«Amazonía». José Manuel Ballester

El «abecedario amazónico» de José Manuel Ballester

Desde hace cuatro años, José Manuel Ballester documenta el arte popular de las tribus del Amazonas. El resultado es «Amazonía», un proyecto que se despliega como piezas de un alfabeto con el que conecta culturas ancestrales con el arte de la vanguardia

José Manuel Ballester en su estudio con algunas de las piezas de «Amazonía» (Fotos: Ignacio Gil)

En los cristales de las puertas de entrada del estudio principal de José Manuel Ballester en Madrid pueden leerse los nombres de algunas de las ciudades en las que este artista, Premio Nacional de Fotografía 2010, ha trabajado y cuyos paisajes «ha vaciado»: localidades chinas como Suzhou o Chengdu, la excolonia británica de Shanghai; Toronto, Dallas, Nueva York; Roma, París o Valencia… Escenarios urbanos que conectan con nuestra dimensión más cosmopolita y supuestamente avanzada.

Atravesado el dintel, y cuando el ojo se acostumbra a la luz, el invitado casual no puede dejar de reparar en el pequeño remanso natural que el artista se ha generado a sí mismo y que funciona a modo de vagón de entrada hacia los «materiales» acumulados en el taller: «No te puedes imaginar la de tiempo que paso en este jardín improvisado –repara– porque me ayuda a pensar. Eso es un fresno –señala con el dedo– y esta mañana me di cuenta que ya está empezando a brotar. Sin embargo, ese otro ejemplar –y con su voz acompaña mi mirada–, pese a que le da más el sol, aún no se ha despertado. Los ciclos de la Naturaleza son así…».

Pequeño pero envolvente jardín. Frondosa vegetación, remanso de paz ante la vorágine que queda ahora mismo a ambos lados: de uno de ellos, la calle, no escesivamente bulliciosa, pero sí lo suficientemente viva para perturbar el oído. Del otro, un estudio-museo-almacén, que a lo que confunde es al ojo, que no sabe dónde descansar la atención de todo lo que su propietario atesora: obras propias, sí, fotos de gran envergadura de distintas series, junto a pinturas; pero también miles de libros, películas, objetos, y, sobre todo, los ejemplares de una colección antropológica que Ballester lleva generando desde hace más de 30 años. Allí a sus puertas, tenemos la sensación de encontrarnos en una especie de oasis vegetal, de frondoso bosque que nos aisla momentáneamente de nuestro yo «civilizado» y «culturizado».

El artista en el jardín que da paso a su estudio (Fotos: Ignacio Gil)

Precisamente Amazonía es el proyecto que actualmente mantiene allí ocupado al madrileño, cuyas piezas, más de quinientas, ortogonales estructuras de madera de distintos tamaños intervenidas con dibujos geométricos, generan, situadas en el suelo, el cauce de otro río de madera tan sugerente y extraño para el que se enfrenta a él por primera vez como el Orinoco americano que baña las tierras en las que se inspiran. ¿Cuál será su significado?

«Lo que me mueve a poner en marcha un trabajo como este es lanzar la idea de que el Amazonas es mucho más rentable como selva que como explotación agrícola y minera, tal y como se hace ahora. Su deforestación supone además la expulsión y la aniquilación de cientos de tribus que ocupan ese espacio desde hace cientos o miles de años».

Hasta más de 200 ha catalogado Ballester en los cuatro años en los que lleva enfrascado en dar forma a su idea, con tan sonoros nombres como los de arará, kayapó, yawalapiti o kamayurá, y que traduce a sus signos identitarios: los tatuajes de sus rostros y los símbolos de sus vestimentas y objetos cotidianos, que, en este conjunto artístico, se convierten en una especie de puzle, un inabarcable abecedario abstracto con su significado universal pero oculto al espectador improvisado.

Detalle de algunas de las tablas de «Amazonía»

No es esta ni mucho menos la primera incursión de Ballester en Brasil. De hecho, los vinilos de la puerta constatan su paso por Río, por Brasilia, por Salvador de Bahía… Sin embargo, tocaba ahora mirar hacia la selva, «la otra cara del país». Y hacerlo, paradojicamente, sin poner un pie en la misma: «Yo no he entrado en el Amazonas, he querido ver su riqueza desde fuera, desde toda la documentación que se ha generado, y, sobre todo, desde el respeto, lo que implica tratarla desde la distancia». Porque, para el español, el primer problema de agresión a su riqueza natural es el entrar en contacto con estas comunidades, para las que enfermedades comunes como la gripe o el sarampión ya suponen un riesgo a su supervivencia. «Una de la manera más salvaje de acabar con ellos para hacerse con sus territorios es matar a sus mujeres. Así te aseguras que no hay descendencia. Y el covid y las políticas sanitarias de Bolsonaro están haciendo ahora el trabajo sucio».

Así que el punto de partida de Ballester fue, por ejemplo, su colección de plumaria, la que en buena parte nos salta ahora a la vista en su estudio, o toda la bibliografía recogida hasta el momento, cuto título más reciente sería el Tristes trópicos de Levi-Strauss, y donde sobresale por encima de todos un nombre: el del etnólogo del XIX Theodor Koch-Grunberg.

