Jorge Galindo. “Reinterpretada III”. Museo Lázaro Galdiano

«Volvemos a vivir una época muy negra para el arte en España»

El pintor Jorge Galindo es el encargado de releer la colección del Museo Lázaro Galdiano desde el arte contemporáneo. Y su apuesta nos lo descubre a él mismo como coleccionista, además de como forofo de la pintura

Jorge Galindo en el montaje de “El gran juego”, en la Lázaro Galdiano (Foto Isabel Permuy)

Tercer capítulo de «Reinterpretada», el programa comisariado por Rafael Doctor para que el arte contemporáneo dialogue con la colección del Museo Lázaro Galdiano, y había que darle una vuelta de tuerca al proyecto. Por eso, tras Enrique Marty y Santiago Ydáñez (¿para cuándo una mujer?), Jorge Galindo, el artista que se toma muy en serio lo de no tomarse en serio la pintura, es el convocado. En el antiguo salón de baile, una gran intalación de su factura homenajea a una publicación ligada a esta casa (la revista Goya); y en el resto del edificio, no obras de su mano, sino de su propia colección, así como ejemplos de sus innumerables colecciones (discos, vinilos, libros…), le hacen un guiño a los tesoros de Galdiano. Bienvenidos a este «caos controlado».

Quisiera que empezáramos hablando del Jorge Galindo coleccionista, quizás la faceta por la que es menos conocido.

Cuando comenzamos a plantear este proyecto, para mí fue muy sencillo conectar las actividades de pintar y la de coleccionar. De ahí el título de la exposición: El gran juego. Porque para mí es muy fácil, ya desde pequeño, poner en relación mi tendencia a atesorar cosas absurdas y ponerme a pintar. Con el tiempo, ambas facetas han ido creciendo, se han desarrollado en paralelo. Yo, de todas formas, no me considero un coleccionista de pintura o coleccionista de arte. La colección de pintura que tengo es fruto de intercambios con amigos, con alguna cosa que he comprado, pero que son las menos. Lo que entran en esta exposición son las más afectivas para mí. Es decir: esas pinturas que tengo colgadas en casa. Las que más veo, las que me acompañan en mi dormitorio, en mi comedor… Así, por ejemplo, hasta aquí llegan dos retratos de mis hijos realizados por Julian Schannabel, una fotografía de Santiago Sierra, un cuadro de Ray Smith… Me considero coleccionista de muchísimas cosas, desde muy pequeño, pero no de arte.

Son entonces dos líneas, la de la pintura y la de coleccionar, que le acompañan desde siempre.

Y que han convergido en mi trabajo. Y he introducido mis colecciones en mis obras. Yo he intervenido portadas de discos, soy un fanático coleccionista de vinilos. He empleado mis colecciones de revistas para muchos de mis fotomontajes… Para mí, está todo relacionado. Mi casa está llena en exceso de todos esos conjuntos. Comencé, como todo el mundo, con tebeos, con cromos, pero acabé acumulando pilas. Con nueve años tenía tantas cajas con tantos kilos de pilas que traía loco a mi madre. ¡Pero es que las había de tantos tamaños, algunas tan bonitas! Acaba recogiéndolas por las calles. De esas cosas absurdas pasas a coleccionar libros, discos, fotos,revistas…

Un Schnnabel al lado de un Carreño Miranda

Le pregunté porque, como indica, es la base de alguna manera de esta tercera entrega del ciclo “Reinterpretada”. ¿Cuál es su propuesta?

Este es el museo de un coleccionista, que además fue su casa. Son dos líneas que también se cruzan: colección y vida. A mí me gustaba mucho, como espacio para intervenir, el salón de baile, y convertirlo en una instalación de pintura. Y es lo que hemos hecho. Pero en un segundo capítulo, la exposición juega a mezclar esas obras coleccionadas que yo tengo en casa de otros artistas y distribuirlas entre la colección del museo. Pero vuelvo al salón de baile, porque allí se me ocurrió utilizar una publicación muy vinculada a esta casa, la revista Goya, que además me permite crear un gran cuadro con los cuadros que se reproducían en sus páginas y la nueva intervención pictórica que yo añado. Un gran cuadro, digo, inmersivo, que rodea al espectador por todos sus lados y en el que penetras. Para mí es una mezcla entre un gran collage o decollage de la historia de la imaginación, y utiliza un archivo como una arquitectura, lo que nos remite a Aby Warburg y su gran atlas de la memoria, pero también al estampario de Gómez de la Serna. Igual que cuando usas miles de las imágenes de la historiografía del arte desde la revista Goya estás utilizando las afinidades entre unas y otras, estás empleando el caos y el exceso, me gusta conectar todo eso con este propio museo, porque este es un museo del exceso. Lo que hago es ir un poco más allá en su caos y en su exceso, explosionando de golpe todas esas imágenes, todo ese archivo en blanco y negro de la Historia de una publicación empleando su arquitectura.

