La galería Nieves Fernandez cumple 40 años

(Cuarenta) Años de Nieves (Fernández)

Hace cuarenta años, la galerista Nieves Fernández ponía en marcha Yerba, germen de la actual NFGalería, que ya pilotan sus hijas Idoia y Nerea. Memoria viva de la Historia del arte español del siglo XX

La galerista Nieves Fernández con sus hijas Idoia (izquierda) y Nerea (derecha). Foto: José Ramón Ladra

Nieves Fernández es vasca. Eso se nota en la calidez de su corazón mientras sentencia con sus afirmaciones. Por eso sus tres hijas tienen nombres bien vascos: Idoia, Nerea, Edurne… Pero el amor la llevó a Murcia, y en Murcia convirtió una pasión en forma de vida. Así nacía Yerba, una década después y ya en Madrid, galería Nieves Fernández; firma que es Historia viva del arte contemporáneo español, porque, en buena medida, a esta firma le tocó rescatar a sus padres (Eduardo Chillida, Antoni Tàpies, Luis Fernández…). Su llama sigue viva en sus herederas. ¿Cuánto y cómo han cambiado (y nosotros con ellas)?

Y todo comenzó con Yerba. ¿Qué recorrido se le daba a ese proyecto cuando arrancó?

Nieves Férnandez: Para ser sincera, yo nunca pensé en abrir una galería. Pero cuando comencé a trabajar en el Festival de Cine de San Sebastián, a la vuelta de Londres, lo primero que hice fue comprarme un tàpies con el primer salario. Y luego tuve la inmensa fortuna de conocer a artistas como Tàpies, Chillida, Equipo Crónica… Es entonces cuando decidí abrí la galería, abandonando lo que había estudiado. Eran «los tiempos difíciles», en los que organizábamos conferencias sobre -para hacernos una idea- la derogación de la ley de peligrosidad social, con gente de la universidad, médicos, creadores… Pusimos una librería, editábamos libros (serie “Arquitectura”) y, cuando llega la democracia es cuando todo esto se transforma en una galería-galería. Y eso dio pie a la primera muestra, “Bolonia, centro histórico”, a la segunda, dedicada a Tàpies, a Hockney…

Esa actitud trasluce que aquello iba en serio.

N. F.: Decidí que eso era lo mío porque además me apasiona el arte. Tengo unas hijas estupendas, me reñirán por decir esto, que han trabajado pegadas a mí siempre. Esa relación artistas-coleccionistas-familia siempre ha sido muy estrecha. Los artistas venían a casa, artistas de la talla de Chillida o Joan Miró…

Publicación conmemorativa del 40 aniversario

Posiblemente en esos años, su labor como galerista era más de recuperación de nombres que de promoción de artistas.

N. F.: Yo no descubrí artistas. En absoluto. Si hago un análisis, el más joven con el que trabajé fue Alfonso Albacete.

Idoia Fernández: Alfonso comenzó a trabajar muy joven, por lo que se le puede considerar un descubrimiento.

N. F.: Pero él ya trabajaba cuando llegó a mí. No creo haber descubierto a nadie. A nosotros nos tocó recuperar a nombres a los que silenció la dictadura. Los más jóvenes entre los míos eran Alexanco, Albacete, Teixidor, Equipo Crónica cuando aún vivían ambos…

Nerea Fernández: Eso es descubrir. Igual seguimos actuando hoy: Tú conoces en una feria, en una galería de fuera, a un artista joven, vas al estudio, y consigues que trabaje contigo…

N. F.: Yo no aplico nunca el concepto “descubrir” para los artistas. Quizás más para una obra, como hoy, que he entrado en la galería [allí están en pleno montaje de la expo con la conmemoran el 40 aniversario con artistas con los que habitualmente no trabaja la firma] he visto un cuadro inmenso y he pensado: “Ése, para mí”.

La galería terminó trasladándose a Madrid diez años después, cuando aprovecha para cambiar de nombre. ¿Por qué se apostó entonces por un contexto de los llamados periféricos?

