Antoni Campañà, el redescubrimiento (MNAC y Casa Seat)

Antoni Campañà, una caja de sorpresas

Durante 70 años, las imágenes de la Guerra Civil de este autor capital de la fotografía en España permanecieron escondidas. El MNAC muestra una selección contextualizando toda su trayectoria, que se completa con otras dos muestras en Cataluña

«El paso de los vencedores. Desfile de la victoria franquista en Barcelona» (21 de febrero de 1939)

Un hallazgo fortuito, una anécdota familiar, de tal onda expansiva que tambalea hemerotecas y hace cambiar los libros de Historia. Toni Monné, uno de los comisarios de la expo del MNAC sobre su abuelo, el fotógrafo Antoni Campañà (1906-1989), reconoce que no fue una caja, sino dos, las que hallaron escondidas en la casa de Sant Cugat. Rojas (de ahí el nombre), de cartón, como la que ahora se exhibe en el museo, y en la que también había alguna que otra foto de otros compañeros.

Y en su interior, buena parte de las instantáneas, algunas incluso sin positivar, de las cerca de 5.000 que Campañà realizó durante la Guerra Civil en Cataluña y que, acabada la contienda, decidió esconder, tal era el trauma que esta dejó en él. Una nueva ‘maleta mexicana’, que también fue motivo de una muestra en este mismo museo, ahora a la española. Un ‘polígrafo’ que devuelve a este fotógrafo la autoría de muchas instantáneas que forman ya parte de nuestro imaginario y que a él se le fueron de las manos: si Robert Capa tenía su miliciano, Campañà pillaría entre las calles Hospital con la Rambla a esa anarquista que la propaganda convirtió en icono. Un testigo de los convocados en los grandes juicios en el último minuto y que determinan la sentencia, que, en este caso, con un autor que trabajó tanto para publicaciones comunistas en Latinoamérica como semanarios católicos irlandeses, era moldeado a su antojo.

«Miliciana en una barriada de la calle Hospital» (julio de 1936)

No se acaba la magia por saber que, tras su ‘descubrimiento’ en 2018, La Caja Roja fue primero un libro (‘La capsa vermella’, editorial Comanegra). En el MNAC, que este 2021 ahondará en la Guerra Civil (con nuevas salas desde mayo y otras citas expositivas en junio como ¡Arte en peligro! Salvaguarda del patrimonio artístico catalán (1936-1939), o la instalación Vuelo interior, de Francesc Torres, uno de los primeros, por cierto, que ‘husmeó’ en los contenidos de la caja), se materializa en exposición, que contextualiza bien toda la trayectoria de su protagonista, atravesada, sin ningún género de dudas, por la contienda bélica.

Y Campañà es de esos autores cuya biografía, de no existir, habría que inventarla. Nacido en Arbucies (Gerona) en 1912, diez años después ya empuñaba una cámara, ayudando con los trabajos pesados en su estudio a Joaquín Garriga. Antes de la guerra, ganó numerosos concursos y se convirtió en uno de los máximos representantes de la segunda generación de pictorialistas (los que usaban la técnica del bromóleo), tal y como muestra la primera sección de esta cita, en la que sobresale una imagen mítica, colección del MNAC: Tracción de sangre, de 1933.

«Espantapájaros» (1934)

«Me considero obligado a producir fotografías con puntos de vista originales, y creo un deber mostrar al mundo la naturaleza, bien resuelta por la mano divina», afirmaba. Católico consumado, la que sí que era una santa era doña María Capella, su esposa, que aguantó que su viaje de novios acabara en Múnich para que Antoni acudiera a un curso del fotógrafo Willy Zielke. Ahora, sin ese curso, no habrían permeado en él las formas de la vanguardia, las corrientes estéticas de la Nueva Objetividad o el constructivismo ruso, con contrapicados y planos arriesgados que arrastraría incluso en sus modelos de los años de la contienda.

