Entrevista a Marina Núñez (Alcalá 31)

«Los guiones de la ciencia-ficción me resultan retrógrados»

Madrid es la ciudad en la que se dio a conocer Marina Núñez, pero en la que su trabajo se ha visto de forma tangencial. Una retrospectiva en Alcalá 31 solventa lo que se dilató en el tiempo. La misma muestra recala ahora en ARTIUM

Marina Nunez en su exposición "El fuego de la visión" en Alcalá 31 (Foto de Maya Balanza)
Marina Nunez en su exposición “El fuego de la visión” en Alcalá 31 (Foto de Maya Balanza)

Estaba faltando una exposición como esta en Madrid, la ciudad en la que Marina Núñez (Palencia, 1966) se dio a conocer como artista, pero en la que ha expuesto puntualmente en galerías, como las de Buades o Salvador Díaz. Sin embargo, sus grandes proyectos se han desarrollado en centros fuera de la cidad, como el MUSAC (2009), el Centro del Carmen (2010) o el Patio Herreriano (2012). El fuego de la visión enmienda el error y nos reúne con una Marina Núñez en estado puro. La muestra recalará después en Artium, un museo al que la autora muestra un cariño especial, ya que fue el primero que le compró obra.

Madrid reúne dos décadas de su trayectoria profesional. El comisario habla del «notable grado de madurez» que ha adquirido en este tiempo. ¿En qué lo nota? ¿Dónde estaba hace 20 años y dónde está ahora?

Hace 20 años estaba empezando. Sabía de qué quería hablar, pero aún estaba estableciendo un universo formal. Lo que ocurre es que con el tiempo te das cuenta de que, aunque tenías la sensación de variar de temas, iconografía y técnicas de manera exagerada, ni la formalización, ni los contenidos que tratas son tantos. Lo parece, pero cuando lanzas una mirada retrospectiva al trabajo, descubres que las transiciones no son numerosas, y las formas de mostrarlas, tampoco.

Uno no puede escapar tanto como quisiera de lo que quiere contar.

Ni de cómo lo cuenta. Yo he cambiado mucho de técnica, de la pintura a los vídeos en 3-D, aunque siga pintando de vez en cuando. Pero la forma de representar no cambia tanto. Hay una preferencia, por ejemplo, por los fondos negros y las figuras aisladas. Eso está ahí todo el tiempo. Los escorzos barrocos también se mantienen. Al ver todo eso junto, no parece tan diferente a como me pareció en un principio.

¿Cómo define “El fuego de la visión”?

La muestra reúne medio centenar de obras. El comisario, José Jiménez, define mejor que yo la idea de fuego como pasión y la de mirada como percepción. Pero en lo que coincidimos, y de eso va la obra más reciente, es en que cuando un creador es bueno, la mirada artística lanza una perspectiva distinta sobre el mundo, de forma que finalmente crea una imagen nueva del mismo, pues lo recibes desde otros ojos. La percepción se trastoca. Y ello supone conseguir nuevas puertas de acceso al mundo, si de verdad te conmueve o afecta el arte. En mis últimos vídeos, de forma literal, de las retinas de los ojos que los protagonizan nacen o surgen formas nuevas. Ese mundo nuevo se representa como una forma orgánica inquietante, pues, de alguna forma, si algo tienen los mundo nuevos es que no son rígidos aún, que son desconocidos. En ese sentido, pueden asustar.

Montaje de "El fuego de la visión" en Alcalá 31
Montaje de “El fuego de la visión” en Alcalá 31

¿Es esta una retrospectiva con sus obras más importantes de las últimas décadas o las obras que mejor ilustraban una tesis comisarial?

Creo que más bien lo segundo. No se trata tanto de una tesis muy marcada, pues tanto el comisario como yo compartimos una mirada similar sobre mi trabajo. Y no es que crea que es una tesis forzada. De hecho, engloba muchos de los ejes conceptuales de mi labor. En ese sentido, no podemos hablar de retrospectiva al uso. Hay muchas obras que, en cuanto a su envergadura o donde han sido expuestas, para mí serían significativas y no están aquí.

Supongo que una de esas líneas de investigación sería la que se centra en el cuerpo y el ser humano. Las llamadas a la metamorfosis, la hibridación, la monstruosidad o la deformación no le son ajenos.