N. F.: Yo soy vasca, pero vivía en Murcia porque me había casado con un murciano, el padre de estas niñas. Luego me divorcié y eso propició que me trasladara a Madrid. Y una idea que nunca he comprado es que fuera porque mis artistas vivieran aquí. Los míos eran casi todos catalanes, mallorquines, valencianos… Ahí tenías a un Frederic Amat jovencísimo, con el que trabajamos muchos años. Había conocido a Joan Miró; cuando voy a abrir la galería voy a ver a Tàpies, que me aconsejó hablar con Maeght, de Barcelona, para que me aconsejara… Me instalé en Madrid, donde había grandes galerías, grandes exposiciones, pero donde no se hacían tantas cosas con estos autores con los que yo me relacionaba.

Nerea Fernández: Y también empezabas con Telefónica…

N. F.: Es cierto: entonces me encargan asesorar la Colección Telefónica y las exposiciones de Paco Fernández Ordóñez, presidente del Banco Exterior y ministro de Hacienda y Justicia con la UCD y de Exteriores con Felipe González. Yo adoraba a Lucio Muñoz, a su mujer Amalia. Ellos fueron los que me lo presentaron. Y él me dijo: “Quiero que hagas exposiciones en el Banco. Que suba o baje el dólar, eso no es noticia. Pero si hacemos grandes exposiciones, eso saldrá en todas partes». Me dio la facultad para actuar con total libertad, no se metía en nada: un homenaje a Sempere, que ya estaba inválido, en el que artistas de la talla de Palazuelo hicieron una obra en su nombre, para luego dedicar diferentes exposiciones a buena parte de los países iberoamericanos, hasta que a Paco lo cambian a Exteriores. Y yo continúo con la Colección Telefónica y la acabo.

Ha dicho una frase demoledora: Que el dólar suba o baje no es noticia. Una expo, sí. Mucho ha cambiado el cuento.

N. F.: Fernández Ordóñez fue un visionario. Era un hombre muy inteligente… Él me llevó a la URSS, a conocer las 17 repúblicas, para ver lo que había escondido en esos sótanos.

I. F.: Eso es un buen síntoma del cambio de los tiempos. En España, entonces, ése fue de los pocos momentos históricos en los que la cultura se entendió como motor de cambio. Entonces, y en la Segunda República. Hemos sido muy prolíficos culturalmente hablando pero muy dados a denostar la cultura. Eso se ha perdido totalmente.

Ha reconocido que lo de Telefónica fue un proyecto en el que lo que se buscó también fue recuperar patrimonio.

N. F.: Es que, entonces, no había ningún Juan Gris en España. Los Tàpies también salían por su acuerdo con Maeght París. También los Chillidas. Y nadie sabía que Luis Fernández existía. Ni yo lo sabía, que me lo descubrieron los Crónica. Entonces, me dediqué a cuatro artistas, a recopilar sus obras para poder conocerlos en profundidad… Y por eso en esa colección te topas ahora con doce juan gris, con veinte chillidas… Un conjunto en el que se observan los procesos de trabajo de esos creadores. Y me dejaron hacerla…

Lo que está claro es que ha cambiado el modelo de galería en 40 años.

Nr. F.: Ha cambiado eso y ha cambiado el arte. Eso es algo que yo discuto mucho con mis amigos. Nosotras pasábamos aquí o en Murcia las tardes y te encontrabas a un político como Txiki Benegas, a un cantante, un artista… y la gente se mezclaba. Eso ya es impensable. Y toda la generación de nuestra madre sintió que tenía que apoyar al país y formar parte de lo que sucedía culturalmente: asistir a conciertos, comprar arte… Nuestra generación no tiene esa pulsión. Y no es cuestión de dinero, sino de compromiso. Hay arte muy asequible, están pasando cosas muy interesantes. Tenemos un Festival de Otoño estupendo y quedan plazas libres, también las de 17 euros. ¿Qué está pasando con esa gente joven que además han vivido en casas con colecciones de arte? Sus padres han comprado arte, han ido a galerías. Ellos carecen cien por cien de curiosidad. Yo conozco padres que han dejado a cada hijo un chillida, un tàpies…

N. F.: Y no son millonarios. Eran gente que se compraban un cuadro en lugar de irse de vacaciones dos años. Esa era nuestra base.

