Entrevista a Rogelio López Cuenca (“Los bárbaros”. Sala Alcalá 31)

 “Lo que llamamos realidad no es sino una ficción dominante”

Algunos de los proyectos de las últimas décadas de Rogelio López Cuenca en los que el autor reflexiona sobre los conceptos de frontera y otredad quedan reunidos formando una única obra en  la muestra «Los bárbaros», ahora en la Sala Alcalá 31, de Madrid 

Madrid, 12/09/2016. Entrevista al artista Rogelio López Cuenca. Foto: Oscar del Pozo ARCHDC
Madrid, 12/09/2016. Entrevista al artista Rogelio López Cuenca. Foto: Oscar del Pozo ARCHDC

¿Qué es un bárbaro? Rogelio López Cuenca (Nerja, 1959), lo tiene claro: los otros, los silenciados. Y, ¿qué son “Los bárbaros”? Pues, en el deseo de este artista de romper los significados evidentes, se trataría de un conjunto de obras del andaluz, de los años noventa a la actualidad, que el creador reactualiza para hablar de frontera, de brecha, de imposiciones, ahora, desde una única instalación. La cita tiene como sede la Sala Alcalá 31, en Madrid, y se completa con un proyecto específico sobre la «gramática» y herencia del colonialismo español a través del análisis de los monumentos de la capital.

Primera pregunta obligada. ¿Quiénes son los bárbaros?

Los bárbaros son los que no hablan nuestra lengua. Los otros. Y el espejo es reversible, porque nosotros somos los bárbaros para ellos. Los bárbaros son los que están en el otro lado de la frontera. Según su etimología griega, “bárbaro” significa “el que balbucea”, aquellos a los que no se les entiende, lo que señala la ambigüedad y flexibilidad del término. Los bárbaros, en definitiva, son los que no tienen el poder de narrar y, por ello, de establecer el orden de los relatos. En la jerarquía, quedan por debajo, silenciados. Si no, tendrían capacidad de nombrarse a sí mismos.

¿Cómo se les da voz aquí? Usted no es muy dado a retrospectivas…

Digamos que he procedido de forma similar a cuando un poeta tiene la ocasión de reeditar una colección de poemas y decide reelaborarlos. No se trata tan sólo de reescribirlos, sino de recomponer el orden en el que se presentan, cuyo resultado da pie a un nuevo texto que no existía antes. Y ese texto viene determinado por el nuevo contexto en el que se lee. Aquí hay un vídeo, Walls, que tiene ya diez años, pero el poema sobre el que se construye, Los muros, de Cavafis, tiene más de cien. Se trata de poner a prueba cómo las obras de arte o las producciones culturales pueden servir como espejo para reflejar la realidad contemporánea o como una lente para mostrarla con más claridad. Esta es una selección de trabajos que gira en torno a temas como los de la frontera, los límites, la construcción de alteridades, la fabricación de la subalternidad, el alzamiento de los otros… Reelaborados ahora para dar pie a un nuevo poema. La exposición se concibe en su totalidad como una obra en la que lo único que se distinguiría claramente sería el trabajo específico para este espacio.

Claro, porque atendiendo a las imágenes que hemos llegado a ver en los últimos años sobre inmigración, sobre “guerra” al islam, la pregunta sería si algunas obras no se habían quedado en parte obsoletas. ¿Supera siempre la realidad a la ficción?

Por supuesto que ha sido inevitable darle vueltas a la posibilidad de incluir imágenes más contemporáneas. Sin embargo, he decidido no actualizar las obras en ese sentido. Porque igual que he citado a Cavafis, lo que he buscado es poner a prueba ese reto: si estas obras son capaces de hablar todavía de esa realidad y también distanciarnos de ese frenesí del consumo incesante de imágenes que, en realidad, acaban funcionando como lo hacía la censura antes. Ahora no se ejerce la censura mediante la ocultación o prohibición, sino mediante la sobreabundancia. Así, imágenes que nos parecían poderosísimas, como la del niño sirio ahogado hace ahora justo un año, fue un icono que duró una semana, pese a ser verdaderamente estremecedor. Por eso he querido utilizar imágenes a las que ya recurrí hace años para hablar de las mismas realidad, ahora con otras experiencias en la cabeza. Construimos iconos muy perecederos, algo trágico cuando sopesamos la tragedia de las realidades que manejamos.

