Entrevista a Santiago Villanueva (escultor)

«En todos está mirar lo bello. Aunque sea de reojo»

«Área reservada» es la propuesta con la que Santiago Villanueva vuelve a Madrid y convierte su escultura en algo más teatral en el espacio de proyectos de Xavier Fiol

Santiago Villanueva en la Galer’a Xavier Fiol (Foto de Maya Balanya)

La esfera es la forma perfecta. Pero el paso del tiempo, el movimiento, la deforman. De ahí que la propuesta de Santiago Villanueva (Madrid, 1964) para Xavier Fiol Proyectos (su regreso a la capital) sea como una gran gota a punto de tocar el suelo de un espacio que se ha dispuesto fragmentado, generando distancia con el espectador. Él defiende esta actitud.

¿Por qué es esta un “Área reservada”?

“Área reservada” es una licencia que me he permitido en este espacio tan sugerente para apostar por la narratividad en mi obra. A través de la teatralidad, he pretendido provocar una visión algo diferente a la de la que el espectador esta acostumbrado con mi trabajo. Mi labor es potente en lo formal, muy totémico, con una belleza avasalladora en principio… Son cosas que no rechazo y que tienen un sentido y un significado; pero la propuesta que supone un espacio blanco como este, casi hospitalario, me llevó a buscar filtrar su potencia, a generar dentro de él ciertos entornos por los que hay casi que procesionar (de ahí los plásticos transparentes que compartimentan) para alcanzar la obra de manera distinta. Se la percibe desde la lejanía como entre neblina, por así decir, para luego alcanzar cierta alegoría de la vida que es en muchos casos es mi labor.

“Área reservada” es un juego de palabras que hace referencia además a un lugar de reflexión, a un lugar específico y reservado para la contemplación y la reflexión. Y tiene mucho que ver con el reservarme yo mismo el derecho de hacer algo así. Pero es ante todo el deseo de generar un espacio higiénico, de filtro, casi como el box de un hospital… La forma de la pieza central es como la caída congelada de la gota de suero en el gotero, otra referencia a lo que es la vida, pero que al tiempo, porque mi obra es eso (vida como esfera, la esfera inicial), un canto al movimiento y al tiempo, un proceso que yo paro en un momento determinado, que, como decía Dostoievski, sería como la eternidad en ese punto, pero que es un fluido, es un continuo, con un antes y un después, que no se para ahí pero que se transforma, se extiende, nunca desaparece…

Villanueva con su pieza “Área reservada”

Lo que es cierto es que este no es un espacio al uso: es un cubo blanco con mucha personalidad. ¿Por dónde se empieza la ocupación de algo así y cómo se comienza a hacerlo?

El vértice de este lugar es para mí un punto de tensión. Al acercarse a ella, genera cierto respeto. Y ahí tenía que estar la obra. Ahí era donde debía marcar dónde acaba este punto de fuga.

Usted estudió arquitectura, de forma que el aspecto escenográfico o instalativo del proyecto no le es ajeno y su “background” le habrá ayudado…

Si he tardado en proponer algo así es porque esto siempre es un juego de dos: el artista y el galerista. Y no he tenido hasta ahora oportunidad para hacer algo de esta naturaleza. Los espacios de todas las galerías con las que trabajo, incluso la de Xavier Fiol en Palma, son muy convencionales. Pero esto, pensado más como un “project”, me dio la excusa perfecta para que el galerista me dejara hacerlo. Estoy demasiado encasillado dentro del concepto de “belleza” en la obra. Parece que con belleza no se puedan asumir retos como este. Y luego está el aspecto mercantil, que hay que vender lo que uno produce. Teóricamente, algo así es más “invendible”, aunque yo no lo veo así. Los museos suelen dar más carta blanca para este tipo de propuestas, pero yo no he tenido muchas hasta ahora.

Su muestra en el Casal Solleric sí que le sirvió ya en 2015 para experimentar con el espacio. ¿Qué aprendió entonces?

