Carmen Calvo, Premio Julio González 2022

Carmen Calvo, anatomía de un premio

La veterana artista ha recibido el Premio Julio González que concede el IVAM. ABC Cultural compartió con ella una jornada previa a la ceremonia de entrega del galardón, que lleva aparejado una muestra en el museo, que recorremos juntos

La creadora valenciana, en las salas del IVAM // Foto: Mikel Ponce

No ha terminado de revisar el montaje de una obra de la primera sala, cuando algo le produce un chispazo en la cabeza y se gira rápidamente: «Ramón, ¿sabes qué? Una muchacha de la recepción me ha preguntado si esta es una exposición de terror. No he sabido qué contestar…».

La que así se manifiesta es Carmen Calvo (Valencia, 1950), una de nuestras creadoras contemporáneas más sobresalientes; el museo en el que ultima detalles de esta especial exposición que revisa su trayectoria es el IVAM, institución que acaba de concederle el Premio Julio González, lo que, además de la dotación económica (20.000 euros) lleva aparejado una muestra del galardonado, la que Carmen inauguró allí la semana pasada, y que días antes de que eso sucediera, recorrimos con ella. Ramón, su interlocutor, es Ramón Escrivá, junto a Nuria Enguita, uno de los comisarios de la cita.

Y posiblemente, lo que ha dejado con la duda a Calvo, es que, quizás, un recorrido por un trabajo que repasa tantas obsesiones, tantas repeticiones metódicas, tantas acumulaciones, tanta violencia más o menos interiorizada hacia la mujer, que remite a pérdidas y a ausencias, ha de ser al menos una propuesta que perturba y paraliza.

Calvo, en el IVAM, ante su colección de postales intervenidas (Fotos: Mikel Ponce)

¿Qué supone para su protagonista? «Este es un proyecto personal de Nuria y Ramón, que, de alguna manera, se han planteado sacar mi estudio de su emplazamiento y recrearlo en el IVAM. También mostrar obras que quizás no se habían visto tanto en Valencia. Yo soy siempre muy respetuosa con los comisarios de mis muestras. Me pasa igual cuando expongo en una galería: asumo que la persona que lleva el negocio conoce mejor que nadie su espacio y que lo va a bordar». A poco que se conozca a esta pizpireta valenciana, una mujer apasionada, entregada, generosísima, deduce por el tono de voz que aún le quedan dudas con la propuesta… Le duran unos minutos.

Carmen Calvo recibe en 2022 este ya prestigioso premio internacional que concede el IVAM desde 2000 y que se suma a otros no menos destacados que ya atesora como el Nacional de Artes Plásticas y el ACCA de la Crítica, ambos en 2013, o la Distinción al Mérito Cultural de la Generalitat Valenciana en 2016. No es un galardón, pero casi se entiende en nuestro país como tal ser seleccionado para representar a España en la Bienal de Venecia, algo que Calvo protagonizó junto a Joan Brossa en 1997 bajo la batuta de Victoria Combalía.

Ella es la tercera mujer que recibe el Julio González tras Annette Messager y Mona Hatoum; la primera española: «Este es un premio internacional con gran trayectoria ya –comenta, mientras deambula por las salas–. Los primeros recayeron en grandes nombres, Kounellis, Boltanski. Afortunadamente, las tres últimas agasajadas somos mujeres. Estoy encantada, porque estas cosas te devuelven a la palestra, te dan visibilidad. Animan a continuar». Pero apostilla: «Sin embargo, mi intención era seguir, con o sin premio. Nunca he luchado por alzarme con ellos. Tampoco por ir a Venecia».

Detalle de uno de los cuaderno intervenidos de la artista valenciana

La exposición del IVAM que ahora revisamos abre en canal el estudio de Carmen Calvo, nos introduce en su archivo y se desborda en el museo. Este se recrea sobre todo en su sala central, pero desde ella irradian todos los intereses manejados por esta autora desde que decidiera estudiar muy joven en la Escuela de Artes para saltar después a Bellas Artes.