Rogelio López Cuenca en Alcalá 31 (Foto: Oscar del Pozo)
Rogelio López Cuenca en Alcalá 31 (Foto: Oscar del Pozo)

¿Uno no se termina anestesiando al trabajar con estas realidades? O dicho de otro modo: ¿Se sigue sorprendiendo con lo que ve?

La actitud básica al enfrentarse a este fluido continuo es la de intentar seleccionar, extraer de ese flujo y comprobar qué imágenes son susceptibles de narrar fuera de su inmediatez. Solo ellas son las que proponen la posibilidad de reflexionar y repensar, no sólo lo que sucede, sino también nuestra implicación en lo que está pasando. No todas las imágenes son válidas, incluso a veces por su sobrerrepresentación. En ocasiones, imágenes más secundarias son más potentes y fuertes para convertirse en un significante capaz de incorporar la multiplicidad de significados que exige un trabajo artístico, pues no podemos olvidar que estamos experimentando formas, estamos experimentando maneras de representar: que esto no es un telediario.

Con su trabajo denuncia cómo el sistema tiende a mostrarnos ciertas realidades, como la inmigración y el turismo, como cuestiones independientes que parece que no ocurren en el mismo plano.

En ese ejemplo que pones, fíjate, no es que sean las dos caras de una misma moneda que suceden en las mismas playas; es que es exactamente la misma realidad: el Mediterráneo del que aparecen los náufragos es el mismo en el que descansamos los turistas. Estos trabajos buscan recordarnos eso. Y que una cuestión es siempre consecuencia de la otra. Tenemos que conseguir romper la perversión de esa construcción de una supuesta realidad que nos muestra con imágenes esos hechos en compartimentos estancos. El caso más evidente es comprobar en qué programas televisivos son admisibles unas imágenes, en qué páginas de un periódico sabes lo que es publicidad, lo que es información, cuando están íntimamente trenzados. Las ficciones construyen los modos desde las que luego interpretamos la realidad, y lo hacen de manera más insidiosa que las propias leyes u órdenes políticas. Te acaban convenciendo de que esas ideas eran tuyas; que esas órdenes nacen de tus propias reflexiones.

Parece que tenemos muy claro quiénes son “los otros”. ¿Pero quiénes son o somos el “nosotros”?

Antes hablaba de la flexibilidad y cómo todo es siempre muy relativo. Cuando uno recurre a ese pronombre ya está haciendo una escisión. Por nacimiento, uno pertenece a un contexto, cuenta con su carnet de identidad o pasaporte, pero también tiene una decisión ética que tomar acerca de con quienes se identifica y de qué lado quiere que actúe su vida, su posicionamiento político, su labor como artista…

"NoWhere", de Rogelio López Cuenca
“NoWhere”, de Rogelio López Cuenca

¿Es Europa insolidaria o la culpa es siempre de los medios, que tanto ha estudiado?

Fíjate que los discursos dominantes se construyen siempre desde la élite. Cuando se hace una encuesta o estadística, las respuestas ya están conducidas. Y los medios pertenecen a esas élites. En las democracias no existe la censura propias de las dictaduras, pero sí que hay una selección de temas y de perspectivas. La sociedad española no es racista, sino que el racismo se construye de manera continua, dando argumentos, y no sólo mediante leyes o selección de noticias o en función de qué adjetivos se emplean para definir a determinados colectivos o personas, sino también desde la ficción, de las películas a las teleseries o los cuentos que nos leen de pequeños.

Eso nos lleva a plantearnos si realmente «conocemos el idioma» que hablamos. ¿No nos perdemos hasta en la traducción de lo nuestro?

