Carlos Pazos. «Déjà vu?». Galería ADN. Barcelona

 «Diría que soy un bon vivant sin demasiada ilusión por vivir» 

Este 2020 se cumplen 50 años en activo de Carlos Pazos, uno de los creadores más polifacéticos y escurridizos del panorama español. Premio Nacional en 2004, al catalán le coincide con una muestra en la galería ADN y un nuevo volumen de sus memorias

Pazos, en ADN, días antes de comenzar el confinamiento (Foto:Joan Vall)

Carlos Pazos (Barcelona, 1949) siempre ha sido un creador a contracorriente. Por eso, el que ahora la exposición en la galería ADN de Barcelona que coincidiría con su 50 aniversario como artista –y que iba a servir como telón de presentación de su tercer libro, Filigranas y maporros– no la pueda o no la vaya a ver casi nadie (debido al coronavirus) le hace hasta gracia: «En estos momentos, no estoy especialmente eufórico. Estoy descansando obligatoriamente estos días, lo que no está mal, durmiendo mucho. Montar la muestra fue un gran esfuerzo».

El autor que «quiso hacer de él una estrella» (una de sus series más celebradas), el bon vivant de naturaleza melancólica, con vocación de músico y escritor, que terminó haciendo arte; el Premio Nacional de Artes Plásticas 2004; el autor con antológicas en el Museo Reina Sofía y en el MACBA, que abrió su propia fundación a cuatro kilómetros de Granollers, es uno y múltiple. Nadie puede acorralar al auténtico Pazos. Ni siquiera cuando habla, algo que hace sin máscaras.  

 Cincuenta años de profesión. ¿Pensaba que acabaría donde estamos, confinados?

En absoluto. Pero yo nunca pienso demasiado en el futuro, siempre estoy más metido en el pasado, que es un buen refugio. Y sigo sin pensar gran cosa de la situación que estamos viviendo. La sufrimos sin más. Creo que es una película, yo que soy muy aficionado al género de terror y al fantástico, una película muy aburrida. Triste y aburrida. Se ha trabajado muy poco en el guion. Aquí hay una especie de monstruo que se nos come, por el que todos nos tenemos que meter en casa, pero los políticos, no solo los nuestros, muestran una gran falta de imaginación. Los ciudadanos estamos dando muchas más muestras de serenidad e imaginación que ellos. Pero es que los políticos están tan habituados a mentir, que ahora, hacerlo, sería de una desfachatez exagerada. Están tristes, no por lo que sucede, sino porque no pueden mentir más. Estamos viendo que estamos en manos de unos inoperantes. 

«Haute Couture»

Pero usted ha sido siempre un gran escapista. ¿Nos tiene algo preparado

No, no, no… Una cosa te diré: mi vida cotidiana no ha cambiado demasiado. Yo paso muchas horas en casa, acompañado de mis trastos, de mi música y mis lecturas. Salgo poco, me lo dicen mucho. Pero yo es que estoy muy bien en mi casa, en todas ellas, y no quiero presumir: paso parte del año en París, aquí en Barcelona, en Galicia. Y todas están bien equipadas para que nunca me aburra. 

Lo cierto es que usted es tendente a la depresión. Estos momentos no invitan a elevar el ánimo.

Para nada. De hecho, creo que mi mujer está sorprendida de lo bien que lo estoy llevando. Uno de los principales síntomas de una depresión o de una exageranción de melancolía, que es mi caso, son las horas de sueño. Yo paso muchas ahora durmiendo, lo que arregla algo. Lo que ocurre es que los despertares son terribles. Y más silenciosos. El silencio ahora es muy sobrecogedor. De las pocas veces que he salido a la calle en esta película, que es mala…

De serie B.

¡Y de serie Z!  ¡Y mira que a mí también me gusta esto mucho! Su silencio es tan sobrecogedor como emocionante. A mí me gusta ver las cosas a cierta distancia, como espectador. Si no, me afectan excesivamente, pero esto quizás es demasiado. Tiene momentos curiosos, golpes de efecto en el mal guion, como convertir un palacio de hielo en una morgue.  

Mencionó la melancolía. Usted siempre ha dicho practicar cierta «melancolía activa». ¿Esa actitud es un motor creativo?