I. F.: Pero hagamos un poco de autocrítica. Yo no sé si en ese cambio no ha influido que nos hemos profesionalizado mucho, salimos mucho, somos muy internacionales, y el mercado ha crecido y ha comenzado a copar portadas de prensa por cifras, lo que da una imagen de nosotros más alejada, de dinero, de producto de lujo, de elitismo, que para nada yo vi de pequeña. Y no es algo pretendido. Cualquiera que vaya a una galería sabe que la actitud del galerista es muy otra, que te atiende bien, que te cobra a plazos, que te busca artistas asequibles… Pero la imagen que proyectamos es otra y tenemos que cargar con ese fardo.

N. F.: También han influido mucho las casas de subastas y su prensa.

Nr. F.: Y los artistas cada vez tienen menos voz. Está el asesor, el curator, el crítico, el comisario… ¿Y los artistas? Yo hace años escribí una carta al PSOE porque su proyecto cultural lo planteaban en Calle 54, un sitio privado, en lugar de en el Círculo de Bellas Artes o el Ateneo, y nunca había ningún artista. Quedan fuera del debate cultural.

Nieves, usted representa un perfil especial de galerista, que es además comisaria, asesora de colecciones, coleccionista…

N. F.: Yo ahora me considero, sobre todo, coleccionista. La dirección de la galería está en buenas manos en ellas, porque me fío, claro. Aunque creo que siempre lo he sido. Porque siempre he pensado que una galería tiene que tener fondos. ¿Dónde está el amor por el arte si eso es así?

¿Y no duele mucho vender una obra cuando uno es coleccionista de todo lo suyo?

N. F.: Sí. Pero intentas retener lo que sabes que es para ti. Luego pueden llegar momentos malos y hay que devolver esas piezas al mercado. Yo hoy tengo mi colección, no voy a decir que soy la Koplovitz, pero en la que Chillida y Tàpies están bien representados. Pero es que ellos eran los jóvenes de mi época.

I. F.: Sobre eso deberíamos reflexionar y hacer ese ejercicio. La mayoría de esas colecciones se compraron con mucha pasión, que luego curiosamente se convirtieron en buenas inversiones, y en un momento muy preciso. Yo soy la que más tiempo lleva ahora aquí y me sé el archivo de memoria, y reconozco que los precios que se pagaron entonces por esos autores dan risa. No era una cuestión de tener mucho dinero sino de vivir tu momento.

Nr. F: Eso sigue pasando hoy en día de vez en cuando. Yo recuerdo que las dos primeras piezas que vendimos de Chiaru Shiota se las vendimos a coleccionistas muy, muy jóvenes, a gente que quizás no tiene ni tele de plasma, ni coche…

Nieves Fernández por José Ramón Ladra

¿Y ese era también un signo de los tiempos: antes los galeristas eran también coleccionistas?

N. F.: ¡No!

Nr. F.: Yo lo soy hoy. Pero porque me gusta. Tengo esa pulsión. A mi generación la crisis le ha golpeado fuerte, y quizás por eso también ha habido una ruptura. Pero tal vez lo mío sea porque cuando conoces tanto a un artista necesitas poseer algo de él. Con muchos artistas comienzas antes a coleccionarlos que a trabajar con ellos: Moris, Fritzia Irizar…

N. F.: Chiaru, Danica Phelps… Yo sigo coleccionando a jóvenes. Entro a un sitio y me enamoro, y si puedo, compro.

I. F.: Yo creo que es lo normal lo de ser galerista y comprar arte.

N. F.: Pero es difícil ser galerista y coleccionista. Diste en el clavo antes. Lucio Muñoz me lo repetía mucho.

Nr. F.: Profesionalmente te planteas si eliges la obra antes de sacarla o la apartas. Si eres un buen profesional, esperas a que acabe la exposición.

N. F.: Y hay algo muy importante. A veces evitas compras. Depende de quién quiera qué pieza. Cuando te llega alguien que sabe o un buen coleccionista, entonces cedes. Cuenta mucho a qué manos va a ir algo. Quieres que las obras tengan vida, que las mantengan, que no se especule con ellas. Siempre me ha gustado esa «lucha», saber quién de los dos «sabe más» del artista o el trabajo…

Nerea Fernández por Ladra

La pregunta era ésa: ¿Cómo revirtieron todos esos perfiles en la galería y la hicieron especial?

N. F.: No sé contestarte. Yo he hecho la galería haciendo lo que me gustaba y no fiándome de lo que mandaba el mercado.

I. F.: Yo creo que en lo que finalmente revirtió todo eso fue en la colección de la galería. Ésta tiene mucho fondo. Se nota que es porque detrás había una persona a la que le gustaba comprar. Y lo hemos notado en la vida que hemos llevado, porque nuestras grandes o pequeñas inversiones han revertido en eso.