El logocentrismo dominante de la sociedad occidental nos obliga a traducirlo todo a palabras, incluso una exposición. El artista que congregará más atención será el que consiga explicarse al margen de eso. Hay como una insistencia en esta cuestión, la de la centralidad de la palabra. Y, al tiempo, los que controlan los lenguajes de las imágenes nos convierten en analfabetos a la inmensa mayoría de la población: somos consumidores pero no sabemos leer del mismo modo que sabemos leer las palabras. En el lenguaje hablado hay un montón de condicionantes que nos manipulan -como en la escritura está la tipografía o el tamaño-: el tono de voz, ciertos mecanismos de seducción… Con las imágenes, esto es demoledor, porque no sabemos a qué maquinaria nos enfrentamos y es algo que hacemos cada día. Tenemos opiniones muy cerradas que no provienen de nuestra experiencia directa: proceden de relatos elaborados con una intención clara.

Hablábamos de fronteras y me viene a la mente la que Donald Trump dijo en su último viaje a México querer levantar allí, pagada, obviamente, por los mexicanos… El cinismo no tiene límites.

Eso es lo que llama la atención, aunque, para mí, lo más significativo de esa noticia es que ese muro ya existe. El muro se construyó de una manera temporal, y el argumento principal para la firma del Tratado de Libre Comercio entre EE.UU., Canadá y México era que iba a acabar con la inmigración ilegal, cuando lo que ha provocado ha sido una estampida por terminar con la economía local del campo mexicano. Esas políticas son las que construyen el muro. Son las que luego van a exigir que se construya un muro como ese. Por eso tenemos que tender a alejar el foco de lo caricaturesco y muy concreto porque nos lleva a discutir sobre cuestiones irrelevantes. Ahí no está el asunto, no está en cómo lo llamamos, que nombre le ponemos… Lo básico es alejarse para asumir todo el contexto, reconocer en qué momento comenzó todo. Este hombre habla de un muro que ya existe y que van a pagar los mexicanos: los mexicanos lo están pagando ya… Cosas así son las que ponen en evidencia cómo consumimos como novedad lo que no lo es, el cinismo de ciertos personajes.

Se repite aquello de que una mentira dicha muchas veces se asume como una verdad.

Y, sobre todo, que lo que llamamos realidad no es sino una ficción dominante. Es un relato más, solo que el más reproducido, el que ha tenido más capacidad de imponerse y que convierte a todos los demás en ficción.

Comentó antes el proyecto específico para Alcalá 31, que es el que da nombre a la exposición. ¿En qué consiste?

Siempre he pensado que las prácticas artísticas han de ser colectivas. Al utilizar el lenguaje, jamás estás trabajando solo, sino con toda una herencia precedente y en un contexto, el de tu época, desde el que poner en marcha signos susceptibles de ser empleados por otros. Pero, de un tiempo a esta parte, le he comenzado a dar más importancia a los trabajos colaborativos, ya sean con estudiantes, investigadores, artistas o agentes de otras disciplinas, y poniendo en marcha procesos que no están centrados en los resultados, lo que es difícil de explicar a las instituciones muchas veces, pero que me resultan muy enriquecedores porque dan pie a otros modos de narrar, a otros modos de investigar y experimentar. Ello fomenta una línea muy enriquecedora a la hora de realizar una lectura crítica de la realidad, trabajando en la fisura…