¡Claro! Lo que ocurre es que no sé que decir, porque para mí es un estado anímico frecuente. No hace ninguna ilusión ver todo lo que está ocurriendo, es triste, pero no me afecta de forma creativa. Pero yo ahora estoy poco activo. Después del vaciado que supone una exposición individual como esta, en el nuevo espacio además de ADN, cuyas dimensiones son ya de pequeño museo. Y no la he pensado para conmemorar nada. Ni 70 años de edad, ni 50 de trabajo, pero sí como repaso de una mirada atrás a mi trayectoria vital. Pero no me gusta hablar de carreras… En cualquier caso, yo no paro nunca. Ahora estoy ordenando textos, preparando un nuevo libro… Cada vez escribo más. No es que lo haga bien, pero creo que la plástica se me ha quedado un poquito corta.

Aunque apunta que la de ADN no es una muestra retrospectiva, ¿qué es lo que ve cuando usted mira a ese pasado en el que dice que se refugia?

Que ha pasado mucho tiempo. Cuando la gente dice cosas del tipo «parece que fue ayer», yo no les entiendo. Como trabajo 25 horas al día, se me hace incomprensible, porque son una gran cantidad las cosas vividas. Casi todo, mal hecho. No me arrepiento de nada, pero casi todo lo encuentro fatal. Todo lo que he hecho, mirándome a mí mismo, me parece un horror. 

«Fui un adolescente empeñado en ser Peter Pan disfrazado de Elvis Presley». ¿A qué hombre adulto le llevó todo eso?

A un auténtico desastre. Un adulto muy desesperanzado. Yo diría que soy un bon vivant sin demasiada ilusión por vivir… 

En alguna ocasión ha declarado que, por lo menos, no tiene la sensación de haberse dedicado a algo que respondiera a la concepción de trabajo. ¿Significa eso que no cree que el arte sea útil?

El arte no debe ser útil. Así debe ser, porque además es que es sumarlo a la idea actual de que todo ha de serlo. Y a mí es una consigna que me ha servido para criticar cierto arte político, ahora con tanta afición. La mayor consecuencia en la actividad de un ser humano preocupado por algo tiene que ser la inactividad, la ineficacia y la inoperancia. Yo soy más partidario de la antirrealidad. Creo que desde hace algunos años nos fuerzan a ser partícipes de la actividad política. Hay una gran crisis de antirrealidad. Yo me considero más un enterainment, que, en el fondo, es un inútil que ofrece sus chistes y gracietas para distraer de la funcionalidad a la que se nos obliga.

Par usted, que lo llamen ridículo es un halago: es una manera de atacar a los biempensantes.

Absolutamente. Neceseitamos adoptar actitudes ridículas. Y cada vez más. Quizás así, los que nos mandan se sienten reflejados en nosotros y reflexionan.

Si no me falla el dato, estudió arquitectura.

Lo empecé, pero no lo acabé. En esos momentos, la disciplina era muy académica, casi funcionarial, muy montada para mantener a cierta casta: una carrera, al menos aquí en Barcelona, para «familiares de arquitectos». Te hablo de finales de los sesenta. Yo la comencé en una escuela privada, de cuya tercera promoción formé parte, que era más una escuela de jardín, de librepensadores, donde estaban todos los profesores que no podían acudir a la universidad porque estaban expedientados, de Eugenio Trias a Román Gruber, Bohigas, Ràfols-Casamada… Ellos fueron mis maestros y, con los que viven, aún tengo contacto. Me acogieron enseguida y me ayudaron mucho.

Le preguntaba por esto porque mi concepto de  arquitectura es casi lo contrario de aquello a lo que terminó dedicándose. ¿Cómo acabó en el arte?

No lo sé. Precisamente porque no sabía y no quería hacer nada. Una de las preguntas que me hago en la exposición es «Y yo, ¿qué coño pinto?», y no solo de una manera literal. Me dediqué a esto porque pensé que podía contar cosas. Me interesaba comunicarme con el mundo de una forma diferente. Y no sé si me han escuchado. Por no ser útil, creo que no tengo ni estilo ni estética. Bueno, estética sí. Pero en esta exposición de Barcelona sí que me he esforzado en que cada obra parezca de su padre y de su madre, que no se vea que el responsable soy yo. 

