La vuelta a Europa con PHotoEspaña 2016

Sin vocacación eurocentrista, pero sí en un deseo por interrogarse por la esencia e identidad del Viejo Continiente, el festival PHotoEspaña de 2016 convierte Europa en lema de su XIX edición. La más internacional. Estas son sus citas imprescindibles

Fotografía de Shirley Baker, de su muestra en el Museo Cerralbo
Fotografía de Shirley Baker, de su muestra en el Museo Cerralbo

La base para un «Compromiso», en palabras del fotógrafo polaco Andrezj Tobis. Para la fotorreportera Juana Biarnés, de las primeras que se dedicaron a esto en nuestro país, es un auténtico «Desastre». El griego Stratos Kalafatis la reduce a «Colores» y a «Fe». Su compatriota Yannis Karpouzis la ve, sin embargo, como un continente «Oscuro». Otra española, Linarejos Moreno, tiene claro que es un «paradigma que hay que desmotar», mientras que el británico Simon Roberts señala en ella semejanzas con una familia disfuncional… Continuar leyendo “La vuelta a Europa con PHotoEspaña 2016”

Capital Animal: Burradas, monerías y cochinadas

Nunca está de más tomar conciencia sobre nuestra relación con el resto de animales. Ese es el propósito del festival «Capital Animal», en Madrid, cuyos contenidos, a veces, llenan demasiado la cabeza de pájaros

Una de las fotografías de "Soy tú", serie de Amparo Garrido en "Animalista"
Una de las fotografías de “Soy tú”, serie de Amparo Garrido en “Animalista”

Partamos de la base de que “Animalista”, en La Casa Encendida (hasta el 12 de junio), no es una exposición de arte, por mucho que a su comisario principal, Rafael Doctor, le guste decir que dentro de cada persona hay un artista. Es un proyecto plural y activista, bienintencionado y combativo, del que forman parte un buen número de artistas, pero no solo ellos, y no todos tan buenos. De hecho, y con diferencia, su mejor propuesta es la de un médico, Alejandro Garrido, cuya aportación, titulada “¿Quieres que hablemos?” propone sin dogmatismos ni aspavientos pautas para afrontar el debate de un tema, el de la defensa animal y todos sus aledaños (veganismo, caza, tauromaquia, determinadas propuestas de ocio como los circos o los zoos…), que levanta pasiones enconadas.

Decíamos que no puede ser entendido como proyecto artístico porque, de ser así, hay errores de bulto que no podríamos pasar por alto. Uno de los más llamativos, el de la disposición de las obras en su primer apartado, el que los comisarios han dejado en manos de Enrique Marty (responsable del montaje) y que ellos entienden como una especie de gabinete de museo antiguo con más de 200 obras que tapían literalmente las paredes, en un deseo de mostrar la fascinación que el «animal humano» (la terminología empleada, en ocasiones, resulta pueril) siente por los «animales no humanos». Y entonces aquello se convierte en un tótum revolútum (sin cartelas) en el que cualquier obra de cualquier autor que tenga a un animal como icono tiene cabida, independientemente de la calidad, el tamaño o el número.

Fotografía de Quique Carbajal para "Otras tauromaquias"
Fotografía de Quique Carbajal para “Otras tauromaquias”

Si se ha tenido la suerte de presentar una obra monumental como la de Alfonso Galván o Santiago Ydáñez, o varias de prestancia como las de Pierre Gonnord o Amparo Garrido (la segunda pregunta sería por qué sus primates y sólo sus primates son «indultados» del maremágnum en paredes blancas, cuando desde la cartelería de la fachada ya se nos advierte de que no se debe hacer diferenciaciones entre especies), enhorabuena: serán fácilmente localizadas. Son muchos los artistas que me preguntan por redes si he visto en tal escenario sus obras, y a todos les he de contestar lo mismo: creo que no. Y mucho menos admirar sus matices si estas me quedan a tres metros de la cabeza (y yo soy bastante alto). Reconozco que lo que yo sentí fue el mismo aturdimiento que un niño en una pajarería, donde las jaulas ahora eran los marcos de los cuadros y las fotos.

En la segunda parte de la muestra –acto central del programa Capital Animal, promovido por la plataforma homónima)–, en una habitación enfrentada, es tiempo de agitación; de violencia, esclavitud y tortura animal y del surgimiento de nuevas preguntas. Se nos dice, por ejemplo, que es el sistema capitalista el que sustenta estos comportamientos, mientras en uno de los vídeos proyectados se reproduce el sacrificio de perros para su consumo en un mercado presumiblemente chino. ¿Por qué en este sector, por ejemplo, faltan cartelas o las de los dibujantes e ilustradores no incluyen datos? Porque, sinceramente, la viñeta de Forges del toro que se interroga sobre el porqué de su situación sería valiente en 1970 o 1980. En 2016, es una bobería. Y lo peor es que la misma ilustración (junto a otras, estiradas hasta la ruptura de los pídeles de los “originales”) se repite en citas como la de la Calcografía Nacional (“Otras tauromaquias”, hasta el 25 de mayo), donde volvemos a encontrarnos con buena parte de los artistas convocados aquí (podría decirse que, vista una muestra, vistas las dos: El Roto, Forges, Malagón, Santiago Talavera, Miguel Scheroff, La Ruina y Jaime Alekos…).

