El Tercero de Velázquez

Una casa a medida para los artistas en El Tercero de Velázquez

La gestora cultural Julieta de Haro convierte su vivienda, en el madrileño barrio de Salamanca, en punto de encuentro entre creadores y coleccionistas para disfrutar del arte de forma distendida. Son las veladas de «El Tercero de Velázquez»

Julieta de Haro (sentada en el centro), con los artistas de El Tercero de Velázquez (Foto: Isabel Permuy)

Cada diez días más o menos, cuando así lo van barruntando, los hijos de Julieta de Haro le preguntan a su madre «si esa tarde hay “Tercero”». No es para menos. Ese «tercero» al que hacen referencia es su propio domicilio, en un vetusto y señorial edificio de la calle Velázquez, en Madrid, en pleno barrio de Salamanca. El mismo que su progenitora ha decidido convertir en espacio de intervención artística, un proyecto que propone una manera diferente de acercarse a la creación contemporánea y al coleccionismo. Y una iniciativa que obliga a sus inquilinos a convivir con los trabajos de un artista español, seleccionado por invitación, que durante unos meses ocupará los rincones y paredes de la vivienda. También con aquellos que vendrán a ver las obras.

«Ahora ya están habituados a que esto sea así –confiesa la propia De Haro, comisaria artística, gestora cultural y asesora de colecciones, que hasta hace no mucho fue directora de AVAM, la asociación madrileña que agrupa a los artistas visuales–, pero recuerdo que al principio les despertaba mucha curiosidad. Me preguntaban: “Si va a venir un escultor, ¿significa eso que se nos va a llenar la casa de peanas?”. Ahora están deseando que tenga lugar un nuevo encuentro para colar a algún amigo».

Julieta de Haro, artífice de El Tercero de Velázquez (Foto: Isabel Permuy)

El Tercero de Velázquez, nombre completo de la iniciativa de De Haro, es una más de esas vueltas de tuerca a un sistema, el artístico, que lucha por romper sus propias costuras en un intento de hacer visible el arte y acercarlo a otros públicos. Julieta sabe cómo buscarle las cosquillas, y tiene claro que lo suyo no es una galería –no puede serlo, porque eso implicaría transacciones económicas, que no pueden ejercerse en un espacio privado destinado a vivienda–, ni tampoco un centro artístico –imaginen el trasiego de público y el consecuente mosqueo de los vecinos–. Reparen incluso en que ni siquiera les he mencionado el número del portal en el que se lleva a cabo la propuesta, a la que sólo se puede acceder por rigurosa invitación, lo que lo convierte en algo tan clandestino como enigmático. Apenasuna web y una página en Facebook dejan constancia de sus actividades «secretas».

«En definitiva, lo que yo propongo es disfrutar de una exposición en mi casa de una manera diferente. Cada diez días más o menos, reúno, siempre a última hora de la tarde, a un grupo heterogéneo de personas, como unas quince, a las que se invita a gozar de las obras expuestas. Y, lo más importante: siempre en presencia del autor de los trabajos, del artista, de forma que todo el que pasa por aquí termina charlando con él», explica su artífice.

Detalle del Tercero de Velázquez con la obra de Emilio Gil

No es la primera vez, ni será la última, que una vivienda privada se convierte en sala de exposiciones. En Madrid, se distinguen ya proyectos de esta naturaleza como El Salón de Ángela Cuadra o El Cuarto de Invitados, junto a Casa Sostoa en Málaga o Halfhouse en Barcelona. Cada uno de ellos se diferencia del anterior, sobre todo, por el carácter que les insuflan sus gestores. Julieta de Haro (hija y también hermana de artista, el pintor Ángel Haro) es consciente de que la suya es una iniciativa «sofisticada, pero cordial»: «En absoluto quiero que se parroquialice la obra. El Tercero de Velázquez no es ni quiere ser un espacio alternativo. Para mí este nombre se asigna a lugares que no cuentan con medios o recursos y tienen que tirar con lo puesto. Yo tengo una vivienda magnífica en un lugar privilegiado de Madrid desde la que puedo explotar la visibilidad de los artistas y también la mía. Y, por trayectoria, también cuento con una buena agenda de contactos que terminan siendo mis invitados. Éste es un proyecto bombonera».

En sus dos años de exisencia, El Tercero de Velázquez ha sido tan riguroso en sus principios como laxo con los mismos. De esta forma, la iniciativa se pensó para que cada artista convocado expusiera en la casa durante un periodo de unos dos meses. Sin embargo, el último, el diseñador y collagista Emilio Gil, responsable de Tau Diseño, ha mantenido colgadas las obras del conjunto «Summer Letters» desde septiembre. Y aunque su participación ya se dio por concluida hace unos días, éstas aún continúan allí, marcando un recorrido por el piso. Unas piezas en las que el cruce de tiempos convoca entre los límites de sus marcos tanto cartas manuscritas de doncellas británicas del XIX con las letras que componen el nombre de «El Tercero de Velázquez», junto a algunos objetos encontrados.

Al piano, Ouka Leele. De izquierda a derecha, de pie, Padrones Castrortega, Mar Solís, Javier de Juan, Emilio Gil y Rosa Muñoz (Foto: Isabel Permuy)

Antes que él tomaron esas estancias Javier de Juan (que fue el primero, con el proyecto «Gravedad cero»), la escultora Mar Solís(«Estanque de tormentas»), las «Poéticas vitales» de Pedro Castrortega, y «Sin mirar atrás», de Rosa Muñoz. De todos ellos quedan restos de sus propuestas en uno de los pasillos de la vivienda que permanece fuera del «recorrido oficial». Y Gil cederá próximamente el testigo a la fotógrafa Ouka Leele. También de forma natural se va imponiendo cierta paridad.

