«Bajo la superficie» (Condeduque)

Miedos y sombras a ras de piel

Condeduque –ahora bajo esta nomenclatura– le da otra oportunidad al arte actual en Madrid. La nueva etapa se abre con «Bajo la superficie»: nuestros miedos al descubierto

Obra de Mateo Maté en «Bajo la superficie»

En momentos inciertos como estos en los que los grandes relatos hacen aguas, en los que parece que las grandes verdades tienen fecha de caducidad, necesitamos que nos cuenten historias. Cercanas, de proximidad. Asideros más o menos fiables con los que identificarnos. Es lo que hace Conde Duque (ahora Centro de Cultura Contemporánea) con la muestra Bajo la superficie.

Tutelada por Javier Martín-Jiménez como comisario, a él le ha correspondido la misión (titánica, podríamos decir) de reactivar para el arte actual este mastodóntico espacio en pleno centro de la capital; un monstruo de mil cabezas que no siempre se ha llevado bien con la plástica contemporánea. De hecho, el reto del ex asesor en estas lindes de la Comunidad de Madrid no es recuperar el arte para todo Conde Duque (con salas dependientes del Ayuntamiento, áreas independientes con su propia dirección como el Museo de Arte Contemporáneo, y otras tuteladas por Madrid Destino, en una división que el ciudadano de a pie no puede ni tiene por qué entender), sino un entorno en particular, la denominada Sala de Bóvedas, con una idiosincrasia y una arquitectura determinante en el conjunto del complejo.

Detalle de «Herr Mauroner», de Bernardí Roig, tras el hueco de la escalera de la Sala de Bóvedas – Guillermo Gumiel/Condeduque

La respuesta de su nuevo responsable será desde esta semana un conjunto de exposiciones colectivas, teniendo siempre muy en cuenta la piel de este espacio en absoluto neutro (una sucesión endiablada de salas de ladrillo, cada una con su decoración, en un entorno protegido que no se puede intervenir y donde todo el presupuesto se puede ir en panelajes), que traten temas transversales dictados por la programación del propio Condeduque. Y quizás lo más importante: que reconcilie con el lugar a madrileños, y a la vez, a su tejido artístico. Hasta diecisiete creadores vinculados a la ciudad son los convocados a esta experiencia de «redescubrimiento» de Condeduque.

De ahí la importancia de las lecturas subyacentes (nunca mejor dicho para la cita que nos atañe) de Bajo la superficie, una muestra que, en cierta medida, hace las presentaciones de la sala que la alberga con el público. La tesis de la exposición es atender a lo que la razón ni atiende ni explica: lo oculto, lo invisible, lo inasible e inexplicable, que es, a la vez, metáfora del contenedor en el que se despliega, una sala bajo tierra, poco conocida, pero que sustenta todo el edificio y necesaria para que este se eleve sobre ella. Las antiguas caballerizas de las Compañías Reales de las Guardias de Corps que en siglo XVIII ocupaban ese cuartel.

De esta manera, el escenario en el que se despliega la propuesta se utiliza simbólicamente como caja de resonancia de sentimientos y emociones que diariamente silenciamos u ocultamos. La muestra, pensada antes de la crisis sanitaria, sí que adquiere nuevas lecturas en un momento en el que a todos nos toca preguntarnos qué mundo es el que heredamos y qué sociedad la que queremos dejar en herencia.

«Esto es un agujero», de Paula Rubio Indfante – Guillermo Gumiel / Condeduque

Uno de sus momentos más memorables es el de la entrada en la misma. Para ello, es preciso bajar por unas largas escaleras resultado de la reforma del edificio en 2011, que nos meten literalmente en las tripas del inmueble. Mientras lo hacemos, frente a ellas, el espectador se enfrenta al monumental vídeo de Zoé T. Vizcaino, cuyas aguas violentas y revueltas son las de un maelstrom, lo que en la jerga náutica se conoce como un poderoso remolino provocado por diferentes corrientes marinas cuya energía lo convierten en un vórtice que genera una fuerza centrípeta que arrastra hacia su interior y, por ello, temido por los marineros. En el cuento A descend into the maelstrom (1841), de Edgar Allan Poe, evocado por el comisario, su protagonista consigue escapar de uno. ¿Lo conseguirá el visitante de esta exposición?

En principio, y antes de entrar en la sala, tras el hueco de la escalera, un sísifo escultórico de Bernardí Roig (Herr Mauroner, 2008), nos recuerda ese peso que todos llevamos dentro y que nos empeñamos en transportar a diario. Su luz, por tanto, es más cegadora que esperanzadora. ¿Entramos ya con la misma actitud en la propuesta?

