Aragon Park. Madrid. Verano 2020

Aragon Park: Una veintena de artistas insuflan nueva vida a un edificio abandonado en Madrid

Creadores como Marlon de Azambuja, Cristina Mejías, Miguel Á. Tornero o Almudena Lobera «okupan» un inmueble en ruinas en las afueras de la capital usando sus materiales para sus propuestas y midiéndose con su monumental escala

Escultura de Rafa Munárriz en el hueco del ascensor

El confinamiento (ese al que parecemos de nuevo abocados como no lo remediemos) dio pie a que los artistas contaran con mucho tiempo libre para darle vueltas al coco y buscar nuevas formas de producción y exhibición de su trabajo, no solo virtuales, también físicas. Entre ellas, la posibilidad de conquistar amplios espacios públicos en los que la superficie a su disposición y la capacidad de experimentación fueran las guías de su labor.

Estas premisas son las bases de Aragon Park, la «ocupación» desde el arte por parte de una veintena de conocidos artistas de un edificio abandonado –el que da nombre al proyecto– en un polígono industrial a las afueras de Madrid: «Acciones como estas son muy habituales en contextos como el parisino –explica Marlon de Azambuja, uno de sus promotores–. De él viene y allí los conoció bien Ángela Jiménez Durán, mi pareja, con la que, durante el encierro por el coronavirus nos planteamos la posibilidad de hacer algo similar aquí». Sus compañeros Rafa Munárriz –que les «descubrió» el inmueble en el que desarrolla ahora su propuesta– y Erick Harley –que aporta sus conocimientos sobre urbanismo– completan el organigrama base de esta propuesta orgánica por naturaleza.

«En el fondo, Aragon Park es un proyecto experimental que hace que nos replanteemos muchas cuestiones –explican sus responsables–. Las más importantes son cómo reacciona un artista ante un contexto precario como este, pero de una envergadura enorme, y cómo es capaz de servirse de los recursos cercanos. También cómo se funciona sin consignas o ideas curatoriales de por medio», recalcan.

El «fotografiable» proyecto de Miguel ángel Tornero, vinculado a la imagen

Porque Aragon Park no cuenta con comisarios. Los artistas convocados han llegado aquí por invitaciones naturales que los organizadores hicieron a algunos compañeros, que a su vez ilusionaron con el proyecto a otros. Tampoco cuenta con presupuesto(«hemos realizado una pequeña bolsa de gastos, pero todos los materiales se obtienen del propio edificio o de lo que los artistas tenían por el estudio»). Y es una propuesta «sucia y experimental» (así la definen) que obliga a entender las escalas desde otras perspectivas: «No existe ninguna institución en el circuito madrileño coninstalaciones tan vastas como con las que hemos contado aquí», sentencia De Azambuja.

Por otro lado, y quizás lo más importante, de forma indirecta, sus propuestas, casi todas monumentales, pese a la pobreza de sus materiales, nos remiten a los eternos debates sobre qué es arte (es fácil confundir algunas acumulaciones con alguna pieza), quién lo crea (ese mismo edificio fue antes ocupado por grafiteros, que ya dejaron su impronta, y, nos confiesan, visitantes anónimos se están animando a realizar sus propias composiciones, que dialogan tímidamente con las de los artistas «reconocidos»); y para quién se hace: «No es fácil llegar hasta aquí. Tampoco el edificio ofrece unas condiciones de visita estándar. A ello se une que las condiciones climáticas, el excesivo viento, derriba muchas de las obras o las trastoca con rapidez. Pero todo eso es interesante».

«Idle Screen», intervención de Almudena Lobera

Aragon Park fue un edificio de seis plantas (dos subterráneas) que se planteó a principios de los dosmiles en el polígono industrial de Coslada, a las afueras de Madrid, como un complejo de oficinas de lujo que nunca llegó a ver la luz. «Eso sí, dejó una bonita deuda de 455 millones», recuerda Erick Harley. Su propuesta para la iniciativa nos lleva hasta la segunda planta, donde ironiza sobre la historia del inmueble y el pelotazo inmobiliario en el que se vio inmerso. Así, El ladrillo nunca baja es una invitación a lanzar tochones desde el piso superior, que serán contenidos por una red de seguridad de obra: «Obviamente, la física y la ley de la gravedad nos constatan que sí que baja, por mucho que muchos hayan especulado económicamente con otras posibilidades», bromea.

No es la única intervención que tiene en cuenta la Historia del edificio. El propio Marlon, en la primera planta, genera una especie de «arqueología del lugar», con objetos allí encontrados y que «musealiza» al colocarlos sobre peanas construidas con losetas de otras plantas. Los vinilos rojos –que el viento ya se ha encargado de destruir, lo que no deja de tener su punto– insuflan al conjunto una tonalidad rojiza a modo de enviroment, muy similar al «pantone» que ha creado en la última planta Clara Sánchez Salas al adornar con cortinas las ventanas de esa planta, que se erigen como estandartes de las mismas.

Una de las montañas de materiales de aspecto orgánico de Ángela Jiménez Durán

La selección de artistas incluye a creadores más consolidados (es el caso de Tamara Arroyo, que extrapola su estudio de la ciudad y su actual interés por la cerámica al edificio,o Miguel Ángel Tornero, que crea una especie de trampantojo visual «photoshopeado». También el propio Munárriz, que ocupa con una escultura realizada con vallas de seguridad el hueco del montacargas (la cual queda a merced del viento) con jóvenes promesas: «Cuando nos referimos a que este es un proyecto de experimentación, también aludimos a que lo es de descubrimientos».