Curiosamente, Calvo se define como pintora, se considera pintora, pero avanzar por la propuesta es reconocer el carácter multidisciplinar de todo lo suyo, desde las acumulaciones de los primeros años, en la década de los ochenta, con ese interés casi arqueológico, a las últimas obras: hablo del vídeo ‘¡No es un sueño! ¡Está pasando de verdad!’ (2020), pieza concebida durante el confinamiento, que nace de su pasión por el cine; o la instalación inédita ‘La naturaleza agita’, con sus centenares de dedos de terracota ‘agitándose’ en la imaginación del espectador, y que enlaza con su interés por lo femenino.

«¿Pintora? Claro que soy pintora –me dice cuando le constato que, en esta cita, poca pintura hay–. Me defino así porque ahí están mi formación y mis orígenes, pero es cierto que pertenezco a una generación que tocó todos los palos. He pintado siempre. Y todo el esquema de la escuela, yo lo interioricé, sus géneros clásicos. ¡Mira ahí! –me espeta mientras me señala unas estanterías que recrean la disposición de sus esculturas cerámicas y de yeso en su estudio–. Ahí está Morandi. Ahí está Oteiza, las tizas… Quizás lo que yo he hecho ha sido ‘desaprender’ a pintar».

La artista ante la obra ‘Silencio I y II’ (Foto: MIKEL PONCE)

«Carmen es una persona que ha celebrado ya muchas exposiciones –relata ahora Enguita, la comisaria, en un momento en el que la artista comienza a posar para el fotógrafo–. De hecho, esta es la tercera que celebra en el IVAM. Por eso, con motivo del premio quisimos hacer algo diferente, en el sentido de mostrar su práctica, un hacer que es algo que queda muy claro cuando uno visita su estudio. Ella es además una artista de estudio, que va todos los días allí; alguien para la que el taller es su universo, rodeada de materiales, objetos, fetiches, generando un trabajo que es una práctica en sí misma, no la ilustración de nada. Te contaré como curiosidad que el estudio de Carmen Calvo aparece fotografiado en todos sus catálogos. Es como si los comisarios sintieran una atracción final por el mismo. Por eso lo abrimos y lo traemos aquí».

«¡Me lo han dejado vacío!», espeta Calvo. «Ahora está bastante desmantelado porque los comisarios han sacado muchas cosas». Baste darse una vuelta por las salas para entender el ‘horror vacui’ en el que vive la creadora. Hasta el museo se han trasladado algunas de sus baldas, repletas de maniquíes y objetos de lo más variopinto y que adquiere en mercadillos cercanos a su casa, que ahora configuran nuevos ensamblajes escultóricos; también algunos de sus muebles llenos de recortes de prensa (puedo ver varios ABC Cultural descansar sobre una escalera), papeles oficiales, materiales que pueden ser la base de un dibujo o un ‘collage’ en cualquier momento.

«Ese justo en el que te apoyas pertenece al IVAM». Carmen abre sus cajones y comienzan a salir documentos personales, carnets de museos, revistas. ¿No teme que se los lleve la gente?: «¿Qué se van a llevar? Aunque es verdad que hay de todo. ¡Mira!¡Una estampa de San Antonio!… ¡Un recuerdo de mi gatito, que era blanco! Yo decía que era ‘feminista’ y lo llamaba ‘Blanquita’. Recortes de Courbet… Los documentos buenos están a buen recaudo», bromea con coquetería.

