En la casa-estudio de Jan Mattews y María Chaves

Selvas que engullen “movimientos absurdos”

María Chaves y Jan Matthews trabajan en casa. En la misma casa. Pero el estudio del uno no tiene nada que ver con el otro. Así es el entorno de trabajo de estos artistas, dos de los convocados al estand de ABC Cultural en ARCO’18

María Chaves y Jan Matthews, como en casa (Foto: José Ramón Ladra)

Vaya por delante que yo tengo una orientación pésima. Pero intento situar sobre el plano, usando un lápiz y un papel, como harían María Chaves o Jan Matthews, sus estudios en su vivienda en pleno barrio de Prosperidad, en Madrid. Si mis trazos son los correctos, la habitación en la que ella despliega su universo creativo es paralela a la de Jan (en la que está encajada la cama en la que duermen), solo separado del otro taller por la cocina (es posible ver afanarse en su labor al muchacho desde la ventana de la misma) y el baño.

Me gusta imaginármelos ensimismados, cada uno volcado en lo suyo. María, ocupándolo todo, desplegando sus papeles en una especie de horror vacui en contra de cualquier resquicio que pudiera quedar de espacio liberado a su alrededor. Jan, en un ejercicio opuesto, concentrándolo todo sobre la mesa, obviando el resto de la habitación. Como si esa tabla fuera una especie de agujero negro que enguye todo lo suyo y cuyos únicos puntos de luz son la pantalla del ordenador y una pequeña lámpara portátil.

Y si por un casual María decidiera utilizar el caballete, en lugar de la mesa, estaría dispuesta, no de espaldas a Jan, sino frente a él, de forma que seguro, en algún momento, mientras ella garabatea su soporte en vertical, y él eleva su lápiz de color, a pesar de todas esas estancias, sus trazos se juntan en algún punto invisible en el aire.

Matthews, trabajando en su mesa (Fotos: José Ramón Ladra)

«Convertir la casa en estudio surgió de la necesidad de mudarme desde un pueblo como es Aranjuez en el que el movimiento a nivel artístico era inexistente –relata Chaves–. Necesitaba un taller, y estar más cerca de las galerías, de los museos… Tras la facultad, estuve un año intentando trabajar desde allí, pero no me sentía a gusto. Entonces fue cuando convencí a Jan para independizarnos juntos. Vimos muchos pisos, pero al descubrir que éste tenía una habitanción más y una terraza, ni nos lo pensamos». «Terraza, terraza. Yo quería terraza –prosigue él–. Allí me paso todo el verano. De hecho, es que lo usamos como tercer taller. Es un buen lugar para cortar madera, para hacer trabajos más manuales o dibujar con el buen tiempo».

sí que es así como Jan y María, María y Jan, se decidieron hace tres años a compartir vivienda y a transformarla en su taller. Sin embargo, viven juntos, pero no trabajan revueltos. Como ya les indiqué desde el comienzo de este texto, cada uno se recluye en una estancia, desde donde despliegan su labor de manera distinta, pese a compartir técnica: «Es más por necesidad que por otra cosa –explica Matthews–. A veces es por tonterías, como el tipo de música que quiere poner el uno u el otro, o por si molestas viendo un vídeo de Youtube en el ordenador». «Pero las razones fundamentales son los horarios (María es más de mañana y tarde; Jan alcanza la madrugada), y por el propio trabajo –puntuliza ella–: Él es más de acuarela; lo mío es dibujo dibujo, de forma que es conveniente que esté lo más alejado posible del agua».

A eso se une la manera de proceder de cada uno. Es curioso verlos entregados a lo suyo. Tal y como Jan confiesa, muchos de los materiales los tienen duplicados (aunque hay instrumentos que se ha decidido que acompañen a uno –como todo lo referente al trabajo de la madera, que están con Matthews– u a otro –el papel se almacena en la estancia de María, como los libros y los catálogos, porque no hay humedad y sí caben carpetas más grandes–); sin embargo, cada uno los emplea de manera diametralmente opuesta.

Detalle de la mesa de Jan

Cuestión de caracteres, por descontado. Habla Jan: «Un día mi padre me confesó que, ayudando a mi madre a ordenar su despacho en la universidad, se dio cuenta de que ella se estaba construyendo una especie de nido con toda sus cosas. A mí me sucede lo mismo. Me sale solo, pero tiendo a sentirme acogido entre mi propia crapulencia. Luego llega un momento en el que me estreso y lo quito todo. Pero esta manera de proceder me afecta y me lleva a trabajar en pequeño.Tengo pendiente usar una pared o sentarme en la mesa de María. Y como trabajo en cosas pequeñas, no tengo necesidad de tenerlo todo en su sitio. Me basta un hueco».