Aquello del Casal Solleric generó una energía que se perpetúa aquí. Antes había hecho también un experimento similar  en la galería Mario Sequeira, pero lo de Palma fue diferente porque inundé sus entornos con piezas. De hecho, realicé una lectura nueva de algunos espacios y allí se expuso una obra medio embalada que no todo el mundo entendió. Cada pieza tiene siempre un aire de instalación, pero allí aprendí a potenciar eso. Esa tiene que ser la razón de ser de toda instalación: estar pensado para un lugar. De hecho, algunas de esas obras viajaron luego a otra muestra en Pekín y hubo que readaptarlas, y eso fue divertido e interesante. Una piel distinta en función del lugar.

Al lanzarse ahora sin red, ¿en qué se reconoce y en qué no?

Me reconozco en todo. Del tornillo que sujeta a la distancia entre la obra y el suelo. De ahí la sensación de alivio cuando uno lo ve todo terminado. Uno se da cuenta de que no se ha equivocado. Me gustaría reconocerme más veces en más cosas. El reto está realmente en interactuar con el espacio. Mi obra suele exponerse colgada de la pared, expuesta de manera convencional. Sin embargo, por sus características, invita a escenificar más, a teatralizar y narrar mucho más. Todo ello abre puertas al espectador para comprender aún mejor las propuestas. No es mi papel dar claves.

Cabe preguntarle por su noción de escultura, en la que lo temporal juega un papel básico.

No me apetece defenderme, algo que no debería hacer nunca un artista, pero sí que hay cierta apuesta parnasiana desde el principio en todo lo mío, de la belleza por la belleza. Eso está ahí. Para mí, la belleza es una herramienta útil para expresar lo que ocurre por dentro: esos fluídos internos que son más tortuosos y existenciales, que tienen más que ver con el miedo, con la muerte, con el sexo… Para mí, las obras son como pieles exteriores y protectoras, como lo es mi piel en mí, porque todo el trabajo es muy autobiográfico. Tengo una piel que me delata: desde pequeño me pongo rojo cuando me intimidan. La piel es defensa pero también delatora. Y sé que la protección que propongo distrae, que estoy en una frontera que molesta a algunos. Tampoco de una mujer guapísima, bellísima, bien vestida y bien maquillada, nadie piensa que sufre por dentro.

Y para mí el tiempo tiene que ver con lo existencial. Capturarlo o congelarlo es una obsesión.  Ya desde pequeño me identifiqué con el caracol por su forma de protegerse, pero también por la relación en él entre lo duro y lo blando y por su manera casi imperceptible de ir horadando la tierra. La temporalidad, la vida, el movimiento… Todo eso capturado y concentrado, son mis obras. Y el concepto de gota, que es una manera de expresar mejor ese movimiento cíclico y continuo que me obsesiona, también tensional y de fuerza gravitatoria que te tira y te modifica, tiene su origen en una esfera. Pero la vida es un proceso, una metamorfosis, un movimiento que te va creando y modificando, lo que demuestra que eres el mismo pero que vas cambiando.

Eso me lleva a preguntar por muchas de las marcas en las obras, esos materiales aparentemente blandos…

Eso también es autobiográfico y tiene que ver con la piel y con el deseo. Porque esas son huellas de deseo. Es la tentación de tocar para poder conocer: qué eres, quién eres, de qué estás hecho… De alguna forma también se refieren a la eternidad, al deseo de todos de dejar huella. Es una paranoia narcisista. Y es una acción de tocar para conocer, no para agredir. Hay algo ahí que toca con Lucio Fontana. Pero sobre todo tiene más que ver con la idea de la huella, la belleza y la percepción. También con el tiempo, de forma colateral.

 Su apuesta por la belleza, ¿le ha marcado también una frontera con los otros?