Recreación del estudio de Carmen Calvo en las salas del IVAM

No muy lejos, algunas de sus libretas y cuadernos intervenidos, que ahora descansan en vitrinas. Tiene cientos. Reparamos en uno abierto que recuerda con letra manuscrita una comida con Paco Brines: «¡Él era el que me llevaba a los toros!». La artista va enlazando un pensamiento con otro, y hablar de los toros le lleva a rememorar a su padre. Su madre tiene incluso mayor presencia en la muestra, no solo por una obra (cuasi pictórica) que la homenajea, sino porque en ella está el origen de muchas cosas. Conviene escucharla atentamente: «Se llamaba Casimira Sáenz, en realidad ‘de Tejada’, pero ella se acortaba el nombre. Fue la que me inició en el ‘collage’, que ahora está tan de moda. Sé lo que es el Cubismo, los grandes maestros, Picasso, Miró, pero también sé lo que es la recuperación de materiales. La base de todo eso es mi madre. Mi familia fue muy pobre, y yo llevo muy interiorizado el impulso de otorgarle a todo una segunda vida, de remendar, de reparar. Lo que empezó como un juego se convirtió en una manera de posicionarme».

No será el único nombre propio que saldrá a colación en nuestro paseo por su pasado. De hecho, en una pieza fundamental en su carrera, situada a la entrada, toca que se nos encoja el corazón ‘por partida doble’. Se trata de ‘Silencio I y II (Te prometo el infierno)’, de 1995, una de las primeras incursiones de Calvo en el terreno de la instalación. Decenas de lápidas blancas amontonadas sobre el muro y del que penden cientos de puñales amenazantes. Mucho se habla de los años de la creadora en París como fundamentales en su devenir.

Esta obra fue realmente un punto de inflexión mayor: «Pertenece a la Colección del Museo Reina Sofía. Hoy que ha muerto José Guirao quiero recordarlo especialmente porque fue gracias a él que la obra pasó al museo. La misma evoca un tema muy personal, una propuesta con la que convine conmigo misma que la muerte es como una pausa. Cuando alguien muere, sobre todo siendo muy joven, sus objetos, el cómo lo dejó todo, queda cargado de algún tipo de energía. Yo tuve una ausencia terrible, mi pareja, que murió en 1992. Creo que mi obra, de alguna manera, cambió por ese suceso… ¡Llevas una colonia, que aunque lleve ‘mascareta’, la estoy oliendo, y qué buena, qué buena es! Yo es que soy mucho de olores…

La creadora manipula algunos de los documentos conservados en los muebles de su estudio

–¿Y eso se transmite en las obras?, ¿se huele las obras, Carmen?

–Claro que sí. Los olores también quedan atrapados en las piezas. Yo miro algunas, y me recuerdan a ciertos jabones, a ciertos perfumes…

Desde 2018, la creadora también acumula postales, un conjunto que le regaló un amigo médico, y que ella interviene por la parte de la imagen: «Para mí, son otra forma de ‘collage’. Me hace gracia, porque artistas jóvenes como Oriol Vilanova, aunque en otro sentido, también trabajan con ellas. De alguna manera, esto me hace sentir que conecto con las nuevas generaciones, que lo que hago no es tan diferente. Me gusta saber que estoy viva». Yo no le hablo del proyecto de ABC Cultural #AVecesLleganCartas, con postales y ‘collage’, cuyos resultados conocerán ustedes la semana que viene, porque conociéndola, arranca tres de ellas de las paredes del museo para obsequiárnoslas…

El fotógrafo nos reclama de nuevo. Carmen atiende dócil a sus sugerencias, pero cambia el semblante antes de los disparos: «Es que las artistas serias ponen cara de tragedia en las fotos», sentencia. Hablando de mujeres, la muestra deja ver en algunas secciones la defensa que la artista ha realizado de lo femenino, empleando materiales como el pelo (la maqueta de con un globo terráqueo de larga melena), o la imagen de la mujer, en sus fotografías intervenidas, reivindicando su individualidad e independencia respecto del hombre. ¿Está cargando más las tintas en estos asuntos en los últimos años?

Responde tajante: «No lo creo. Es un tema que siempre ha estado presente en mí», contesta señalando a ‘Negro corsé velludo’, rotunda referencia a Courbet. «De todas formas, he trabajado siempre sobre la gente que me acompaña, lo que me rodea, lo que veo. Soy mujer. La cuestión es simple. Y me gusta ir a la búsqueda de cierta imagen. Revierto todo lo que tengo. Creo en la idea de que los objetos tienen vida propia y pongo eso en valor… ¡Si es que me han dejado el estudio vacío!». Volviéndole a escuchar esto, ¿no les da ganas de verlo?

