Aragon Park 2021

Aragon Park: (re)construir desde los escombros

Segunda edición –quizás la última– de la ‘bienal de arte autogestionada’ por artistas en un edificio abandonado de Madrid. El aumento de participantes y de de curiosos que se interesan por la iniciativa marca el éxito de la convocatoria de 2021

Intervención de Tamara Arroyo

Ayer acababa la segunda edición de Aragon Park, la denominada por sus responsables como «bienal de arte autogestionada por artistas», en un edificio abandonado y en ruinas a las afueras de Madrid, en el municipio de Coslada, en un polígono industrial de cuyo nombre (además de de sus escombros) se apropia la iniciativa.

Eso significa que, desde hoy, es muy probable que muchas de las piezas (algunas de inabarcable tamaño, como lo es el inmueble en el que se desarrolló la propuesta desde el pasado miércoles 21 de julio) propuestas por los creadores participantes, realizadas en gran medida con desechos encontrados en las inmediaciones (era una de las premisas de la convocatoria), formen ya parte de ese paisaje en ruinas, si no se han convertido en codiciadas presas de coleccionistas, que desde el día de la ‘inauguración’ se han paseado por sus instalaciones como el que va a la Bienal de Venecia, y a los que se ha podido ver llevarse ‘pedazos’ de los materiales empleados por los artistas, como si de pequeños trozos de reliquias, y no de despojos industriales, se tratase.

Rampa en Aragon Park de Ángela Jiménez Durán

Eso, e Instagram llenándose de fotos de galeristas apoyando a sus artistas o los de otros, en un contexto en principio poco propicio para la venta de arte, dan buena muestra de la expectación generada por esta segunda entrega de la propuesta. Eso, y el elevado número de integrantes en la misma: de los veinte del pasado año, cuando la idea surge, fruto del confinamiento, en las mentes de Marlon de Azambuja y Ángela Jiménez Durán, a los que les descubre este ‘fastuoso’ escenario Rafa Munárriz y en el que aportaba sus conocimientos urbanísticos Erick Harley (que vuelve a participar), a los cien de este año, fruto del boca oreja y de que los artistas implicados en 2020 hayan traido cada uno a unos cuantos invitados.

Pasado el efecto sorpresa de la primera edición, Aragon Park volvió a demostrar el buen músculo creativo de nuestros artistas en un sistema fuertemente golpeado por la pandemia y en el que las instituciones titubean intentando aportar soluciones. Aquí se construyó de nuevo desde la ruina, desde el desecho, y una vez más interpeló al espectador, obligado a preguntarse qué es el arte (muchas propuestas podían pasar totalmente desapercibidas, mezcladas en el entorno) o para quién se hace, en un contexto en el que se cruzan grafiteros, mendigos y otros ejemplares de la fauna nocturna.

Intervención de Carlos Maciá

Este año había hasta un grupo de geólogos haciendo prospecciones sobre la viabilidad del edificio, que, además de compartir sus materiales de estudio a algunos artistas para sus aportaciones, han dado la noticia a los organizadores de que, al menos en este escenario, es muy posible que la historia no se vuelva a repetir si, como anuncian, en diciembre comenzarán en el entorno trabajos de recuperación del inmueble.

No obstante, también esta entrega, pese a repetir consignas de la primera (y hasta soluciones constructivas similares), ha dado pie a situaciones particulares. Como que los mismos organizadores fueran incapaces de recordar el nombre de todos los participantes (resultado de esa invitación en cadena de la que hablábamos antes); o que pasaran por alto algunas obras –más por desconocimiento que por desidia– en las ‘visitas guiadas’ obligatorias a las que había de someterse todo visitante, sobre todo si no quería perderse o perder detalle de entre todo lo ofertado. Porque –y esa es otra de las grandezas de la edición– a pesar de quintuplicarse el número de proyectos, a pesar de seguir siendo ‘monumentales’ en muchos casos, no terminaban de ocupar ni de lejos los más de 20.000 metros cuadrados divididos en seis plantas que dejaron un agujero de 455 millones de euros a principios de los dosmiles.