¿Cree de verdad que no le han escuchado?

Tengo un club de fans, volviendo al símil rockero. Hace poco lo comentaba con [Montserrat] Cuchillo [su mujer]. Algunos son amigos y me recuerdan frases que dije en un momento dado y que hasta me las sitúan en contextos, libros, ensayos… Pero estos son muy pocos, son pocos los que me han escuchado. Casi creo que las gracias se las tengo que dar a los medios, que siempre me han atendido. Quizás por ese punto de payaso serio que represento. Esto está bien porque hago poca vida social. Y no me siento mal o defraudado por ello.  

Atendiendo a su forma de trabajar, basada en el collage, ¿Ha «creado» alguna vez algo?

[Ríe]. No, Yo no he creado nunca nada. Yo corto y pego. Ahora, incluso, me he dedicado a ver unos programas en televisión sobre casas de empeños y buscadores de tesoros que me representan totalmente. Yo me tuve que convertir en buscatesoros para construir mis cosas. Lo que ocurre es que lo que yo pretendo es contar una historia con ellas. Así, esa especie de vocación literaria que nunca he conseguido consumar por falta de talento se ha desarrollado desde el objeto. Y acompañando esas obras, enfrentándolas, he construido un pequeño discurso.  

Ha sido siempre un gran recolector de objetos. A las personas, ¿también les da segundas oportunidades?

No. Soy categórico en esta respuesta… Estoy pensando si alguna vez lo he hecho, pero sería la excepción. Soy muy exigente, lo que no justifica nada. Pero si soy muy autocrítico conmigo, he de serlo con los demás. Trato al mundo con la misma vara rasa.

¿Ni siquiera a usted mismo se ha dado una segunda oportunidad?

¿A mí? ¡Cada día! Repasando mi biografia, ¡me pego unos sofocos! ¡Me castigaría de tal manera! 

Una de las cuestiones interesantes de la expo de Barcelona es que incluye «obras que pudieron ser». ¿Por qué no fueron?

Por varias razones. La básica, porque no podía producirlas en su momento, pero también porque incluso a mí mismo entonces me parecieron ridículas. Si algo he conseguido con el tiempo ha sido contar una serie de cosas muy mías. Siempre hablo de mí. Para ello, me he aprovechado de los significados que emanan de los objetos. Y ahora puedo permitirme el lujo de hacer aquellas cosas que en su día habrían sido mal entendidas, que se habrían visto como copias de actitudes o de obras de otros artistas. En Barcelona se pueden observar referencias a Bruce Nauman, William Klein o Manzonni, sin ser homenajes. De algunas guardaba los apuntes en libretas. Yo ejecuto poco. De hecho, creo que con el tiempo he tendido a «pegar» menos las cosas, ya casi las «deposito».   

¿Cree, pues, que su intervención en el trabajo cada vez es más mínima?

Sí. Yo creo que ya solo deposito objetos como el que junta palabras para construir poesía. Mi narrativa tiene que ver mucho más con la poesía que con el arte.  

Volviendo a lo de antes, ¿se impuso cierta autocensura?

No lo tomes así. Quizás es que tenía otras cosas que hacer… De hecho, yo he encontrado siempre materia prima en los fracasos, en lo que no fue. Con la retranca del mundo actual, lo que no fue se entiende mucho mejor. 

Para un artista que ha tirado de «autoficción» en su trabajo, ¿qué hay de verdad y que hay de mentira en Carlos Pazos?

¡Eso ya me gustaría saberlo a mí! Y si me pudiera responder, posiblemente saldría huyendo. 

Al menos puedo confiar en que todo lo que me cuenta es verdad.

Por descontado. Lo que no sabemos es qué Carlos Pazos habla. 

Ahora a cualquier cosa la denominamos «cultura pop». ¿Qué cultura pop es la que le ha interesado a usted a lo largo de su carrera?

Creo que compré mi primer disco de Elvis a los doce años, que, para mi época, era muy precoz. De la cultura pop, lo que me ha fascinado siempre ha sido la música. Y luego, avanzando un poco más, entender que todo encierra una belleza incomprendida.  

Solo se muestra orgulloso de haber hecho dos cosas en la vida: no haber votado y no haber tenido hijos. ¿Lo mantiene?