–¿Podemos visitarlo?

–¡Claro!, ¿quieres que vayamos ya para allá?

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Carmen Calvo en su estudio (Foto: M. Ponce)

El taller que recrea la exposición del IVAM no queda muy lejos. De hecho, se ubica prácticamente en la misma calle del museo. Allí lleva trabajando más de veinte años y a él acude todos los días, «aunque solo sea para regar las plantas», las cuales nos reciben cual ejército vegetal en formación tras la verja que hay que atravesar, y antes de cruzar el umbral de la puerta.

Una vez entro, nos asaltan sus contenidos. ¡Materiales suficientes para hacer tres exposiciones más en el IVAM!: baldas como las vistas en el museo, incluso más repletas; obras personales y de colegas (Gordillo, Broto, Cardels, Montse Soto, Zush…); objetos, libros, catálogos; y paredes imantadas en las que su propietaria va colgando recortes, fotos (hay una de ella con Carmen Alborch bien a la vista), tarjetones (de Lelong, de Andrés Serrano, Ana Mendieta…), que generan un pequeño diario visual de la artista y que en el museo se reproduce. De fondo, Radio Nacional Clásica siempre sintonizada.

«Tengo rutina de trabajo. Soy una mujer de taller. Suelo llegar por la mañanas, y dedicar las tardes a leer, que es otra manera de seguir trabajando. Durante el confinamiento no dejé de venir, sobre todo a coger papel, materiales para trabajar. Podría vivir aquí, pero, ¿para qué? Yo resido cerca de San Pío V, al lado tengo un jardín… Es bueno ir y venir. Salir y entrar».

Obra más reciente en la que trabaja su autora

El estudio cuenta con la firma de Francisco Reyes («y ha recibido algún premio de arquitectura») y en el destacan dos estancias cúbicas, que se reproducen para la instalación inédita y la pieza de vídeo en el IVAM. Aquí son una cocinita y un baño, con carteles en este de Darío Villalba.

–Él fue un artista al que considero especial, como yo. Y lo de ser especial se paga.

–Pero usted es una artista muy querida, Carmen.

-¡Sí! Y reconocida. No sé por qué me quejo…

Al paso nos sale, realizada con macetas y la cabeza de un maniquí, la obra en la que la valenciana está trabajando en este momento. «Estoy volviendo a la cerámica, estoy interesada en el volumen y arrinconando la foto, pero nunca la imagen. Me interesa la imagen pura». Y, cómplice, nos enseña una de las joyas atesoradas (aunque la vista se va a la maqueta, sobre la mesa, de la exposición del IVAM): «Mirad: Ese retrato de Van Gogh lo hice con 28 años. Y como no había dinero para material, le di la vuelta y seguí dibujando». No miente. «Ríete tú ahora de lo de la sostenibilidad y el reciclaje».

Toca ponernos serios antes de acabar.

–¿Piensa en el futuro?

-Sí. Y en dónde acabará todo esto. No estoy casada, no tengo hijos. Por eso dono mucha obra. Acabo de hacerlo al Museo de Oviedo, a la Fundación Suñol… La obra tiene que estar con el que sepa valorarla. Ahora trabajo en el catálogo razonado de mi obra con Lalo Azcona y eso ayudará a saber de qué dispongo. No miro al pasado, son tiempos que no volverán y que no tienen que volver. En el IVAM cuelga ahora una obra de 1969 que es mi seguro de vida. La quieren todos: el IVAM, el Reina… Cuando llegue el momento ya decidiré. De momento, que todo fluya. Hay que fluir, Javier».

Amén.

Herramientas de la valenciana en su taller
Carmen Calvo. IVAM. Valencia. C/ Guillén de Castro, 118. Comisarios: Nuria Enguita y Ramón Escrivá. Hasta el 6 de noviembre

Texto publicado en ABC Cultural el 23 de julio de 2022. Número 1.529

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