Yo siempre represento cuerpos anómalos. No son cuerpos canónicos. Para mí, son correlatos de la identidad. Me sorprende cómo esto mismo lo trata la ciencia-ficción actual, que tiende a ser muy inquietante y especulativa desde el punto de vista de la presentación, pero que se acompaña de una narrativa, de ciertos guiones muy retrógrados. Te pongo el ejemplo de Terminator II: en esa película, el cyborg es increíble como representación de cuerpo fluido y posthumano, pero luego, a la vez, es la representación del malo, un personaje fascista. Generalmente, las representaciones más vanguardistas no responden a guiones también vanguardistas. O en el mundo del arte no sucede eso. Aquí, cuando se representan cuerpos anómalos, estos hacen referencia a identidades no normativas que pueden ser alternativas a las más mediocres que existen. Sin duda, en mi obra, una de las constantes es la idea de un cuerpo metamórfico porque escapa de la rigidez de lo establecido. Muchas de las obras de la exposición versan sobre eso: de redes que, aunque en principio no parecen dramáticas, se han esclerotizado. Cualquier sistema establecido, aunque tenga buenas intenciones y nazca de buenas ideas, se convierte con el tiempo en una trampa. Casi siempre tendemos a seguir explorando y a escapar a otros lugares.

En el trabajo ha habido también siempre un contenido de género y una lectura feminista que ha querido subrayar. Es la mujer que ocupa un espacio central en el mapa de las exclusiones.

Hay piezas en la exposición, como las que están pintadas en servilletas bordadas para dejar claro el marco desde el que estaba hablando, con ese hogar recargado de corazones y puntillas, en las que esos conceptos se ven de una manera más evidente. Luego, de forma progresiva, se diluyen iconograficamente, pero lo que siempre ha estado presente hasta hoy es la idea anticanónica en la que el feminismo fue siempre fundamental. La creencia de que el hombre universal era un sujeto muy concreto, blanco, heterosexual, de clase media o alta, muy masculino y de cierta ideología, las primeras personas que lo formularon fueron las feministas. Desde luego que más tarde también muchos otros autores hablaron en esa onda. Aunque no sea tan obvio, en todas las obras que hay temas de género, porque hay muchos más temas, estas cuestiones siempre permean. Pero para mí, esas lecturas fueron reveladoras.

Uno de los vídeos de Marina Núñez
Uno de los vídeos de Marina Núñez

¿Que otros temas fluyen por la exposición y son fundamentales en su ideario?

La dinámica científica «frankensteiniana» me ha acompañado siempre. Cierta dinámica de ensayo y error está en muchas de las obras. Una mirada a seres mutantes que son, en el fondo, pruebas. Especulaciones que no llegan a buen término pero que dan pie a nuevos caminos por los que se decide seguir avanzando. Por otro lado, siempre está presente el tema de la multiplicidad, de los seres humanos menos encorsetados capaces de albergar muchos «yoes», como el demonio. Un ser capaz de explorar muchos roles y no esconderse tras una sola máscara. Luego, también me interesa mucho el tema de la conexión con el entorno, un ser humano para el que la piel no es una camisa de fuerza o una frontera muy delimitada, sino para el que ese límite es más bien poroso y fluido. A través de ella el mundo penetra y el sujeto se introduce en el mundo.

Hizo alusión antes a la ciencia-ficción. En el catálogo se alude a que es usted una gran consumidora. ¿Más del cine o de la literatura? ¿Cuáles son los referentes?

Consumo tanto cine como literatura, pero mucho más novelas. Sin embargo, no son las novelas que leo actualmente. Leo libros de ficción, pero fui una lectora compulsiva de ciencia-ficción. Desde que era pequeña hasta hace unos años. No es que lo haya dejado, sino que ahora amplié el abanico con otros géneros. Por ejemplo, estoy más involucrada con la novela negra y el terror. En el caso del cine, he visto más cine de terror de lo que lo he leído; en el de la ciencia ficción, me ha podido la literatura. Me atrajeron mucho los clásicos, como Asimov, que no me va literariamente hablando, y del que los temas se me quedan antiguos. Lo respeto porque fue un pionero. Pero no es la literatura que a mí me ha cautivado. Sin embargo gente como Octavia E. Butler y Greg Bear sí que me han conquistado por lo que están contando y porque las especulaciones, incluso desde un punto de vista formal, son apasionantes. Imaginar los cuerpos que describen lo es.

¿Cómo han ido moldeando esas lecturas su propia obra?

Tanto los ensayos como las novelas, y leo mucha más novela que ensayo, me afectan. También el cine y la pintura que veo. Y como soy más lectora, veo que muchas de las ideas vienen de ahí.

Hablando del catálogo, hay un texto de su autoría en el mismo. ¿Funciona como declaración de intenciones?