«Acerca de los pueblos primitivos –escribía el explorador alemán para su conferencia «Inicios de las religiones primitivas» que leería en la Universidad de Friburgo en 1914–, el lego suele hacerse falsas impresiones que se relacionan con el concepto de falta de cultura, y cree por lo tanto que estas personas no están muy lejos de ser animales, ya sea por tener un color de piel diferente, por andar desnudos y no tener automóviles o volar en avión como nosotros. Cuántas veces me he esforzado por tratar de aclarar que aquellos llamados «salvajes» son el el fondo hombres como nosotros y en algunos casos mejores hombres». Ballester toma conciencia de todas estas realidades desde un plano estético: «Entiendo que el arte, como el ser humano, tiene una dimensión racional, más intelectualizada, y otra más visceral, en la que se insertan estas manifestaciones creativas populares que, además, tienen una misión comunicativa».

Algunos de los maniquíes utilizados por Ballester, junto a su colección de plumaria – I. Gil

Porque, solo cuando el artista empieza a traducirnos ciertos símbolos, esas piezas comienzan lentamente a hablarnos: «Digamos que el 90 por ciento de estos signos son tatuajes. Los que están dispuestos en maderas cuadradas y de menor tamaño corresponden a los pómulos. Los más rectangulares, a pectorales. Las largas láminas nacen en elementos que sirven para decorar chozas, instrumentos musicales, tótems… Ese signo cruzado significa que su poseedor es un hombre soltero. Existe un equivalente para la mujer . El número de flechas indica en este otro el número de hijos…». Es a partir de este momento que visibilizamos el bosque desde un punto de vista iconográfico, que reparamos en que aquellas son las piezas de un gran puzle, las grafías de un alfabeto de miles de años, que, además, remite inesperadamente a ciertos maestros de las vanguardias: «Ahí tienes los signos propios de autores como Sol Lewitt, como Joseph Albers, como Alfredo Volpi o Lina Bobardi». Ballester menciona también a españoles como Hernández Pijoán o cierto Luis Gordillo. Yo, entro en su juego y veo el trazo de Torres-García, el hombre que le dio la vuelta al mapa de América y puso así a Iberoamérica en «su sitio». De repente, como en ese simple ejercicio, el arte occidental se mira de tú a tú con este tipo de manifestaciones artísticas.

Y como un mapa, otro, visualiza el artista su propuesta, que le servirá para inaugurar, cuando las circunstancias lo permitan, la nueva sede de la galería Dan, su galería, en Sao Paolo: Sobre la pared, José Manuel Ballester compondrá un gran mural, una especie de nuevo altar que conecta con la espiritualidad del trabajo. En él, las piezas, agrupadas por tribus, generan los contornos de un mapa imaginario con la distribución de las mismas en la selva, con el Orinoco como única frontera real. Y para entender el origen de esas escarificaciones y marcas, una procesión de maniquíes –que como en una guerra imaginaria se parapetan ahora agrupados en dos bloques en dos puntos del taller– formará una gran espiral, similar a aquellas con las que estas comunidades desarrollan sus danzas, conformando una única tribu. Maniquíes, tan recurrentes, una vez más, en la vanguardia, de De Chirico, a Hans Bullmer, de Man Ray a Dalí o Duchamp. Por último, una tercera pata de la propuesta traslada esos mismos dibujos a objetos tan comunes en nuestra cotidianidad como un fluorescente, un televisor o un ordenador: «Ahí quiero jugar con ver qué ocurriría si una familia de uno de estos grupos invadiera nuestro espacio doméstico como nosotros, hombres occidentales, hemos colonizado sus espacios».

Detalle del estudio del artista en Madrid

La materia prima del abecedario de signos de Ballester es la madera. Pero el suyo es un material de desecho, reciclado, algo lógico si se está criticando la deforestación del Amazonas. Y su color, el más parecido al tono de piel de estas comunidades. «Aquí también incido en la idea de bosque, de retorno a la selva».

De alguna manera, Amazonía conecta así mismo a su autor con ese primer Ballester al que conocimos como pintor. Sin embargo, el artista no ha dejado nunca de pintar. Al paso nos salen, en este laberinto personal en el que él se mueve como pez en el agua, lienzos de otra serie que pronto mostrará en la que elementos naturales auténticos encuentran su proyección, su «sombra» en los cuadros. «Quizás sea un reencuentro del espectador con mi pintura, aunque sea a otra escala».

No es Ballester el primer creador interesado por estas cuestiones antropológicas en el Amazonas, al que dedicará una muestra muy pronto en clave contemporánea el CAAC de Sevilla, comisariada por Berta Sichel. Entre los más recientes, Ernesto Neto con la comunidad Huni Kuin, a la que trasladó literalmente a la TBA21 de Viena. El madrileño ha dedicado cuatro años al proyecto y no tiene prisa ni por culminarlo, ni por enseñarlo. Tampoco es este un ejercicio de sublimación: «No se trata de idealizar a estas tribus. La vida es un drama en sí, y las matanzas y guerras entre ellas por el territorio siempre ha sido una constante».

Amazonía es, no lo olvidemos, una propuesta artística, donde el carácter científico queda amortiguado por la poética, donde hay ausencias o el hallazgo inesperado marca los avances. «No hay prisa –remata– quiero cuidarlo». Lo que sí es cierto es que, antes o después, contaremos con un nuevo alfabeto con el que «comunicarnos» con el Amazonas. Esperemos que el diálogo de buenos frutos… En un nuevo ciclo de la Naturaleza.

Ballester en su estudio, rodeado de sus obras

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 27 de febrero de 2021. Nº 1.460

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