N. F.: ¡No tenemos coche! Pero las galerías antes funcionaban así. ¿De dónde ha salido Beyeler si no? ¿De dónde han salido los grandes que hay en el mundo? De esos fondos tremendos.

Nr. F.: También es verdad que eran otros tiempos.

N. F.: ¡Por supuesto!

Nr. F.: Para empezar, la inversión de las galerías era mucho menor. Ahora tenemos un problema, básicamente, inmobiliario. Cuando tienes que ir a diez ferias anuales es como si pagaras el alquiler de un segundo local en otro sitio todo el año. La producción ha aumentado, los descuentos a los que se ha acostumbrado todo el mundo, los tranportes… Los márgenes se han reducido de manera atroz.

N. F.: Y los artistas viven peor.

Nr. F.: Tenemos una competencia importante. Si tú vas a una feria con emergentes, el metro cuadrado lo pagas como los grandes, pero tienes que vender a mucho emergente para cubrir gastos. Pero si no los llevas, no hacen currículum. Y si no van las galerías jóvenes y los artistas jóvenes, tampoco van los críticos y los comisarios que buscan novedad. Es un momento muy complicado: las ferias se bienalizan, las bienales cada vez son más comerciales porque necesitan del apoyo de grandes galerías con dinero… A veces es todo muy triste, sobre todo porque nosotras lo vivimos de manera más entusiasta.

N. F.: Yo nunca he visto a los artistas pasarlo tan mal como ahora.

I. F.: La crisis para muchos ha sido muy dura. Y hablo de gente con trayectoria, no los jóvenes, que han vivido un parón y un retroceso muy importante. Autores con nivel que se han quedado sin galerías…

¿Se puede hablar de una línea de la galería a lo largo de los años?

N. F.: No. Creo que no. Lo mismo hemos hecho Hockney que Teixidor o Palazuelo, Tàpies, Miró…. Con Chillida he trabajado 30 años. Pero también hemos colaborado con gente muy joven, que empezaba. He expuesto lo que me ha gustado. Quizás no está bien hacerlo así, pero fue mi apuesta.

Nieves Fernández con Chillida en una foto que aún conserva en su despacho

Y, ¿es inevitable que una galería termine siendo un negocio familiar?

I. F.: No es inevitable pero se da a menudo.

Nr. F.: El problema es que en España las galerías no tienen el formato de empresa, de forma que no se pueden traspasar, no puedes hacer un accionariado… Y si no actúas así, te ves abocado al cierre, como Soledad Lorenzo. En una ocasión, la hija de Idoia le prometió a su abuela una casa en el mar. Cuando le preguntamos que de dónde sacaría el dinero respondió que trabajaría en la galería, lo que nos «horrorizó»… Nosotras tenemos unos amigos ingleses que van por la quinta generación.

I. F.: Ahora mismo en España, todas las grandes firmas están haciendo cambio a segunda generación o ya lo han hecho: Elvira González, Leandro Navarro, Pelaires, Carles Taché…

Nr. F.: Esto es vocacional. No lo sigues por continuar un negocio familiar. Sientes la pulsión. Y más ahora que nos estamos encontrando con un mundo muy distinto en muchas cosas.

¿Pero vosotras os formasteis para acabar en la galería?

Al unísono las tres: Sí.

Nr. F.: Yo me fui a Londres con la idea de trabajar luego en una institución. Pero me di cuenta de que me apetecía galería porque es donde realmente estás en el campo de batalla: son las que producen las obras, las que dan opciones a los artistas…

I. F.: Es lo más cercano al artista.

Vosotras sois tres hermanas. No terminasteis de convencer a la tercera…

I. F.: Pero trabajamos las tres juntas un tiempo y hemos compartido mucho, y seguimos haciéndolo. Hace unos años se nos ocurrió abrir una tienda de Issey Miyake, que con el tiempo ha quedado en manos de Edurne. ¡Otro grandísimo negocio! Estamos esperando a ver si un nieto nos sale médico o corredor de bolsa, algo más práctico.

Nr. F.: En el fondo, vender la ropa de Issey Miyake también tiene un punto artístico, porque es vender un concepto, no vender camisetas. Y la tenemos en la misma calle. Está todo muy unido.