Siempre. Además, yo emerjo en territorio hostil. La belleza está más que denostada en estos tiempos. En el péndulo, yo estoy en su contra. ¡Quizás la galería Lisson me apoyaría, pero Lisson está ya copada! Quizás yo llego tarde al tren de los Kapoor, Opie y compañía, pero siempre he hecho aquello en lo que he creido. Es mi herramienta de trabajo. Y he trabajado con otros materiales antes que con todo esto, pero no he sabido expresarme bien desde ese otro lado. Son muchos los que rechazan la belleza en el arte: coleccionistas, curadores, críticos… Me siento un poco fuera de lugar. Pero estoy seguro de que en algún momento me llegará mi turno. Porque en todos, en nuestra forma de mirar, siempre hay un lugar para la belleza. Aunque sea de reojo y sin que les observen los demás.

Santiago Villanueva en Xavier Fiol Proyectos

Usted es madrileño, pero le ha costado exponer en la ciudad de forma individual (sus galerías no son de aquí). ¿Qué supone esta muestra para usted?

Acabo de volver a Madrid tras veinte años viviendo en Palma. Aquí, el único escaparate que tenía para exhibirme era ARCO. Por eso estoy contento con esta vuelta. Este es el lugar en España para presentar la obra. Es donde la visibilidad es máxima. Para mí, esta exposición es un paso más en este camino que me he marcado. Ojalá que dé pie a otras cosas. A apuestas más fuertes. Que sea un trampolín para poder llegar a otros lugares. Un museo… Soy muy exhibicionista.

Creo que se muda a Madrid.

Me he hecho con una nave en Ajalvir en la que, por su tamaño, me resulta muy difícil trabajar. De forma que estoy creando una taller dentro del taller, una arquitectura dentro de una arquitectura, para no sufrir agorafobia. De todas formas, sigo produciendo en Palma, viajo allí todos los meses, porque mi proceso es muy industrial y no precisa de mi acción para que la obra esté terminada.

¿Ha notado si el nuevo entorno ha influido en su obra?

En principio no. Tengo muchos libros con muchos dibujos hechos desde hace mucho tiempo. Pero las cosas surgen cuando surgen. Y todo lo germinal que estaba tácitamente en tu cabeza sale solo. En septiembre inauguro una galería en Estambul y para ella quiero proponer una instalación “invendible” como esta. No hace mucho un galerista me recomendaba hacer lo que impulsa a muchos otros, que es crear una pieza fundamentalmente para la prensa y la crítica, invendible, y que luego en la trastienda meta todo aquello que sí que es más accesible para el mercado. Ese día también llegara. Paciencia.

¿Hacia dónde fluye su trabajo?

Me gusta ese término: fluir. Porque así tiene que ser mi trabajo. No lo tengo claro, pero es cierto que fluye, porque yo lo hago. Muchas de estas piezas van mutando, van mejorándose, experimento con su escala, su grosor… Porque todo queda siempre pendiente. No creo que dentro de 20 años sea muy distinto a como soy ahora. Mi manera de pensar será muy parecida. Seguiré trabajando en el concepto “drop”, quizás con otra escala, con otra materialidad, pero seguiré obsesivamente en eso. El trabajo fluye tal vez cinco centímetros más cerca del suelo, nada más. Y con eso me basta. Pero quizás era lo pendiente y me hará sentirme pendiente cuando esté formalizado.

¿Usted piensa igual que hace veinte años? Yo no.

No. Para nada. Pero mi obsesión es la misma. Lo que está ahí enganchado, no ha cambiado. Con el hierro trabajaba las mismas paranoias que ahora. Los jeroglíficos no se resuelven. Y quizás no quiero resolverlos. Soy distinto en la piel, en encajar, en expresarme… He vivido muchas cosas… Pero en eso soy muy parecido. Uno evoluciona, pero no cambia.

Santiago Villanueva. “Área Reservada”. Xavier Fiol Proyectos. Madrid. C/ Mallorca, 9. Hasta mediados de abril

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 19 de marzo de 2016

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