Primera edición de los Premios Celso y Manolo de Arte

Un premio muy castizo para buscar a los nuevos «Richard Hamilton del barrio de Chueca»

Conocedores de las dificultades de los jovenes artistas para iniciarse profesionalmente, Celso y Manolo, empresarios del sector de la restauración, ponen en marcha la primera edición de sus premios para «alimentar» la creatividad de Madrid

Retrato del actual equipo de la tasca madrileña Celso y Manolo
Retrato del actual equipo de la tasca madrileña Celso y Manolo

Cuando uno menos se los espera, salta la liebre, y si algo nos ha enseñado la crisis es que no hace falta ser millonario para convertirse en mecenas del arte o promotor de proyectos creativos. Ya hemos dado cuenta anteriormente en nuestro periódico de loables iniciativas llevadas a cabo porgente más o menos anónima que, por amor al arte, han propiciado el avance de los nuevos valores. Ahí quedan el Premio Mardel, organizado por el matrimonio valenciano Amparo Martínez y Juan Manuel del Pino, que prefirieron conformar su colección de arte apoyando a los artistas emergentes; la flota de camiones intervenidos por artistas que patrocina Jaime Colsa (TruckArtProject); la Fundación Newcastle, en una casa de muñecas y dirigida por una gata, propiedad de Javier Castro Flórez; o ámbitos autogestionados como las Fundaciones Jaraba-Centenera y Rosón, o el espacio OTR.

Le toca el turno ahora a dos viejos hosteleros, hijos adoptivos de Madrid, Celso y Manolo (promotores de la tasca homónima en la calle Libertad), que arribaron en la capital hace cincuenta años. Primero llegó Manolo desde su Cangas de Narcea natal para trabajar en la Tasca de Pepe. Más tarde, cuando se convirtió en su propietario, y tras convencerlo para convertirse en su socio, llegó su hermano Celso, y lo rebautizaron Restaurante Argüelles, por el apellido de ambos. Ahora, jubilados los dos, quieren dar, dentro de sus posibilidades, una oportunidad a los que se embarcan en el mundo del arte y la creación: «Manolo llegó a Madrid en 1965 con 17 años –explican– y entiende perfectamente la situación de los jóvenes que intentan seguir sus sueños desarrollando su carrera en una disciplina que a menudo son poco reconocidas», explican los nuevos propietarios, los que han convenido en mantener el nombre de estos dos luchadores en el logo del establecimiento actual.

De igual manera que «Madrid les alimentó» durante medio siglo, ellos quieren ahora alimentar a los ganadores de los Premios Celso y Manolo que ponen en marcha (porque con el buche lleno se crea, sin duda, mucho mejor), con unas categorías que nacen, como señalan, «de preguntar a amigos artistas», que pensaron en «esos sectores que no suelen estar representados en el “stablishment” cultural». Estas son «collage», «creación escénica», «fotografía» (con el apelativo de castiza, como su taberna), «moda sostenible», «vídeo-arte» y «regeneración del barrio» (y aquí se especifica que no tiene por qué ser únicamente el de Chueca, donde tiene su sede la tasca). En definitiva –y como reza uno de sus lemas– se trata de encontrar a los «nuevos Richard Hamilton del distrito», a esos talentos, residentes en Madrid y menores de 35 años, con ideas frescas y nuevas que aportar.

Los premios buscan a esos talentos residentes en Madrid y menores de 35 años con ideas frescas y nuevas que aportar

Y como la creatividad y los proyectos bonitos se cuajan en torno a una buena mesa –«con comida rica y un buen vino», apostillan–, ellos proponen reconocer las mejores propuestas recibidas con un primer galardón de 1.000 euros y dos accésits de 500 en cada una de las seis categorías (la inversión final se sitúa pues en los 12.000 euros anuales), canjeables en el propio restaurante con el objetivo de ayudar a los creativos noveles en su labor artística dándoles la oportunidad de reunirse allí con familiares, amigos u otros artistas, en interesantes veladas «que puedan propiciar el entorno necesario que estimule su creatividad».

Los proyectos pueden entregarse en el establecimiento (C/ Libertad, 1) o ser enviados por e-mail (la dirección es premioscelsoymanolo@celsoymanolo.es. En este segundo caso, sin un peso superior a 10 megas, con excepción de los vídeos, de los que se indicará una dirección de internet en el que pueden ser visionados) antes del 30 de abril, acompañados de una hoja de inscripción descargable en la web premioscelsoymanolo.es. Cada participante (o colectivo) sólo podrá presentarse a una de las seis categorías. El fallo del jurado –aún por determinar– se producirá en la segunda quincena de mayo. Comienza la búsqueda de talentos. La mesa está servida.

Texto publicado ABC.es el 9 de abril de 2016

Entrevista a José Antonio Hernández-Díez. Retrospectiva en el MACBA

«La obsolescencia artística programada también existe»

En 1991, José Antonio Hernández-Díez se daba a conocer con la muestra «San Guinefort y otras devociones», en Caracas. Sus obras, y su espíritu, son recuperadas en la monográfica que acaba de inaugurar el MACBA, en su ciudad de acogida

ENTREVISTA CON EL ARTISTA VENEZOLANO JOSE ANTONIO HERNANDEZ-DIEZ EN LA EXPOSICION DEL MACBA (Fotos: INES BAUCELLS)
ENTREVISTA CON EL ARTISTA VENEZOLANO JOSE ANTONIO HERNANDEZ-DIEZ EN LA EXPOSICION DEL MACBA (Fotos: INES BAUCELLS)

Cuenta el venezolano José Antonio Hernández-Díez (1964) que la fuerte personalidad del Convent dels Àngels determinó el devenir de esta, su primera monográfica en un museo en Barcelona. Podría haber introducido en él obra última, o lo que dio de sí su estancia en España desde su llegada a mediados de los noventa. No. El artista (aunque confiesa que ha sido cosa de los comisarios, los muchachos de Latitudes, que cogieron el testigo dejado por Bartomeu Marí), ha optado por sus primeras obras, producciones en vídeo, una técnica que más tarde dejó de interesarle. Piezas que lo descubrieron, desde Caracas, a los grandes comisarios internacionales y con las que construía una nueva «iconografía cristiana». Por eso, resucitadas, dialogan tan bien con el espacio.

Primera monográfica en Barcelona y, sin embargo, se retrotrae a sus orígenes. ¿Por qué?

La idea fue siempre hacer algo con este edificio, lo que me condicionaba y me remitía a obras que fueron concebidas para espacios blancos, clínicos, aunque tanto el primer comisario, Bartomeu Marí, como yo, sentíamos que podían encajar aquí. Luego entraron en escena los chicos de Latitudes, los comisarios actuales, que supieron hacer que me sintiera cómodo aquí con esta obra tan «ciberpunk», tan «ciberclínica». Al final, de lo que se trataba era de que todos saliéramos de nuestras áreas de confort.

Veo que el cambio de director del MACBA le afectó y para bien.

Esta exposición ha estado trabajándose durante mucho tiempo. Y la idea primigenia de enfocarla en mis inicios, en mis primeros trabajos en vídeo, fue de Marí. Con Max y Mariana se consolidó la lista de obras, obras que yo nunca habría escogido porque ya están olvidadas, porque funcionaron durante muy poco tiempo y sólo en Caracas. Ha sido una sorpresa reencontrarme con ellas.

Por entonces lo que perseguía era ilustrar «una nueva iconografía cristiana». ¿Por qué era  necesario en los ochenta la creación de esos nuevos iconos?

Para la exposición en Caracas, en la que las obras se dieron a conocer, yo estaba en mi veintena y muy influido por la lectura del momento: la aparición de lo cyborg, la manipulación genética… Además, en Latinoamérica se imponía cierta relación sincrética, que emanaba del collage y el expresionismo abstracto, y a la que quise aportar un tercer elemento: la parte tecnológica. Caracas era un escenario muy bueno para todo eso: una ciudad muy pobre y muy caribeña, en la que se empezaban a ver las primeras parabólicas. Esos contrastes me gustaban mucho. Estas obras ilustraban cierta nueva iconografía cristiana, que se topaba con creencias y símbolos con los aún hoy convivimos diariamente. Es ese subir a un taxi o una “guagua” y ver todos los fetiches en el salpicadero con los que convive su conductor. Pero no quería mostrarlo como hacían mis colegas, con pinturas, fotografía o collages, sino que me interesó más el vídeo, la “performance”…

Mientras, ampliaba el número de «deidades».

Yo me sentía como si el Vaticano me hubiera encargado a mí inventar objetos religiosos para fomentar la fe en un futuro apocalíptico. Qué duda cabe de que hoy lo haría de otra manera, no tanto con aparatos, sino con una reprogramación neuronal. Me interesa subrayar esa visión que teníamos en los ochenta del futuro tan analógica, tan de objeto frente a la sociedad virtual actual.

"San Guinefort", obra de Hernández-Díez con un perro disecado en su interior
“San Guinefort”, obra de Hernández-Díez con un perro disecado en su interior

Esa es la cuestión: de esa exposición en la que se da a conocer a esta han pasado veinte años. Ni este es el mismo tiempo, ni el mismo contexto. ¿En qué han cambiado usted y su proyecto?

Lo principal es que yo dejé de trabajar en vídeo hace diez años. Cuando lo digital comenzó a apoderarse del arte y se convirtió en soporte artístico a mí me dejó de interesar. Entonces yo comencé a concentrarme más en la escultura, me volví más minimalista. Esta simbología comenzó a desaparecer, aunque los temas fueran los mismos: la relación entre la alta y la baja tecnología, la tecnología pop y de consumo… No me interesa la utopía tecnológica. Me interesa el día a día.

Recuerdan los comisarios que los muertos regresan al presente porque no se les enterró adecuadamente. Usted ha realizado un verdadero ejercicio de exhumación, de resurrección de obras que estaban desaparecidas.

Las curadorías funcionan cuando los comisarios logran sacarte de tu zona de confort. Aquí, ese ejercicio ha sido interesante. Hay obras como “Houdini”, tan complicada, que uno se olvida de hacerla. A lo que se suma un trabajo de pesquisa, de encontrar los materiales precisos. Yo no habría hecho esta exposición si yo hubiera sido mi propio curador o si hubiera trabajado con curadores que me hubieran dado libertad plena.

¿Y dónde estaban y cómo estaban todas estas obras?

