Mala Fama Estudios

Cría Mala Fama y ponte a trabajar

Mala Fama, en el madrileño barrio de Oporto, es mucho más que los estudios de Carlos Aires (su promotor), Ruth Quince, Marta Corsini, Rafael Díaz, Jorge García, Hugo Alonso y Alejandro Botubol. Es un espacio de experimentación y promoción del arte en la ciudad que viene a reconocer las reglas de juego dentro del sistema

Foto de grupo de los integrantes de Mala Fama
Foto de grupo de los integrantes de Mala Fama

Carlos Aires está cansado. Han sido muchos meses de gestación y puesta en marcha de una idea («He afrontado todo esto desde cero y en solitario. Ha sido mucho más que una reforma. Una obra supera con creces todo lo que te digan que se te va a complicar», explica). Pero está feliz. Al final, su proyecto colectivo en el barrio madrileño de Oporto acaba de ver la luz, y el «feedback» está siendo muy positivo. Baste con tener en cuenta el éxito de la fiesta de apertura que tuvo lugar hace un par de semanas, la cual excedió todas las previsiones que se hubieran planteado hasta ese momento, en el que incluso llegaron a temblar las piernas ante un posible fracaso.

Aires está cansado, y por eso tuvo que huir este verano a una residencia de artistas en Estados Unidos, en medio del campo; poner tierra de por medio para distanciarse de la criatura que acaba de parir y que ahora echa a andar de la mano de sus nuevos compañeros de estudio: Ruth Quirce y Marta Corsini, las chicas; Alejandro Botubol Rafael Díaz, los primeros que conocieron el proyecto del andaluz, puesto que ya compartían taller con él; Jorge García y Hugo Alonso, los que se unieron después a esta fantástica locura; Oskar Ranz, el artista invitado… Pero más cansado estaba de tener que escuchar la eterna letanía en la que vive el artista español, «esa retroalimentación en la que nos movemos –explica–, agotadora y continua, no sé si por ese “pathos” barroco tan español, de estar todo el rato quejándonos de lo mal que estamos, pero que solucionamos pidiendo otro “gin-tonic”».

Carlos Aires, artífice de Mala Fama Estudios
Carlos Aires, artífice de Mala Fama Estudios

Por eso nació Mala Fama Estudios, en el barrio madrileño de Oporto y en lo que antes fue una imprenta: «Lo que hemos intentado hacer es algo, más que desde la palabra, desde el gesto. Desde el comienzo tuve claro que quería montar un proyecto en grupo, con gente afín, pero capaz de autogestionarse. Un conjunto de talleres individuales que quedaran recogidos en un espacio común y que no se limitasen a ser un ámbito de trabajo». Aires reconoce que conoció el modelo en Bélgica (de donde volvió hace seis años), «un formato que me pareció una receta maravillosa, y que de alguna manera existía en Madrid, pero al que había que dar una vuelta. Lo importante era salir del estado de precariedad constante en el que parece que tiene que vivir el artista español. O, al menos, intentarlo».

Desde luego, nada transmite en Mala Fama la sensación de falta de relumbrón. Suelo impoluto, paredes blancas; muebles de diseño en las áreas de descanso y encuentro de la entrada; zonas de almacenaje; baños con duchas; talleres de nunca menos de 50 metros cuadrados… Aires se pone en guardia: «Todo el mundo me habla de dinero. De la gran inversión que hemos hecho aquí. Pero te prometo que si quisiera ganar dinero, habría hecho otra cosa. Esto no es un negocio. Pagamos 50 euros más por cabeza de que los que pagábamos Rafa Díaz y Alejandro Botubol por estar hasta hace unos días en una antigua cochera sin luz. Si me hubiera tenido que quedar allí, tampoco habría pasado nada. Pero no era muy difícil hacer otra cosa. Madrid es una ciudad con alquileres altísimos, y por un puesto en una mesa de “coworking” te piden 150 euros. Son muchos los que han hecho alusión “a lo bien que me va”. Y seguro que esos mismos tienen su piso pagado, su vida resuelta. Yo no. Es cuestión de prioridades.Esto es un empuje que faltaba, y a mí me salían las cuentas».