Lo mantengo y lo sostendré hasta el final.

Como decían en el colegio: «Razone su respuesta». 

Yo no soy un amante de la vida, aunque me he divertido mucho y trato de pasarlo lo mejor posible, pero el mundo me parece el peor lugar para desarrollarse. Por ello es consecuente no votar a los que te hacen que la vida sea imposible. Y por lo mismo, si detesto el mundo, ¿cómo voy a quererlo para mis descendientes? ¡Vaya regalito! 

¿Y no cree que ha hecho política con su trabajo?

Es posible. Pero yo no hablaría tanto de política como de haber mantenido una actitud. Eso es fundamental. Si eso es hacer política, pues sí. Pero yo prefiero hacer show…

Que es otra manera de hacer política: los populismos nos lo demuestran a diario. 

A mí los políticos populistas me divierten mucho. Me estoy acordando del italiano, de Berlusconi. Es fascinante. Lo que no quita para que vea como un desastre las barbaridades que pueden llegar a hacer. Pero intentando ver lo suyo como una película, lo que es imposible, porque siempre salpican, son grandes guionistas.

Por cierto, ¿qué es «Filigranas y mamporros»?

Es mi tercer libro. El primero fue Garabatos y zarpazos, que se publicó porque Martí Peral, quizás en 2000, estaba montando un artículo para Papers d’Art, y me pidió una especie de colaboración. Yo, ante la insistencia, le pasé algunos de los textitos de mis cuadernos, que publicó, lo que dio pie a que luego me solicitara más. Fue mi mujer la que, revolviendo en mis libretas, sacó otro montón de cosas que a Martí le parecieron bien y que terminó publicando la Universidad de Barcelona. Curiosamente, se vendieron 500 ejemplares. Se hizo una segunda tirada de otros 500 a los que les incluí cien páginas más. Desde ahí me tomé en serio mi actividad relacionada con la escritura, más digirida a un posible lector. Con el mismo procedimiento, al cabo de unos años se publicó Pimpollos y papanatas, que es el segundo. Este fue fatal de ventas. Pero yo soy tenaz, y he llegado al tercero, mis recuerdos hasta 2016, que no es un diario, sino aforismos, pensamientos, paisajes mentales. No sé si es mejor libro, pero yo creo que cada vez afino más la pluma. Aunque ahora estoy releyendo a Proust y, claro, me avergüenzo, me sonrojo… Pero ahí queda.   

Como la ha mencionado varias veces, le pregunto por ella: ¿Qué parte de Carlos Pazos es Montserrat Cuchillo?

Afortunadamente, no forma parte de mí. ¡Pobrecilla! Hace unos días salió un artículo en la prensa sobre la muestra de ADN en la que se hablaba de ella como mi coach life. Esa sería la mejor definición. 

«Lo más importante para mí era no parecerme a nadie». ¿Cree que lo ha logrado?

No lo sé. Lo que sí creo es que me siento bastante cómodo contando las cosas como las cuento ahora. Todo lo que va saliendo se parece cada vez más a lo que yo quiero comunicar.

También ha declarado sentirse un artista reconocido, pero mal conocido. ¿Hay forma de solucionarlo?

No me preocupa. Pero no me molestaría. Que me conocieran más me gustaría. Me gusta el aplauso. Hay una vanidad ahí innegable. Pero si no sucede, no pasa nada. Es como si te dan o no un premio. Me gustaría que se conociera más el proyecto, pero la situación es la que es. Mis galerías han hecho un buen trabajo de difusión. Pero siempre hay que exhibirlo más. Yo nunca he sido nada comercial de mí mismo. Eso me obliga a dejar esa función en manos de otros, y no siempre sale. En Vinçon hace tiempo hacían rebajas espectaculares. Sobre todo a artículos «de difícil venta». Eso soy yo. Eso es lo que hago yo: artículos de difícil venta. De forma que no hay que extrañarse que lo conozcan dos en lugar de cien. 

El artista como explorador
Carlos Pazos.  «Interrogantes suspendidos o Déjà vu?». Galería ADN. Barcelona. C/ Mallorca, 205. Hasta finales de mayo. «Filigranas y mamporros». Tinta Invisible Edicions. 2019. 206 páginas, 20 euros


Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 4 de abril de 2020

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