Eso ha sido algo que el comisario tenía muy claro: que el artista tiene que hablar, tiene que tomar la palabra. Lo paradójico es que, aunque debería ser siempre así, no es lo habitual. Yo me resistí a escribir el texto, él me obligó porque no me siento competente en ese campo. Pero al final salió. Y lo que he querido transmitir es que igual que las obras no pueden reflejarlo todo –ellas hablan de género, de terror, de situaciones psicológicas–, el texto se ocupa de algo que me preocupa mucho y que es la integración del lado oscuro que hay en cada uno de nosotros. Rechazarlo provoca personas fracturadas y divididas que no se comprenden siquiera. Hay obras en la exposición que se refieren a gente que huye de hechos que le parecen ajenos. Sin embargo, al hacerlo, huyen de sí mismas. En el texto se especula sobre cómo no es bueno mantener alejadas esas pesadillas. Representándolas y enfrentándose a ellas, en parte las exorcizas, aunque eso sea otra forma de quitárselas de encima. Lo mejor es asumir que vivimos en un mundo de penumbras en el que hay luces y sombras y que solo nos integramos cuando admitimos esa parte oscura sin rechazarla.

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Una de las obras de Marina Núñez

La muestra se caracteriza por la pluralidad de técnicas, de la pintura, a la imagen digital o la vídeo-instalación. ¿No es incompatible hablar, por ejemplo, de «cyborgs» y de lienzos?

En absoluto. Estoy en contra de la creencia de que las ideas nuevas tengan que representarse necesariamente con medios nuevos. Es cierto que determinadas técnicas pueden acompañar mejor a ciertos contenidos. Cuando formalizas un cuadro, aquello con lo que le das forma tiene particularidades sintácticas pero también semánticas. La pintura evoca ciertos momentos, es una disciplina muy establecida con su propia carga de connotaciones. Pero todo se puede volver a utilizar de otra manera. No creo en la tendencia a pensar que algo hecho en un nuevo medio por definición es moderno. Hay contenidos muy antiguos en soportes muy modernos. Y luego tienes a autores que, con un dibujo, con un papel, son capaces de representar cuestiones revolucionarias. Aunque a mí me hipnotice más el ordenador, me lo paso mejor trasteando con él que pintando. Siempre me ha llamado la atención representar ciencia-ficción en un medio relacionado con lo antiguo.

Antes mencionó «la pintura que consumo», no «el arte que consumo». ¿Su mirada es en todos los casos la de una pintora?

La verdad es que sí. Y también miro el cine con esos ojos. En el fondo, no sé si mi proceder es de pintora o en clave de imágenes. Y me refiero a imágenes planas, bidimensionales. No soy nada escultora, y cuando ocupo un espacio me siento cómoda porque lo entiendo como una escenografía, como un espectáculo teatral u operístico. Soy mucho más de consumir imágenes planas que en 3-D. Lo que ocurre es que puedo manejar muy bien, por ejemplo, el software en 3-D porque el resultado lo planteo siempre como una imagen. Esa escultura la estoy recibiendo en todo momento como una sucesión de imágenes.

La obra más reciente es la que da título a la exposición. ¿En qué consiste esa pieza?

Básicamente se trata de unos ojos –volvemos al tema de la visión– que, desde el otro mundo, atraviesan la pared y desde allí otean el nuestro para que tenga lugar ese momento que antes mencionaba en el que se produce un cambio de percepción. Hay un momento en el que su pupila se abre al modo casi de una cámara fotográfica y surge una forma, que lanza a nuestro mundo, y que es el origen de un mundo nuevo, representado como una forma orgánica, primero desestabilizada, pero que poco a poco se va organizando en una forma simétrica y estable en la que crece una especie de vegetación o pelos que al final resulta una forma viva, probablemente un poco inquietante, perturbadora, no bella en un sentido clásico, sino algo que puede pertenecer más al género del terror. Y, a la vez, también tiene una forma escultórica. Si estuviera acabada en mármol, en vez de carne, y no palpitara, probablemente podría ser identificada como una escultura clásica. Al final, lo que sucede es que esas miradas sobre nuestro mundo están creando otros mundos. Lo que quiero trasladar es que la mirada artística facilita percepciones diferentes.

Madrid la dio a conocer («Circuitos», 1992), pero poco habíamos visto su trabajo en esta ciudad. ¿Era pues necesaria esta muestra?

