Abre sus puertas el «Museo del Arte Prohibido» en Barcelona

Museo del Arte Prohibido (Barcelona): Censura que algo queda

Único en su especie, el nuevo espacio artístico de la Ciudad Condal, que se nutre de la colección del empresario Taxo Benet, es una llamada a la fragilidad de las libertades y contra el olvido

Acude Tatxo Benet (Lérida, 1957) a una sentencia judicial de 1971 del Tribunal Supremo de EE.UU. para explicar el sentido de un museo como el suyo, Museo del Arte Prohibido, que acaba de abrir sus puertas en Barcelona: Ese año, el juez John Marshall Harlan revocaba una sentencia contra Paul Robert Cohen que, con 19 años y en 1968, protestó contra el reclutamiento de jóvenes como él para la guerra de Vietnam luciendo una cazadora en el Palacio de Justicia de Los Ángeles con el lema ‘Fuck the draft’. No seré yo el que empiece este texto sobre censura censurando una expresión, y se lo traduzco sin paños calientes: ‘Que le den por culo al sorteo’.

Argumentaba Harlan que lo que para unos puede ser «vulgaridad» para otros es «poesía» («One man’s vulgarity is another man’s lyric»), esto es, que refiriéndonos a la libertad de expresión, nadie tiene derecho a establecer ningún canon de buen gusto. Y lo más importante: que para que los seres humanos podamos convivir los unos con los otros será preciso que nuestras guías sean la tolerancia y el respeto.

Obras de Abel Azcona y Tania Bruguera

Dicho esto, lo que se pone en marcha en Barcelona será para muchos un museo repleto de ‘vulgaridades’, de insultos, de faltas de respeto al decoro, a unas creencias o unos ideales. Sin embargo, para otros, consistirá en pura lírica, ejercicios de libertad de expresión, alegatos a favor de realidades alternativas, llamadas a causas legítimas. Se lean de una u otra manera, nos enfrentamos a una nutrida selección de obras de arte (el conjunto alcanza las 200 piezas, de las que se exponen unas 40), que en su día fueron puestas en el disparadero rodeadas por la polémica y sufrieron el escarnio público; en el mejor de los casos fueron censuradas y retiradas de la circulación; en el peor, atacadas y agredidas.

Un capítulo épico

Se suele situar el comienzo de esta historia en un capítulo épico de la Historia de la censura reciente en nuestro país: la salida de la serie fotográfica ‘Presos políticos en España’ de Santiago Sierra de la edición de ARCO’18. Es cierto que Benet, que ya contaba con una nutrida colección artística antes de suceso, se hizo con la obra (pagó unos 80.000 euros por ella), pero la adquirió antes de que en Ifema se tomara la fatal decisión de retirarla del estand de la galería Helga de Alvear, lo que generó un revuelo que sí que precipitó que el empresario se planteara darle un nuevo rumbo a su conjunto. Y así, por las mismas fechas, se haría igualmente con la pieza de Inés Doujak ‘Not Dressed for Conquering’ que en la Bienal de Sao Paulo de 2014 ya obligó a ser protegida por un muro para que no accedieran a ella menores de 18 años y que en Barcelona se llevó por delante al equipo curatorial de la muestra ‘La bestia y el soberano’ y al director del MACBA Bartomeu Marí.

Escalera con obras de Equipo Crónica y Zanele Muholi

Y también con una instalación sobre el imaginario colectivo que Occidente tiene de Oriente de Zoulikha Bouabdellah (‘Silence Rouge et Bleu’) que la propia artista decidió retirar de una exposición en el Pabellón Vendôme en Clichy ante la atmósfera de paranoia que generaron en Francia los asesinatos por parte de islamistas radicales de los periodistas de ‘Charlie Hebdo’ por la publicación de unas caricaturas de Mahoma. Eso sí que fue un borrado radical. También dos fotos taurinas en el ojo de huracán por dos consistorios de diferente signo político (Trías y Colau).

La serie de Sierra, depositada en el Museo Diocesano de Lérida(ciudad en la que se mostró en 2020 por vez primera una buena selección de lo atesorado por Benet, cuyo éxito impulsó a crear este espacio) no se muestra ahora en el nuevo museo, la casa Garriga-Nogués, aunque su espíritu está siempre presente. Sí lo hacen la obra de Doujak y sobre todo, la de Bouabdellah, básicamente porque es para su propietario el origen de la sistematización de unos conjuntos que analizan las distintas caras de la censura en el arte. Era la primera vez que Benet adquiría algo que le era ajeno: una pieza de una artista argelina, mujer, musulmana. Ponerse en la piel, en este caso los zapatos (de tacón, como la de la instalación de la creadora) del otro, e intentar entender sus reacciones.