Jorge García en su espacio en Mala Fama
Jorge García en su espacio en Mala Fama

Mala Fama (Pedro Díez, 25, 1º derecha) recibe su nombre delmítico bar madrileño de los años de la Movida. «Siempre tuve claro que este sitio tendría un nombre en español. Muchos amigos me sugirieron que contemplara mi nombre, pero no me parecía buena opción. Quería que fuera algo sin pretensiones pero con un giro canalla. José Luis Corazón me habló de ese mítico local de la capital y me pareció perfecto», cuenta Aires. Se emplaza en un barrio que está recibiendo muchos otros estudios de artistas y a numerosos músicos. Entre los primeros, El Observatorio, Nave 6… También Nave Oporto, donde ya estuvimos, y que son los vecinos de arriba, ocupando la misma superficie que los chicos de Mala Fama aunque sin contar con su magnífica terraza. De ellos, los recién llegados envidian «su espíritu, su capacidad para generar comunidad y haber hecho cosas de forma individual pero también en conjunto».

Nave Oporto es un estudio diáfano en el que sus dueños (Sonia Navarro, Miki Leal, FOD, Belén, Tornero, Santiago Giralda…) se distribuyen el espacio. Ya desde su materialización en el plano, Mala Fama se diseñó pensando en las carencias del local de arriba (espacios para almacenar obras o transportarlas; baños preparados por si hubiera necesidad de hacer noche; una buena cocina para recibir visitas; estudios que funcionaran como «showrooms»…) y, sobre todo, respetando la intimidad de cada uno de sus integrantes, que alaban la posibilidad de cerrar la puerta y trabajar desde su silencio.

Alejandro Botubol en su estudio de Mala Fama
Alejandro Botubol en su estudio de Mala Fama

De los primeros en conocer la idea, los mencionados Rafael Díaz Alejandro Botubol. Los dos compartían estudio con Aires en Puerta del Ángel. El primero confiesa entre risas que, «por ser el más viejo», tuvo el privilegio de elegir el primer estudio. Díaz, el fotógrafo del equipo, tiene asumido su papel en Mala Fama: «Por mi formación, soy el médico del grupo. Y mi labor como médico es fundamental en mi labor como artista. Me interesa la vulnerabilidad social y la enfermedad, que en ambos casos comparten como camino común el sufrimiento», relata. Para Díaz –salvadoreño de origen, madrileño de adopción– lo mejor de este lugar es que «en él se ha integrado gente maravillosa. De hecho, yo fui un gran defensor de que le abriéramos las puertas también a las chicas». Es por ello él el que también tiene palabras de recuerdo para Carmen Hidalgo, que en los últimos meses ha ayudado a los chicos de Mala Fama con la burocracia y comunicación del proyecto.

Rafael Díaz señala que tras los días caóticos de la mudanza a finales de junio, ya se ha puesto a trabajar y «ya han comenzado a salir cosas aquí». El fotógrafo se trae entre manos dos series nuevas, mientras en su espacio se muestra ahora buena parte de lo que fue «Anonymus», serie de retratos con la que participó en PHotoEspaña en 2015 con la galería Álvaro Alcázar: «Como artista, sólo necesito un telón. Y una mesa para la edición, al lado de la ventana. El resto del espacio hay que aprovecharlo, porque el estudio del siglo XXI no solo debe ser un taller. También ha de ser un lugar para recibir, para mostrar el trabajo». Díaz acaba de fichar (como su compañero Hugo Alonso) por Kir Royal, que el mes que viene abre sus puertas en Madrid. El artista ya ha propuesto a la galería su espacio como prolongación de la misma.

Ruth Quince en su estudio
Ruth Quince en su estudio

El otro «veterano» en Mala Fama es el gaditano Botubol. «Aquí he ganado en luz –confiesa–. Soy pintor y eso es fundamental para mí. Este sitio me aporta muy buena energía, con su atmósfera compartida. Esa es la gran diferencia». Esa, y el no morir ahora entre los disolventes al trabajar antes en un lugar cerrado. Este artista completa aquí los lienzos y dibujos que en breve presentará en Lisboa en Mario Teixeira, y que para la inauguración del espacio dispuso de modo galerístico en su habitación-taller. «Soy un artista muy expansivo, y esto ahora mismo está muy limpio; me siento raro. A mí me gusta trabajar donde me pille. Y lo hago no sólo con la pintura, sino también manipulando objetos que encuentro y que voy almacenando; colgando filtros de color por las paredes para que la luz de la mañana o la tarde incida en el cuadro… Mi proceso es muy accidental y aleatorio. Es cierto que tengo un rincón especial para realizarlo todo, cerca de la ventana, pero es para aprovecharme de la luz. Tengo un método, pero muy abierto, abierto a mi estado vital, a mi sensación de un momento dado. Improviso felizmente».

