Exposiciones en los museos a gusto del coleccionista

Las colecciones artísticas, públicas o privadas, copan buena parte de la programación de los museos españoles. El MACBA, el CGAC y Es Baluard, entre otros muchos, ofrecen estos días con desiguales resultados iniciativas de esta naturaleza

"Mi abuelo Daniel", obra de Adrián Villar Rojas que abre la exposición de Es Ballard "El tormento y el éxtasis"
“Mi abuelo Daniel”, obra de Adrián Villar Rojas que abre la exposición de Es Ballard “El tormento y el éxtasis”

No es la primera vez que mencionamos (ni será la última, visto lo visto y lo que se nos viene encima tras leer las cifras macroeconómicas que maneja Europa), que una de las consecuencias de la crisis en los museos españoles ha sido la de tirar de colecciones (propias o ajenas) para rellenar programación. Fórmulas con más o menos gracia –del apostar por los grandes nombres de un conjunto, o el gran nombre de un propietario, a citas que espolvorean las salas con piezas sin mucho ton ni son o un dicurso crítico que las unifique– han traido a colación reflexiones muy pertinientes sobre el propio sistema –la de la entrada y gestión de lo privado en lo público es la más evidente– y sus agentes –y ahí estaríamos hablando del papel que se otorga de comisario al coleccionista, al que, en todos los casos, le mueven unos gustos muy personales y no siempre unos criterios «museográficos» o de creación de discursos. 

Vengan estas reflexiones al caso, ya que coinciden estos días en distintos centros españoles citas en las que una colección (propia o de otros) da pie a una destacada muestra. Ya hemos analizado aquí los últimos capítulos escritos desde sus conjuntos por el MUSAC o el IVAM. El primero se sitúa entre los centros más golpeados por la crisis, sobre todo porque gozó de unos presupuestos «por encima de sus posibilidades» en tiempos de bonanza, siendo también de los primeros en apuntarse al carro de la relectura del «fondo de armario». El segundo, que ahora analiza sus contenidos en clave urbana (un tema más que utilizado por su director, pero que, sin embargo, resuelve de forma correcta), incluye en el debate una nueva línea de análisis, y es esa tendencia a hacer «eternas» en duración este tipo de propuestas -esta estará en cartelera hasta verano de 2017- envueltas en la falsa cobertura que las presenta como «exposiciones temporales».

Tiempo de repasar las colecciones propias en el MACBA de Barcelona y el CGAC. Se une allí el morbo de descubrir cómo se desenvuelven con las mismas sus respectivos directores, Ferran Barenblit y Santiago Olmo, nuevos en estas instituciones. Ellos actúan, por su cargo, como coleccionistas con vocación pública, lo que no significa que no tiren de «discruso propio» para armar historias. Y a los dos les ha dado, curiosamente, por convertir el museo en prologación del telediario; por hablar de violencia, conflicto, frontera y crisis de valores, como si el espectador no fuera capaz de sacar sus propias conclusiones sobre estas cuestiones sin pasar por la sacrosanta institución artística. El CGAC, incluso, en Releer la colección, se anima con un tópico como es el de reflexionar sobre la institución museística, «su función social, su capacidad crítica de transformación, de agente dinamizador de debates», señala la nota de prensa. Ese deseo, una vez más, de ser «antisistemas» cuando el museo es por principio el «sistema» en el sistema. Y, lo más trágico, encontrando la precariedad de puertas afuera. Mientras escribíamos estas líneas, se suceden huelgas de personal en centros tan dispares como el Bellas Artes de Bilbao, el mencionado MACBA o Es Baluard en Palma. ¿La razón? Los recortes salariales de sus plantillas, lo que revierte en la calidad y servicios que estas instituciones prestan.

Jordi Benito: "Acción sobre papel de fumar" [detalle]. Obra de la colección del MACBA
Jordi Benito: “Acción sobre papel de fumar” [detalle]. Obra de la colección del MACBA
En Colección MACBA 31, el museo barcelonés da por inaugurada su tercera década de existencia, poniendo a dialogar algunos de sus grandes hits –como el Cildo Meireles que recibe al visitante o el Condensation Cube, de Hans Haacke– con una decena de nuevas incorporaciones, de forma que un tercio de las 85 obras expuestas se exhibe por primera vez. Estas se agrupan bajo los epígrafes «Experiencias», «Tiempos» y «Conflictos». Y, superados ya los prejuicios locales para convertir en internacional una colección que se precie de ser de calidad, este tipo de muestras sirven para denotar, no obstante, cómo y a quién compran los museos. Dentro y fuera de sus propios contextos.

Por su parte, el CGAC prefiere desmenuzar la lectura a su colección desde argumentos temáticos y en tres exposiciones complementarias, entre las que destaca como caso de estudio de coleccionismo institucional en España la compra que en su día hiciera el sevillano CAAC de la pieza Cell de Louise Bourgeois por cien millones de pesetas. El revuelo en la prensa de la época por el alto precio pagado sonroja ahora ante el valor de esa misma pieza.