"Cosmos", fotografía de Ruth Montiel Arias ("Animalista")
“Cosmos”, fotografía de Ruth Montiel Arias (“Animalista”)

En algunos casos, es el contexto el que determina la lectura negativa, como en las fotos de “La caza del lobo congelado”, de Ricardo Cases, de igual forma que (y eso lo sabe cualquier estudiante de audiovisuales), una música bien elegida aporta un dramatismo a imágenes que quizás no contuvieran esa intención, como en algunas de los vídeos del tándem La Ruina & Alekos. ¿Y dónde supera la pretensión periodística para convertirse en reflexión artística un vídeo sobre mataderos como el de Antonia Valero y Fabiola Simonetta? En la misma sala, obras poderosas como la mirada «humanizada» de Ruth Montiel, junto a las de Carmela García, colgadas de cualquier manera, y propuestas realmente menores.

En el tercer ámbito, el de Garrido, algunas «respuestas», que yo llamaría «propuestas» para intentar subvertir, o al menos corregir, determinados comportamientos (junto a actitudes que en absoluto buscan convencer al otro sino imponer lecturas unívocas): como las soluciones textiles sintéticas de Herida de Gato o los refugios de Wings of Heart o Gaia, al lado de acciones menos hortodoxas (como la declaración de Trigueros del Valle, en Valladolid, en el que los animales tienen los mismos derechos que los seres humanos, toque lleva a preguntarse muchas cosas) u obras, como las de Lidia Toga, Sergio Ojeda o Montse Carballo (la de esta última, casi no se puede contemplar debido al espacio de consulta que le han colocado delante), que podrían estar aquí o en la sala anterior (de hecho, no sabemos muy bien por qué se incluyen en este sector).

Dibujo de Santiago Talavera para "Otras tauromaquias"
Dibujo de Santiago Talavera para “Otras tauromaquias”

Volvemos a la Real Academia de San Fernando, donde las tintas se cargan contra la tauromaquia, y se aprovecha el doscientos aniversario de los grabados de Goya sobre esta temática para hacer una relectura de su genio, que, sinceramente, hace aguas. Dicen los organizadores que si el de Fuendetodos viviera ahora sería «el máximo defensor contra esta barbarie». Hombre, eso, o un artista con “off-shorts” en Panamá (como hemos visto que existen), o un concursante de Gran Hermano haciendo “edredoning”. Jugar a los futuribles es peligroso y tendencioso. De hecho, la lectura de algunos de los títulos de sus obras (que se mezclan con las de María Cañas, que hace fiesta, con su habitual material de archivo, de las heridas del animal «humano» torero; Eider Agüero y su noción equivocada de psicópata; o Eva Máñez, que con sus fotos de aficionados no sabemos si ensalza o denuncia), lo descubren como un gran conocedor de la lidia. Sí hay que reconocerle a esta cita un temperamento más calmado y la capacidad para abrir el abanico a otras actividades en teoría igual de censurables como el uso de reses en fiestas locales (el adjetivo «religiosas» de Rolland y Carbajal sobra), con una acción por parte de Gladiadores por la Paz para llevar libros a Tordesillas (¡Ay, el Toro de la Vega!), y llamar incultos a todos sus habitantes, y un vídeo, el de Chus Gutiérrez y El Niño del Elche, en el que desde una lectura positiva de otro tópico (el del flamenco) se desmonta un tercero.

Precisamente El Niño de Elche protagonizó otro evento en el Museo Reina Sofía el miércoles 18 de mayo, a donde volveremos el 30 de junio para escuchar a un reconocido animalista como es J. M. Coetzee. Y es que las ramificaciones del festival son muchas y diversas: encuentros, acciones para niños, cinetecas, festivales de cocina vegana, ciclos de poesía… En galerías, restaurantes y sedes oficiales. Sin duda, el animalismo tiene mucho que aportar. Quedémonos con lo mejor. No seamos burros.

Detalle del montaje de Enrique Marty para "Animalista" en La Casa Encendida
Detalle del montaje de Enrique Marty para “Animalista” en La Casa Encendida

“Capital Animal”. Distintas sedes. Madrid. Comisarios: Rafael Doctor, Ruth Toledano y Concha López. Http://capitalanimal.es/. Hasta finales de junio

“Tontunas de visitantes”. Anécdotas y disparates de los espectadores de museos

Cuando Zidane, Manises y «Fanfán Fitur» exponen en el museo

Un divertido grupo en Facebook recoge bajo el nombre de «Tontunas de visitantes» las mayores ocurrencias y anécdotas de los espectadores de los principales museos españoles, compiladass con ironía e ironía por su personal de taquillas y de sala

Museo Thyssen
Un grupo de visitantes escucha las explicaciones de un guía del Museo Thyssen

«Perdone, ¿me da una entrada para Fanfán Fitur?». En realidad, el aguerrido visitante se refería a la muestra de Fantin-Latour del Prado, pero no es el único caso de despiste. Hay quienes han solicitado acceso para las exposiciones de Durero y «Crunch» (léase Cranach), la de Manises(Matisse, del que por el momento se desconoce su procedencia valenciana), Zidane (ese Cézanne que dejó los pinceles por las botas) o los «Jardines impresionantes» (mucho mejor que «impresionistas») del Thyssen.