Eso es mucho más que un “gran juego”.

Para mí, pintar y coleccionar son un juego. Soy consciente de que hay muchos artistas que lo pasan fatal trabajando. Yo siempre lo he visto como algo natural con lo que me divierto. A veces, me encuentro a mí mismo tirado en el suelo con un cuadro como cuando era un niño y dibujaba con ceras. Continúo haciendo lo mismo, sólo que me ha hecho más grande. Me ocurre a menudo que recuerdo cosas que hacía cuando era pequeño y ahora las hago igual. Lo único que ha sucedido es que ha pasado el tiempo.

Aquí hay un interesante cruce de tiempos: el de la Historia de la revista, que recoge el de la Historia del arte, que se trae al presente, para hablar también de su presente, y su propia historia…

Cuando preparaba el collage en el estudio ya era consciente de todo ese cruce de tiempos y esas conexiones. La revista es el “soporte” de unos cuadros. Y yo, como pintor, lo intervengo con trazos de pintura. Pintura negra: primero por la conexión con el blanco y negro de la publicación pero también por una conexión entre épocas. La de los años cincuenta, la de la posguerra, que desde el punto de vista del arte, tiene muchas similitudes con el periodo negro, oscuro, que nos está tocando vivir ahora. Esta es una época muy negra para el arte contemporáneo.

¿Coleccionaba la revista?

No. La he ojeado, y he tenido algunas, entre las miles que tengo en casa, pero algunos números especiales sí que los había empleado para otras cosas. Números especiales de Goya o de Velázquez.

¿Y qué se ha encontrado ahora al ojearla?

Me sorprende muchísimo, sobre todo pensando en una época en blanco y negro, que esta revista se planteó la responsabilidad de tener corresponsales por todo el mundo para intentar abrirnos los ojos. Yo me he encontrado artículos de primeros de los años setenta sobre exposiciones de Rauschenberg o de Cy Twombly. Me sorprende que al exiguo mercado del arte contemporáneo en España hubiera una revista que le trajera eso. Y lo veías en blanco y negro, pero lo veías. Y me gusta la interconexión que se crea entre épocas. Repito: ahora vivimos una época muy negra para los artistas contemporáneos en este país.

Obras nuevas inspirado en Goya y la revista homónima

¿Volvemos a leer el arte contemporáneo en blanco y negro?

Digamos que todo influye de forma global cuando estás trabajando. Siempre me ha gustado trabajar sobre soportes con un contenido de gran personalidad. Soy excesivo e intencionado. Y este soporte, ahora, su blanco y negro me ha influido para hacer estas reflexiones sobre nuestra propia época. En algunas de mis series más recientes, los billetes destruidos, o en los cuadros en colaboración con los cartelistas de la Gran Vía, influye el soporte, pero es más importante la idea que tú aportas.

Pasemos a ocuparnos a ese segundo capítulo de la muestra. ¿Cómo ha jugado a ser comisario dentro de una exposición comisariada?

Para Rafael Doctor es la tercera exposición que hace para “Reinterpretada”, y por eso su planteamiento ha sido el de darle una vuelta de tuerca más al proyecto. Ahora no se trata de trabajar con los cuadros de un artista invitado, sino con los cuadros con los que convive el artista que es invitado, y que suelen ser obras de amigos, de colegas, u obras que me he encontrado en El Rastro. De forma que esta es la primera colectiva del ciclo que se ocupa de las cuestiones en las que trabaja un artista determinado, que soy yo, y las cosas que le influyen y rodean. Es una idea interesante, muy bonita, también muy fácil de desarrollar porque son las obras con las que convivo a diario y que solo ha tenido que descolgar.

