2020: lo mejor -y lo peor- del peor año

El año en el que al sector se le rompieron todas las costuras

El covid desestabilizó un sector que lleva arrastrando sus miserias desde hace años y que ahora se hicieron más evidentes. Digitalización forzosa, cancelaciones y retrasos, a la orden del día en doce meses en los que los políticos no ayudaron mucho

Cristóbal Gabarrón con su proyecto para Valladolid

Reinventarse o morir. Ese puede ser el lema aplicado por el sector del arte para todo el año. Doce meses en los que a sus profesionales no les ha quedado otra que sacar la cabeza –y esperar que no se la golpearan– contra viento y marea. Y, en el intento, muchas de las heridas latentes del pasado se han vuelto a abrir o han dejado de manifiesto las miserias del «planeta arte» en España.

Digamos que el asunto no empezaba nada bien y, como rezaba el título de la sección especial de ARCO en febrero, la dedicada sin mucho sentido (y menos ganas) a Félix González-Torres, «era cuestión de tiempo» que todo saltara por los aires.

 La feria, la primera con Maribel López a la cabeza, ya venía «infectada» por el virus. Cabreo de los organizadores cuando, en la rueda de prensa semanas antes de su celebración, los compañeros solo se interesaban por «el maldito covid». Ahora nos reímos. Una vez más, los medios de comunicación fuimos avanzacilla de lo que estaba por venir. Y el salón de Ifema (ese que meses después sería un hospital, una especie de obra macabra de Kounellis) vio cómo grandes coleccionistas cancelaban y muchas ventas se paraban.

Maribel López, directora de ARCO (Foto: Ignacio Gil)

Aún así, ARCO salvó los muebles. De hecho, ha sido de las poquísimas ferias internacionales que ha podido celebrarse de forma presencial en estos meses (¡Bravo por Marte, Art Marbella o Art Photo Bcn! Este ha sido el año de lo local). Un 2020 en el que ni Basel (en Hong Kong, en Suiza o en Miami) se ha llevado a cabo. Primero fue el mareo de cambio de fechas de todas ellas antes de sucumbir a la evidencia. Luego, el volcaje de contenidos en la web. El recurso fácil que ha dado pie a colecciones inmensas de cromos que aburrían al más pintado, con resultados exiguos (o inexistentes) de ventas, se hablara con la galería que se hablara. Pero por si el sarampión virtual no bastase, incluso surgieron iniciativas exclusivamente online como La Distinción o Another Fair, amenazando con entregas cada trimestre. Empacho.

Porque uno de los síntomas del coronavirus fue el «apagón físico»(cierre de museos y galerías, con casos llamativos, como un Prado que no lo hacía desde la Guerra Civil) y el «encendido virtual». Que ríete de las luces de la Feria de Abril o el alumbrado navideño de Vigo. Y aquí también se les vio venir a unos y a otros. Centros e instituciones que llegaban con los deberes hechos ( los directos del Museo del Prado, el site del Guernica del Museo Reina Sofía, al que le ha tocado un año tontorrón para «celebrar» tres décadas de existencia); otros que reaccionaron rápido (el Diario del confinamiento del MACBA, o el Círculo de Bellas Artes de Madrid con la primera exposición virtual del año, la dedicada a Alfonso Berridi); y a los que esto les superó. Galerías como Sabrina Amrani o Blanca Berlín también le pillaron el tranquillo al asunto.

Lo peor: esa necesidad de todo quisque de decirle al resto del mundo que ahí seguía. Con honrosas excepciones, sobre todo, las puestas en marcha por los propios artistas (del proyecto #LaCamaCovid19 de Verónica Ruth Frías y Cyro García a subastas solidarias o iniciativas artísticas para conseguir fondos contra la pandemia) y galerías como ADN (Free Delivery) o Espacio Valverde (Colección Cerradura). Zoom y los directos de IG llegaron para quedarse. También en el ámbito artístico. Son muchos los que añoran la relación presencial con el arte, pero estas herramientas han funcionado como torniquete provisional que, en algunos casos, han agilizado trámites y, sobre todo, nos han permitido estar conectados, aunque la bulimia informativa haya sido evidente.

Joaquín García, director de García Galería

Porque no ha sido un año fácil: Aprendimos el significado de la palabra ERTE, que también afectó a museos (caídas de visitantes al 30 por ciento) y galerías. Solo una baja, por el momento, tenemos que lamentar: la de García Galería. Y las miserias del sistema quedaron más que claras cuando muchos creadores tuvieron que demostrar ante los agentes del orden que, durante el confinamiento, lo que pretendían era ir a trabajar a su estudio y no salir para tomarse unas (imposibles) cañas. Multas al canto por dedicarte a «pintar monigotes». El estatuto del artista merece de un empujón ya.