¿Qué aporta Botubol al grupo? Él mismo se responde: «Yo a Mala Fama aporto Andalucía, Cádiz, cierta energía… Me refiero a cierta frescura, a cierta improvisación; mucho diálogo, mi manera de entender la pintura… Aporto mucho, pero ellos me aportan también a mí. Yo vengo todos los días. Este es mi lugar de trabajo. Y el día a día me teje una afinidad estupenda con los otros, en la comida, en el café… Aporto frescura, pero no por ser un fresco. Mi puerta está siempre abierta. Con la música puesta, que lo mismo aparece Freddie Mercury, que Jordi Saval o los Chichos. Así soy yo».

Rafael Díaz, el fotógrafo y el médico de Mala Fama
Rafael Díaz, el fotógrafo y el médico de Mala Fama

Por proximidad, esa música podría colarse en la primera de las habitaciones compartidas: la de Ruth Quirce Marta Corsini. En el caso de la primera, se da el hecho curioso de que su pareja sentimental (el pintor Manuel Saro), despliega su estudio una planta más arriba, justamente sobre su cabeza: «Yo soy una artista espacial y necesité una semana para hacerme con este lugar. Marta, de inmediato supo cuál era su pared y desplegó aquí sus cosas. Había que buscarle un buen sitio a la mesa, donde dibujo e investigo. Mi anterior estudio, que tuve que dejar porque se nos acababa el contrato, no me permitía trabajar sobre la pared, lo que me llevó al papel. Ahora es una gran ventaja tener muros gigantes». Y al tener más espacio, la artista confiesa que su concepción de la obra ha cambiado mucho: «Puedo moverme, tirarme al suelo… Todo eso me ha beneficiado».

Quirce no conocía personalmente a Carlos Aires, pero sí a su asistente. Las chicas bromean sobre cómo las sometieron a un cásting para entrar a formar parte de Mala Fama. Había una lista de espera larga. «A mí me gusta y me conviene estar con Marta porque es otra manera de reducir gastos. Es muy bueno y enriquecedor compartir este lugar con más gente que mira al arte desde perspectivas distintas, pero también es muy bueno poder cerrar tu puerta y contar con tu tiempo y tu intimidad». En la pared de enfrente –y sobre los ensores suspendidos del techo– descansan las esculturas de Corsini. «Yo llevaba diez años sin trabajar, de forma que Mala Fama me ha invitado a hacerlo de nuevo. Estoy feliz», cuenta ella misma.

Oskar Ranz es el artista invitado de Mala Fama Estudios
Oskar Ranz es el artista invitado de Mala Fama Estudios

En su anterior taller, esta creadora trabajaba junto a otros tres artistas, todos chicos. La inauguración no ha dado tiempo a generar muchas nuevas piezas, pero sí que algún «bichito» –como ella las llama– ya ha empezado a colarse por este espacio. «Yo tengo también experiencia en el ámbito cultural y el diseño de expos, de forma que en esto puedo ser de gran ayuda en Mala Fama, sobre todo con aquellos que no han tocado nunca nada similar». Pero lo mejor de su «nueva casa» son las sinergias que se crean entre todos los integrantes «y todo aquello que está por llegar», apunta.

Al final del pasillo, otro de los estudios compartidos: el de Hugo Alonso y el de Jorge García. El primero llegó aquí a través del segundo, tras haber colaborado en alguna ocasión juntos. Ahora han compartido hasta una pantalla en la que se suceden vídeos de ambos. Alonso repasa sus estudios anteriores y reconoce que han sido de lo más variopinto: «Desde los más grandes y luminosos de Salamanca (de donde viene), hasta los más tercermundistas de Barcelona. Pero ninguno con estas características: aquí hay luz, hay espacio y hay gente con la que contrastar tus ideas. Eso convierte este lugar en una especie de residencia de artistas muy interesante».

