“Habitar el espacio” (Lázaro Galliano) y “Casa-Estudio-Calle-Barrio” (CentroCentro)

Como en casa, en ningún sitio

Dos exposiciones en Madrid reflexionan sobre los conceptos de casa o vivienda: la del coleccionista, en la Fundación Lázaro Galliano (“Habitar el espacio”), y la del artista, a veces taller, en CentroCentro (“Casa-Estudio-Calle-Barrio”)

Uno de las aportaciones de Juan Ugalde a "Casa-Barrio-Calle-Estudio"
Uno de las aportaciones de Juan Ugalde a “Casa-Barrio-Calle-Estudio”

A lo largo de los últimos años, artistas contemporáneos de diferente pelaje han ido dialogando con la colección histórica del Museo Lázaro Galdiano. Nadie hasta ahora lo había hecho con el edificio, con su Historia. Ese es el reto que se plantearon Alicia Ventura (asesora de la colección DKV) y Amparo López (conservadora-jefe del centro) cuando decidieron mostrar parte de los fondos del primer conjunto insertos entre los del segundo, de forma que esto no fuera una nueva «colonización» de un espacio concreto –centro de arte, sala de exposiciones– por una colección más. La selección tendría que tener un discurso, un sentido.

Y la decisión se tomó bajo uno de los grandes frescos que decoran las estancias de esta institución (precisamente, el que representa a Galdiano como mecenas), único chivato en el presente del uso que en el pasado la familia daba a cada estancia, a cada alcoba, y que la museografía actual de la institución obvia por completo. Por eso, el recorrido por la muestra Habitar el espacio (que cubre las cuatro plantas del edificio con obras de casi cincuenta artistas, reunidas por otro tipo de mecenazgo actual, el empresarial) debe hacerse mirando de arriba –el techo– a abajo –paredes y suelos–, transformando al pintor Eugenio Lucas Villaamil en improvisado guía. Un detalle más: a Villaamil lo rescató Galdiano de la indigencia cuando buscaba obras de su padre. Y le pidió pintar su palacete. Las fórmulas de mecenazgo son de lo más variadas, sí, y en el transcurso de esta exposición veremos cómo se actualizan.

Para que entiendan lo que les decía antes, reparen en los frescos de la llamada Sala de Tocador. Sabemos que lo fue porque los protagoniza Venus, diosa romana de la belleza. Esta se destina hoy a acoger la obra de un artista invitado, y allí se presenta ahora una pieza concebida especialmente para este entorno, fruto de una beca de producción entre DKV y la Casa de Velázquez. Intervallum, de Manu Blázquez, es un bello ejercicio matemático basado en la sucesión de números cuadrados, sí, pero el material de sus planchas, el cobre, convierte la propuesta en un espejo contemporáneo que devuelve nuestros reflejos y los del lugar.

Obra de Pep Fajardo de la colección DKV, ahora en el Museo Lázaro Galdiano
Obra de Pep Fajardo de la colección DKV, ahora en el Museo Lázaro Galdiano

Estos maridajes se repiten a lo largo de toda la selección, pero bajen a la planta primera, la que antiguamente se dedicaba al servicio y por donde entraban las obras que adquiría Galdiano. Allí quedaban hasta que este les encontraba un emplazamiento. La muestra recrea cómo sería ese momento si el coleccionista viviera. Con un antonio montalvo (que fue además la última obra adquirida por DKV, en ARCOLisboa, a fecha de la inauguración de esta cita) junto a otras piezas de Guillermo Mora, Nuno Nunes-Ferreira (un guiño a la labor de editor del mecenas), Nico Munuera (cuyos fragmentos pictóricos y colores dialoga con la colección de vidrieras del Museo) y Transparencia 0, de Karmelo Bermejo, otro guiño: su instalación reproduce la colección completa de obras de arte de un conocido director de museo.

En la segunda planta, en lo que fue comedor de gala, reposa la Primera cena de Rosana Antolí. La colección más clásica dialoga con piezas que evocan «clasicismo», como las de Alain Urrutia o José Ramón Amondarain. En la suntuosa sala de baile, bailarinas de Chechu Dávila, frente a otra pieza de suelo caprichosa, la de Pablo Valbuena, tanto como sus 25.600 millones de composiciones posibles. ¡Eso sí que son pasos de baile, observados desde arriba por algunos de los retratos de la serie Walking on Faces de Bernardí Roig! La biblioteca es para los «libros» de Eugenio Ampudia y el lienzo del expolio de la londinense de Xisco Mensua. En el despacho de Galdiano, obras en las que el papel es el protagonista: las cartas intervenidas de Manuel Antonio Domínguez, o los fajos de Misha Bies Gola, otro de los proyectos de producción de DKV para MARCO-Vigo.