«El proyecto tiene claro que nació para dar voz a artistas españoles con trayectoria reconocida y presentes en grandes colecciones públicas y privadas, que, sin embargo, han sido abandonados y desatendidos por el sistema. Ellos sí que son Marca España, pero la carencia de políticas culturales tiene como consecuencia que no se generen oportunidades ni tan siquiera para los autores consolidados». Por otro lado, estos artistas son aquellos con los que De Haro tiene una relación lógica, por trayectoria y porque comparte con ellos generación.

Porque mucho de «generacional» hay en El Tercero de Velázquez. ¿Se han parado a pensar en qué se inspiró su creadora para ponerlo en marcha?: «En realidad, todo surgió de una manera natural. Cuando me mudé aquí hace un par de años, hubo que acometer una importante reforma en la vivienda. Y entonces reparé en su cocina antigua, en los frescos de sus techos, en los muebles a medida… Eso me llevó de inmediato a mi infancia». Y esa infancia de Julieta de Haro –aunque, como confiesa entre risas, ella fuera «fabricada en Valencia»– tuvo lugar en Francia, primero en Montpelier, donde nació, y más tarde en el París de los sesenta y setenta. Y allí eran comunes las cenas de coleccionistas para mostrar las obras adquiridas de algún artista, o los encargos realizados a un creador. La bohermia codo con codo con los artífices de Mayo del 68. Jean-Paul Belmondo… Uno de esos artistas fue en alguna ocasión su propio padre.

Taller improvisado de Emilio Gil para el Tercero (Foto Isabel Permuy)

De Haro se convierte en la perfecta anfitriona para cada una de las veladas que organiza en El Tercero de Velázquez. Serán a la caída del sol, al final de la jornada, y en las que el número de convocados no rebasará los 15 comensales (alguna vez ha habido que hacer turnos). Una vez en la vivienda, a sus invitados (gente bien seleccionada; desde políticos, a empresarios, críticos, gente del mundo del arte, coleccionistas… No hay más que repasar las fotos de Facebook para saber a qué nos estamos refiriendo: Rosina Gómez Baeza, Miguel Ángel Cortés, empresarios del IBEX, diputados del Congreso, Alberto García Álix, que gritaba en su visita: «¡Esto parece París!»…), se les ofrecerá un vino y un postre, «las chatitas», que recuerdan a los tiempos de antaño, los de Isabel II en los que el Marqués de Salamanca marcó el trazado urbano en el que se inserta el edificio: «Son gente heterogénea, pero no se trata en ningún caso de hacer “networking”, sino de conseguir que todo fluya, que las conversaciones resulten espontáneas», confiesa.

Ella se encarga de guiarlos por la vivienda, de darles una pequeña charla sobre el proyecto al que se enfrentan, guardándose para sí un secreto: que el artista está esperándoles al final del recorrido. «Este as en la manga nos asegura que, cuando se diluye el grupo tras las explicaciones, todo el mundo tenga algún asidero sobre la obra y pueda comenzar una conversación con el autor. Que se vaya más allá del típico “¡qué bonito todo!”». El ritual no dura más de treinta minutos, pero los invitados suelen permanecer allí, disfrutando de la propuesta, hasta dos horas…

La cocina del Tercero de Velázquez, un edificio del barrio de Salamanca, con las Chatitas

De Haro ha renunciado a contar con su propia colección de arte, cuyas paredes son cedidas a los artistas del proyecto («una locura, porque yo siempre he estado acostumbrada a vivir rodeada de obras, comenzando por las de mi padre o mi hermano»). A cambio, goza cada dos meses (o más) de un proyecto genuino, realizado casi, casi a su medida: «Yo sólo le planteo un tema a los creadores, pero ellos se han mostrado siempre tremendamente generosos y han acabado haciendo obra nueva o montajes específicos para este lugar». Y lo comprobamos en la estancia en la que Gil ha generado una especie de réplica de su estudio, en la que invita a los visitantes del espacio a construir sus propios collages; o en la estancia de cuyo techo cuelgan, a modo de móvil, dos letras: Una «S» y una «L» (iniciales de «Summer Letters»), que en su baile proyectan con sus sombras inesperadas combinaciones.

Instalación de Emilio Gil con las iniciales de “Summer Letters” (Foto Isabel Permuy)

«Yo quiero que éste sea un proyecto sostenible, que se autofinancie, sin que el fin sea la venta de obra, aunque alguna termina efectuándose. Pero eso es cuestión del artista y los invitados. Por otro lado, es lógico que se produzcan. Los que aquí vienen me confiesan que se sienten muy relajados, que no tienen la presión comercial que experimentan cuando cruzan el umbral de una galería». La comisaria ha hablado incluso con marcas para que la patrocinen y que ven en la iniciativa un goloso pastel. La razón principal, el perfil de sus invitados. «Las galerías se han olvidado del comprador español –sentencia–, igual que han dado la patada a muchos artistas, han girado su mirada hacia el coleccionista extranjero. No es verdad que aquí no se quiera adquirir arte». De momento, El Tercero de Velázquez pone su granito de arena para que surja la magia. Siempre a la caída del sol…

Los artistas del Tercero en el pasillo de la vivienda, donde aún cuelgan algunas obras de los anteriormente convocados (Foto Isabel Permuy)

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 19 de enero de 2018

 

 

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