Supongo que luego habrán intentado que dialoguen con las que integran la colección de Galdiano.

Desde luego. Por ejemplo, hay un retrato de platos de Schnnabel de mi hijo cuando tenía tres meses que conversará con un Carreño maravilloso de la planta inferior. El de mi hija entrará sutilmente en la armería. En la sala religiosa irrumpe la foto del “No” de Santiago Sierra… Ese juego también es muy chulo.

Este mismo comisario le llevó al MUSAC. Fue de hecho esa una de sus últimas exposiciones como director del centro. ¿Cómo se trabaja con él?

Yo trabajo con él estupendamente porque nos conocemos desde hace muchísimo tiempo. Casi podría decir que comenzamos juntos nuestras trayectorias. De hecho, el trabajaba en la galería donde yo hice mi primera exposición. Nos entendemos estupendamente y eso lo facilita todo mucho. Hay cosas de mí que él casi conoce mejor que yo, y yo también le tengo pillado el punto. Hemos hecho muchas exposiciones juntos: la del MUSAC que mencionas, la del Espacio Uno del Museo Reina Sofía… Es otra de esas líneas vitales de las que hablábamos antes y que se han ido desarrollando. Pertenece a mi biografía más que muchos otros artistas.

En el MUSAC llevó entonces su taller al museo…

Ahora quiere traer mi casa. Porque aquí no sólo van a entrar cuadros. También muestro mi colección de grabados japoneses, mis libros, mis vinilos, mis revistas… A él le gusta mucho indagar en el armario y el alma de los artistas con los que trabaja, y dar una visión muy cercana, muy natural de los mismos. Por eso se cuela en tu cotidianidad, se salta a los intermediarios.

Pintura sobre capó de coche de Galindo, ahora en la Lázaro

Él habla en su presentación de la muestra que a usted no le ha interesado tanto el contenido de este espacio como el continente, la arquitectura a la que se refería usted antes. ¿Qué ha descubierto en ella?

Me interesaba mucho el salón de baile porque, repito, esto era la casa de un coleccionista. Hacer una instalación de pintura desde una arquitectura, hacerla que se desborde por su galería superior hasta la planta inferior, habla mucho del exceso. Eso es algo que va mucho conmigo. Lo que he pretendido ha sido muestrear el caos introduciendo todavía más caos. Eso era lo que más me gustaba y por eso elegí centrarme en una sala. Son miles las imágenes, muchas repetidas, reproducidas en blanco y negro. Ahí hay un juego muy entretenido de ir mirando todas estas cositas, cuando ves el cuadro de cerca.

Una especie de agujero negro.

Sí. Como un mapamundi. Es el Atlas de Warburg pero en caótico, no ordenado. Esto es puro caos.

Habla de caos. Nos tiene acostumbrados a “borracheras de pintura”: ¿La hay también aquí, en esas intervenciones de la galería sobre el chorro de imágenes de los collages?

Desde luego. Pero hay otra borrachera destacable de pintura: la de las obras de la colección mezclada con el exceso de las obras de este museo. Y a ello se une otro torbenillo, tal y como decíamos antes: El de los contenidos alternativos: los vinilos, las revistas, los libros, las vitrinas… Lo bueno de que el comisario conozca mi casa es que también conoce el ambiente en el que trabajo. Yo veo esa instalación como un gran cuadro, y para nada te va a proporcionar como espectador una sensación de reposo.

En el caso de los cuadros, los que llevan su firma y que también se mezclan con los de su colección, ¿cómo se ha procedido a hacer la selección? ¿Qué es lo que el comisario quiere que se sepa de usted a este respecto?

Se incluyen tan solo dos obras: un cuadro grande muy reciente y la más escultórica del capó. Son obras construidas alrededor de esta serie, con portadas de la revista. La que se ha ejecutado sobre tela ocupa un espacio destacado en la puerta de entrada.

Considera que para usted la pintura es una actitud vital. ¿Es el “collage” una evolución de la pintura?

Para mí, el collage es aquello que le da un contenido extra a la pintura. Muchas veces lo he empleado como soporte, como boceto, como algo fuera de la pintura sin hacer pintura, casi como algo escultórico. De hecho, aquí entra también una de mis obras recientes realizadas sobre el capó de un coche. Para mí, esa manera de proceder dota de un contenido extra a lo pictórico. Sobre todo a la pintura abstracta. En las pinturas más figurativas que también he realizado, el collage queda relegado a la misión de boceto. Eran aquellos fotomontajes que luego pasaba a los pintores de carteles de cine de la Gran Vía para que ejecutaran las obras. Por eso prefiero resaltar el contenido extra que aporta a la producción no figurativa.

¿Y se puede pintar con una cámara o hay que mancharse de pintura?

Es cierto que pueden generar imágenes con referencias a la pintura o lo pictórico. Pero eso no es pintura. Ni siquiera pintura expandida. Para mí, no lo es. Hay que mancharse de pintura.

¿En que punto “vital” se encuentra usted ahora mismo?

Llevo dos meses con esto, tan absorbido, que me cuesta contestar a esa pregunta. Pero sí que es cierto que estoy con varios proyectos a la vez. Siempre me ha gustado cerrar conjuntos y pasar a una manera diferente de pintar. Por eso he usado los soportes más variados, he empleado a otras personas para pintar mis cuadros… Ahora estoy de nuevo preocupado por cómo resolver técnicamente determinadas cuestiones. Por eso estoy empezando a ver cómo realizar cuadros con drones. Parece una gilipollez, pero me gusta plantearme la dificultad de pintar un cuadro. Buscar resultados que me gusten pero a través de técnicas que no son las habituales. Y estoy también liado con esa idea de hacer cuadros míos pero que no los pinte yo. Estoy buscando quién puede “pintármelos”.

La colección de libros y discos también entra en el museo

De pronto parece que a las nuevas generaciones no les da vergüenza declararse pintores. ¿Cómo ve a estas últimas hornadas?

Me parece perfecto que así sea. Durante muchos años la gente tenía mucho prejuicio a declararse pintor. Había casi que disculparse. Es necesario entrar, no tanto al mercado, como al mundo del arte sin ese prejuicio. No hay que pedir perdón por pintar, sino dar una patada en la puerta. Esa es la actitud de los buenos pintores. Ahora se ve a muchos artistas pintando. Eso me gusta. Lo que ocurre es que he estado seis años fuera de España y me cuesta controlar al dedillo la escena, pero sí que veo futuro en la técnica.

Ahora trabaja con Helga de Alvear, después de hacerlo muchos años junto a Soledad Lorenzo. ¿Influye en el trabajo de un artista su galerista?

Yo he tenido la suerte de trabajar con estas dos grandes galerías, capitaneadas por personas muy apasionadas con lo que hacen. En ese sentido, y considerando, claro está, que no son la misma persona, yo no he notado diferencias. Pero lo que es clave para un artista es que tu galerista crea en lo que haces, se ilusione contigo. En ese sentido, soy un afortunado.

Después de esto, ¿hacia dónde se desparrama?

No tengo ni idea. Y si lo supiera, sería muy aburrido. Así me ha pasado siempre, durante los últimos 25 años. Si sé lo que voy a pintar el año que viene, mejor que haga otra cosa. Y eso es así porque lo que me interesa es el proceso, darle vueltas al coco para ver cómo soluciono algo. Repito: no tengo ni idea. Y cuando le tengo cogido el tranquillo a algo, lo mejor es abandonarlo.

¿Conocía este sitio? ¿Ha entrado con otros ojos para trabajar aquí?

Sí, claro que lo conocía. Y cuando vi la exposición de Santiago Ydáñez y Enrique Marty me pregunté: “¿Qué haría yo aquí?”. Y es muy excitante que te lancen el reto, en la casa de un coleccionista. En Londres está la Wallace Collection, que es el museo más parecido a este, y que también ha trabajado con artistas contemporáneos, hizo un proyecto con Damien Hirst y sus cuadritos de las calaveras. Siempre está chulo hacer nexos con conjuntos tan abrumadores como esos.

Que haya antecedentes, ¿se lo pone a uno más fácil o más difícil?

A mí me da igual. Ni más fácil ni más difícil. En realidad es un reto, como lo es el resto de mi trabajo. Y yo intento hacer mi trabajo lo mejor posible. Estoy contento con los resultados.

Galindo por Isabel Permuy
Jorge Galindo. “El gran juego”. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. C/Serrano, 122. Comisario:Rafael Doctor. Http://flg.es/. Desde el 10 de febrero

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 11 de febrero de 2017

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