Estas anécdotas y muchísimas más se recogen en «Tontunas de visitantes», un grupo creado en Facebook por personal de taquilla y auxiliares de sala de los principales museos españoles y que en muy poco tiempo ha crecido como la espuma en número de seguidores (son más de 200) y «posteos» (está visto que la memoria de sus responsables es inagotable), con los que recuerdan las ocurrencias y dislates más imprevisibles con los que han tenido que enfrentarse (y se enfrentan a diario) en el ejercicio de su profesión. Como los de aquellos visitantes que preguntan por la entrada del museo cuando ya están dentro o que confunden lo ser «amigo» de un espacio artístico con haberle dado un like a la institución en la red social de Mark Zuckerberg.

«No hay día que no surjan una o más anécdotas, algunas de las caules son realmente hilarantes –explica Álvaro Gurrea Suárez, administrador del grupo y auxiliar de sala en un importante museo madrileño–. Y muchas veces nos hemos propuesto recopilarlas para que no se pierdan, pero nunca dábamos el paso». Ese momento ha llegado ahora, aunque sea desde el ámbito virtual, con aportaciones que provocan la sonora carcajada:

-Aquí tiene su entrada. Tiene que comenzar la visita con Matisse [otra vez Matisse], al fondo de aquel pasillo, y después puede visitar la colección permanente cuando quiera.

(La señora coge su ticket y empieza a mirar con preocupación hacia todos lados. Finalmente, se decide y pregunta)

-Disculpe. ¿y por dónde dice que viene el tal Matisse a recogerme?

O la siguiente:

-¡Oiga! ¿esto del Thyssen es lo de Tita? [son muchos los visitantes que se desconciertan al saber que no es la autora de todos los cuadros de su colección; o que no está pasenado todo el día por las salas; o que quieren conocer en qué árbol exacto del Paseo del Prado se encadenó para hacerse un «selfie» en la misma pose]

-Sí, el apellido y parte de su colección. 

-¿Y tiene expuesta la corona de Miss España, objetos del Barón y de su marido el Tarzán?

-Caballero: esto es un museo de pintura, no de objetos personales.

-Aaah. ¿Y el Prado dónde está? 

-Justo al otro lado de la rotonda, caballero.

-Bueno, prefiero ir allí. Por lo menos veré objetos de Franco y de la Transición a la Monarquía. Historia de España, señorita! ¡Que ya sirven ustedes a cualquiera!

Frida Khalo o la representación de Cristo para los mexicanos
Frida Khalo o la representación de Cristo para los mexicanos

Por lo escrito en el grupo, es de lo más normal que el visitante no tenga ni la menor idea de dónde se halla (y así pregunten por «Las Meninas» o «Las lanzas» en el Thyssen, o por la cercanía del museo en el que se puede ver el «David» de Miguel Ángel). Pero lo peor que pueden hacer estos auxiliares es sacar de su error a aquel que tiene más que claro que lleva la razón. Como cuando se le espeta a una señora que no puede tocar las esculturas expuestas y esta se despacha con un «es que dan suerte», o hay que explicarle a una pareja que ni esto es un cine, ni lo de Antonio López un «blockbuster» cinematográfico («¡Pues qué vergüenza que no haya un cine por aquí!»). Y es que el manchego, da mucho juego. Sobre todo a cuenta de su «nacionalidad»:

-Hola, bonita. Habíamos escuchado que teníais aquí una exposición de Antonio López

-Sí, señora

-¿Me podrías decir dónde está? Porque llevamos una hora buscando y no lo vemos. 

-Pues tiene que subir las escaleras y al fondo del pasillo. Donde cafetería, está la entrada. 

-No, no. Eso es «Realistas de Madrid», bonita. Nosotras buscamos a Antonio López. Mira, Mari: otra que dice lo mismo, que Antoñito está arriba.

-Señora, es que Antonio López pertenece al grupo de los Realistas. 

-Anda, niña. Entérate bien de qué van las exposiciones porque Antonio es de Castilla la Mancha, ¡y qué tendrá que ver con Madrid! ¡Vámonos, Mari, que en el Thyssen nos están engañando!

Y cuando no es López, es el Greco (español, español, español…):

En el cartel del Greco pone que nació en Candía, ¿dónde está eso?

-Pues si es del Greco, será en Grecia.

-¡Ja! No, no… No puede ser: El Greco era de aquí.

-«Greco», de Grecia.