Muchas estaban en colecciones, pero es verdad que son obras que en su mayor parte superan la treintena. Y no es lo mismo tener en tu colección una pintura o una escultura, que siempre va a estar ahí, que un vídeo. Con este tipo de trabajos, los coleccionistas el primer año están encantados, y la encienden todo los días. Cuando pasan tres, cinco, siete años, empiezan a plantearse que estas piezas ocupan un espacio, que precisan de cierto mantenimento, que cada equis tiempo hay que trasferir el formato… Yo hacía obras en Betamax. Luego pasé al DVD, a los archivos mp4… Es más fácil que todo esto caiga en depósitos. Y así fue. Ninguna de estas obras funcionaba, salvo la de la colección la Caixa [“La hermandad”].

Quizás lo que no se plantean los artistas que trabajan con tecnologías es algo que ahora nos es muy cercano: la «obsolescencia programada».

¡Es que existe hasta la obsolescencia artística programada! Pero cuando eres joven y el entorno te estimula no piensas en el tiempo. Además, no se debe hacer. A mí me sorprende esa gente que tiene obras tecnológicas en sus casas y que las encienden todos los días y, si algo les falla, se vuelven locos.

Le pregunto por un concepto presente aquí y que comparten arte y religión: el de vitrina.

La primera vez que yo viajé a Europa me sorprendieron sus reliquias y esos cubos de cristal que las contenían. Mezclar eso, de nuevo de forma sincrética, con las peceras empleadas para manipular sustancias radioactivas o virus mortales me llevó a obras como “San Guinefort” [con un perro disecado en su interior]. Yo era un fanático de los catálogos médicos. Y cuando vi esos guantes de látex empleados para manipular estas sustancias, cuando ese material además en los ochenta era tan popular, se me ocurrió la obra, cuya lectura era muy literal. Los dos mundos llegaban a eclosionar en ella. La vitrina, en mis comienzos, era de metacrilato, algo lógico como venezolano que soy, un país en el que los derivados del petróleo están a la orden del día. Antes decía que hace diez años que no hago vídeo. Y el vídeo es como otra vitrina… Ahora soy más comedido.

¿Significa eso que no entiende la obra de arte como reliquia?

Lo que he aprendido con el paso del tiempo es que el vídeo no es el mejor soporte. Pero está ahí. Depende mucho de su mantenimiento por instituciones. Yo me he desprendido de eso. Sin embargo, nunca tuve formación como pintor, nunca dibujé. Y “Annabel Lee” (1888), ya con vídeo y presente aquí, fue mi primera obra. Era el cine lo que me interesaba. No obstante, siento el poder de los símbolos, y hay cosas que me emocionan. Hay artistas que me producen lágrimas. Pero solo a ratos… Muchas de estas obras se van a destruir tras la muestra, pues son copias de exhibición. He aprendido a desprenderme de ellas.

"La hermandad", de José Antonio Hernández-Díez (Colección la Caixa)
“La hermandad”, de José Antonio Hernández-Díez (Colección la Caixa)

«La hermandad», también aquí, cierra un ciclo en 1994. La destaco porque formó parte de una muestra muy importante, «Cocido y crudo», en el Museo Reina Sofía, de las primeras sobre «lo latino». Usted no se reconoce en esa etiqueta.

Nací en Venezuela, mi trayectoria se ha desarrollado en España… Yo soy más caribeño. “Cocido y crudo” surge en un momento muy interesante en el que curadores como Dan Cameron se acercan a nuestro contexto. Me reconozco en lo latino, pero más en cierto arte anterior, más de los setenta, que de mi propia generación de exaltación de lo tropical. Yo vengo más de generaciones anteriores, los constructivistas, los cinéticos… Pero exposiciones como la que menciona sirvieron para generar y también fracturar la idea que se tenía de lo latinamericano.

Esta expo acaba temporalmente justo cuando llega a España. ¿Qué pasó después?

Caracas era muy cotidiana, me influía el día a día. Aquí, mi manera de trabajar cambió. Eso dejó de ocurrir. Y el trabajo pasó a ser más de reformulación de hechos históricos. Me volví más pop, y ahí están mis zapatillas, mis “skaters”… Los intereses eran más internacionales que personales. Estuve como cinco o seis años entre que cerré una serie y comencé otra. Los tiempos se alargaron. Y entré en la madurez. La explosión de pasar de una cosa a otra, pese a que yo me aburro muy rápido de todo, se alargó demasiado.

Obras como «San Guinefort» o «Sagrado Corazón Activo» hacen alusión a la religión pero también a la ciencia médica. El tiempo también ha moldeado la fe en las tecnologías. ¿Por qué tienen vigencia propuestas como éstas?

Creo que porque cuando la ingeniería o la ciencia entran en contraste con la metafísica, la gente tiende a validarlas aún más. Hay otra obra aquí, “El resplandor”, en la que me inspiré en las células de contacto, las cámaras de infrarrojos… Cuando alguien llega con toda esa parafernalia para detectar una presencia, la gente confía más que si utilizas a un espiritista. Hay muchos espectadores que creen que en “San Guinefort”, el perro está durmiendo, porque está conectado a una bombona de oxígeno; que el “Corazón” late porque lo ayuda una máquina… Lo tecnológico dificulta discernir si hay animal ya o no. Y en el arte se ha explotado mucho eso.

Tengo que preguntarle por la abundancia de animales y de niños en la exposición.

Siempre han estado muy presentes en mi obra. También los monopatines, que son un homenaje a la felicidad que me producía patinar cuando era niño. Cualquier historia, contada por un niño o a través de animales, tiene siempre un efecto de validación importante.

La plaza en la que se inserta este espacio está tomada por «skaters».

Pero a mí no me interesa este “skate”, sino otro que se acabó en los ochenta, que era el de rodar, no el de saltar. Cuando el “skate” se vuelve vertical a mí me dejó de interesar. Porque para mí era un “interface” comunicacional. Y eso se ve en “La hermandad”. Yo podía hablar y comunicarme cuando tenía un monopatín. Cuando no era así, esto se interrumpía. En cierto modo, es un homenaje a mi padre, que me dijo que el “skate” no me iba a aportar más que horas perdidas, nada de utilidad. Lo curioso de esta práctica es que tú puedes tener 40 o 50 años, ir en patines o bicicleta, y nadie te dice nada. Pero si vas en “skate” te miran bien raro. Mis primeras obras al respecto ya emanaban esas ironía. Y me decía a mí mismo: «Ya estás muy mayor para patinar».

También trabajó en esos inicios sobre el concepto pantalla. Podríamos decir que fue usted un visionario: ahora todo lo percibimos a través de ellas.

Lo mío fue ya un bombardeo en contra de la pantalla. “El resplandor” intenta alejarnos de unos demonios, demonios que vienen a través de una de ellas. Yo ya veía venir que todas estas cuestiones interactivas iban a explotar. Y hoy hay obras interactivas que son más interesantes que muchas obras de arte, que las asumen con naturalidad. Yo fui de los primeros que use el midi. Y cuando aparece una tecnología, hay que ser muy rápido, porque en poco tiempo te das cuenta de que otros artistas la van a asumir con total profesionalidad. Cuando Sony sacó el reconocimiento facial en sus cámaras de fotos, a los dos meses ya había obras de artistas que empleaban la técnica.

"Sagrado corazón", obra de José Antonio Hernández-Díez
“Sagrado corazón”, obra de José Antonio Hernández-Díez

La muestra se actualiza además con una obra nueva: «Filamentos». ¿Cómo se complementa con todo lo demás?

“Filamentos” se basa también en mi interés por la tecnología. Descubrí que Edison, cuando diseña los de las bombillas, las grandes familias empiezan a encargarle piezas personalizadas, que la gente acudía a ver a sus casas como si de obras de arte se tratara. La industrialización trajo, pese a sí misma, decenas y decenas de filamentos específicos. Yo comparo eso ahora con el original, que es el de la vela, siempre el mismo, que produce siempre la misma luminosidad. Por otro lado, también descubrí que la Iglesia Católica comenzó siendo renuente a la iluminación con luz artificial. Siempre queda esa relación entre tecnología y consumo. Y hacerlo en grabado me daba un cierto sabor añejo. Pero estas piezas van a envejecer de otra manera, diferente a como lo hicieron las piezas de vídeo, que hubo que actualizar. Hace diez años nos dijeron que había que abandonar las bombillas incandescentes para pasar a las de bajo consumo; ahora se ponen de moda las de Edison, y se comienzan a fabricar piezas que son caras, casi para coleccionistas. Eso me llama mucho la atención como artista: Cambios que se asumen como naturales.

¿Se ha convertido en un descreído de las tecnologías?

Yo me quedé en los ochenta. El motor de combustión no da para más. Tú ves esos coches supertecnológicos, pero que se siguen sirviendo de él. Claro que te facilita la vida, pero la tecnología que me interesó fue la de un momento preciso de cambio en el que había una parte romántica, de la que tenemos ahora que desprendernos porque todo se convierte en códigos binarios. Yo soy un chico malo…

Le vuelvo a plantear la pregunta: ¿Ha enterrado usted bien a estos muertos?

Yo creo que no. Annabel Lee siempre va a estar ahí. Como Houdini, siempre escapando, de igual forma que San Guidefort no se va a corromper nunca…

"Annabel Lee", de Hernández-Díez, primera obra del artista
“Annabel Lee”, de Hernández-Díez, primera obra del artista

¿En qué cree usted?

Yo soy un ateo natural, pero me eduqué maravillosamente en un colegio católico y lo agradezco. Haber conocido lo que es una misa, una sacristía, rebrota en mi obra. Me ayudó muchísimo. Aunque nunca creí en Dios. Pero acepto sus rituales, sus pasos sagrados…

¿En qué creen los que no creen? ¡En algo hay que creer!

Creo en la alegría. En el arte cien por cien. Creo en mi hijo, en mi familia. En la naturaleza. Y también creo en el escepticismo y en la espiritualidad sin alma.

¿Qué le tiene ocupado ahora?

Estoy trabajando en la idea de la luz como cosa fallida. No solo a nivel conceptual, sino también en todas las propuestas que han fallado en torno a la energía. Estoy trabajando con los primeros diseños de circuitos impresos, que han evolucionado, y que los ingenieros empiezan a modificar no sólo por cuestiones técnicas, sino también para sorprender a otros ingenieros. Y lo quiero presentar sin tecnología, también con grabados.

Le hice la misma pregunta a Carlos Bunga, amigo con el que comparte galería, latino como usted, y que le cede el testigo aquí: ¿Por qué ha tardado tanto la ciudad en hacerle un guiño expositivo?

Son casualidades. Yo llevo 20 años viviendo aquí y he mostrado la obra en colectivas, con la galería Estrany de la Mota, con la que trabajo aquí. Quedaba pendiente la institución… Yo creo que la calma me venía porque exponía en otros lugares. Y creo que a partir de ahora ya podré sentirme más cómodo al contar con una expo en la ciudad que me adoptó. Dices bien: hacía falta.