Para generar más tensión dramática, los comisarios (el mencionado Monné, Arnau González i Vilalta y Plàcid Garcia-Planas) acaban este capítulo en los meses anteriores a la Guerra, dejando claro dos cosas: la hiperactividad del fotógrafo (fotos deportivas, de viajes, de contenido político) y el carácter efímero de todo lo que nos rodea, por ancestral que parezca: última final de fútbol de la Copa de… la República; última Patum en Berga antes de que se prohibiera; última Semana Santa sevillana sin restricciones…

Sabemos que entramos en otra sección de la cita porque las paredes se tiñen de rojo y se tuercen, dos licencias del diseñador Jesús Galdón. Con una estampa de la virgen del Carmen en el bolsillo y una cámara Robot en la mano (de ahí los pequeños formatos y disparos ‘de camuflaje’), Campañà no renunciará a fotografiarlo todo, sin tomar partido y por mucho que ello duela (ese dolor quedará en parte encerrado en la caja).

Ya lo tomarían otros por él: Uno de los mejores aciertos del montaje es dedicar en los dos primeros apartados un pequeño anexo en torno a la ‘manipulación’ fotográfica. En el primero, el discurso irá sobre la necesidad de retocar las imágenes porque son las de un artista –«No sólo los pintores dicen mentiras», escribió Campañà, y el ‘cómo se hizo’ de Espantapájaros, uno de sus grandes hitos, ilustra a qué se refería–. El segundo deja claro que una imagen es realmente de quien compone su pie de foto: Así, la cita muestra cómo algunas fueron reescritas por el mítico fotomontador John Heartfield; cómo el cuartel del Bruc se convierte en Die Volks Illustrierte en parte del Frente de Madrid; o cómo una refugiada malagueña en Barcelona con su bebé, por arte infusa, acaba en el Guernica bombardeado. También la propaganda del régimen empleó fotos de la España anterior a la contienda para mostrar, pasada la misma, su cara más idílica. Asimismo, la apertura de La Caja Roja devuelve a Campañà fotos del Pabellón de la República atribuidas hasta ahora a otros.

Las hambrunas, los saqueos, las incautaciones, los bombardeos, los desfiles, la propaganda… La exposición vuelve a brillar cuando contrapone realidades paralelas de signo contrario (la salida de los anarquistas hacia el frente de Aragón en 1936 por la Diagonal, la misma vía por la que las tropas de Franco entraban en Barcelona en 1939). Nada se le escapó a Campañà. Mucho menos cuando se cerró una caja que estuvo guardada más de 70 años. Pero la vida continuó después, tercer ámbito de la cita. Es la del autor más comercial, el que documentó la construcción del Camp Nou como fotógrafo oficial o trabajó para SEAT.

Mural en el MNAC con las postales turísticas cuyas imágenes realizó Campañà

En esto último jugó un papel importantísimo su vinculación con Ortiz Echagüe, que llegó a ser su presidente, y razón por la cual ahora la recién inaugurada Casa SEAT, en Paseo de Gracia, le dedica otra muestra, Campañà. La estética de la modernidad mecánica, con algunas de sus instantáneas, unas 240, en las que el automóvil es el gran protagonista. ¿Se acuerdan de doña Carmen y su luna de miel en Múnich? Veinticinco años después se resarció con un viaje por Europa en un seiscientos que esta segunda cita recrea digitalmente.

Y por si creían que Campañà les era ajeno, sobre todo si peinan canas, han de saber que alguna postal turística de las que hayan enviado décadas atrás llevaba su sello. El suyo y el de Puig Farran, otro fotógrafo al que la dictadura negó la inscripción en el registro oficial de periodistas. Un mural con 1.001 de ellas cierra el recorrido, que puede completarse en una tercera sede: el Museo del Exilio, en La Junquera, donde desde hoy se ofrecen los reportajes con los que Campañà documentó la salida de los exiliados republicanos. La guerra es infinita. Bien lo supo este autor y mal lo guardó esa caja. Afortunadamente.

Espacio dedicado a Campañà en Casa Seat
Antoni Campañà. ‘La guerra infinita’. MNAC. Barcelona. Parque de Montjuïc, s/n. Hasta el 18 de julio. ‘La estética de la modernidad mecánica’. Casa SEAT. Barcelona. Paseo de Gracia, 109. Hasta el 15 de junio. Comisarios: T. Monné, A. González i Vilalta y P. Garcia-Planas

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 10 de abril de 2021. Nº 1.466

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