-No: estás muy equivocada. No tienes ni idea. El Greco era español. Ya preguntaré en información.

Con salidas, en algunos casos, que le dejan a uno como un muñequito de cera:

[Control de Accesos en el Museo Thyssen. Señora con su entrada recién comprada, se la sellan y entra hacia la planta cero de la misma. Llega a Juan Gris. Vuelve corriendo al control, preguntando entre sofocos]

-Señora, pero… ¿Y dónde están los muñecos de cera?

-¿Disculpe?

-Sí, sí: los muñecos de cera. Claro, como se pronuncia igual que el Museo Tussauds de Londres, pues imagino que tendrán lo mismo aquí, ¿no?

-Esto… Mire… Esto es de pintura.

-¡Pues vaya! No me interesa. Adiós.

«Lamentablemente el grupo es cerrado –aunque comenzó siendo público, explica Gurrea Suárez– básicamente porque no todo el mundo tiene el mismo sentido del humor y porque la finalidad de la iniciativa no es en absoluto molestar a nadie». Además, sus promotores (entre los que se encuentran profesionales del Museo Thyssen, del Museo del Prado y del Museo Reina Sofía, entre otras instituciones), en activo y de generaciones posteriores, pretenden que «los integrantes se sientan lo más relajados posible para que participen con su mejor anécdota sin sentirse coartados». Aún así, Gurrea reconoce que no se esperaban el éxito alcanzado.

Y, aunque nosotros como espectadores nos creamos que lo nos sucede en el museo es la primera vez que ocurre, los participantes de «Tontunas de visitantes» cuentan con clásicos de manual que aplican a la primera de cambio: Y ahí están los típicos «Esto no es una mochila, es mi bolso» (en versión femenina) o «esto no es un paraguas, es un bastón» (para ellos). Y de nada servirá que respondamos con un «¿Y si me lo pongo delante? ¿y en la mano?» o acusemos al prójimo («¡Esa señora lleva un bolso más grande y le han dejado ustedes pasar!»).

Retrato de Hugo Erfurt, alias "Ruiz-Gallardón"
Retrato de Hugo Erfurt, alias “Ruiz-Gallardón”

Pero hay reacciones desconcertantes, que dejan sin palabras al más pintado, como querer saber si los vasos y platos los ha diseñado Isabel Quintanilla para Duralex; si las crucifixiones expuestas son «de antes o después de Cristo»; si hay que ver todos los cuadros antes de cambiar de sala (de hecho, es duda recurrente conocer por qué pared se ha de empezar), o ponen en el brete de tener que decidirse por papá o por mamá. Nos referimos a que, al preguntar les qué es lo que quieren visitar, estos se interesan por lo que hay, se les responde que una exposición temporal y una permanente, y el cliente, sin miramientos, pide una entrada para «la más bonita». Pero esta «salida» se lleva la palma:

-Disculpe, ¿estos símbolos significan que para pasar por este pasillo las mujeres deben llevar falda y los hombres traje y corbata?

-No, señora. Indican universalmente que tienen baños masculinos y femeninos a su disposición… 

-¡Ah!… ¡Pues a ver si lo ponen claro!

Aunque a veces, si uno pone la oreja, hasta aprende cosas. Como que Frida Khalo no era Frida Khalo, sino «una representación de cómo los mexicanos pintaban a Cristo con la corona de espinas». O que si uno se acerca demasiado a los cuadros «baja la campana de seguridad y te asfixias» (están avisados). Ahora bien, hay momentos en los que deberían abofetearnos como turistas. Sobre todo cuando, con nuestra actitud, los que llenamos los museos hacemos sentir a su personal como monos de feria. Y no nos referimos al «no funciona la audio-guía. ¿Sales tú y me la cambias?». No:

Una temporal cualquiera. Grupo de jubiladas. Una de ellas se aparta del grupo y pregunta:

-Oye, ¿vosotros sois funcionarios, no?

-No, somos subcontratados.

-Pero qué hay que hacer para trabajar aquí?

-Bueno, la mayoría estudiamos una carrera de letras y…

Desde su sala se pone a gritar:

-¡Juani! ¡Que no son de integración! ¡Que son normales!

Porque el interés no solo se queda en preguntar lo que el vigilante apunta o lo que el vigilante lee. Hay quien quiere intimar mucho más:

-Hola, ¿es verdad que van a abrir otro museo en Málaga? [Se refería al Thyssen Carmen Cervera]

-Sí. 

-¿Y qué tengo que hacer para poder entrara a trabajar en un puesto así como el tuyo en el que no hay que hacer nada, salvo estar rodeada y disfrutar de tanto arte?

-Pues mire, no lo sé. Tal vez haber hecho algo terrible que mereciera el castigo de la Santa Inquisición en otra vida.