«Lo que unifica a las 200 obras de la colección es que han sido censuradas, que han sido agredidas o han sufrido algún tipo de protesta por parte de grupos de presión o de individuos –explica el empresario–. Por eso se llama ‘Museo del Arte Prohibido’». Qué duda cabe que la Historia de la censura no se inició ayer (de hecho, como recuerda Jorge Carrión en uno de los textos del catálogo, la palabra censura llega de época romana, cuando el ‘censor’ era el encargado de hacer los censos y, por lo mismo, limitar el acceso a la vida pública a determinados ciudadanos que delinquían o atentaban contra la moral) y que cuando esta acción dejo de recaer en estamentos políticos o religiosos (aquí no nos libramos de la Inquisición) sus tentáculos se volvieron más invisibles y sibilinos. De hecho, hoy no hace falta ni que sean físicos o tengan nombre o apellido: el anonimato tras las redes sociales es el combustible perfecto para una buena campaña polémica.

No se entiende nada

«No entender la razón que provocó una actitud censora te va a pasar, casi te diría, en el 90% de los casos de las obras expuestas –continúa el coleccionista–. En algunas te lo puedes imaginar, aunque no la reacción suscitada, pero con muchas no entenderás nada hasta que no te expliquen la historia que hay detrás». Por eso, para los responsables del museo es tan importante la pieza como su contextualización, y por ello, al lado de cada una, se incluye su propio ‘currículum vitae’.

habitación con el ‘McJesus’, ira de los cristianos de Haifa, y luego del propio autor, que no quería exponer en Israel, de Jani Leinonen

La entrada al centro y la colección se realiza por la gran escalera modernista de este edificio construido por Enric Sagnier i Villavecchia a finales del XIX y que antes fue sede de las fundaciones Godia y Mapfre. Y, allí, dos obras que marcan dos líneas de fuga del conjunto. De un lado, casi escondido tras ella, uno de los cien ‘espectadores’ que Equipo Crónica introdujo en los espectáculos de los Encuentros de Pamplona de 1972 a modo de, precisamente, censores de los mismos. Artistas y asistentes acabaron a palos con muchos de ellos por lo que representaban. En lo alto, una foto, ‘Lena’, de Zanele Muholi, en representación de una artista cuyo estudio en Vredehoek fue asaltado en 2012 para robarle sus discos duros y así limitar su activismo a favor de las personas LGTBi en África.

Porque es cierto que serán la ideología, y sobre todo la religión, las principales motivaciones para iniciar una acción censora sobre una obra de arte. Y de todo signo político: aquí, por ejemplo, se incluye un retrato de Mao de Warhol que formó parte de las obras retiradas por el gobierno chino cuando la muestra que conmemoraba el 25 aniversario de la muerte del artista recaló en su territorio. También un retrato a dibujo de Ilma Gore de Donald Trump desnudo y con micropene, por el que fue agredida por simpatizantes en las calles de Los Ángeles. O una representación ‘feminizada’ de Emiliano Zapata por parte deFabián Cháirez que atentaba más contra el heteropatriarcado mexicano que contra la figura del político, pero que dio para acciones jurídicas de los descendientes y hasta protestas de los sindicatos obreros en el país.

Carteles de exposiciones de Amnistía Internacional sobre la censura cedidos al museo

Como era de esperar, también el sexo calienta braguetas y cabezas, donde el mayor ejemplo, antecedido por algunas fotos eróticas de Pierre Molinier (sobre el que se cebó el alcalde de Burdeos en 2003 y, mucho antes, un homófobo André Breton, especialista en ‘hacer amigos’, que le expulsó del movimiento surrealista al conocer su sexualidad), será el ‘Portfolio X’ de Robert Mapplethorpe (por primera vez el gran público se hacia eco de ciertas variantes en el sexo gay) con un ‘grupie’ cuyo nombre leeremos varias veces en la castradora y errática historia de la censura: la del senador norteamericano Jesse Helms. Su exhibición aquí es uno de los puntos álgidos de un montaje escenográfico de primer nivel llevado a cabo por Carles Guerra,en un museo dirigido por Rosa Rodrigo, y en el que también destaca el activismo en el terreno de la diversidad sexual y campañas de prevención del sida de creadores como David Wojnarowicz o Keith Haring.