El tercer nivel era la planta noble, con un carácter más privado, donde se sucedieron trágicas historias familiares. Por ello las obras rezuman un carácter más nostálgico. El fresco del comedor, dedicado a la diosa flora, casa bien con los dibujos de humo de plantas de Señor Cifrián, justo al lado de la foto de Castro Prieto (comprada para la ocasión) que reproduce una de las obras maestras de este museo (la atribuida al círculo de Leonardo). En los antiguos dormitorios, ahora habitaciones diáfanas, la pieza musical de Pep Fajardo (con banda sonora de Satie) señala dónde tocaba el piano Manuelita (una de las hijas del coleccionista), mientras que Estefanía Martín Sáenz (beca DKV-Makma) despliega a sus personajes secundarios de cuento, cerca de la cabeza dormida de Samuel Salcedo

Serie de Andrea Canepa en CentroCentro
Serie de Andrea Canepa en CentroCentro

En el último piso del edificio se recrea una especie de almacén visitable. En la sala de armas, se confunden las piezas de Christian García Belo y Javier Arce con artefactos militares; entre la colección de monedas se inserta una aportación casi «arqueológica» de Patricia Dauder; la reproducción de una mesa de gala contrasta con la «cocina» montada por Saelia Aparicio… Una cita imprescindible.

Regresamos al siglo XXI. El mismo en el que los artistas actuales –sobre todo los emergentes– precisan de mecenazgos. Está en juego su carrera, su proyecto vital; otras casas, que a veces son también taller, pero siempre refugio. Estos son algunos de los conceptos manejados en por Virginia Torrente como comisaria en CentroCentro, desde donde fue llamada para hacer (en los sótanos del Ayuntamiento madrileño) una muestra de dibujo que ella ha ampliado a reflexión sobre la condición de ciudadano del artista; con una vida laboral muchas veces frágil, precaria, sin garantías de conservación, como la técnica sobre la que pivota la muestra y cuyos límites expanden los autores convocados.

Así se gesta Casa-Estudio-Calle-Barrio, cuyo recorrido va de la ciudad a la casa para volver a salir a la calle. Por eso arranca con la recreacción de una acción llevada a cabo por Carlos Maciá con 300 de sus dibujos en el barrio de Usera para conocer qué interferencias generan esos carteles que nada anuncian con pedía a día de los transeúntes. Por su parte, Tamara Arroyo está familiarizada con trabajar con los espacios en los que desarrolla su actividad. Hasta aquí trae algunas experimentaciones con las ventanas (marcos que conenctan el interior con el exterior), y que se ofrecen a la aportación de Miki Leal, que retrata en una gran pieza a los integrantes del estudio en el que en la actualidad trabaja (Nave Oporto), a la vez que juega a apropiarse de los los estilos de cada uno de ellos en un segundo conjunto de obras.

Obra de Rosana Antolí para "Habitar el espacio"
Obra de Rosana Antolí para “Habitar el espacio”

Ángela Cuadra, artífice de Salón (sala de exposiciones en esta pieza de su propio domicilio), no podía faltar en esta selección. Y su proyecto, Fridge, alude asimismo a la precariedad con la que lidian muchos artistas, pues, como le ocurre más adelante a Fernando Renes, son también personas… Y padres y madres. Salón es además el área de juegos de sus hijos, y con ellos compuso la instalación de la muestra (ante la imposibilidad de dejárselos a nadie durante el verano). Por su parte, el mencionado Renes se sirve del significado «vagabundear» de peripatético (título de su propuesta), deambulando en sus dibujos por todos sus últimos destinos y también por su actual condición de padre, que igualmente le tiene desubicado.

Teresa Moro ha esbozado un catálogo de hasta 60 muebles-fetiche que no pueden faltar en el estudio de un artista a partir de las fotos que le enviaron sus compañeros de profesión (y en los que el reciclaje y el do-it-yourself están a la orden del día). El brasileño Daniel Chust Peters recupera sus dibujos de niño para reivindicar el germen del artista (muchas veces, en la habitación personal del domicilio paterno). Martín Vitaliti realiza un bellísimo ejercicio desde la viñeta del cómic que le es tan propia, para convertirla en abstracciones de espacios y lugares, urbes más o menos reconocibles.

Una de las obras de Martín Vitaliti en "Casa-Estudio-Calle-Barrio"
Una de las obras de Martín Vitaliti en “Casa-Estudio-Calle-Barrio”

A Kike Vilabelda le seducen las «ruinas» arquitectónicas contemporáneas, cuyas superficies y estructuras condensa formalmente en cianotipos y frottages. Y acabamos con tres proyectos potentes: el de Daniel Silvo, que contextualiza y desarrolla tres proyectos de museo de arte moderno en Madrid que jamás vieron la luz; los juegos especulares de nombres de calles en diferentes ciudades de Andrea Canepa y las irónicas propuestas de Juan Ugalde para mejorar los entornos de Berlín y El Escorial, ofrecidos a modo de pancartas. Porque faltan armaduras para tanto bolardo.

“Rehabitar el espacio: presente, pasado y futuro”. Colectiva. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. C/ Serrano, 122. Comisarías: Alicia Ventura y Amparo López. Colaboran: DKV y Casa Velázquez. Hasta el 15 de enero.  

Casa-Estudio-Calle-Barrio”. Colectiva. CentroCentro. Madrid. Plaza de la Independencia, s/n. Comisaria: Virgina Torrente. Hasta el 29 de enero.

Ángela Cuadra en "Casa-Estudio-Calle-Barrio"
Ángela Cuadra en “Casa-Estudio-Calle-Barrio”

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 1 de octubre de 2016. Número 1.250

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