Pablo Picasso trae de cabeza a más de un visitante de museo
Pablo Picasso trae de cabeza a más de un visitante de museo

Sin duda alguna, son las nuevas atribuciones las que obligan a este tipo de profesionales a morderse la lengua antes de soltar una carcajada. Porque, claro, ¿cómo reaccionar cuando le preguntan a uno por las «crisálidas»(que no «grisallas») de Van Eyck? ¿O cuando descubre que en El Prado no se custodia el «Coloso» de Goya, sino El Coloso de Rodas? ¿Estará en la nueva expo del Bosco su «Jardín Tres Delicias»? ¿Y cómo se le quedó la vista a Van der Weyden cuando acabó su «Desprendimiento»? En el Museo Reina Sofía, el «Guernica» (que debe pronunciarse «Güérnica» si uno es un guiri auténtico) y su autor son un clásico:

-¡Quiero poner una reclamación! ¡No tienen ustedes nada bien indicado cómo llegar al pabellón especial del Guernica [o Güérnica]

o

-Disculpe: ¿Dónde hay un cuadro de Picasso?

-Justo enfrente, caballero.

-No, pero ese no es de Picasso. Ahí pone «Pablo Picasso». Yo quiero ver uno de Picasso Picasso.

-Señor. Él es Picasso Picasso.

-No, no, El pintor no se llamaba Pablo… [que conste que este no es el mismo sujeto que preguntó por el «Arlequín de Pegaso»]

Hay anécdotas sobre todo lo que olvidamos en los museos (también zapatos y litronas), sobre visitantes que, a pesar de poner un sillón delante, se siguen comiendo un espejo; los que saludan en el espejo; los que llaman a sus amigos a través del espejo. Los que, en el apartado de «parecidos razonables» ven un X Men en el retrato de los Reyes del Hall del Thyssen o a Ruiz-Gallardón en el de Hugo Erfurth. Si se ha encontrado reflejado en alguna de estas anécdotas, sonría. Si no es así, la próxima vez que saque su entrada o pida una indicación a un miembro del personal de sala, hágalo también. Son seres humanos. Y pidan que les den paso a este grupo privado.

Fachada del Museo Reina Sofía
Fachada del Museo Reina Sofía

Texto publicado en ABC.es el 24 de mayo de 2016

Entrevista a José Antonio Hernández-Díez. Retrospectiva en el MACBA

«La obsolescencia artística programada también existe»

En 1991, José Antonio Hernández-Díez se daba a conocer con la muestra «San Guinefort y otras devociones», en Caracas. Sus obras, y su espíritu, son recuperadas en la monográfica que acaba de inaugurar el MACBA, en su ciudad de acogida

ENTREVISTA CON EL ARTISTA VENEZOLANO JOSE ANTONIO HERNANDEZ-DIEZ EN LA EXPOSICION DEL MACBA (Fotos: INES BAUCELLS)
ENTREVISTA CON EL ARTISTA VENEZOLANO JOSE ANTONIO HERNANDEZ-DIEZ EN LA EXPOSICION DEL MACBA (Fotos: INES BAUCELLS)

Cuenta el venezolano José Antonio Hernández-Díez (1964) que la fuerte personalidad del Convent dels Àngels determinó el devenir de esta, su primera monográfica en un museo en Barcelona. Podría haber introducido en él obra última, o lo que dio de sí su estancia en España desde su llegada a mediados de los noventa. No. El artista (aunque confiesa que ha sido cosa de los comisarios, los muchachos de Latitudes, que cogieron el testigo dejado por Bartomeu Marí), ha optado por sus primeras obras, producciones en vídeo, una técnica que más tarde dejó de interesarle. Piezas que lo descubrieron, desde Caracas, a los grandes comisarios internacionales y con las que construía una nueva «iconografía cristiana». Por eso, resucitadas, dialogan tan bien con el espacio.

Primera monográfica en Barcelona y, sin embargo, se retrotrae a sus orígenes. ¿Por qué?

La idea fue siempre hacer algo con este edificio, lo que me condicionaba y me remitía a obras que fueron concebidas para espacios blancos, clínicos, aunque tanto el primer comisario, Bartomeu Marí, como yo, sentíamos que podían encajar aquí. Luego entraron en escena los chicos de Latitudes, los comisarios actuales, que supieron hacer que me sintiera cómodo aquí con esta obra tan «ciberpunk», tan «ciberclínica». Al final, de lo que se trataba era de que todos saliéramos de nuestras áreas de confort.

Veo que el cambio de director del MACBA le afectó y para bien.

Esta exposición ha estado trabajándose durante mucho tiempo. Y la idea primigenia de enfocarla en mis inicios, en mis primeros trabajos en vídeo, fue de Marí. Con Max y Mariana se consolidó la lista de obras, obras que yo nunca habría escogido porque ya están olvidadas, porque funcionaron durante muy poco tiempo y sólo en Caracas. Ha sido una sorpresa reencontrarme con ellas.

Por entonces lo que perseguía era ilustrar «una nueva iconografía cristiana». ¿Por qué era  necesario en los ochenta la creación de esos nuevos iconos?