Me dejé el título para la última pregunta: «No temeré mal alguno». ¿No habíamos quedado que éramos escépticos?

Se trataba de eso: de asumir los retos del espacio. No todo artista es capaz de mostrar su primera obra. Yo lo he hecho. Eso se puede ver como algo naif, pero esta muestra es también una forma de que el MACBA salga de su ámbito de confort. El título lo dan los comisarios, algo que a mí me gusta que así sea. Este es un guiño a mi primera expo en Caracas. Un salmo bellísimo.

Hernández-Díez frente a su obra "La llamada", en el MACBA
Hernández-Díez frente a su obra “La llamada”, en el MACBA

José Antonio Hernández-Díez. “No temeré mal alguno”. MACBA. Barcelona. Plaza dels Àngels, s/n. Comisarios: Latitudes. Http://www.macba.cat/. Hasta el 26 de junio

Texto ampliado del publicado
en ABC Cultural el 25 de marzo de 2016. Número 1.127

María Platero (artista)

«Me interesa desvirtuar las lógicas del sentido. Introducir la duda y el escepticismo»

Obsesión, divino tesoro. Al menos para María Platero: ¿Por qué sistematizamos como lo hacemos? ¿Por qué lo reglamos todo? Para saberlo, habrá que echar un ojo a su trabajo, que es de los que «Darán que hablar»

Retrato de un autorretrato de María Platero
Retrato de un autorretrato de María Platero

Nombre completo: María Platero Escribano. Lugar y fecha de nacimiento: Madrid, 20 de junio de 1976. Residencia actual: Madrid. Estudios: Máster EFTI de Fotografía (Concepto y Creación). Ocupación actual: Fotógrafa y docente.  Continuar leyendo “María Platero (artista)”

Nuevos pliegues de la fotografía escenificada

El ensayo «El objetivo barroco», publicado recientemente por Documenta Arts, da pie a analizar las claves de la fotografía escenificada en España. Conversamos con algunos de sus representantes, los más consolidados y las jóvenes hornadas (Por Javier Díaz-Guardiola)

«Miroslaw» (2009), de Pierre Gonnord
«Miroslaw» (2009), de Pierre Gonnord

No sé cómo explicarlo, pero la verdadera realidad se genera en mi cabeza. Yo veo el mundo con cierta estética, con cierta luz, cierta perfección, y no encontrarla luego ahí fuera, por idílica, es una tortura. Por eso, porque si para contar algo yo necesito valerme de un hombre en calzoncillos con orejas de conejo, lo mejor es recrear eso, no esperar a que suceda, algo, por otro lado, no pasará nunca». El que así se expresa es Fernando Bayona (Linares, 1980). Él es sin duda uno de los máximos exponentes de la joven fotografía escenificada en España, aquella de la que se ocupa el ensayo “El objetivo barroco”, compilación de algunos de los fotógrafos contemporáneos que, en palabras de su autora, la periodista Laura Revuelta, reactualizan en nuestra época las fórmulas y pasiones propias de este periodo histórico.

De opinión similar es Ismael DeLarge (Italia, 1981), otra de esas jóvenes promesas que encuentran refugio en la fotografía de estudio: «Mi sensación con este tipo de imágenes es la que experimentas cuando tienes un sueño. Al despertarte, por muchos detalles que aportes a tu interlocutor, es imposible que consigas recrearlo todo, que éste te siga en tu descripción. La foto escenificada es un privilegio, la fórmula para hacer físicos y visibles esos sueños».

"The las time", obra de Fernando Bayona de "The Life of the Other"
“The las time”, obra de Fernando Bayona de “The Life of the Other”

Gregory Crewdson o Erwin Olaf, grandes autores recuperados por Revuelta en su publicación, recuerdan por el uso de la luz o la contención de las emociones a los grandes pintores del XVII y el XVIII. De barrocos han sido también definidos los retratos de Pierre Gonnord (artista francés que, sin embargo, ha desarrollado su trayectoria en nuestro país), que comparte con algunos de los viejos maestros la capacidad para dignificar a sus modelos, sujetos anónimos a los que rodea de un halo de majestuosidad: «Soy barroco por el uso de la luz, por mi gusto por el tenebrismo. Sus fórmulas son las idóneas para generar sentimientos de distancia o proximidad entre el sujeto al que retrato y el espectador. Es una muy buena forma de mirar: no todo se puede o debe observar a plena luz del día».

También son «barrocos», por rizomáticos, los resultados en las imágenes arquitectónicas de Dionisio González (Gijón, 1965), autor precisamente de una tesis sobre la estética del horror en la foto postmoderna, que reconoce cómo en su análisis sobre la muerte de la imagen y su necesidad de epatar, terminó por cansarse de la técnica: «No me identifico con el concepto de fotografía barroca, pero entiendo que, en su recepción, la mía se englobe en este ámbito. Siempre he evitado caer en la brillantez y teatralidad de la publicidad. Creo que lo neobarroco actual, también en la imagen, ha perdido carácter trascendental y cierta gravedad finalista. Pero es cierto que esos asentamientos irregulares y no planificados que a mí me interesaron en cierto momento y que se extendían por las ciudades aportaban una visión pavorosa, fractal, deleuziana: muy barroca».

Fotografía de Ismael Delarge
Fotografía de Ismael Delarge

Este tipo de foto ha contado siempre con importantes representantes en nuestro país, de Eugenio Recuenco a Álvaro Villarrubia o Eduardo P. V. Rubaudonadeu –autores que han basculado entre la moda y el arte– y continúa en nombres como Pablo Lecroisey o los jóvenes Ángel Guzmán e Irene Cruz. Sin embargo, no sólo de un ámbito como el publicitario llegan las influencias. Aurelio Monge (Jaén, 1971) recuerda irónicamente que «nunca hubo un estilo fotográfico en el barroco», de forma que todo lo que se haga hoy bajo su influencia será novedad. Él, que descubrió la cámara temprano, y el desnudo como género desde el que desarrollar una fructífera trayectoria, se define como «neopictorialista», un fotógrafo que bebe más de la pintura (fundamentales Caravaggio o Ribera) y que huye de la teatralidad del «barroquismo»: maquilladores, saturaciones, imágenes grupales… «Yo lo traduzco todo a música, y me veo más como un coreógrafo o director de escena». Bayona enumera a Joel-Peter Witkin, el fotógrafo de los muertos, a Olaf a Crewdson, aunque también a mucha fotografía publicitaria pero anónima. Nada de Richard Avedon o David LaChapelle. «Y la pintura flamenca: cómo iluminan. Entonces la luz sólo podía llegar del sol o de una vela. Y así tiendo yo a utilizar ahora el flash. Tres a lo sumo, como si de tres pequeñas candelas se tratara. La actualidad de Vermeer es total». DeLarge menciona a Miron Zownir («mucho más crudo que yo, que intento ser poético hasta en lo más duro»), el performancer Oleg Kulik y a dos directores de cine: el belga Thierry Zéno y el alemán Jörg Buttgereit. «En el cine, tiendo de manera natural a lo underground, que, en este sector, es todo lo que no sea mainstream». Gonnord también habla de la literatura y del celuloide, ya que «su mirada es más contemplativa, acercando y alejándo su objetivo como un zoom, circulando como en un paisaje».

"Cocina (Víctor, 29 años)", de Ángel Guzmán
“Cocina (Víctor, 29 años)”, de Ángel Guzmán

Él no es un artista de estudio, pero sí de espacios cerrados. Ahora realiza una colaboración para San Sebastián 2016 y se ha trasladado al País Vasco a retratar a los deportistas que levantan piedras. «Es necesario introducirse en el ámbito del modelo. Con ello se consigue que sus rostros, sus gestos estén menos forzados, menos fabricados». Bayona construye sus imágenes, como lo hace Ángel Guzmán (que acaba de celebrar su primera individual en Málaga con la serie sobre la transexualidad I Wanna Be a Buterfly), pero ambos inciden en la importancia de los detalles: «Como en la pintura flamenca –agrega Bayona– todo tiene un porqué. Cada elemento es como una palabra en un libro y es tan importante como el modelo». «Realidad y ficción se mezclan constantemente –concluye Guzmán–. La foto es una mentira en sí misma. Pero yo prefiero hablar de mi trabajo como documental escenificado. Uso modelos de la vida cotidiana, que ficcionalizan su vida en mis fotos. Lo que yo hago es crearles un escenario idóneo para tal fin».

Ismael DeLarge se considera barroco, pero no por la apariencia de sus resultados, sino por la potencia de sus contenidos: «Tiendo al exceso, al horror vacui, pero me contengo para que no se pierda el mensaje. Sería como aquella orquesta en la que tú concentras la atención sólo en un violinista. Me gusta hablar de mis trabajos como muros de ladrillo en cuyo interior hay una casa de cristal. Está bien que te dé una patada a la cara al principio, pero lo siguiente, si lo superas, será un arrullo». A Dionisio González le seduce el carácter ficcional de la imagen, su idea de simulacro sobre la que escribió Baudrillard:«De hecho, me pregunto si hago fotos o arquitecturas. De la foto me interesa su capacidad no para generar una imagen, sino como campo desde el que lanzar propuestas».

"El sueño de Baco", fotografía de Aurelio Monge
“El sueño de Baco”, fotografía de Aurelio Monge

Consultados por la capacidad para la improvisación en este tipo de foto tan controlada, su respuesta es desigual: No se pueden controlar ni las miradas, ni los ademanes, exponen Gonnord y Bayona. Este último reconoce que un suspiro, un cierre de ojos puede dar al traste con la idea inicial y convertirse en la final. Monge es de los que opinan que en la foto todo es muy real («no se puede forzar nada»). DeLarge argumenta que han sido tantas horas de conversación con el modelo, que poco espacio queda para lo no meditado…

En su opinión, ¿vivimos en una sociedad barroca? Abre fuego Bayona: «Por supuestísimo. Y hemos creado un mundo paralelo en redes sociales en lo que todo es mueca y escenario. Pura pose». Para Monge, «todo es fachada y una huída hacia delante»: «¿Qué triunfa en literatura y televisión? La revisión histórica. ¿Qué es “Juego de Tronos” si no una batidora de mitos?». Pone el punto y final González: «Somos barrocos en el sentido de la descomunalización de lo visual. El espacio social de la red es inabsorbible. Ella tiene vocación democrática, pero internet es un tiradero de información desjerarquizada. De hecho, nuestra subyugación por la pantalla ha dado pie a un nuevo lenguaje, jergas, neografías puramente barrocas: ¡Simplificamos las palabras con emoticonos que son dibujos de lo más elaborados! Hay una tendencia a la “graforrea”, a la banalidad redaccional». Cae el telón.

"Dauphin", fotografía de Dionisio González
“Dauphin”, fotografía de Dionisio González
Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 12 de marzo de 2016

 

Artistas españoles en Manifesta 11

MANIFESTA(MENTE) DADÁ

Manifesta tendrá Zúrich, la ciudad que vio nacer el dadaísmo, como sede de su 11ª edición este verano. Charlamos con algunos de los artistas españoles que participarán en esta importante bienal

Fermín Jiménez Landa prepara su proyecto para Manifesta junto a un meteorólogo
Fermín Jiménez Landa prepara su proyecto para Manifesta junto a un meteorólogo

Hace cien años, Zúrich, como ciudad de acogida de artistas que habían huido o huían de los devastadores efectos de una Europa en guerra (y que todavía sería la primera de ámbito mundial. Lo peor estaba por llegar) veía nacer el Cabaret Voltaire y los primeros coletazos del dadaísmo. Un siglo después, cuando los flujos migratorios son otros (algunos provocados también por contiendas bélicas, como si de una macabra broma dadá se tratara), otra gran cita artística, Manifesta, volverá a convertir esta urbe suiza en punto de encuentro de creadores venidos de aquí y de allá.

La úndecima edición de esta bienal europea (que en España ha recalado en dos ocasiones: en San Sebastián, en 2004, y en Murcia, en 2010), se extenderá del 11 de junio al 18 de septiembre, y llevará en su ADN la firma de un artista, el alemán Christian Jankowski (Göttingen, 1968), que en esta ocasión actúa como su comisario principal y que traslada sus fórmulas de trabajo al leit motiv de la cita, cuyo título será “Qué es lo que hace la gente por dinero”.

Jiménez Landa también desea que Manifesta 11 ayude a reflexionar, «y que no sólo alimente el mercado o que pocas élites se alegren la vista»

En apenas unos días, la lista de participantes se dará a conocer de forma oficial, aunque ya sabemos que hasta tres artistas españoles en activo formarán parte de esa nómina: son el madrileño afincado en México Santiago Sierra (1966), el catalán Carles Congost (Olot, 1970) y el navarro Fermín Jiménez Landa (Pamplona, 1979), autores que pertenecen a tres generaciones diferentes. Ellos, como el resto de convocados, deberán someterse al modus operandi de Jankowski para la cita, en la que a cada artista se le ha asignado una profesión determinada. Un representante de este gremio en la ciudad entra en contacto con cada autor para explicarle las peculiaridades de su labor, y que éste proponga de lo aprendido un proyecto. La idea final es pues que todos los artistas trabajen desde el contexto local y que sean esos profesionales, ajenos al mundo del arte, los que desarrollen o completen la obra. Algo, que no le es extraño a Jankowski, famoso por convertir a personas y sistemas alejados del mundo del arte en parte integral de su proyectos, donde destaca, por ejemplo, “Telemística” (1999), con el que consultaba a diferentes videntes televisivos sobre su propio devenir en la Bienal de Venecia, donde mostró los resultados de sus conversaciones con este tipo de estrellas televisivas.

Maqueta de Carles Congost,de su proyecto para Manifesta, con Tina Turner como coprotagonista
Maqueta de Carles Congost,de su proyecto para Manifesta, con Tina Turner como coprotagonista

Carles Congost trabaja ya codo con codo con la brigada de bomberos local de Zúrich. Su propuesta es un vídeo que ha comenzado a grabar esta misma semana bajo la apariencia de un falso documental desde el que aborda la propuesta del comisario: «Lo que en un primer momento parece un estudio sobre el origen de la música negra –explica él mismo– se convierte en seguida en el seguimiento de la preparación de un evento benéfico por parte de un grupo de bomberos que incluiría un concierto en el que se cita a Tina Turner, retirada en Zúrich [el título del vídeo, “Simply the Best”, es un guiño a uno de sus grandes éxitos]». Desde estas premisas, el gerundense reflexionará sobre los trabajos vocacionales, pero también sobre las labores altruistas, «lo que se relaciona con la labor del artista, también muy vocacional, pero en el que parece que el dinero es lo menos importante», para lanzar a su vez mensajes contradictorios, como las teorías FI/RE (cuyas siglas juegan con el término «fuego» en inglés); o lo que es lo mismo: esa filosofía de vida que considera el trabajo como una nueva forma de esclavizar al individuo, por lo que defiende amasar cuanto antes mucho dinero (“Finantial Independence”) para retirarse lo antes posible (“Retired Early”).

Por su parte, Jiménez Landa optó por colaborar con un meteorólogo. «Estoy encantado porque me han puesto en contacto con uno que es además hombre del tiempo. Me gusta esa faceta de “showman” que tienen asumida este tipo de personajes», confiesa. «Lo centrífugo es normal en mi manera de proceder, de forma que suelo coger un tema y tender desde él a la dispersión máxima. Y de la metereología me interesa que puede ser desde el punto de partida de una conversación banal de ascensor hasta un tema hoy de primer orden en las agendas gubernamentales por el cambio climático. Asimismo, esta profesión tiene un punto de oráculo, de acto de fe. Si la fiabilidad que le damos al científico es siempre máxima, con el hombre del tiempo se asume que se equivocará».

Landa fue contactado por el comisario en ARCO de 2015 y así cuenta la anécdota que da pie a su inclusión en Manifesta 11: «Él había venido a España con una lista cerrada de artistas con los que quería contactar para su proyecto. Y cuando el tercero le dijo que, por lo que perseguía con su discurso para la bienal, debía conocerme, me tuvo que llamar». El joven español, que le propondrá a su anfitrión anomalías asociadas a su profesión, como que prediga el tiempo de determinadas fechas del pasado, bromea ahora con la posibilidad de que su entrada en la nómina de Jankowski (que nunca incluyó entre las profesiones por asignar la de artista) haya supuesto la caída de otro nombre.

Fermín Jiménez Landa en Matadero (Foto: Isabel Permuy)
Fermín Jiménez Landa en Matadero (Foto: Isabel Permuy)

En el caso de Congost, éste y el comisario mantienen una amistad desde hace más de diez años. «Siempre ha mostrado interés por mi trabajo, que conoce bien, aunque es verdad que no contactábamos desde hacía tiempo». El catalán reconoce no haber visitado nunca Manifesta («tengo referencias por otros autores que sí han participado, como Jordi Colomer»), pero cree que este desconocimiento puede ser una ventaja: «Lo positivo de los viajes realizados hasta ahora a Zúrich para trabajar sobre el terreno ha sido la energía que desprende la cita, el entusiasmo de los que colaboran ahí y el calor con el que nos han acogido. Eso, y la nómina que preparan, denota que se gesta algo grande».

 La idea final es que todos los artistas trabajen desde el contexto local y que sean otros profesionales, ajenos al mundo del arte, los que desarrollen o completen sus obras

No obstante, este artista aspira a que Manifesta, como lo consiguió Cabaret Voltaire hace cien años en la ciudad, sirva como toque de atención a su contexto: «Aspiro y espero que ese mismo contexto sea el que dé sentido final a la propuesta, que también incluye ciertas llamadas de atención menos políticamente correctas». Porque, como pretende recoger su documental, citas como ésta no dejan de transmitir cierto «tufillo de exhaltación nacionalista»: «”Simply the Best” funciona también como logo de ciudad olímpica, como eslogan turístico. Yo desconocía este punto, pero creo que en la idiosincracia suiza está la importancia al dinero. Y el coro gospel que sale en mi vídeo está compuesto por hombres blancos con voces negras, lo que es una referencia a las suplantaciones, a los “blanqueos”…».

Landa, que sí que vivió como espectador otras Manifestas, la aplaude por ser una bienal diferente: «Que su comisario esta vez sea un artista dice mucho de su filosofía y conecta muy bien con mi forma de trabajar». Una forma de trabajar que no es ajena al absurdo, al humor a la patafísica. ¿Es Fermín Jiménez Landa un artista dadá?: «Hombre, no lo creo, pero sí que es posible que ciertos rastros de su carmín [este es un guiño a Greil Marcus] o huellas lleguen hasta nosotros». Si los dadaistas y demás primeras vanguardias se proponían romper con el orden establecido y liberar al sujeto desde el arte, Landa señala que es difícil recuperar sus estrategias. «Nuestro tiempo es otro, y ahora el gamberrismo y el rupturismo es fagocitado enseguida por la institución. Pero sería interesante mantener su espíritu de desear cambiar la sociedad, aunque tenga que ser desde otras estrategias».

Carles Congos por Daniel Riera
Carles Congos por Daniel Riera

De opinión similar es Congost: «Como hace cien años, vivimos momentos extremos, de replantearnos lo que estamos haciendo. Un tiempo de grandes avances tecnológicos pero también muchas injusticias. Precisamos de un nuevo movimiento dadá, aunque pienso que estamos tan adocenados que no sé si tendremos las herramientas necesarias para volver a ser radicales. Yo me siento incapaz. Podremos hacer gestos, guiños, pervertir el sistema asumiendo que somos sistema, pero ser absolutamente radicales es imposible».

De Manifesta, «un escaparate magnífico para corregir eso de lo que nos quejamos siempre que es la no visibilidad del arte español», espera que invite a reflexionar a la sociedad que lo acoge («no hay cuestiones inamovibles y el componente crítico es siempre básico», apostilla). Jiménez Landa también desea que ayude a reflexionar, «y que no sólo alimente el mercado o que pocas élites se alegren la vista». De aquí a junio, a ambos les queda mucho por recorrer. También a Santiago Sierra, totalmente incomunicado estos días, embarcado como está en otro proyecto en India, y que en Zúrich trabajará junto a un asesor en seguridad privada. «No ha sido esta una propuesta fácil –reconoce Congost–. He tenido muchas dudas. Incluso hubo que cambiar de planes. Pero ya sólo queda grabar». También éstas, fruto del deseo de hacer un gran papel, asaltan a Landa: «Son muchos los flecos que me tienen con los pelos de punta y que me tientan a realizar cambios. Pero no será nunca un giro de 180 grados». De ser así, su actitud sí que sería muy dadá. Zúrich invita a ello. De forma profesional.

Santiago Sierra, en una imagen de archivo
Santiago Sierra, en una imagen de archivo

De puertas adentro: Rubenimichi

RUBENIMICHI. EN LA GUARIDA DEL MONSTRUO DE TRES CABEZAS Y SEIS BRAZOS

Dibujos, cerámicas, «toys», vinilos, revistas, otras obras de arte… El domicilio de Rubenimichi, que también es su taller, es un homenaje al «horror vacui». Y una de las «factorias» caseras más originales de la escena española

Los tres integrantes de Rubenimichi hablan a la cámara (Fotos: Óscar del Pozo)
Los tres integrantes de Rubenimichi hablan a la cámara (Fotos: Óscar del Pozo)

Absténganse de entrar en este reportaje (y en la vivienda de sus protagonistas) todos aquellos amantes del minimalismo, los alérgicos de la acumulación (damos fe que los que sufren de alergia al polvo no corren ningún peligro, pues, pese a la tendencia al almacenaje, estos chicos lo tienen todo muy limpio) y los maniáticos del orden. Nada de eso va con Rubenimichi y, para qué les vamos a engañar, nos encanta que así sea.

Ya desde la puerta de entrada de esta vivienda situada en el barrio madrileño de La Guindalera, las pegatinas pegadas en su revers, avisan de que este va a ser un lugar especial. Porque espacio en blanco o hueco en pared que sus dueños encuentran cuenta enseguida con la correspondiente obra de arte, objeto, libro, vinilo o muñeco que puedan cubrirlo. Y si el pasillo o ciertas estancias algo más alejados del salón funcionan como reguero de lo que está por venir (la colección de los Rubenimichi también se despliega en el cuarto de baño), es en el comedor en el que se produce el big bang creativo, la acumulación total, la zona cero de los pensamientos y la tendencia al abigarramiento que caracteriza el día día de estos artistas: «Queremos estar rodeados de lo que nos gusta cuando trabajamos, y por eso nuestra casa es nuestro estudio», explica Michi. «No somos nada metódicos –continúa Rubén–. Pintamos cuando va surgiendo y nos nutrimos mucho de lo que nos envuelve. Si tuviéramos un taller, acabaríamos viviendo allí y alquilando esta casa». «Si nos apetece ponernos a trabajar ahora mismo –puntualiza Luisjo– no te echa para atrás saber que tienes que desplazarte a ningún sitio. Esto es más cómodo».

Luisjo trabaja en el ordenador
Luisjo trabaja en el ordenador

¿Rubén? ¿Luisjo? ¿Michi? ¿No estábamos en casa de Rubenimichi? En este mismo momento a ustedes les está ocurriendo lo que le pasó a Luisjo cuando conoció a los que serían sus dos compeñeros: que se pensaba que, tras sus pinturas y sus dibujos de estilo homogéneo, tras ese sonoro apelativo se encontraba un señor italiano (el nombre suena a apellido transalpino) con unas barbas muy largas, en lugar de tres individuos. «Nuestro nombre nace de la fusión del de Michi y el mío –explica Rubén– y siempre hemos jugado a generar ese despiste, porque, en el fondo, nosotros procedemos como si de una única persona se tratara».

Porque, a los Rubenimichi no les gusta que les consideren un colectivo o un grupo de artistas: «Somos tres personas que pintan juntas. Nos gusta decir que somos un monstruo de tres cabezas y seis manos», señala Michi. «“Colectivo” suena a tareas separadas que hacen diferentes personas y que luego se ensamblan», remarca Luisjo. Aquí todo es mucho más natural, más orgánico. No hay nadie que empiece o acabe siempre una obra, lo que favorece un resultado homogéneo. Son los años los que les aportan la pericia para conocer a los otros y empastar con ellos los resultados. «De hecho, trabajar como lo hacemos no fue premeditado», nos confiesan.

La casa-estudio de este equipo tiene sus paredes tapiadas de obras de arte
La casa-estudio de este equipo tiene sus paredes tapiadas de obras de arte

La cuestión fue como sigue: Era Michi el que ya pintaba mientras Rubén estudiaba. Por su forma de proceder, el primero dejaba muchas cosas sin rematar, que el segundo empezó a completar. En una ocasión, Michi se tropezó con un encargo para una muestra (un homenaje artístico al festival de Eurovisión) que no le daba tiempo a entregar. Entonces le pidió a su amigo que la acabaran juntos. Y así fue como firmaron su primera obra entre los dos, que fue la que les rebautizó. No mucho tiempo después, Luisjo completaría este singular trío: «La ventaja es que hemos ido desarrollando el estilo a la vez, no veníamos cada uno con uno predefinido. Eso habría hecho más difícil cambiarlo», considera este. «Sí que hay cosas que a uno le salen mejor que a otros, o que le gustan más. Nos vamos complementando», concluye Rubén.

Para los tres, trabajo y vida van unidos. Por ello, lo más normal del mundo es que el salón de la casa sea el estudio, en el que despliegan las obras en las que andan enredados (suelen ser varias a la vez, para facilitar así la labor de cada uno), se escucha la música que les acompaña en estas labores (nos chiva un pajarito que son muy fans de Vainica Doble, junto a otros acordes más tranquilos para no disturbar lo que hacen) y los objetos que les inspiran. «Hay días que pintamos una hora. Otros, que le dedicamos diez. Por eso es más práctico tenerlo todo a mano». Y por la misma razón, «es más lógico que esto se parezca más a un taller que a una casa. Si nos apetece sentarnos en el sofá, lo tenemos complicado». «De hecho –bromea Michi–, yo creo que nunca lo he utilizado para eso».

Michi y Rubén apuran sendas obras
Michi y Rubén apuran sendas obras

Si echamos un vistazo a las paredes, descubrimos dos cosas: la primera, la extensa colección que poseen estos artistas, un conjunto que se ha conformado también de forma orgánica: a través de compras, de intercambios, de guiños del destino… Pedimos que nos den algunos nombres y nos llevan hasta las obras de Ricardo Cavolo, de Javi al Cuadrado, de Alberto de las Heras, de Boris Hoppek, Slava Mogutin (con el que comparten galería, la Fresh) o Theo Firmo. La pieza de Taxali es la favorita de Michi. Pero hay muchas más: de Catalina Estrada, de Ceesepe, de Gary Baseman (la obra más cara que tienen), de Nano… «En una ocasión intentamos inventariarlas y nos aburrimos. También creemos que no qusimos hacer cuentas de lo que llevamos gastado». La segunda de las evidencias: que no hay nada, pero nada suyo a la vista, salvo esas piezas inacabadas en las que están ahora trabajando, pero que descansan en caballetes: «Si yo comencé a pintar es porque quería ver mis cosas colgadas en la pared. Pero cuando empiezas a vender se te pasa», confiesa Michi. «Hay que admitir que sí que hay dos o tres obras que guardamos –continúa Rubén– y que no venderemos nunca por el valor sentimental que tienen para nosotros». Una de ellas descansa en la habitación de al lado. Luisjo contesta rápido: «De hecho, si alguna vez hemos colgado algo nuestro en casa, enseguida lo vendemos. Yo creo que deberíamos hacerlo más a menudo».

A las obras de otros artistas que les he mencionado (y las de aquellos que no puedo reproducir aquí porque la lista sería eterna) tienen que añadir ustedes mentalmente toda una colección de vinilos; otra de libros; el conjunto de gatos maneki neko sobre el aparador que contiene otra colección de dispensadores de caramelos Pez y una segunda de toys; las cerámicas; el resto de juguetes… No añado a Pelayo ni a Martín (los dos perrillos de Rubenimichi), ni a los dos pájaros encerrados en una gran jaula, porque no sería justo y porque para estos artistas son parte indisociable de la familia. «Tenemos una segunda casa en el campo, en Candeleda, a la que vamos casi todos los fines de semana, y allí llegamos cargados con los animales, con los pinceles, con las pinturas. Lo convertimos en un segundo taller y lo tenemos igual que esta casa».

Detalle de la mesa de trabajo de los artistas
Detalle de la mesa de trabajo de los artistas

«No sabríamos vivir en un espacio diáfano porque se nos vendrían las paredes encima –confiesan–. Lo nuestro es horror vacui en todos los sentidos». De hecho, los muebles en esta vivienda funcionan para sostener otras cosas. Las habitaciones y hasta la ducha, en ocasiones, han sido empleados como almancén. Otra cuestión que no saben hacer es trabajar junto a otros, por eso solo puntualmente han tenido taller o lo han compartido con más creadores: «Nos ponen nerviosos las presencias ajenas. Pero tenemos la suerte de que compartimos muchas cosas. Al vivir juntos, viajar juntos, las experiencias son compartidas, por lo que nos influye lo mismo y generamos gustos similares».

Cuando un artista se sirve de su casa como estudio es más complicado lo de plantearse un traslado. ¿Es este el estudio definitivo de Rubenimichi?: «Nunca se sabe –responden–. Lo será por mucho tiempo. Siempre hablamos de movernos al centro, pero al final no tenemos muchas ganas de vivir una mudanza». El piso no es grande, con unos setenta metros cuadrados. Les preguntamos si eso y el que tres personas trabajen a la vez en lo mismo, no determina sus formatos o sus procedimientos: «Nos hemos dado cuenta no sólo de que los grandes formatos dificultan nuestro proceder, sino que, a la hora de pintar, pensamos como coleccionistas, es decir, que tendemos a tamaños más pequeños porque luego sabemos de la dificultad de colgar algo». Así son Rubenimichi y así es la fantástica guarida de este monstruo de tres cabezas y 30 dedos.

Rubén, Luisjo y Michi, los tres integrantes de Rubenimichi en su estudio
Rubén, Luisjo y Michi, los tres integrantes de Rubenimichi en su estudio

Texto publicado en ABC.es el 20 de noviembre de 2015

De puertas adentro: Mateo Maté

MATEO MATÉ O CÓMO HACER DE TU “CASA” UN SAYO

Para el artista y diseñador Mateo Maté, el estudio y la vivienda son espacios indisolubles. De hecho, es en el entorno doméstico donde este creador centra su producción. El salón como trinchera y el taller como ámbito acogedor

Mateo Maté en el salón de su casa, rodeado de algunas de sus obras (Fotos: Isabel Permuy)
Mateo Maté en el salón de su casa, rodeado de algunas de sus obras (Fotos: Isabel Permuy)

En el salón, sobre el sofá, una gran pancarta lo grita a voces: «Mateo, sabemos dónde vives». Técnicamente, nosotros también, pues ahí estamos, en la vivienda, que es además estudio, de Mateo Maté (Madrid, 1964), el protagonista de este último «De Puertas Adentro». El cartel acusador es una obra de Juan Pérez Agirregoikoa, y acompaña en esta estancia a otras piezas del propio Maté, en las que hay que poner mucha atención para no confundirlas con parte del mobiliario: esa mesa baja con la silueta de la Península Ibérica; el sofá de camuflaje; la alfombra que indica el punto geográfico exacto sobre el que se sitúa y que es además el lugar de juego de los dos hijos pequeños del artista (que nos miran con cara de pocos amigos al haber invadido su espacio natural…).