Marta Corsini, que ha vuelto a trabajar gracias a Mala Fama Estudios
Marta Corsini, que ha vuelto a trabajar gracias a Mala Fama Estudios

A Alonso aún no le ha dado tiempo a ponerse a pintar. «De momento he usado este espacio como “showroom”. Pero la idea es apropiarme de él de la forma más sencilla posible. Sólo necesito luz y una pared. Hasta ahora trabajaba con focos, pero aquí tengo muy buena iluminación con los fluorescentes del techo. Me basta con un muro o un caballete». En la misma sala, Jorge García ha invadido parte de su espacio de forma temporal para mostrar estos días de presentaciones sus trabajos. «Yo aquí gano sobre todo factor humano. Llevaba ocho años usando parte de mi vivienda como estudio. De hecho, en cuestión de espacio, no aumento mucho. Además, soy de los pocos aquí que comparten el taller. Pero estoy obteniendo más “feedback”, más visibilidad».

Es la soledad del estudio anterior la que le hizo dar el paso ahora a un modelo compartido. Hace un par de años, García empezó a hacer proyectos colaborativos –sobre todo con Alonso– y eso le pareció muy enriquecedor: «A partir de esa experiencia me he forzado a trabajar con más equipos, con otros equipos. Mala Fama es una especie de prolongación natural». Este artista sí que nota como el entorno ya empieza a hacer mella: «El mero hecho de tener luz, me está cambiando esquemas. De hecho, estoy trabajando de cara a la ventana, al revés de cómo lo hacen los pintores de las otras salas». Jorge ha ido ocupado la habitación a medida que ha ido trayendo cosas que sabía que iba a necesitar. «Yo quería y quiero trabajar sobre una mesa grande y alta, que pronto ocupará el centro de la sala. No me va nada bien estar mucho tiempo sentado. Esa misma mesa me sirve de almacén, por la balda que tiene bajo el tablero. Por otro lado, también quería tener ahora paredes, algo con lo que no contaba en el otro espacio». En una de ellas, estos días, un gran neón recibe al visitante.

Hugo Alonso
Hugo Alonso

Damos marcha atrás y volvemos a la cocina-comedor. Allí cuelgan las obras geométricas de Oskar Ranz, el artista invitado. Como asistente de Aires (al que conoce desde la facultad) ha vivido también en primera persona todo el desarrollo de Mala Fama, descubriendo poco a poco a sus integrantes, de manera que era casi obligado que él fuera el creador al que se le permitía exponer su trabajo en el área de paso reservada a tal fin: «Tenemos que darnos cuenta de queal público también hay que seducirle, atraerle, que los modelos están cambiando y que surgen nuevos ámbitos en los que también se puede hablar de arte, en los que se puede mostrar arte». En este sentido, para Ranz, las posibilidades de Mala Fama son múltiples: «En el extranjero –explica él, que acaba de regresar de Manchester, donde ha estado residiendo– los espacios de creación son más participativos, se entiende mucho mejor el concepto de cooperativa y se está más conectado. Mala Fama aporta una actitud y una filosofía de vida que espero que funcione. No ha sido este un parto fácil».

En el deseo de Carlos Aires (que, curiosamente y pese a ser el dueño del local, fue el último en llegar a él) está que Mala Fama sirva para mostrar el trabajo de otros, recibir a los distintos agentes del arte y hacer presentaciones o proyectos efímeros. También que la vinculación con el sistema se vertebre desde múltiples vertientes: «¿Por qué no pueden entrar aquí patrocinadores? –se pregunta– ¿Por qué no cederle a un coleccionista la posibilidad de apadrinar un espacio, que cubra sus gastos durante un año y compensarle luego con obra?». Nuestra duda, por tanto, es casi lógica: ¿Entra eso en contradicción con el trabajo de las galerías?: «Si algún galerista cree que le hacemos la competencia, que se lo quite de la cabeza. Es absurdo. Las reacciones hasta ahora han sido buenas. De hecho, aquí estuvo el mío de Barcelona (se refiere al director de ADN) y estaba encantado. Hay que unir fuerzas porque esto nos beneficia a todos». De momento, no nos queda más que desearle larga vida a estos pioneros. Y que cunda su Mala Fama.

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Texto publicado en ABC.es el 24 de octubre de 2016

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