Para la exposición en Caracas, en la que las obras se dieron a conocer, yo estaba en mi veintena y muy influido por la lectura del momento: la aparición de lo cyborg, la manipulación genética… Además, en Latinoamérica se imponía cierta relación sincrética, que emanaba del collage y el expresionismo abstracto, y a la que quise aportar un tercer elemento: la parte tecnológica. Caracas era un escenario muy bueno para todo eso: una ciudad muy pobre y muy caribeña, en la que se empezaban a ver las primeras parabólicas. Esos contrastes me gustaban mucho. Estas obras ilustraban cierta nueva iconografía cristiana, que se topaba con creencias y símbolos con los aún hoy convivimos diariamente. Es ese subir a un taxi o una “guagua” y ver todos los fetiches en el salpicadero con los que convive su conductor. Pero no quería mostrarlo como hacían mis colegas, con pinturas, fotografía o collages, sino que me interesó más el vídeo, la “performance”…

Mientras, ampliaba el número de «deidades».

Yo me sentía como si el Vaticano me hubiera encargado a mí inventar objetos religiosos para fomentar la fe en un futuro apocalíptico. Qué duda cabe de que hoy lo haría de otra manera, no tanto con aparatos, sino con una reprogramación neuronal. Me interesa subrayar esa visión que teníamos en los ochenta del futuro tan analógica, tan de objeto frente a la sociedad virtual actual.

"San Guinefort", obra de Hernández-Díez con un perro disecado en su interior
“San Guinefort”, obra de Hernández-Díez con un perro disecado en su interior

Esa es la cuestión: de esa exposición en la que se da a conocer a esta han pasado veinte años. Ni este es el mismo tiempo, ni el mismo contexto. ¿En qué han cambiado usted y su proyecto?

Lo principal es que yo dejé de trabajar en vídeo hace diez años. Cuando lo digital comenzó a apoderarse del arte y se convirtió en soporte artístico a mí me dejó de interesar. Entonces yo comencé a concentrarme más en la escultura, me volví más minimalista. Esta simbología comenzó a desaparecer, aunque los temas fueran los mismos: la relación entre la alta y la baja tecnología, la tecnología pop y de consumo… No me interesa la utopía tecnológica. Me interesa el día a día.

Recuerdan los comisarios que los muertos regresan al presente porque no se les enterró adecuadamente. Usted ha realizado un verdadero ejercicio de exhumación, de resurrección de obras que estaban desaparecidas.

Las curadorías funcionan cuando los comisarios logran sacarte de tu zona de confort. Aquí, ese ejercicio ha sido interesante. Hay obras como “Houdini”, tan complicada, que uno se olvida de hacerla. A lo que se suma un trabajo de pesquisa, de encontrar los materiales precisos. Yo no habría hecho esta exposición si yo hubiera sido mi propio curador o si hubiera trabajado con curadores que me hubieran dado libertad plena.

¿Y dónde estaban y cómo estaban todas estas obras?

Muchas estaban en colecciones, pero es verdad que son obras que en su mayor parte superan la treintena. Y no es lo mismo tener en tu colección una pintura o una escultura, que siempre va a estar ahí, que un vídeo. Con este tipo de trabajos, los coleccionistas el primer año están encantados, y la encienden todo los días. Cuando pasan tres, cinco, siete años, empiezan a plantearse que estas piezas ocupan un espacio, que precisan de cierto mantenimento, que cada equis tiempo hay que trasferir el formato… Yo hacía obras en Betamax. Luego pasé al DVD, a los archivos mp4… Es más fácil que todo esto caiga en depósitos. Y así fue. Ninguna de estas obras funcionaba, salvo la de la colección la Caixa [“La hermandad”].

Quizás lo que no se plantean los artistas que trabajan con tecnologías es algo que ahora nos es muy cercano: la «obsolescencia programada».

¡Es que existe hasta la obsolescencia artística programada! Pero cuando eres joven y el entorno te estimula no piensas en el tiempo. Además, no se debe hacer. A mí me sorprende esa gente que tiene obras tecnológicas en sus casas y que las encienden todos los días y, si algo les falla, se vuelven locos.

Le pregunto por un concepto presente aquí y que comparten arte y religión: el de vitrina.

La primera vez que yo viajé a Europa me sorprendieron sus reliquias y esos cubos de cristal que las contenían. Mezclar eso, de nuevo de forma sincrética, con las peceras empleadas para manipular sustancias radioactivas o virus mortales me llevó a obras como “San Guinefort” [con un perro disecado en su interior]. Yo era un fanático de los catálogos médicos. Y cuando vi esos guantes de látex empleados para manipular estas sustancias, cuando ese material además en los ochenta era tan popular, se me ocurrió la obra, cuya lectura era muy literal. Los dos mundos llegaban a eclosionar en ella. La vitrina, en mis comienzos, era de metacrilato, algo lógico como venezolano que soy, un país en el que los derivados del petróleo están a la orden del día. Antes decía que hace diez años que no hago vídeo. Y el vídeo es como otra vitrina… Ahora soy más comedido.

¿Significa eso que no entiende la obra de arte como reliquia?