Así, hay creadoras, como Valeria Maculan, a la que conocemos como gestora –ella es la responsable del espacio de Doctor Fourquet Alimentación 30– pero de la que hemos tenido poca oportunidad de ver su obra. Aquí se despliega en forma de cariátides-banderolas, en uno de los huecos de otra escalera, y de instalación, con objetos encontrados, dispuestos a modo de racionales tótems en medio del caos. O Mar Reykjavik, la única de todos los creadores convocados que introduce la performance (y el vídeo) en la propuesta. El sonido, por su parte, es el material empleado por Carmo Azeredo y Andréa Covas (la nota internacional), el que mejor llena estos espacios inabarcables.

Detalle de la intervención «naturalista» de Elsa Aparicio

«Asumimos el robo de las obras o su deterioro como parte del proceso», señalan los organizadores, que también deslizan una pequeña crítica al sector artístico tras la primera ola de la pandemia: «Se está arriesgando poco. Por ejemplo, las galerías, que están tendiendo a colectivas de verano». Hablando de ellas, quizás la propuesta más propia de estos espacios en una mirada rápida sea la de Keke Vilabelda, que interviene las paredes para llegar a sus placas originales, sobre las que sitúa obras, frottages de diferentes superficies del inmueble.

Los más de 20.000 metros cuadrados del edificio se pueblan de seres que lo protegen (como el monstruo de Esther Merinero); o las «secuelas» de vida geológica («cierta presencia vigilante no humana») de Jiménez Durán. También las culebras que se esparcen por toda la planta -1, generando un sugestivo dibujo, de Elsa Aparicio; una autora que se pregunta más por el «cuándo era» este lugar que por el «qué era», y que aprovecha una «entrada» de la Naturaleza en este entorno artificial para reflexionar sobre nuestra condición real o irreal.

Una de las piezas con cera de Marlon de Azambuja en el sótano del edificio

Paisajísticas las aproximaciones de Yosi Negrin o Almudena Lobera, que se sirve de los cercos de las ventanas (una unidad básica de su trabajo) para generar un espacio de oficinas en una oficina que nunca llegó a existir («y que ahora, con la pandemia y el teletrabajo, asume incluso otras lecturas», apunta). Lo cierto es que, buena parte de los elementos arquitectónicos del edificio invitan a ser intervendos:Jimena Kato o Dandara Catete se fijan en las escaleras, y dialogan entre ellas y con ellas con sus estructuras geométricas. Cristina Mejías coloca un móvil de grandes dimensiones en un área ciega; Kato Daisuke aprovecha una bajada en el parking para crear una nueva «cueva de Altamira» con pinturas luminiscentes que asaltan al espectador al acercarles una fuente de luz… En el otro extremo, Christian Lagata juega a confundirse con el entorno, con pequeñas intervenciones que no saltan al ojo.

Y en el subsuelo, la planta más bajo tierra, otras dos intervenciones de Marlon de Azambuja. Una de ellas recupera una obra de sus comienzos en Brasil (de los años, precisamente, en los que Aragon Park colapsa), cuando cambiaba pequeñas obras por velas con las que conformar una gran intervención en el suelo (un enorme dibujo multicolor resultado de verter su cera derretida en el rectángulo de luz que marca un lucernario). La otra asemeja un altar sobre un túmulo de restos que ya alguien depositó allí: «Con mis propuestas reflexiono de alguna manera sobre el momento que nos está tocando vivir, en el queson necesarias nuevas formas de relación para poder producir, pero también en el que son importantes los gestos, y los gestos hacia uno mismo. Me gusta pensar que esta podría ser mi última exposición. Para ella trabajaría siempre sin pensar en el galerista o el crítico, lo haría para mí mismo. El arte volvería a ser una experiencia con mi propio cuerpo», asume su autor.

Intervención en los ventanales de Clara Sánchez Sala

El proyecto se da por inaugurado hoy, y a lo largo de esta semana, sus artífices pulularán por sus estancias para presentárselo a quien quiera visitarlo. Es preferible hacerlo por la mañana: la luz es mejor. Pasado ese tiempo, nadie puede prever lo que puede pasar, lo que ocurrirá con esas obras, que nacieron en ese contexto y posiblemente morirán en ese contexto, el de un edificio que ya se sabe que, adquirido por un holding empresarial, será derribado en un año para convertirse en hotel de lujo. «Es una de las evidencias de la lógica absurda del arte frente al científico, un profesional que trabaja en pos de unos objetivos y con unas lógicas. No ocurre así con el artista, que no puede dejar de crear aunque las circunstancias no le acompañen», concluyen sus responsables. Aragon Park resucita gracias al arte. Lo «ilógico» le otorga una segunda oportunidad. Tan efímera como sus intervenciones.

La instalación sonora de Carmo Azeredo y Andréa Covas nace de un coche abandonado
Aragon Park. Varios artistas. Camino de las Rejas, 90. Madrid. Responsables: Ángela Jiménez Durán, Marlon de Azambuja, Rafael Munárriz y Erick Harley. Hasta finales de julio

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 20 de julio de 2020

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *