar el día en el que los madrileños (y los de fuera con lo que la compartimos) no sepan que la Puerta del Sol no es una plaza, sino una confluencia de siete grandes vías de comunicación de la ciudad (como tampoco es plaza donde se sitúa majestuosa la Cibeles), porque pasó a denominarse “Plaza propiedad de unos conocidos grandes almacenes”.

Barroso instalando sus obras en la Casa de Velázquez

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