N. F.: Ahora ellas deciden aquí. Yo decido en mi colección, que he tenido durante tres años en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, aunque no soy nada de prestar obras, porque me da miedo de que me las estropeen, pero este museo era otra historia.

Ahora que no nos escucha nadie, usted se casó con un murciano pero les puso unos nombres bien vascos a las tres niñas.

N. F.: Es que soy muy vasca.

Nr. F.: Y siempre ha renegado de Murcia… [risas]

I. F.: Tenía mucha morriña.

Dice, “las he dejado a ellas”. ¿Se puede abdicar de ser galerista?

N. F.: Yo espero morirme colgando un cuadro.

I. F: Es imposible, Y eso te lo digo yo, que la seguimos viendo venir, con la que tenemos desacuerdos porque no todas las decisiones le gustan… Dejas de mirar las cuentas y los papeles. Pero el resto lo sigues al dedillo.

Nr. F.: No haces el trabajo pero es imposible cortar la relación con los artistas, por ejemplo. Y sigues comprando, y lo haces con buena parte de los que exponen en la galería, de forma que los estás avalando. Tienes relaciones con ellos, y te vas a comer, te vas a cenar, a ver lo que hacen…

Idoia Fernández en la galería (Foto: Ladra)

¿El aire de los tiempos ha convertido una pasión en un modelo de negocio?

Nr. F.: Por ahí van los tiros. Por eso esto es como una lucha constante. Tú tienes que mantenerlo como negocio, pero no creo que ningún galerista esté en esto para ganar dinero. Pero el cerco cada vez se estrecha más. Y nos encontramos con momentos de desilusión. Todo ha cambiado mucho.

I. F.: Tienes que profesionalizar la gestión, sí o sí. Esto es un negocio, pequeño o grande, con equipos, proveedores, envíos… Cada vez hacemos más declaraciones de hacienda, rellenas más formularios.

Nr. F.: La estructura empieza a ser demasiado grande incluso para las galerías medianas o pequeñas. Vas a una feria: es el catálogo de la feria, su web, los intermediarios, la prensa a la que hay que atender, transporte, burocracia… Es de locos para el volumen que tenemos.

I. F.: Y la infraestructura ha de ser grande aunque seas pequeño, porque tienes que contar con almacén, con transportistas, con montadores… Todo es muy físico.

N. F.: Y luego hay galerías y galerías. Aquí el artista no paga nada. Ni un transporte. Me parece lo lógico.

¿Y qué tenemos que decirles a aquellos que piensan que el de la galería es un modelo decadente u obsoleto?

Nr. F.: Ésa es una crítica. Luego está la de quienes creen que los galeristas se aprovechan del artista, que el arte no debe ser una cosa comercial…

I. F.: A mí me encantaría saber por qué piensan algo así. Es una simplificación increíble de nuestro trabajo, en la que no se incluye la parte de representación y apoyo al creador. Somos espacios en los que el arte tiene lugar. Un cubo que cedes a un artista para que cuente una historia. Lo que quiera. Eso pasa hoy por hoy sólo aquí. ¿Dónde va el artista si no es así? ¿Qué opciones tienes para experimentar la creación artística contemporánea sin cortapisas si no es en una galería? ¿Hay 50 instituciones del Ayuntamiento de Madrid cumpliendo esa misión en los barrios como hay 50 galerías de arte contemporáneo? Cuando así sea, lo mismo sí tenemos que desaparecer y ser simplemente representantes de artistas. No lo sé. El futuro es abierto, eso es cierto.

Nr. F.: Y seguimos siendo una actividad cultural gratuita abierta a todo el mundo. Desde aquí se acercan muchos al mundo del arte por primera vez.

¿Cada sede de la galería, Murcia, Madrid, ahora Blanca de Navarra, es una etapa de la galería?

N. F.: Realmente no. Albacete comenzó a trabajar con nosotros en 1978 en Murcia. Inauguró este espacio él en 1991.

I. F.: Los pocos cambios que ha tenido la galería en 40 años no han ido unidos a rupturas o vuelcos.

¿Y qué queda del espíritu de Yerba hoy en Nieves Fernández?