Es cierto que he expuesto aquí varias veces en espacios muy buenos como la galería Buades o Salvador Díaz, con un formato muy de museo, pero no había celebrado una exposición grande en la ciudad. Estas han tenido lugar en otros centros del país. Eso supone que buenas piezas que se produjeron para esos espacios se hayan visto fuera. Yo agradezco, además de la oportunidad de mostrar tanta obra, el poder hacerlo en un espacio tan singular. Los cubos blancos son lugares estupendos para mostrar la obra de manera perfecta, pero a mí me interesan más las arquitecturas poderosas, como esta, con sus bóvedas, con sus lámparas tan pesadas. Me gusta el reto de acompañar a un espacio sin discutir con él, porque generalmente te gana. Y me ha agradado mucho despejarlo, dejarlo diáfano.

La Sala Alcalá 31 es un espacio especialmente complicado.

A mí me lo parecía cuando lo veía tabicado. Tabicado como estaba por planchas transversales que no dejaban ver su arquitectura real. Entonces me parecía muy farragoso. Al dejarlo libre lo he visto potente, pero muy bello. Eso me ha hecho sentirme muy cómoda.

Una de las piezas de Marina Núñez de su expo ahora en Artium
Una de las piezas de Marina Núñez de su expo ahora en Artium

La exposición de la Comunidad de Madrid forma parte de una línea expositiva que recupera a artistas de media carrera «cuya obra no ha recibido el reconocimiento del público». ¿Cree que su generación ha sido todo lo valorada que merece?

Yo creo que sí. A la gente que comenzamos a trabajar en los noventa se nos ha prestado mucha atención. A lo mejor me equivoco, pero tengo la sensación de que a los artistas de generaciones posteriores se le está haciendo menos caso, aunque siempre es verdad que se tiende a visibilizar mucho el arte joven. Sin embargo, creo que no es hasta mi generación que se empieza a valorar a las mujeres artistas de igual a igual con nuestros compañeros y no como rescates prehistóricos. Fue el primer momento en el que a muchas y muchos de nosotros nos empezó a ir bien siendo jóvenes y tuvimos la suerte –que continuamos teniendo– de poder ir mostrando lo que hacemos en buenos espacios y buenas galerías. Hemos sido una generación muy valorada, pero es que hemos sido una generación muy buena. Nos pilló en un momento de transición en el que se empezaron a usar modos e ideas novedosas. Y eso dio pie a proyectos muy interesantes.

Me gustaría aludir al programa pedagógico «Medios humanos» que se realiza junto al colectivo Pedagogías Invisibles y que complementa a la exposición. ¿En qué van a consistir?

Ellos van a trabajar con gente en riesgo de exclusión. Y van a desarrollar el programa con total libertad. No va a ser nada convencional; no es una visita guiada al uso. Les conocí el otro día y me parecieron encantadores, con una visión muy interesante de lo pedagógico. Lo que sí tengo que añadir es que me parece fundamental que las instituciones artísticas tengan programas pedagógicos y que logren acceder a niños y a adultos para que el arte deje de parecer esa cosa inaccesible e impenetrable.

La muestra viajará después a Artium. ¿Habrá muchas diferencias entre una y otra versión?

Supongo que la intención es mantenerla y que las limitaciones serán las que impongan sus espacios. Es pronto para hablar de reajustes. Incluso podría darse el caso de que en el nuevo espacio algunas obras ganen más. No sabemos todavía. He de decir que Artium es un centro que me encanta. Fue de los primeros que se fijaron en mí y me compraron obra, en un ARCO, en la galería Buades, una Vánitas que fue el cartel de la feria. Eso me provocó una relación afectiva con el museo que aún no olvido.

Y ahora, ¿qué?

Estoy pensando en fantasmas, en seguir con representaciones de líquidos y de fluidos, lo que dará pie a nuevos vídeos. ¡Y eso que acabo de terminar los de El fuego de la visión, que han sido nueve en seis meses sin pausa! Eran muchas obras y los efectos especiales eran complicados. Aún estoy en periodo de necesitar descansar. Yo siempre les digo a mis alumnos que con las técnicas lo que sucede no es que uno tenga una idea y trate de buscar la mejor manera para formalizarla, sino que, muchas veces, al usar una técnica y desarrollar nuevos procedimientos salen a la luz otras ideas. Eso lo explicaba muy bien Ernst Gombrich.

Marina Núñez en su exposición "El fuego de la visión"
Marina Núñez en su exposición “El fuego de la visión”

Marina Núñez. «El fuego de la visión». Sala Alcalá 31. Madrid. C/Alcalá, 31. Comisario: José Jiménez. Hasta el 27 de marzo. Itinerancia: Artium (Vitoria). Desde el 3 de junio

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 22 de diciembre de 2015

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