Los había que descubrían estancias que aún no se habían ‘okupado’, como la ‘vivienda’ diseñada por Mira Bernabeu, o la rampa de 25 metros de longitud por la que Ángela Jiménez Durán volcó cantidades ingentes de arcilla para generarle una segunda capa craquelada. Otros, se elevaban sobre las ruinas de las ruinas de obras anteriores, como los lucernarios ahora cubiertos con gasas por Julia Llerena y bajo los que en 2020 descansaba una pieza de Azambuja, que se volvió a reservar los subterráneos del edificio, con dos propuestas: una con un tronco localizado en las inmediaciones y que invitaban a cierto ritual purificador al quemarlo y otro en un tragaluz al que ‘dotaba de vida’.

Automóvil intervenido por Ovidi Benet

Autores como Ovidi Benet daban nuevas lecturas a ‘materiales’ u ‘objetos’ ya utilizados el año anterior (en su caso, un vehículo abandonado). Sin duda, sobresalían propuestas que jugaban con el escenario o se mimetizaban con él, como Tamara Arroyo fijándose en los juegos geométricos del solar de entrada y reproduciéndolos en la estancia; o la línea recta trazada por Munárriz, de un lado al otro del edificio, atravesando todas sus paredes a la misma altura. Si el emblema de 2020 fue el pantone creado con cortinas en una de las plantas superiores por Clara Sánchez Sala (que ahora resaltaba con pan de oro las huellas dejadas en el cemento por antiguos obreros; material también utilizado por Virginia Frieyro para ‘pintar’ los desechos), en esta ocasión lo eran las banderas con las mantas térmicas utilizadas para cubrir cadáveres de Marco Godoy. Muy cerca, el gran cigarrillo de Yann Leto para, en su opinión, este gran cenicero…

Fotografía de Isabel Merchante

Imposible describir todo lo visto, donde, sin embargo, si hubo oportunidad de fijar la atención en nuevos nombres (los de Isabel MerchanteCarlos Mensil o Juan Chiaval desde la fotografía, la escultura y el grafiti, respectivamente, por poner tres ejemplos), y donde lo ‘visible’ o ‘monumental’ no siempre era lo más interesante. De este modo, con linterna había que descubrir las pinturas en el techo de Theo Firmo, a modo de antiguas intervenciones rupestres. Y con cuidado (a veces de no tropezar con ellas) se debía localizar las argollas de anclaje del suelo y que duplicaba con su aportación Jimena Kato. Almudena Lobera aportaba la ‘piscina al edificio. Elsa Paricio y Florencia Rojas lo superaba centrando nuestra atención en la rotonda circundante (y leyendo en clave de resto arqueológico sus elementos constituyentes). Carlos Maciá pintaba de nuevo de blanco toda una habitación desafiando a los grafiteros. Uno de ellos, Señor Pantone, habitual de Aragon Park para desarrollar su labor, se convertía ahora en artista. La nota de humor, el conejo de Santiago Ydáñez en el hueco de una escalera, pegado con un pegamento de fuerte acción que hace imposible arrancar la obra sin destrozarla. Un aviso a esos traviesos coleccionistas…

Las banderas de Marco Godoy junto al «cigarro» de Yann Leto

Linarejos Moreno, Antonio Fernández AlviraIsidro BlascoValeria Maculan, Casa Antillón (proponiendo sus propias tumbas), Keke Vilabelda (construyendo con latas), Paula Anta, y otros muchos, entre los convocados, a los que, como en la conquista del oeste, solo se les pedía ocupar un espacio todavía no asignado y construir con lo circundante, esto es, sin grandes dispendios. Los hay que llegaron tarde, com Pedro Torres y Cristina Mejías. Los que nunca llegaron (como Juan López). Los que introdujeron lo digital en este entorno (como Miguel Ángel Tornero, acompañado de Juan de Andrés Arias, o Enrique Radigales). A los que les pilló el toro con la proximidad de ARCO, o los que propusieron partidos de fútbol (Dandara Catete) o jardines imaginarios.

No sabemos qué vendrá después de esto, como tampoco sabemos qué quedará de todo ello. Pasados los días en los que la iniciativa ha sido gestionada por sus artífices, la visita a sus restos corren a cuenta del visitante. Ellos son conscientes de que con el resurgir de Aragon Park edificio sucumbe Aragon Park proyecto de arte efímero. Pero su espíritu seguirá vivo: en los miles de impactos en redes sociales; en el buen sabor de boca dejado en participantes y visitantes; en las estructuras de otro edificio abandonado de Madrid que aún no sabe que, en un futuro no muy lejano, su precariedad será subrayada gracias al arte. Solo hay que desearlo.

Lucernarios ocupados por Julia Llerena

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 27 de julio de 2021

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