Nr. F.: Una pulsión peleona. No tienes una línea predeterminada pero sí que muchos de los artistas con los que hemos trabajado cuentan con una actitud muy crítica, de acción política y social. Eso es algo que nos atrae. Por otro lado, queremos que la galería siga siendo un centro en el que pasan cosas. Una charla del coreógrafo Antonio Ruz el otro día para explicar su proceso creativo; otra con Juan Herreros sobre arquitectura; un concierto… Eso lo vimos en Yerba cuando éramos pequeñas.

I. F.: Compartimos también el deseo de ser parte de nuestro tiempo. De ahí el cambio de artistas, que no es estrategia, sino la necesidad de atender a tu momento también. Eso no significa que reniegues de Tàpies, por Dios.

Nr. F.: También tenemos todavía una relación muy estrecha con los artistas, pero incluso de acogerlos en casa y hacer cenas. Los disfrutamos muchos porque son grandes amigos. Lo mismo ocurre con muchos coleccionistas. Algunos han tenido detalles bellísimos. Eso es de lo más bonito del mundo del arte: que un artista sin un duro pueda acabar en casa de un coleccionista, porque, y no importa si es multimillonario, para él es todo un honor compartir mesa y mantel. Eso no pasa en otros ámbitos laborales.

Ejemplar de “Hojas de Yerba”

¿Se mira para atrás con nostalgia, con arrepentimiento, con orgullo?

N. F.: Con orgullo. Siento hacerme mayor. Y me apena no tener más dinero para ser más coleccionista.

Le pregunté lo mismo a Elvira González: ¿Se ha planteado lo de unas memorias?

N. F.: Lo cierto es que no.

I. F.: Y conociéndola, no las hará.

N. F.: Tengo un amigo que trabaja en cine y televisión y que siempre me dice que un día me va a poner a un cámara detrás para seguirme y luego editar lo que salga. No quiero nada historicista, pero sí que me gustaría contar cosas de artistas que no se conocen. Por ejemplo, lavar la imagen de la mujer de Chillida, que era maravillosa, y que todo el mundo tenía por una especie de ogro.

Nr. F.: Hay anécdotas que merecen ser contadas, como cuando Equipo Crónica en Valencia estaba controlado por la policía, o cuando encontramos un fax de Miles Davis, que quería conocer a Tàpies…

N. F.: Yo participé en la Bienal de Venecia en la que expulsaron a España por país antidemocrático e Italia le presta su pabellón para mostrar arte español de Arroyo, Tàpies, Equipo Crónica… Te puedes imaginar que todos nosotros estábamos allí sin pasaporte. Así de elemental. Aún no tenía la galería pero sí la suerte de conocer a mucha gente que luego significó mucho en ella. ¡Chillida! ¡Qué obsesivo era con sus cosas!

Nr. F.: Decís de Chillida, pero acordaros de Kounellis. Le preguntabas qué iba a necesitar y te decía que él iba a Madrid y que ya iba viendo. Y luego te pedía un cuchillo, kilómetros de cuerda, y también copas. Y, «Idoia: tu marido llevaba ayer unos zapatos…». Y el marido de Idoia: «¡Pero si estos zapatos son unos armani y lo suyo es arte povera!»…

La celebración del 30 aniversario fue muy sonada. ¿Cómo se ha planteado el de estas cuatro décadas?

N. F.: Pues no hemos planteado mucho.

I. F.: Queremos hacer una gran fiesta y bailar todo el mundo, pero el año no nos ha dado de sí. Pero de hacerlo se hace.

N. F.: Como inauguré un día de San Sebastián, un 20 de enero, yo creo que algo haremos el próximo…

Nr. F.: Sí que hicimos un periódico porque también pensamos que al final cockteles vas a mucho pero que era mejor algo que quedara, en un formato que además remitían a las “Hojas de Yerba” que hizo la galería madre. Y esta semana hemos inaugurado una expo con artistas con los que nunca hemos trabajado pero a los que hemos incluido en esta aventura emocional porque quizás participen en los próximos 40 años con nosotras, por eso el título: 2057.

I. F.: Exacto, no queríamos mover la colección, o rememorar expos que ya se hicieron. No apetecía mirar atrás sino al futuro. Cuarenta años por delante.

Nieves Fernández con sus hijas. Foto: José Ramón Ladra

Texto ampliado del publicado en ABCC ultural el 2 de diciembre de 2017

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