M248 Arte Lopez Cuenca 3

En este caso, lo que decidimos, como lo he hecho cuando me ocupo de ciudades, ha sido trabajar sobre lugares u objetos concretos que sirvan para elaborar mediante asociaciones lo que yo llamo “poéticas” por mi formación como lingüista, y que no responden a la lógica racional o histórica dominante, sino descubriendo cómo hay una especie de continuidad, de recurrencia, de repeticiones a lo largo de la Historia. En este caso, nos centramos en Madrid y en los monumentos públicos de la ciudad que se ocupan de la Historia del colonialismo español. La pieza descubre de pronto puntos que son ejes muy reveladores y muy conflictivos, como el hecho de que la fiesta nacional sea el 12 de octubre, esto es, algo localizado fuera del territorio nacional. ¿Qué clase de nación es esta que tiene tan poco resuelto lo suyo que tiene que buscar aquello que la unifica fuera? Algo, además, muy cuestionado por los demás implicados en esos hechos. O la continuidad de determinados discursos o determinadas élites en el poder. En esta investigación sobre la historia del colonialismo y el esclavismo español, en una entrevista, el historiador cubano Manuel Moreno Frajinals, que murió hace poco, hacía alusión a la dificultad que él mismo tenía para acceder a los archivos de los herederos de las grandes fortunas esclavistas, como si su interés fuera sacar sus trapos sucios. Lo importante era descubrir en qué consiste la continuidad de su dominio. Cómo se pasa de un comportamiento u orden como es el esclavista a transformarse en un crimen inaceptable moralmente mientras son los mismos los que, de forma fluida, comienzan a cambiar y articular el discurso, sin que el control pase a otras élites. Frajinals señala la flexibilidad o capacidad del sistema capitalista para sobrevivir a sus propias crisis, que convierte siempre en reforzamientos. Ese es el objetivo fundamental de este trabajo a través del lenguaje: el análisis de las formas de representación dominante, que sería la de la publicidad, y no solo la comercial, pues su discurso ya es dueño hasta de los noticieros o la propaganda política.

Hablando de imaginarios colectivos, y de la ciudad de Madrid, no sé si está al tanto de las polémicas que se han producido con el cambio de algunos nombres del callejero y la eliminación de placas. ¿Cosas como esas pasan por no ir demasiado a los museos?

Lo grave es que las políticas culturales están progresivamente orientadas, bajo la lógica neoliberal, al consumo y al turismo, olvidando la labor indispensable que tienen como parte de la educación de la ciudadanía. El papel del museo, desde sus orígenes, tiene que estar vinculado a un proyecto de emancipación ciudadana, de toma de conciencia de la obligación de ser crítico… Pero está claro que quienes tienen el poder, y, entre ellos, el poder de narrar, esto es lo último que les interesa. Buscan más lo de imponer un relato. En este caso, se produce una nueva confrontación entre los partidarios de conservar y los partidarios de derribar. Yo creo que se debería conservar como lo hacen los museos: construyendo información y educación. No hay que proteger monumentos por sus cualidades estéticas, sino también por lo que son capaces de contar de nuestro Historia. Y eso exige un acercamiento distinto al de la devoción que se le tiene a la obra de arte, o la estatua o el rechazo que generan determinados personajes. Es mucho más peligroso el borrado de la Historia que su presencia. Mucho más reveladores son los monumentos agredidos que los silenciosos.

Asumamos que las sociedades contemporáneas son analfabetas en el sentido de que no saben interpretar imágenes. El problema es que el crecimiento de las mismas es cada vez más exponencial. ¿Estamos condenados a convertirnos en los bárbaros?

Estamos imbuidos en un proceso y es difícil analizar lo que sucede mientras sucede. Pero es inquietante asumir la sobredimensión de la presencia de las imágenes, de relatos ya hechos en los que uno no es capaz de interpretar nada, en detrimento de la lectura tradicional. En este proyecto en torno a los monumentos de Madrid,con el cruce de disciplinas, descubres que, gracias a las nuevas tecnologías y al modo en el que navegamos por internet, se están pudiendo realizar lo que antes no eran sino balbuceos también de las vanguardias de comienzos del siglo XX:  experimentar determinado tipo de relato o de poesía que incorporaran imágenes o que huyeran de la literalidad autoritaria. Cuestiones y que eran difícil hacer en un libro, si no era página tras página. No tengo ningún fetichismo tecnológico, pero reconozco que hay herramientas fascinantes a la hora de ponerlas a trabajar en una dirección u otra. Quizás las fantasías de participación no están más que encubriendo un control aún más sofisticado de la vida de las personas. Repito: es complicado analizar lo que está sucediendo con las mismas herramientas.