Un potencial insólito

Precisamente, en la planta superior, al final de la escalera, uno de lo que sus responsables denominan ‘anillos’ en los que se distribuyen las obras. ‘Anillos’ más que recorridos, aunque algunas derivadas nos harían pensar no haber salido nunca de ARCO: Eugenio Merino, Tania Bruguera… Este primero sirve para hacer una pequeña cata de posteriores ‘posibilidades’ en torno al ‘Mani- fiesto’ de la institución (en la pared) en el que se leen cosas como estas: «El conjunto, lejos de acumular los estragos del abuso que el poder produce en el ámbito de la creación artística, da a conocer un potencial insólito en nuestras sociedades». Y prosigue: «La misión de este museo es devolvernos la posibilidad de ver unas obras que fueron apartadas de la exposición pública, de respirar frente a ellas. En sus 2.000 m2 se concentra un recorrido que evoca tanto la naturaleza escandalosa de la colección expuesta como su cara irónica y reflexiva, mordaz y liberadora, crítica y empoderadora».

Obras de Eugenio Merino (Franco) y David Cerny (Sadam)

Aquí se muestran ejemplos en los que las creencias religiosas se han impuesto (y por parte de todo tipo de cultos): así la estela lleva de León Ferrari a Andrés Serrano (y su mítico ‘Piss Christ’); de Abel Azcona a Charo Corrales; de Juan Francisco Casas a Jani Leinonen; o de la mencionada Bouabdellah a David Cerny (con Sadam Husein de cuerpo presente). A veces habría sido mejor matar al mensajero, como ocurrió en el Museo Reina Sofía con la ‘Cajita de fósforos’ de Mujeres Públicas…

Pero quizás generen más curiosidad las censuras por razones comerciales, con marcas intentando ser tan políticamente correctas que se pasan de frenada (Lacoste eliminando de su premio de arte a la palestina Larisa Sansour. ¡Qué ojo!; o británicos pensando que quizás el uso que Yohsua Okón hacia de McDonald no era apto para todos los públicos). A Ai Weiwei, Lego dejó de suministrarle piezas porque ‘no le gustaban’ los retratos que hacía con ella. Y lo de Barceló hasta se entiende: una imagen taurina en un encargo para el cartel de Roland Garros.

Pero, por encima de todo, atrapan los ejercicios de autocensura. Esto último conduce a otra derivada, la histórica, siendo el mismísimo Francisco de Goya el primer artista español que viviera la falta de libertad de expresión en sus carnes. La muestra incluye una edición de ‘Los Caprichos’ que el artista sacó a la venta por necesidad económica en el ‘Diario de Madrid’, pero ante el miedo una vez que la Inquisición se hizo eco de los contenidos, la terminó regalando a Carlos IV. En este sector se sitúa asimismo Klimt con un boceto para los techos de la Universidad de Viena que retiró acusado de erótico (aunque se especula que el conjunto se uso como telón de fondo de orgías nazis) o, ya más tarde, Terry O’Neill, que crucificó fotográficamente a Raquel Welch y metió las fotos en una caja 30 años.

Arriba, entrada a la estancia del vídeo ‘Freedom Fries’ de Yoshua Okón

Como escribe Boris Groys, la prohibición de una obra de arte significa hacerle a su autor ‘el mayor de los cumplidos’: Supone escenificar que es capaz de influir en el público. Sin embargo, una instalación como ‘The Statue of a Girl of Peace’ (Kim Eun-Sung y Kim Seo-Kyung) puede generar un conflicto diplomático entre Japón y Corea cada vez que se muestra.

No escapa el conjunto a la actual cultura ‘woke’ de la cancelación e incluye un retrato de Chuck Close no porque fuera cancelada la obra sino por que lo fue su autor acusado por le movimiento #MeToo. De hecho, en un maravilloso giro de guion, la familia ha censurado la inclusión de la imagen de la obra en el catálogo de esta exposición. No está expuesto, pero cae también en este saco Saul Fletcher.

La cita se cierra con un ejemplo certero de cómo a veces el ejercicio censor se escapa de las manos y se le da la vuelta. Es el ‘Consumer Art’, de Natalia LL, con la artista comiéndose un plátano de forma jubilosa, lo que no agradó al actual gobierno de extrema derecha polaco. Este retiró la obra, pero la web se llenó de vídeos de ciudadanos repitiendo la acción. Un fotomatón en sala invita a seguir la secuencia. Primera moraleja del museo: dime (censor) de que (no) presumes y te diré de que careces. Segunda: Cuidado con lo que se desea. A veces se cumple.

‘The Statue of a Girl of Peace’ (Kim Eun-Sung y Kim Seo-Kyung)
Museo del Arte Prohibido. Colectiva. Barcelona. C/ Diputación, 250. Directora: Rosa Rodrigo. Impulsor: Tatxo Benet.

Texto publicado en ABC Cultural el 28 de octubre de 2023. Número 1.588

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