Las asociaciones profesionales (IAC, AVAM, ADACE, Consorcio de Galerías…) han tenido que hacer horas extras: ante la injerencia política (memorable lo del Alcalde de Valladolid en Patio Herreriano metiendo a machamartillo allí a Cristóbal Gabarrón. La única baja fue la de Eva Lootz, que tuvo que cancelar antes. Su director, Javier Hontoria, pese a cabrearse como una mona en los medios, sigue feliz en su puesto); y ante el deseo de algunos de aferrarse a su sillón ( José Miguel García Cortés en el IVAM, al que sustituyó Nuria Enguita en un concurso internacional al que se presentaron ¡dos candidatos! y que también daría para charlita de bar). Y, en la cúspide de la pirámide, un desafortunado ministro, Rodríguez Uribes, que llegó tarde y mal al rescate de los artistas y que dejó claro en una primera comparecencia que, para él y el gobierno del que formaba parte, la cultura era algo secundario.

Javier Hontoria, director de Patio Herreriano, con el alcalde de Valladolid

Y cuando en mayo las instituciones artísticas volvieron a abrir sus puertas, lo que estuvo a la orden del día fue el baile de fechas, por prórrogas en las exposiciones o retrasos en las inauguraciones: De Invitadas, en el Prado –cuyo tufillo oportunista tenía que haberse inaugurado en marzo, y que pasó al otoño–, a Rembrandt y coetáneos, que abrió sus puertas poco antes del estado de alarma y nos acompañó en Madrid todo el verano. Surrealista lo que le pasó a Santiago Talavera en el CEART de Fuenlabrada. Su muestra Hauntópolis «inauguró» y «clausuró» con el centro cerrado.

La pandemia complicó préstamos, acabó con las exposiciones blockbuster y enseñó a economizar recursos (como Reencuentro, también en el Prado, o la reorganización de la colección de fondos expresionistas en el Thyssen) y a restringir aforos: Ver Las Meninas o El Guernica sin público serán placeres que nunca más se volverán a repetir. Aún así, 2020 deja importantes muestras: Mondrian en el Museo Reina Sofía; Kandinsky, Lee Krasner y Lygia Clark en el Museo Guggenheim; William Kentridge en el CCCB; Desorientalismos (en colaboración con el CAAC) y Des/orden moralen el IVAM…

En las galerías, Apertura se entendió en septiembre como un «reseteo»y un deseo de poner toda la carne en el asador. En la memoria quedará para siempre Aurèlia Muñoz en José de la Mano. También pertinientes Elena Asins en Elvira González, Diana Larrea en Espacio Mínimo o Isaac Julen en Helga de Alvear, que vio cómo la inauguración de la ampliación de su museo en Cáceres salta a 2021. Algo similar le pasará a la llegada de la Fundación Sandretto a Madrid. En Barcelona, su Gallery Weekend también aguantó el tirón y apostó como nunca (no le quedaba otra) por lo local.

Juan Genovés, pintor que nos abandonó este año

Entre lo que merece ser recordado, los premios nacionales a José María Yturralde o Ana Teresa Ortega. También el Velázquez para Soledad Sevilla. Junto a la expo de Alexanco en Alcalá 31, se empieza a poner en valor el Centro de Cálculo. Echaremos de menos a nombres como Juan Genovés o Barbara Rose. Y nos sonrojará acordarnos de capítulos como los de Okuda en el faro de Ajo o el deBoamistura «tuenando» en Getafe un Fisac. Y las meninas: esas odiosas meninas en Madrid, compitiendo con Plensa en Colón, que desbarró como nunca con su Arbol de la vida en Chamartín. También entristece saber que el MUSAC languidece o que Barcelona –que da una de cal retrasando la apertura de una franquicia del Hermitage– da otra de arena presentándose como sede de Manifesta en 2024.Cuando uno ve a tanto político felicitarse por algo artístico, gentrificador y buenrollista es mejor echarse a temblar.

Y como lo suyo es cerrar el año mirando al futuro, estos doce meses dejan algunos titulares: como que en 2021 podríamos contar con Museo de Colecciones Reales con Leticia Ruiz como directora o que Ignasi Aballí nos representará en la Bienal de Venecia en 2022. Esta última decisión vuelve también a dejar con el culo al aire al sector, sobre todo ante la opacidad en la resolución de cuestiones tan importantes como esta, o al llegar a conocer los nombres que se barajan en los mentideros (porque no se hacen oficiales) de los que se quedaron en la estacada: ¿Por qué cosas así se hacen por invitación y no por concurso público? ¿Por qué no se publican los nombres de todos los «invitados»? ¿Quién elige a los seleccionadores y bajo qué premisas? ¿Qué criterios manejan «los elegidores» para elegir? Lo de las buenas prácticas, una vez más, lo dejamos para el año próximo en el que, como vemos, las asociaciones profesionales tendrán mucha tela que cortar. Sobre todo con los que se aferran a sillones o no ven incompatibilidades de cargos. Con o sin mascarilla.

Leticia Ruiz, futura directora del Museo de Colecciones Reales

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 30 de diciembre de 2020

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