Usted juega mucho con el concepto de traducción, de perderse en la traducción, de equivocarse en la misma. Aquí se ve claramente, en su mezcla de lenguas en las obras…

Lo que hay que recordar es que las lenguas son siempre construcciones colectivas y en permanente proceso de transformación. Yo no sé si en otros lugares del mundo hay una devoción tal por el idioma como aquí, tan pacata y tan beata: a la Academia, al diccionario, a los académicos… Y eso que soy lingüista de formación. A los profesionales de la lengua les corresponde estar pendientes de los nuevos usos de la misma y luego establecer unas normas, y no al revés. Ahí descubres el espíritu autoritario imbuido en la sociedad española a lo largo de la Historia. Podríamos atisbar en ello la herencia de siglos y siglos de Inquisición. Incidimos en la repetición de consignas. Las lenguas son mestizas por definición y están siempre en crecimiento. Al utilizar distintas lenguas en un mismo texto lo que intento es recordarnos que necesitamos a los demás para entender el mundo. Necesitamos otras perspectivas. No basta con inventar neologismos, como hacen los académicos, para evitar que digamos barbarismos.

¿Y cómo se ha enfrentado usted a un espacio complicado como este, la Sala Alcalá 31, que es casi una frontera para el artista?

Al principio me resultó terrible. Pero ahora, hablando con el arquitecto, Marcos Corral, con el que he trabajado antes, él se quitaba méritos diciendo que sólo había traducido lo que yo le había pedido. Pero traducir intuiciones a formas no es nada fácil. Lo primero que hice al llegar fue intentar hacerme con el lugar conociendo su Historia, la de este antiguo banco. Pero la historia de su caja fuerte es menos reveladora que la del Instituto Cervantes, que también hemos tenido que estudiar para el proyecto específico de la exposición. Aquello fue el Banco Central y, previamente, el Banco Español del Río de la Plata, para los capitales expatriados tras las independencias de Iberoamérica. Al final te das cuenta de que todo se va acumulando en los mismos sitios. Hoy, esa caja fuerte se conoce como “La Caja de las Letras”. Es muy fuerte entender la lengua, sus usuarios, como capital.

Vídeo de Rogelio López Cuenca en "Los bárbaros"
Vídeo de Rogelio López Cuenca en “Los bárbaros”

Por cierto, no se me ha pasado desapercibido que esta muestra la organiza la “Oficina de Cultura y Turismo”.

Hay tendencias. En Andalucía, La Conserjería de Cultura ha estado emparejada con deporte y cultura, con cultura y turismo, con deporte y juventud… Me comentaron el otro día que la Comunidad de Madrid lo hizo con el empleo. Son distintas percepciones en distintos momentos, acciones que tienen la virtud de dignificar cualquier cosa, aunque no acabamos de verle otro interés más que el de la producción de beneficio económico. Algo que se pueda contar. Y la función del trabajo artístico y cultural es de mucho más largo plazo.

Hace poco leía en “La Vanguardia” que los turistas de Barcelona consideraban que en la ciudad hay muchos turistas.

Yo estoy en un grupo de investigación sobre el turismo, relacionado con el canibalismo, porque es cierto que se produce esa tendencia a devorar, pero recíprocamente. Y si hay algo característico del turista es que nadie se reconoce como tal. Sin embargo, la posibilidad de tener una experiencia de algo que no sea turística es muy minoritaria. De hecho, estamos hasta condenados a viajar en clase turista.

Preocupado también por la construcción de identidades y en la resaca de una Diada más, ¿cuál es su análisis sobre la construcción de la catalana?

Yo tuve durante un tiempo un archivo abierto que se llamaba CatAlien, que jugaba a pronunciar “catalán” en francés pero con el término inglés “alien” (extraterrestre) y que se refería a un catálan extraño que era yo mismo, que siempre he sentido devoción por su cultura desde mis tiempos de estudiante. El nacionalismo me parece una opción política como otra cualquiera que no tiene por qué guardar excesiva relación, o al menos de forma automática, con el reconocimiento de esas diferencias culturales con las que me siento identificado. La tragedia creo que fue la falta de flexibilidad del Estado de reconocer la nueva centralidad que significaba Cataluña (y el País Vasco también) tras la descolonización de América, de forma que los derechos políticos se tenían que haber negociado entonces. La reorganización de Cánovas del Castillo, operaciones más antiguas como la división en provincias del territorio para intentar desarticular herencias previas culturales, fueron muy autoritarias y no están absolutamente resueltas. Y la imposición naturalizada de una invención de España y lo español remontándolo a la reconquista de Al-Andalus y la expansión por África, América y Canarias, asociada a la obsesión por la homogenización linguïstica, cultural y étnica, me parece que es una pesadilla de la que no hemos sido capaces de librarnos todavía. Tenerle miedo a la diferencia me parece una tragedia frustrante.

¿Vamos camino de otra frontera?

El problema es que en el caso de Cataluña no hablamos ya de un nacionalismo decimonónico, por más que se utilicen los mismos símbolos: la bandera, el discurso, la Historia… El estado-nación que propone la derecha catalana es el del Estado ya como empresa. Previamente se ha ido desprendiendo de sus responsabilidades en sanidad, educación y demás, para crear una empresa sólo para solventes. Me parece que hay un experimento ahí muy interesante que coloca de nuevo a Cataluña en la vanguardia de los procesos políticos. Y el asunto es muy heavy. Se parece mucho a un resort turístico en el que entrarán sólo los solventes. Pero al tiempo hay un discurso en torno a Cataluña con respecto a su multiplicidad cultural, las migraciones, la construcción mestiza de esa identidad que se está obviando porque los discursos se están anclando en el XIX. Al final va a pasar lo que nos de la gana.

Acabo preguntándole por otro tipo de comunidades: las virtuales. En ellas no cabe la disensión de ninguna manera. Y es a lo que tendemos.

Eso es lo más peligroso de todo: creemos que conocemos el mundo cuando sólo nos relacionamos entre iguales que nos damos la razón permanentemente, de ahí que cuando se rompe ese clímax de estar asintiendo, aparecen los insultos, porque no hay capacidad de discutir o argumentar. Lo más peligroso siempre es la creación de guetos para relacionarnos con iguales. Es similar a la propia división de la ciudad en barrios. Ahí se pierde la capacidad de discurrir.

¿En qué está trabajando ahora?

Tengo abiertos varios archivos sobre diferentes temas y voy juntando materiales hasta que por una razón u otra se da la posibilidad de poner en marcha su realización. En los próximos meses voy a tener por fin la posibilidad de armar un archivo que tenía sobre la Transición. En 2007 hice un trabajo sobre el 77 romano, sobre la autonomía obrera, los años de plomo y todo lo que ocultaron (la eclosión de movimientos feministas, la antipsiquiatría, movimientos de diversidad sexual, la ecología…) en relación con la propia Transición Española. Ahora parece que para 2017 voy a poder hacerlo. Por otro lado, y siempre desde una relectura de lo local, quiero seguir estudiando con diferentes colectivos procesos que son más globales. Son trabajos que funcionan en el cruce entre investigación y creación artística y la incorporación de la dimensión colectiva y participativa, dando más importancia a los procesos que a los resultados.

Rogelio López Cuenca (Foto: Oscar del Pozo)
Rogelio López Cuenca (Foto: Oscar del Pozo)

Rogelio López Cuenca. “Los bárbaros”. Sala de Exposiciones de Alcalá 31. Madrid. C/Alcalá, 31. Comisario: José Luis Pérez Pont. Organiza: Oficina de Cultura y Turismo de la CAM.Hasta el 6 de noviembre

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 17 de septiembre de 2016

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