«El nacionalismo doméstico es el eje de buena parte de mi trabajo –explica–, y otros conceptos que no se relacionan con esta temática sí que lo hacen sobre cuestiones que me son muy cercanas, como el mundo del arte. Yo siempre me ocupo de mi entorno. Soy autor de obras dudosas, artefactos que podrían confundirse con el menaje o el mobiliario, sin sentido en un museo pero sí, y mucho, en una casa. Por eso son las piezas con las que convivo. Muchas otras, ajenas a todo esto, están almacenadas en cajas».

Detalle del despacho de Maté, donde una de sus piezas flanquean su almacén
Detalle del despacho de Maté, donde una de sus piezas flanquean su almacén

Tiene pues sentido que, en el caso de Mateo Maté, el estudio del artista esté ubicado en su propio domicilio. «Nunca los he separado –continúa narrando–, porque tampoco separo los conceptos con los que trabajo del lugar donde llevo a cabo mi actividad. Incluso procedo de esta manera cuando viajo, hasta tal punto que hay obras que jamás se ejecutaron aquí, o que volvieron a casa tan sólo como documentación». Recuerda el madrileño que los anteriores estudios en los que desarrolló su labor «no diferían mucho de este: eran grandes, luminosos, en la zona de Malasaña o Estrecho».

La casa actual, muy cerca de la Puerta de Alcalá, está literalmente partida en dos: de un lado queda la vivienda, donde se obliga a que todo esté muy ordenado («yo mismo lo soy. Mi mujer no tiene la culpa de que su pareja sea un artista», bromea). Del otro, el área de trabajo, con un recibidor, una gran sala con ordenadores, su despacho al fondo, y un almacén donde comprobamos ese deseo del creador de que todo tenga un espacio asignado. «Sin embargo –confiesa– hay jornadas en las que no paso por la zona habitacional en todo el día. Hoy, sin ir más lejos, no he “vuelto a casa” a comer».

Maté manipula una de sus cajas de luz en su despacho
Maté manipula una de sus cajas de luz en su despacho

Pero, ¿por qué necesita Mateo Maté de esta cercanía? Responde sin dudar: «Es una cuestión de agilidad. Trabajo durante todo el día. A veces, también me pongo por la noche. Supongo que a un escritor o a un músico les sucede lo mismo: precisamos de un entorno cercano y propicio para ponernos a trabajar». Ahora bien: Maté nos quita enseguida de la cabeza cualquier idea romántica que podamos tener sobre la labor del artista: «Mi trabajo es similar a la de cualquier persona que lo hace por su cuenta. Yo me considero un autónomo del arte, que incluso tiene a algunos trabajadores a su cargo. Cumplo a rajatabla unos horarios, y cuando me los salto, me enfado». Asimismo, y como padre de familia que es, el artista «sale mucho» de aquí: «Por la mañana, llevo a los niños al cole, vamos a la piscina, de forma que puedo decir que también cojo los medios de transporte antes de llegar al trabajo».

La jornada laboral de Maté comienza en torno a las 9:30 de la mañana. Suele concluir hacia las siete de la tarde. Y el trabajo tiende a ser generalmente de gestión, de proyección de ideas. Precisamente, él es el autor del primer logo con el que ABC Cultural celebra su 25 aniversario en este 2016: «Vuestra revista es una referencia, algo inseparable del sector, y la que más espacio dedica al arte. Y, además, semanalmente. Pensé en la aventura de quien se embarcó en esta gesta hace dos décadas y media, con el compromiso que eso tiene y en un país que mantiene una relación complicada con la cultura. Además, me lo imaginé todo como una aventura “a la antigua”. subrayando lo de “embarcarse”. De ahí que el logo sea un barco, un barquito de papel hecho a su vez con las páginas de la propia revista».

Almacén de Mateo Maté en su estudio-vivienda
Almacén de Mateo Maté en su estudio-vivienda

Dado que lo doméstico y la relación con el espacio social es la base de la obra de Maté, la vivienda se ha convertido siempre en un «laboratorio de expermentación». A esta compartimentación, casi como de muñecas rusas, del estudio dentro de la casa, que es la base del trabajo en el estudio, se une un ámbito más: el del taller de un segundo artista, Óscar Seco. Porque Mateo no ha compartido nunca taller con otros creadores en un sentido literal, pero sí que es cierto que en todas sus casas ha habido un rincón, más grande o más pequeño, para el quehacer de este otro pintor: «Somos de la misma edad y no tenemos nada que ver plásticamente, pero llevamos casi toda nuestra trayectoria artística juntos. Pero el también es un creador contenido, ordenado; como digo yo, de esos que casi pintan con traje. Esto es divertido porque convierte este lugar en un foco de atención para otros compañeros, un punto de encuentro, de cita, de charla».

Nuestra conversación va llegando a su fin. Hay que devolverle a los niños su espacio de juegos. Y se nos van los ojos hacia la isla del tesoro que Maté le ha construido a sus hijos para que atraque allí otro barco: el de los piratas de sus playmobils. Es lo que tiene tener un papá artista. En la estancia dedicada a su despacho, otra pieza basada en un juguete copa nuestra atención. Es una obra antigua, hecha con piezas de lego, que dan lugar a un castillo controlado con pequeñas cámaras de vigilancia. Hasta llegar allí, mapas que retratan la geografía de su cama, escudos de armas con utensilios de cocina, alguna de las maquetas y cuadros de Seco…

Maté en la habitación que sirve de antesala de su estudio, rodeado de algunas obras
Maté en la habitación que sirve de antesala de su estudio, rodeado de algunas obras

Maté nos enseña sus últimas obras, unas cajas de luz sobre las que se proyectan unas radiografías de su cuerpo, reliquias de artista para el coleccionista que se precie y que ha expuesto con NF en este último ARCO. «No sé si este será mi último estudio. No influye en ello que sea mi casa. Soy un artista del presente y soluciono presentes. Es cierto que tengo otro, un segundo, en el campo, al que me traslado con mi asistente y en el que desarrollamos labores más propias de taller. Y posiblemente ese sí que sea más definitivo en el sentido de que se ubica en un espacio más personal». Una vez más, Mateo Maté es de los que piensan que, en casa, como en ningún sitio. Aunque le guste convertir el salón en un campo de batalla por la posesión del mando a distancia.

Maté, ante una de sus obras, trabajando en el ordenador

Texto publicado en ABC.es 14 de marzo de 2015

“Sólo es sexo”. Galería Fernando Pradilla. Colectiva

TODOS LOS ARTISTAS DE ESTA EXPOSICIÓN HAN MANTENIDO RELACIONES CON SU COMISARIO

“Solo es sexo”. Colectiva. Galería Fernando Pradilla. Madrid. C/ Claudio Coello, 20. Comisario: Javier Díaz-Guardiola. Del 31 de marzo al 21 de mayo.

"Intimidad" (2015), fotografía de Santi Ruiz
“Intimidad” (2015), fotografía de Santi Ruiz

Lo conseguí. Ya acaparé su atención. Logré que saltaran del título de este texto y se introdujeran en su contenido. Como periodista, sé mejor que nadie que nada como un titular que contenga la palabra “sexo” para que esa noticia se convierta en un viral en internet. Y tienen razón: éste, no la contiene. Pero ustedes la dieron por implícita. Yo me refería a relaciones afectivas, profesionales, de calado intelectual… Pero más de uno dio por hecho que las mismas eran de naturaleza sexual. Sexo, sexo, sexo... Dicen que el dinero hace girar el mundo, pero no es cierto. Es el sexo lo que le hace moverse. Aunque si hay dinerillo de por medio, este gira mucho más rápido, qué duda cabe.

Pues bien, Solo es sexo, la muestra que nos ocupa, es la selección de trabajos de un grupo de jóvenes creadores que hacen una lectura de la expresión que le da nombre en una doble dirección. De un lado, quitándole hierro a actitudes e imágenes que -no lo negamos- están relacionadas con lo sexual, pero sin que su intencionalidad trascienda mucho más allá de su propia naturaleza. Son sexo. Ni más, ni menos. Pero del otro, además, denunciando todas aquellas miradas y comportamientos que reducen al ser humano únicamente a su condición sexual o de género, negándole cualquier tipo de potencialidad, de capacidad para sorprendernos o para superarse. Son esos casos en los que, detrás de la persona, no vemos más que sus genitales o sus gustos en la cama.

En las aplicaciones, el hombre heterosexual se aferra a viejos patrones plagados de restricciones

Comenzamos el recorrido por los lienzos de Alejandro Bombín (Madrid, 1985) que ilustra como nadie la imagen distorsionada que genera en la cabeza de muchos todo lo que tenga que ver con la sexualidad y su ejercicio. Con su labor pictórica, este joven artista se pregunta qué mecanismos son los que, en el flujo indiscriminado de información visual al que estamos sometidos a diario, intervienen y convierten a muy pocas instantáneas en imágenes para la posteridad. Bombín acude así, en muchos casos, a algunas que ya han sido bendecidas por los libros, supuestos contenedores del saber para el futuro, intentando destilar su esencia con su traslación al lienzo, en un procedimiento, obviamente, en el que en el proceso de traducción se pierde -pero también se gana- nueva información importante. Esta labor, que el madrileño ejecutaba fragmentando la imagen original (de forma que su autor trabajaba casi de forma automática, sin conocer los resultados hasta el final), lo lleva a cabo ahora de forma global (de manera que entran en juego los sentimientos y estados de ánimo, como en cualquier cortejo que se precie) y, por primera vez, con imágenes eróticas. Erótica es justamente el título de la nueva serie. ¿Son los resultados los mismos? Es el receptor el que tiene la última palabra.

"Ondina", lienzo de la serie "Erótica" (2016), de Alejandro Bombín
“Ondina”, lienzo de la serie “Erótica” (2016), de Alejandro Bombín

Hablar de sexo es hacerlo también de pornografía. Un asunto siempre peliagudo. De ello se ocupan en la siguiente sala Anthony Stark (1980) y Fernando Bayona (Linares, Jaén, 1980). El primero, desde la pintura (también es posible erotizar al espectador desde los pigmentos y los pinceles); el segundo, desde la fotografía. Stark, al que le gusta lidiar con los tabúes -palabra mágica cuando se habla de sexo- de la disciplina que le ocupa, confronta en los cuadros de sus series Fucking Paintings y Los groseros dos realidades aparentemente inconexas: el supuesto aspecto sucio y grosero del sexo amateur con el de la política, todavía no sentada en el banquillo, en teoría pulcra y respetable. Al situarlas al mismo nivel, al ocupar el mismo contexto, nos fuerza a asumirlas como realidades paralelas que, en ciertas ocasiones, y a tenor del comportamiento de algunos de nuestros dirigentes, nos hacen dudar sobre lo verdaderamente pornográfico.