Lo que he aprendido con el paso del tiempo es que el vídeo no es el mejor soporte. Pero está ahí. Depende mucho de su mantenimiento por instituciones. Yo me he desprendido de eso. Sin embargo, nunca tuve formación como pintor, nunca dibujé. Y “Annabel Lee” (1888), ya con vídeo y presente aquí, fue mi primera obra. Era el cine lo que me interesaba. No obstante, siento el poder de los símbolos, y hay cosas que me emocionan. Hay artistas que me producen lágrimas. Pero solo a ratos… Muchas de estas obras se van a destruir tras la muestra, pues son copias de exhibición. He aprendido a desprenderme de ellas.

"La hermandad", de José Antonio Hernández-Díez (Colección la Caixa)
“La hermandad”, de José Antonio Hernández-Díez (Colección la Caixa)

«La hermandad», también aquí, cierra un ciclo en 1994. La destaco porque formó parte de una muestra muy importante, «Cocido y crudo», en el Museo Reina Sofía, de las primeras sobre «lo latino». Usted no se reconoce en esa etiqueta.

Nací en Venezuela, mi trayectoria se ha desarrollado en España… Yo soy más caribeño. “Cocido y crudo” surge en un momento muy interesante en el que curadores como Dan Cameron se acercan a nuestro contexto. Me reconozco en lo latino, pero más en cierto arte anterior, más de los setenta, que de mi propia generación de exaltación de lo tropical. Yo vengo más de generaciones anteriores, los constructivistas, los cinéticos… Pero exposiciones como la que menciona sirvieron para generar y también fracturar la idea que se tenía de lo latinamericano.

Esta expo acaba temporalmente justo cuando llega a España. ¿Qué pasó después?

Caracas era muy cotidiana, me influía el día a día. Aquí, mi manera de trabajar cambió. Eso dejó de ocurrir. Y el trabajo pasó a ser más de reformulación de hechos históricos. Me volví más pop, y ahí están mis zapatillas, mis “skaters”… Los intereses eran más internacionales que personales. Estuve como cinco o seis años entre que cerré una serie y comencé otra. Los tiempos se alargaron. Y entré en la madurez. La explosión de pasar de una cosa a otra, pese a que yo me aburro muy rápido de todo, se alargó demasiado.

Obras como «San Guinefort» o «Sagrado Corazón Activo» hacen alusión a la religión pero también a la ciencia médica. El tiempo también ha moldeado la fe en las tecnologías. ¿Por qué tienen vigencia propuestas como éstas?

Creo que porque cuando la ingeniería o la ciencia entran en contraste con la metafísica, la gente tiende a validarlas aún más. Hay otra obra aquí, “El resplandor”, en la que me inspiré en las células de contacto, las cámaras de infrarrojos… Cuando alguien llega con toda esa parafernalia para detectar una presencia, la gente confía más que si utilizas a un espiritista. Hay muchos espectadores que creen que en “San Guinefort”, el perro está durmiendo, porque está conectado a una bombona de oxígeno; que el “Corazón” late porque lo ayuda una máquina… Lo tecnológico dificulta discernir si hay animal ya o no. Y en el arte se ha explotado mucho eso.

Tengo que preguntarle por la abundancia de animales y de niños en la exposición.

Siempre han estado muy presentes en mi obra. También los monopatines, que son un homenaje a la felicidad que me producía patinar cuando era niño. Cualquier historia, contada por un niño o a través de animales, tiene siempre un efecto de validación importante.

La plaza en la que se inserta este espacio está tomada por «skaters».

Pero a mí no me interesa este “skate”, sino otro que se acabó en los ochenta, que era el de rodar, no el de saltar. Cuando el “skate” se vuelve vertical a mí me dejó de interesar. Porque para mí era un “interface” comunicacional. Y eso se ve en “La hermandad”. Yo podía hablar y comunicarme cuando tenía un monopatín. Cuando no era así, esto se interrumpía. En cierto modo, es un homenaje a mi padre, que me dijo que el “skate” no me iba a aportar más que horas perdidas, nada de utilidad. Lo curioso de esta práctica es que tú puedes tener 40 o 50 años, ir en patines o bicicleta, y nadie te dice nada. Pero si vas en “skate” te miran bien raro. Mis primeras obras al respecto ya emanaban esas ironía. Y me decía a mí mismo: «Ya estás muy mayor para patinar».

También trabajó en esos inicios sobre el concepto pantalla. Podríamos decir que fue usted un visionario: ahora todo lo percibimos a través de ellas.

Lo mío fue ya un bombardeo en contra de la pantalla. “El resplandor” intenta alejarnos de unos demonios, demonios que vienen a través de una de ellas. Yo ya veía venir que todas estas cuestiones interactivas iban a explotar. Y hoy hay obras interactivas que son más interesantes que muchas obras de arte, que las asumen con naturalidad. Yo fui de los primeros que use el midi. Y cuando aparece una tecnología, hay que ser muy rápido, porque en poco tiempo te das cuenta de que otros artistas la van a asumir con total profesionalidad. Cuando Sony sacó el reconocimiento facial en sus cámaras de fotos, a los dos meses ya había obras de artistas que empleaban la técnica.

"Sagrado corazón", obra de José Antonio Hernández-Díez
“Sagrado corazón”, obra de José Antonio Hernández-Díez

La muestra se actualiza además con una obra nueva: «Filamentos». ¿Cómo se complementa con todo lo demás?

“Filamentos” se basa también en mi interés por la tecnología. Descubrí que Edison, cuando diseña los de las bombillas, las grandes familias empiezan a encargarle piezas personalizadas, que la gente acudía a ver a sus casas como si de obras de arte se tratara. La industrialización trajo, pese a sí misma, decenas y decenas de filamentos específicos. Yo comparo eso ahora con el original, que es el de la vela, siempre el mismo, que produce siempre la misma luminosidad. Por otro lado, también descubrí que la Iglesia Católica comenzó siendo renuente a la iluminación con luz artificial. Siempre queda esa relación entre tecnología y consumo. Y hacerlo en grabado me daba un cierto sabor añejo. Pero estas piezas van a envejecer de otra manera, diferente a como lo hicieron las piezas de vídeo, que hubo que actualizar. Hace diez años nos dijeron que había que abandonar las bombillas incandescentes para pasar a las de bajo consumo; ahora se ponen de moda las de Edison, y se comienzan a fabricar piezas que son caras, casi para coleccionistas. Eso me llama mucho la atención como artista: Cambios que se asumen como naturales.

¿Se ha convertido en un descreído de las tecnologías?

Yo me quedé en los ochenta. El motor de combustión no da para más. Tú ves esos coches supertecnológicos, pero que se siguen sirviendo de él. Claro que te facilita la vida, pero la tecnología que me interesó fue la de un momento preciso de cambio en el que había una parte romántica, de la que tenemos ahora que desprendernos porque todo se convierte en códigos binarios. Yo soy un chico malo…

Le vuelvo a plantear la pregunta: ¿Ha enterrado usted bien a estos muertos?

Yo creo que no. Annabel Lee siempre va a estar ahí. Como Houdini, siempre escapando, de igual forma que San Guidefort no se va a corromper nunca…

"Annabel Lee", de Hernández-Díez, primera obra del artista
“Annabel Lee”, de Hernández-Díez, primera obra del artista

¿En qué cree usted?

Yo soy un ateo natural, pero me eduqué maravillosamente en un colegio católico y lo agradezco. Haber conocido lo que es una misa, una sacristía, rebrota en mi obra. Me ayudó muchísimo. Aunque nunca creí en Dios. Pero acepto sus rituales, sus pasos sagrados…

¿En qué creen los que no creen? ¡En algo hay que creer!

Creo en la alegría. En el arte cien por cien. Creo en mi hijo, en mi familia. En la naturaleza. Y también creo en el escepticismo y en la espiritualidad sin alma.

¿Qué le tiene ocupado ahora?

Estoy trabajando en la idea de la luz como cosa fallida. No solo a nivel conceptual, sino también en todas las propuestas que han fallado en torno a la energía. Estoy trabajando con los primeros diseños de circuitos impresos, que han evolucionado, y que los ingenieros empiezan a modificar no sólo por cuestiones técnicas, sino también para sorprender a otros ingenieros. Y lo quiero presentar sin tecnología, también con grabados.

Le hice la misma pregunta a Carlos Bunga, amigo con el que comparte galería, latino como usted, y que le cede el testigo aquí: ¿Por qué ha tardado tanto la ciudad en hacerle un guiño expositivo?

Son casualidades. Yo llevo 20 años viviendo aquí y he mostrado la obra en colectivas, con la galería Estrany de la Mota, con la que trabajo aquí. Quedaba pendiente la institución… Yo creo que la calma me venía porque exponía en otros lugares. Y creo que a partir de ahora ya podré sentirme más cómodo al contar con una expo en la ciudad que me adoptó. Dices bien: hacía falta.

Me dejé el título para la última pregunta: «No temeré mal alguno». ¿No habíamos quedado que éramos escépticos?

Se trataba de eso: de asumir los retos del espacio. No todo artista es capaz de mostrar su primera obra. Yo lo he hecho. Eso se puede ver como algo naif, pero esta muestra es también una forma de que el MACBA salga de su ámbito de confort. El título lo dan los comisarios, algo que a mí me gusta que así sea. Este es un guiño a mi primera expo en Caracas. Un salmo bellísimo.

Hernández-Díez frente a su obra "La llamada", en el MACBA
Hernández-Díez frente a su obra “La llamada”, en el MACBA

José Antonio Hernández-Díez. “No temeré mal alguno”. MACBA. Barcelona. Plaza dels Àngels, s/n. Comisarios: Latitudes. Http://www.macba.cat/. Hasta el 26 de junio

Texto ampliado del publicado
en ABC Cultural el 25 de marzo de 2016. Número 1.127