La cita genera diálogos por salas entre las obras de los artistas, un nutrido grupo de generaciones diferentes que, en algunos casos, también son «rescatados» para el espectador, o a cuyas propuestas se les da una segunda oportunidad. Así ocurre con Esther Partegàs, de la que su esquelético árbol Eclipse (2007), que tiempo ha vimos en el Espacio Uno del Museo Reina Sofía, es un emblema del carácter invasor del ser humano en la Naturaleza, como también lo son, al final del recorrido los cubos de Elena Abajo, metáfora del plástico que legamos al futuro y que rompen «dinámicas» ( y formas) perfectas. En el contexto de la catalana, Asunción Molinos Gordo hace alusión a las fuerzas atávicas de la religión (asidero para muchos cuando cunde el miedo), con un «talismán» propio de las mezquitas, bien visible en su exterior, aquí bajo tierra. También Julia Varela, la más joven, que junta materiales cotidianos (cinturones y espejos), en principio inocuos, de tal forma que el resultado genera violencia.

Piezas en sala de Elena Bajo (al fondo) y Patricia Dauder (primer plano) – Guillermo Gumiel / Condeduque

Una táctica repetida más adelante por Paula Rubio Infante, que, reproduciendo 3.000 veces uno de los «pinchos» requisados en el penal de Carabanchel, eleva una estructura bella y aterradora, que es también muralla. Como la pared de la iglesia de San Felipe Neri de Barcelona, que ahora, tras un vaciado llevado a cabo por Marco Godoy, muestra las huellas de metralla de una bomba de la Guerra Civil. Esas cosas también quedan bajo la superficie. Es el recuerdo de De lo que no hemos hablado aún (su título), que, situado estratégicamente en Condeduque, dialoga desde el interior con un edificio en el exterior, en la calle Travesía Conde Duque, que sufrió el mismo agravio bélico. La guerra no entiende, pues, ni de tiempos, ni de contextos.

Aún quedará un último guiño claro a la arquitectura del lugar, y la única crítica al mundo del arte de la muestra: el del muro falso en el que se apoya Transparencia, de Karmelo Bermejo, la «traducción» de la colección personal del ex director del MARCO a copias en plomo, lo que anula el valor de su contenido. Cuesta de todos modos entender por qué se ha seleccionado este proyecto, enfrentado a la única obra producida para la ocasión, la de Carlos Rodríguez-Méndez, resultado de una performance en la que el artista reproduce en dibujo la espalda, esto es, lo que soporta el peso y hasta la experiencia, de cuatro adultos de más de 80 años. Gran acierto a la hora de montar las piezasen sala, también apoyadas, en una cita que, para no dañar el edificio es eminentemente escultórica.

Detalle de la propuesta de Julia Varela – Guillermo Gumiel / Condeduque

A este laberinto al que dan pie las salas no le falta su minotauro. Es el Hipocéfalo que propone Mateo Maté. Y dos momentos álgidos llegan con los vídeos incluidos en la selección, de signo opuesto: Hacia lo salvaje, de Cristina Lucas, que parece un castigo impuesto por la civilización, es una liberación en el exilio y el encuentro con los disidentes en la Naturaleza. Por su parte, Cataratas, de Carlos Aires, intenta nombrar lo que sus narradores, ciegos, no ven (qué es la muerte, qué es la sangre) y emborrona sus violentas imágenes, lo que no se quiere ver. Un ejercicio de traducción que también, en otro sentido, proponen Carlos Irijalba, Sara Ramo, Teresa Solar o Patricia Dauder. Cada uno a su manera lanzan propuestas sobre lo que está dentro y lo que queda fuera, sobre lo perfecto y lo imperfecto, sobre lo perecedero y lo imperecedero. Segundas pieles.

Salimos de la muestra y reparamos de nuevo en el remolino de Vizcaíno y el sísifo de Roig. Y recordamos cómo, del Hades, los dioses a veces dejaban escapar tan sólo a algunos elegidos para cumplir fuera una misión. Si nos ha calado el mensaje de Bajo la superficie, entonces, nos sentiremos uno de esos afortunados.

Obras de Asunción Molinos y Ester Partegàs
«Bajo la superficie (miedos, monstruos, sombras)». Colectiva. Centro de Cultura Contemporánea Condeduque. Madrid. C/ Conde Duque, 11. Comisario: Javier Martín-Jiménez. Hasta el 11 de abril de 2021

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 12 de diciembre de 2020 Nº 1.449

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