Por su parte, el fotógrafo andaluz recupera y reactualiza algunas de las imágenes de su conjunto The life of the Other (retratos confrontados por primera vez con imágenes de naturaleza arquitectónica, lo que refuerza su idea de constructo y escenario), que ponen el acento en el concepto de máscara. Sus protagonistas son profesionales del sexo (actores porno, chaperos, strippers…) que se ven obligados a generar identidades falsas para ejercer la profesión que les da sustento. Personas, asimismo, con su propia vida privada (que son las escenas que recrea Bayona en estas imágenes a caballo entre la fotografía documental y la escenificada); ámbitos en los que deberían –y lo hacen– caer esas caretas, dado que uno no puede estar alerta las 24 horas del día. A este dispositivo se le une una nueva capa de profundidad y significado cuando descubrimos que el artista se ocupa de momentos álgidos de la vida de los protagonistas, que son sustituidos, en algunos casos, por agentes que ejercen la misma profesión que los sujetos a los que hacen referencia. Sube una nueva máscara. Es necesaria otra interpretación para llegar a lo más íntimo.

Obra de la serie "Fucking paintings" , de Anthony Stark
Obra de la serie “Fucking paintings” , de Anthony Stark

Participan en esta presentación de artistas jóvenes que ilustran estas divagaciones sobre lo sexual algunos de los creadores que forman parte de la galería en la que se exhibe. Es el caso de Juan Francisco Casas y Juan Carlos Martínez. Casas (La Carolina, Jaén, 1976), que disfruta además de una individual en la planta inferior, representa el hedonismo, la carnalidad, el juego y el disfrute. El deseo sin ataduras. Además, sus aportaciones a esta muestra dejan claro, por mucho que nos quieran engañar, que el tamaño sí que importa. Ante el gran formato de su intervención sobre el muro (una de las primeras de esta naturaleza del artista), es necesario apartarse, guardar las distancias para poder disfrutar de todos los detalles. Ante los pequeños, al acercarse, la imagen explota en los ojos del espectador. Se crecen, se vuelven arrogantes. El sexo se acepta sin ambages. Por su lado, Martínez (Badajoz, 1978), recupera la mirada del voyeur y la serie fotográfica que lo dio a conocer
Subfilum Spermopsida– y que ha seguido desarrollando en el tiempo. En ella, en primera instancia, de lo que se trata es de aproximarse al paisaje para llevar a cabo una clasificación taxonómica de las plantas propias de los entornos en los que se producen encuentros sexuales esporádicos y al aire libre (lo que se conocen como zonas de cruising). Es la botánica la que se transforma en referente metodológico para localizar a aquellas especies vegetales que parapetan dichos encuentros y generar así una topografía de “lugares encubiertos”, que suelen pasar desapercibidos al paseante. Sólo una mirada avezada es capaz de descubrir las señales que acaban con “la inocencia” e “indeterminación” de esos parajes. Es entonces cuando dejan de ser terrains vagues.

"Cercis Pubenses. La Habana", de Juan Carlos Martínez
“Cercis Pubenses. La Habana”, de Juan Carlos Martínez

No hace falta mencionar cómo las nuevas tecnologías han influido en nuestra forma de socializar y relacionarnos. También en el plano sexual. Tres artistas lo analizan desde ámbitos diferentes. Entre ellos, el argentino Federico Sposato (Mar del Plata, 1984), que ya mercantilizó su anatomía en uno de sus proyectos más redondos, Payxpiel. Las fotografías de The JLB (Justice Ligue of Badoo), basadas en las aplicaciones para ligar (entornos en los que el cuerpo se cosifica brutalmente), se basan en las observaciones del artista, que constata que, aunque ellas proporcionan nuevas alternativas para generar múltiples identidades de género y romper con la masculinidad clásica (en este tipo de aplicaciones, el anonimato ampara a sus usuarios, y no es extraño que los mismos se oculten tras, cuanto menos, curiosos nicks), el hombre heterosexual se aferra a viejos patrones plagados de restricciones. Lo que su autor inicia es una compilación de los datos personales introducidos por los usuarios en estas plataformas de encuentros para traducirlos a unas supuestas “superhabilidades”, por ser asumidos como los más adecuados y válidos para utilizar como reclamo para obtener una cita o relación sexual. Con está descripción realiza posteriormente una modificación digital en las fotografías de los perfiles y los transforma en nuevos modelos de héroe acordes con las necesidades de la esfera 2.0., tan rancia y encorsetada como la real.

Obra de la serie "The Justice Ligue of Badoo", de Federico Sposato
Obra de la serie “The Justice Ligue of Badoo”, de Federico Sposato

No sale tampoco muy bien parado el hombre homosexual en este tipo de aplicaciones. Santi Ruiz (Santander, 1979) comprueba cómo muchos de ellos se definen como “masculinos”, de forma que, para venderse bien, apelan a características que los acercan a los cánones heterosexuales (son rudos, agresivos, fuertes y musculados), mientras éstos, para conseguir acercarse a una mujer, se ven obligados a mostrar sus armas de seducción más sensibles y tiernas. Su aportación a esta muestra es 100% masculino, una falsa aplicación para teléfono móvil en la que su autor construye su propia noción de “masculinidad” a partir de la apropiación de numerosos perfiles reales, que Ruiz imita y reproduce con la intención de reflexionar sobre las convenciones atribuidas al género. El espectador puede descargarse esta app. en su móvil y votar por su favorita. Comienza la pelea de gallos. De igual forma, algunas de las fotografías de su serie Intimidad salpican (nunca mejor dicho) el recorrido y visibilizan la trasformación del individuo en su consecución del orgasmo, por ser este momento íntimo el único en el que el individuo no puede controlar sus emociones, tal y como la sociedad le exige en muchas ocasiones.

"Cien por cien masculino" , aplicación para móvil de Santi Ruiz
“Cien por cien masculino” , aplicación para móvil de Santi Ruiz

Finalmente, Edurne Herrán (Baviera, Alemania, 1978), electrocortocircuita las redes contraponiendo sus asepsias digitales a fórmulas tradicionales como el bordado de punto de cruz (y, de paso, utilizar un trabajo tradicionalmente asociado a la mujer para reafirmarse y plantar cara a los estereotipos). Sus aportaciones de la serie Love me Tinder, Love me True destacan el gusto de esta creadora por el error, convirtiendo las faltas de ortografía en las aplicaciones sexuales y chats en pequeños monumentos dignos de ser subrayados y enmarcados (“Kiero hechar” un polvo “n” “moncloa”). Por otro lado, los emoticonos usados para comunicarnos pictográficamente desde los dispositivos móviles se transforman en gramática para practicar “sexting” (sexo en redes sociales), al ser bordados a mano en la serie Emoji-sexting, lo que da pie a la sistematización del vocabulario loco utilizado por nuestros adolescentes (y no tan adolescentes), con su correlato con diferentes parafilias, que tampoco se libran de su “traducción” en este cruce de lenguajes y técnicas. Nuevos jeroglíficos modernos, ya que estos emoticono no fueron creados para asumir estos significados abiertamente sexuales.

Todas las parafinas de "Emoji-sexting", de Edurne Herrán
Todas las parafinas de “Emoji-sexting”, de Edurne Herrán

Tras el atracón de imágenes explícitas, Mister Simplemente (pseudónimo actual del dibujante Javier Conde) nos seduce y erotiza a través del lenguaje. En su mural se entremezclan juegos de conceptos que demuestran que pocas palabras valen mucho más que mil imágenes: “Hacer tilinder”, “Si no sabes torear, pa que te Meetic”, “Porqueeria” o “swaggermente bé sá mé” se convierten en eslóganes que conviven perfectamente con esos otros chispazos en los que los términos se reconstruyen dando lugar a nuevos anagramas sexuales o aquellos otros en los que acaban visualizados a través de toda una línea de juegos del lenguaje (“Chorra das”, “Cum Laude”, “Bu Cake”…). Imposible apartar la mirada. No olvidemos nunca que el cerebro el principal órgano sexual del ser humano.

Uno de los dibujos "eróticos" de Mister Simplemente
Uno de los dibujos “eróticos” de Mister Simplemente

Una última sala, antes de atravesar la segunda parte en la que se articula el recorrido, funciona a modo de gabinete con los trabajos de Diego de los Reyes y Patricio Cassinoni. En ambos casos hablamos de la apariencia externa, de la vestimenta, de cómo la ropa marca nuestra identidad y se transforma en arma “de seducción” masiva. Las acuarelas inéditas del primero llevan por título “Investidos”. En ellas, y parafraseando al Jesús Oliva de “El desaliento del guerrero”, De los Reyes (Sevilla, 1977) ejemplifica cómo los hombres adquieren su identidad masculina alienando sus propios cuerpos y dominando los de otros, mientras que parte de su hegemonía no se logró por la fuerza, sino asociada a ciertos atributos vinculados a determinados colectivos. Y ahí entran en juego los uniformes en su serie realizada ex profeso para esta exposición: policías, deportistas, trajeados

los uniformes ganan sus propios galones, aumentando la posición social del que los lleva

Lo que su autor quiere poner en valor es el peso de la vestimenta como generador de jerarquías: al igual que un boxeador gana un cinturón dorado o un nadador una medalla de oro, los uniformes ganan sus propios galones, aumentando la posición social del que lo lleva. Su lenguaje para comunicar posición frente a otros es evidente, mientras remarca la pertenencia a un grupo y se establecen como fundamentales para estructurar una masculinidad hegemónica, incluso entre los “disfrazados” pandilleros de barrio.

En un ejercicio opuesto, el argentino Cassinoni (Buenos Aires, 1975), nos obliga a despojarnos del “hábito” que hace al monje. “Only One” es un “work in progress” ya desarrollado en Dublín y en Barcelona, y que gracias a esta muestra se continuará en Madrid, en el que el fotógrafo nos invita a retratarnos con nuestra prenda favorita. Solo ésa. Ello supone desnudarse ante la cámara, arriesgarse en la elección, elegir cómo nos exponemos en función de una decisión. El conjunto final constata incluso las diferencias culturales y supone una nueva aproximación a un género tan antiguo en el arte como es el del retrato, afrontándolo desde una nueva perspectiva.

Fotografía de la serie "Only One", de Patricio Cassinoni
Fotografía de la serie “Only One”, de Patricio Cassinoni

Por la fotografía documental apostamos aquí de la mano de Mar Sáez (Murcia, 1983). Ella lleva documentando desde hace cuatro años a la pareja conformada por Vera y Victoria, nombre de las dos mujeres que dan título a su serie. Este trabajo expresa mejor que ningún otro la tendencia reduccionista que tenemos demasiado por costumbre de poner etiquetas. Porque Victoria es transexual, sí. Pero también vegetariana y estudiante, amante de los animales, y posiblemente testaruda. Y Vera, aparte de bisexual, es una mujer joven, inteligente, orgullosa de su pareja. Cada nuevo encuentro con la fotógrafa da pie a una página del diario en imágenes en el que se ha convertido Vera y Victoria, en el que surgen renovados matices de la riqueza de una relación como la suya. Ni mejor, ni peor que las demás.

Fotografía de la serie "Vera y Victoria", de Mar Sáez
Fotografía de la serie “Vera y Victoria”, de Mar Sáez

La siguiente sala viene marcada por la negación. De un lado, la que enuncia alto y claro Verónica Ruth Frías (Córdoba, 1978). La actitud de Ana Mendieta, que se fotografió con la perilla cubierta con recortes de pelo de su marido –el también artista Carl André– y el sonoro “no” que parece ser fue lo último que llegó a articular mientras se suicidaba, inspiran aquí a la creadora andaluza para denunciar la dificultad añadida de la mujer para ser reconocida en cualquier sector profesional. En un convocatoria por redes sociales, Frías hizo un llamamiento a féminas del mundo del arte para fotografiarse con una falsa barba, en un intento de subrayar que si una mujer no cuenta con los atributos propios del hombre no podrá medrar tampoco en este campo. La creadora fue respondida de forma masiva por más de 290 compañeras, algunas de las cuales formaron parte del Proyecto ABC Cultural homónimo, que también se presentó en el festival Saltillo Contemporary de México. Los rostros de, entre otras, Irene Cruz, Lola Guerrera, Alejandra Franch o María Cañas, rodeando un imponente “NO” como el de Santiago Sierra (a Frías le gusta apropiarse de obras de artistas hombres para darles una lectura personal), ahora sobre fondo rosa, proclama visualmente la idea de que seguimos viviendo en una sociedad patriarcal. A su lado, una cama con una colcha en la que fue bordada la frase popularizada por Frida Kahlo “Mira que si te quise fue por tu pelo; ahora que estás pelona, ya no te quiero”, base de una “performance” de la andaluza en la que varias mujeres homenajeaban a todas las asesinadas hasta esa fecha como consecuencia de la violencia machista cortándole el pelo. Un nuevo vídeo muestra la pantalla de un ordenador en el que desde Youtube se lleva a cabo la búsqueda de vídeos en los que mujeres son agredidas y se les rapa la melena, “castigo” por haber sido supuestamente infieles.

Detalle del montaje de "NO", de Verónica Ruth Frías en la galería
Detalle del montaje de “NO”, de Verónica Ruth Frías en la galería

Justo en frente, y compartiendo espacio, los retratos fotográficos de Paco y Manolo, pareja de artistas que llevan años tratando de llevar la complejidad psicológica de sus modelos a la obra final, empleando el cuerpo como campo de batalla en el que se dirimen los deseos y frustraciones del individuo (también los de los fotógrafos), en diálogo con su entorno personal o con la naturaleza. Y aunque estamos más que acostumbrados a que los sujetos que se pongan delante de su cámara sean masculinos, nuestros protagonistas han desarrollado un proyecto paralelo centrado en la mujer que en pocas ocasiones se ha mostrado públicamente. Los artistas, más que nadie, han sufrido la etiqueta de “fotógrafos gays”, y generalmente por este tipo de producción han sido demandados en galerías y espacios de exhibición, cuando sus retratos femeninos exhalan la misma frescura, espíritu canalla y carácter combativo que el de sus homólogos masculinos. A ello se une la dificultad (otro no) de los artistas para encontrar en ocasiones modelos femeninos. Sea ésta una buena excusa para presentarlos de manera amplia en el conjunto que llevará por nombre “Secret Garden”. Y junto a una pieza más de Edurne Herrán, su Sex-Doll Burqa, metáfora evidente de cómo la sexualidad se convierte de nuevo en la prisión de muchas mujeres, y no por designio propio, sino por imperativos externos.

"Azzurra", fotografía de Paco y Manolo (2015)
“Azzurra”, fotografía de Paco y Manolo (2015)

Y no podemos hablar de sexo y no hacerlo de muerte y enfermedad, de angustia y de dolor. Me viene a la cabeza la serie “Del susurro al grito”, de Germán Gómez (Gijón, 1972), conjunto en el que el artista recreaba desde el retrato la reacción de personas cercanas que descubrían que eran portadores del virus del sida. Este artista participa en la exposición con un nuevo retrato masculino –el titulado “Bert” (2016)–que yace en una cama (una más en este recorrido), tratado con la técnica de descomposición de la imagen que lleva aplicando en los últimos meses a sus estudios arquitectónicos, en los que los individuos desaparecen y quedan representados en esos edificios que se establecen como sus prisiones en las grandes ciudades.

"Bert", fotografía de Germán Gómez
“Bert”, fotografía de Germán Gómez

Muy cerca de él, Ismael DeLarge (1981), ofrece de forma amplia una selección de su serie fotográfica “Devotee”. Con este término se conoce a las personas que disfrutan y sienten placer relacionándose sexualmente con individuos con discapacidades físicas. Algunos incluso llegan a ser lo que se conoce como ‘wannabes’, en los que la fuente de placer se encuentra en el deseo de llegar a ser discapacitado, al punto de simularlo o autolesionarse. El proyecto “Devotee” de DeLarge tiene como protagonista a F., un joven homosexual checo que, siendo adolescente, perdió en un accidente de tren una de sus piernas. Desde ese momento descubriría que el hecho de estar lisiado lo había convertido en un tremendo imán sexual, aunque no tardó en comprobar también cómo esto se trasformaría en un arma de doble filo en sus relaciones amorosas, debido a la incertidumbre sobre si realmente era amado por cómo era o por lo que le faltaba. De esta manera, el fotógrafo nos invita a reflexionar sobre el alcance de nuestros deseos y el peligro de cumplirlos.

"Little Pig for Sale", de la serie "Devotee", de Ismael DeLarge
“Little Pig for Sale”, de la serie “Devotee”, de Ismael DeLarge

Un último pasillo y nos reencontramos con una segunda serie de Fernando Bayona, “Paragraph 175”, en alusión al artículo del código penal alemán que penaba las relaciones homosexuales y que no fue derogado hasta 1994. Sus imágenes más recientes amplían este ambicioso proyecto documental multidisciplinar desde el que el andaluz penetra en el programa médico emprendido por el régimen nazi durante la II Guerra mundial destinado a encontrar una vacuna contra la homosexualidad, compilando en imágenes las instalaciones exactas en la que se llevaron a cabo los experimientos clínicos que supusieron la muerte de cientos de personas debido a su condición sexual.

Imagen del vídeo "Sangre, sudor y lágrimas", de Sergio Ojeda
Imagen del vídeo “Sangre, sudor y lágrimas”, de Sergio Ojeda

Asimismo, la décima estancia de esta galería se transforma precisamente en eso: Una Sala X. En ella se mostrarán en loop, como en la sección golfa de un cine antiguo, proyectos videográficos de algunos de los artistas convocados, junto a otros muchos, generando un completo programa de producciones audiovisuales que abordan la cuestión del sexo. Allí concurren Juan Carlos Martínez (que en “Training Session” y “Mise en Scene” demuestra cómo es la mirada la que “sexualiza” aquello que en principio no tendría un contenido erótico per se); Carlos Aires (que mezcla las imágenes de una casa del terror y un cuarto oscuro en “Mister Hide I”), Raisa Maudit (que propone el baile más sexual de moda como base de una nueva revolución social. Eso es “Twerking para la revolución. A las barricadas, papi”); un Fito Conesa inédito (que en “The Bigger the Better”, homenajea al cine porno y sus rituales de apareamiento desde la escenificación y homenaje a uno de sus momentos cumbres. Una época que se diluye ante nuestros ojos); Félix Fernández (cuyo “Room4” analiza las relaciones humanes en tiempos virtuales); Juanma Carrillo (que llena de sentimiento las relaciones sexuales esporádicas con desconocidos en “Caníbales”); Mar Sáez (que completa con un audiovisual la serie fotográfica “Vera y Victoria”); Andrés Senra (Su “Minijob-La Cama” es un ejemplo sintómático de la precariedad del individuo en la sociedad actual. El poder, siempre el poder); Sergio Ojeda (En un momento de su “Sangre, sudor y lágrimas”, se nos advierte que, pese a la crudeza de sus imágenes, la verdadera pornografía está allí fuera) y Edurne Herrán y Santi Ruiz, que en “How to Look Like a Sex Doll. Make Up Tutorial” y “A Man’s Poutine”, respectivamente, nos enseñan a convertirnos en la mujer y el hombre perfectos… Para ser sexualmente aceptados.

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Imagen del vídeo “The Bigger, the Better”, de Fito Conesa

Alejandro Calderón (pintor)

«Trato de realzar irónicamente el mundo que nos rodea»

Si el mundo es un gran teatro, amontenemos sus componentes como si de un juego de construcción se tratara y tendremos los andamios de la pintura de Alejandro Calderón. Onírico, reflexivo, él es de los creadores que «Darán que hablar»

Este es el "selfie" que nos dedica Alejandro Calderón
Este es el “selfie” que nos dedica Alejandro Calderón

Nombre completo: Alejandro Calderón Martín. Lugar y fecha de nacimiento: Nací en Madrid el 11 de septiembre de 1978. Me he criado en Extremadura (Don Benito), por lo que me considero medio madrileño medio extremeño. Residencia actual: Madrid. Estudios: Licenciado en Bellas Artes por la Nniversidad Complutense de Madrid en el centro CES Felipe II (Aranjuez). Ocupación actual: Artista visual.  Continuar leyendo “Alejandro Calderón (pintor)”

Miguel Á. Benjumea (artista)

«Era cuestión de tiempo que lo inmaterial se convirtiera en mi profesión»

Déle usted un mapa a Miguel Ángel Benjumea y déjese perder en la cartografía que es capaz de elaborar a partir de él. Reflexiones sobre el contexto, las migraciones, las fronteras… El gaditano es de esos artistas que «Darán que hablar»

El "selfie" que nos dedica Miguel Ángel Benjumea
El “selfie” que nos dedica Miguel Ángel Benjumea

Nombre completo: Miguel Ángel Benjumea. Lugar y fecha de nacimiento: Cádiz, 1982. Residencia actual: Madrid. Estudios: Licenciado en Bellas Artes, Máster en Artes Visuales e Intermedia y doctorando por la UPV (Universidad Politécnica de Valencia). Ocupación actual: Es artista visual y compagina su trabajo como creativo estratégico en la agencia Barrabes Meaning.  Continuar leyendo “Miguel Á. Benjumea (artista)”