También la política se convierte en el tema de Ni cautivos ni desarmados, selección que Alfonso de la Torre ha llevado a cabo utilizando como fuentes los fondos de los conjuntos personales de los miembros de la asociación de coleccionistas 9915 más la de la Colección Martínez Guerricabeitia, en la Universidad de Valencia. En este caso, pues, es el gusto «original» y limitado de los respectivos dueños los que marcan el devenir del discurso fijado.

Por eso dejamos para el final un caso paradigmático como El tormento y el éxtasis, en Es Baluard, por el choque de conflictos entre lo privado y lo público que genera. Su bienintencionado punto de partida es hacer, desde una institución pública, un recorrido por el arte contemporáneo generado en Latinoamérica (perdiendo ya una gran oportunidad, que es la de ampliar el campo de actuación a Iberoamérica y, así, romper con los exóticos discursos anglosajones en los que lo español y portugués quedan excluido, no dejando dialogar a los artistas de la Península con los del subcontinente, identificándose ambas realidades, unidas por cultura, Historia y lenguas) y llevarlo a cabo desde los fondos de las principales colecciones privadas de las Islas Baleares, primer contexto geográfico al que se dirige este centro y que por supuesto debe atender.

La "Celda" de Louise Bourgeois del CAAC, caso de estudio en el CGAC
La “Celda” de Louise Bourgeois del CAAC, caso de estudio en el CGAC

Todo correcto hasta que se descubre que tampoco son tantas las colecciones invocadas (buena parte del grueso proviene de lo atesorado por José María Lafuente) y que la mayor parte de los coleccionistas prefieren mantener el anonimato (renunciando a que se relacionen nombres con piezas pero no a que se documenten, se cataloguen y se restauren). Pocas relaciones puede hacer pues el espectador; lecturas invisibles sobre gustos, intereses, debilidades…

Pero lo peor de la muestra, con diferencia, es su montaje. Los comisarios (Nekane Aramburu, directora del centro, y Gerardo Mosquera, que realmente viene a aportar «su sabiduría» en el texto del catálogo y a avalar una selección ya llevada a cabo por la anterior) han optado por agrupar las obras en torno a cuatro conceptos –«Pasión», «Belleza», «Ideología» y «Conflicto»– que definirían lo latino (justo después de explicársenos que el «arte latinoamericano» no existe, y que las dinámicas barajadas por los artistas son diferentes en función del país de origen), que, sin embargo, se diluyen en unas salas en las que se ha prescindido de cartelas o cualquier tipo de referencia en pared. El espectador debe encomendarse a unas hojas de sala depositadas en unos pequeños cajones si quieren tener más datos sobre los trabajos (a eso y a que no las haya cogido alguien antes).

Y ponerse a buscar: porque allí hay muy buenos vídeos de Regina José Galindo y Aníbal López; espectaculares instalaciones de Abraham Cruzvillegas y Sandra Vásquez de la Horra; nuevas disposiciones de obras de Ernesto Neto o Doris Salcedo… pero la sensación que tiene el que atraviesa las salas es la de estar en el saloncito burgués en las que las tuviera dispuestas de cualquier forma un único coleccionista. Se ha perdido incluso la posibilidad de conocer cómo compra un museo (la muestra incluye obras de su propia colección de Kcho, José Bechara y Daniel Chust Peters) y cómo lo hace un particular, o cómo la manera de hacerlo el primero o los segundos influye en el otro (reconoce la directora haber encontrado nombres y series que se repiten sistemáticamente de colección en colección). ¡Parece mentira que, una planta más arriba, se haya esbozado otra deliciosa lectura de la colección del museo desde la misma persona, esta vez con la complicidad de Isaki Lacuesta!
Al final, una muestra con vocación pública se convierte en prolongación de los gustos de unos pocos, sus «propietarios». Y esto es muy peligroso.

Obra de Carlos Amorales de "El tormento y el éxtasis", en Es Baluard
Obra de Carlos Amorales de “El tormento y el éxtasis”, en Es Baluard

“Colección MACBA31”.  MACBA. Barcelona. Comisarios: Ferran Barenblit y Antònia Maria Perelló. Hasta junio de 2017. “Releer la colección”.  CGAC. Santiago de Compostela. Comisario: Santiago Olmo. Hasta el 2 de octubre. “El tormento y el éxtasis. Arte de origen latinoamericano en las colecciones de Mallorca”. Es Baluard. Palma de Mallorca. Comisarios:Nekane Aramburu  y Gerardo Mosquera. Hasta el 2 de octubre

Tecto ampliado del publicado en ABC Cultural el 16 de julio de 2016

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