«Yo soy justo lo contrario. Lo colonizo todo –replica María, que antes me contaba estar planteándose invadir el pasillo que conecta ambas estancias con un papel de tres metros–. Me ocurrió con el salón por un tiempo, y lo he hecho con su estantería. Por eso utilizo también el pergamino como soporte, porque me permite desplegar y recoger el dibujo. Necesito de los grandes formatos porque no quiero tener restricción en mis movimientos, aunque luego, quizás, ante un papel gigante me concentre en una esquina… A ello se suma que trabajo con libros, con catálogos, con bancos de imágenes. Necesito una mesa grande».

En el hipotético caso de que uno ocupara el lugar del otro, asistiríamos a un proceso de contención de Jan en la enorme mesa de María, mientras que María «lo tiraría todo». «Curiosamente, lo que tengo aquí es lo mismo que ya construí en casa de mis padres –añade él–, sólo que con más sitio». María, en la casa paterna llegó a tener todo el ático a su disposición («y aún así me faltaban paredes»). La terraza es un buen espacio de desahogo, un lugar en el que además, Gwyn y Cinder, los gatos de la pareja, no entran (Sí: nos estamos especialziando en artistas con felinos); donde secan bien las obras y el ámbito que Matthews tiene en mente para retomar la pintura, una técnica que tiene abandonada desd que acabó la facultad.

María Chaves dedicada a un dibujo en su espacio

Sin embargo, y pese a que cada uno se sienta protegido en su «rincón» (un eufemismo en el caso de María), ambos artistas reconocen la influencia del uno en el otro: «En el banco de imágenes que manejo hay también dibujos y fotos tomadas por él. Me gusta seguir su proceso de trabajo, analizar cómo llega a resultados tan redondos y de una forma tan racional. Justo por ser yo todo lo contrario, más impulsiva, intento imbuirme de esas formas de hacer».

Por su parte, Jan reconoce que aprende con todo aquel que se acerca a él, artistas como Juan Zamora, Blanca Gracia, Mutiu o Guillermo Peñalver, con los que ha mantenido contacto directo. Por eso, María Chaves juega un papel fundamental: «Me veo otra persona gracias a ella. Ahora soy alguien mucho menos despistado que antes, mucho menos desorganizado, más trabajador. Tengo miedo a perder el tiempo y eso me hace perder mucho tiempo hasta que arranco. Tengo dibujos que no mostraré nunca porque los hice por la mera necesidad de no verme parado».

María es una artista de narrativas, de crear historias inconexas, absurdas si se quiere, desde puntos de vista sutiles. Imaginarios que mezclan realidad y ficción. Territorios por descubrir («me gusta que el espectador los recorra con la mirada como el explorador que descubre un nuevo continente»). Continúa con su serie «La selva», mientras ha iniciado un nuevo proyecto, «La zarza rosa». Jan pone el foco sobre aquellas cosas minúsculas que pasan siempre desapercibidas, ofreciéndonos la oportunidad de reparar en ellas. Le mantiene ocupado ahora la construcción de falsas maderas con papel y acuarela, y el análisis de movimientos absurdos en animales (por lo que ha comenzado a registrar con su lápiz el aleteo de la mantarraya, «un pez que hace todo lo posible por volar»). Sin embargo, ambos están ilusionados con otro proyecto que les devolverá a la palestra en febrero: su participación en el estand de ARCO de ABC Cultural, junto a otros nueve artistas, nómina de la propuesta «Mano sobre mano».

Una de las estanterías de María Chaves

«Estamos muy ilusionados –confiesan–. La lista de autores convocados es estupenda y queremos que nuestra aportación nazca de la relación con esos artistas». La premisa del proyecto este año será la construcción de distintos cadáveres exquisitos por parte de artistas entre los que ya existía algún tipo de vínculo (María y Jan son pareja), pero que nunca antes habían trabajado juntos. Eso dará pie a la obra de «un tercer artista».

«A mí, trabajar con otros se me da fatal –anuncia Matthews–. Me lo tomo todo muy a pecho porque quiero dar lo mejor del grupo y eso hace que mi cabeza no deje de dar vueltas. Pero seguro que saldrá algo grande. Me apatece un montón. Yo es que me ilusiono mucho con estas cosas». Por su parte, María utilizará a sus compañeros de estand como banco de imágenes, igual que hace en su estudio «Quiero intervenir lo suyo de manera muy sutil».

El contacto con los demás. Eso es lo que echan de menos ambos de tener el taller en casa. «La vivienda se termina convirtiendo en una especie de barrera física que impide la afluencia de gente. Eso es algo que añoramos de la época de la facultad, cuando todos los días tenías una conversación con un colega, hablabas de arte con los demás a cada rato». Por eso, ni siquiera se cierran a la posibilidad de abrir las puertas de su vivienda a otros, a participar en algún «open studio». Eso obligará a Jan a salir de «su madriguera» y a María a «plegar» sus papeles y cerrar las carpetas. Ya se ve obligada a hacerlo para que, al final de la jornada, los gatos no se sienten sobre la labor realizada. Ya se encargarán las historias entrecruzadas de campar solas a sus anchas.

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 15 de febrero de 2018

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *