Concha Jerez («Que nos roban la memoria». MNCARS)

«Si se reconociera más a mi generación muchos jóvenes no volverían a “inventar el teléfono”»

La memoria ha sido siempre uno de los ejes del trabajo de Concha Jerez, Premio Nacional de Artes Plásticas y Premio Velázquez. Su memoria se convierte ahora en la base de la amplia retrospectiva que le dedica el Museo Reina Sofía

Concha Jerez durante el montaje de su muestra en el MCARS (Foto: Isabel Permuy)

Esta retrospectiva de Concha Jerez (Las Palmas de Gran Canaria, 1941) en el Museo Reina Sofía es una conquista en muchos sentidos: para su autora, porque le permite ver buena parte de su trabajo, incluso facetas más desconocidas como las iniciales («peajes que hay que pagar hasta que encuentras tu propia voz», reconoce) en conjunto, sin una voz más alta que la otra (ella que tanto ha cultivado el silencio como una de las buenas artes del arte sonoro); para el centro, porque es su primera gran inauguración tras la pandemia en sus instalaciones de Santa Isabel (la muestra tendría que haberse celebrado en primavera); y para el visitante, porque le ayuda a aproximarse a una creadora única, personal y a contracorriente, pionera de las instalaciones y el site-specific en nuestro país, Premio Nacional de Artes Plásticas en 201y y Velázquez en 2017, que vuelve a demostrar su valía ocupando espacios de lo que fuera este antiguo hospital que no habían sido aprovechados hasta el momento (como los cuatro huecos de sus escaleras).

Aquí entra Que nos roban la memoria, una amplia antológica con este concepto, uno de los fundamentales en la trayectoria de su protagonista, como hilo conductor, visitable desde el próximo martes.

La exposición del Museo Reina Sofía se titula «Que nos roban la memoria». Como periodista, la primera pregunta es obligada: ¿Quién lo hace? (¿y cómo?).

Es una buena pregunta, ciertamente. Se nos roba la memoria cuando no se habla de ciertos acontecimientos. ¿Quién roba la memoria? No es una persona concreta; en general, es la sociedad, pero siempre hay responsables en ella que nos invitan a recordar ciertas cuestiones acaecidas en el pasado y a correr un tupido velo sobre otras. En España ha ocurrido eso. No hablamos ya de lo que pasó en la Guerra Civil, sino de todo lo que vino después.

Jerez, junto a una de sus intervenciones en las escaleras del Reina Sofía (Foto: Isabel Permuy)

Eso es más bien en lo que yo me he centrado con mi trabajo: la represión que hubo durante la dictadura franquista, con modelos que calaron en la sociedad, en los políticos y en los medios de comunicación, que suponen cierta responsabilidad colectiva. En ocasiones se oyen voces que gritan, grupos que reivindican una memoria histórica más amplia, creo que con todo el derecho, sobre todo porque si una sociedad no conoce bien su pasado puede volver a repetir con facilidad sus errores.

¿Qué afecta más a la memoria hoy, entonces, la censura o cierta amnesia colectiva?

Posiblemente todo ello. Porque, por un lado, no se ha facilitado esa memoria histórica, pero desde hace generaciones. Los más jóvenes, hoy, no vivieron la represión franquista, que llegó a extenderse hasta la Transición, algunos años más. Por esa razón, los jóvenes, tienen como una página en blanco, extraña, incompleta, llena de influencias de todo tipo, pero no contrastada o asumida, como sí lo hicieron con su Historia Alemania u otras sociedades. Al menos deberíamos poner el acento en que cierta memoria no está presente.

Es cierto que la de la memoria es otra de las grandes líneas de su trabajo. Aquí se habla de retrospectiva. ¿Vamos a volver a disfrutarla a «cachitos» o realmente esta muestra reúne todos sus intereses?

Esta es una retrospectiva atravesada por el tema de la memoria. Mi problema es que soy bastante vieja –el próximo año cumpliré 80– y llevo mucho tiempo trabajando, y muy intensamente, aunque profesionalmente no comencé en el arte hasta que los 30. La exposición del MUSAC de 2014, que luego continuó en el CAAM, fue una especie de recorrido por la idea de «interferencia», primero de forma general y, luego, aplicada a los medios. Esta cita se centra en la memoria, y por ello cuenta con un capítulo mas personal en cuanto a «de dónde vengo».

Eso suena interesante.

Es el área que ocupa la sala de protocolo, en la que, en vitrinas, se ilustran determinadas facetas que yo pasé muy rápidamente –sobre investigación del color, implicación con la pintura, cierto interés por fórmulas minimalistas…– y que, en realidad, tenía que haber servido para mostrar una base de datos centrada en el eje fundamental de mi trabajo, que es la intervención en el espacio. Esto es: la obra site-specific. Es un eje que yo reivindico como básico, porque siempre me dejo impregnar por el lugar en el que expongo. El problema es que ahora, con el covid, no se puede tocar nada, así que todo eso se trasladará a la web para que pueda ser igualmente consultado.

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Y usted, ¿es una persona desmemoriada?

En absoluto. Trabajo mucho con la memoria, y no solo a nivel sociopolítico, sino también personal. Recuerdo perfectamente quiénes me han influido en mi trayectoria. No tanto las cosas negativas, que no me interesan. ¡Ha sido tanta la gente que me ha ayudado y que ha permitido construir una escalera desde la que ascender! Son personas con nombres y apellidos, a las cuales les estoy enormemente agradecida.

Entre esos nombres estarían John Cage, Juan Hidalgo, José Igés…

Y galeristas, como Brigitte March, que fue para mí la primera y con la que sigo colaborando, entendiendo como entiendo yo este tipo de relaciones con las galerías, basadas en la amistad y para profundizar en el arte en conjunto.

La memoria, ¿tiene que ser rencorosa?

En absoluto. Y eso es algo que he aprendido con esta exposición, con las intervenciones para las cuatro escaleras del centro, que inciden también en cuatro tipos de memoria: la memoria autocensurada, la escrita y oralizada, la memoria olvidada y la memoria silenciada. Para esta última recogí voces de personas que han sido muy represaliadas, torturadas… Invito a la gente a que escuche con qué serenidad hablan de sus tormentos. Muchas veces aquellos que están en contra de esa memoria histórica concentran más odio que los que padecieron el terror. Es admirable. Una lección de humanidad que debemos recoger.

Y el arte, ¿ha de ser rencoroso?

No, no, no. El arte tiene que dar testimonio, debe poner ante nuestra mirada lo que ha ocurrido, pero sin juzgar. El suyo ha de ser un diálogo abierto. Afortunadamente, nos permite salir del lenguaje hablado-escrito, que es muy rico, para alcanzar otros aspectos que pueden ser emocionales, de aprensión de los sentidos…

Lo que no se puede negar es que siempre se recuerda desde el presente. ¿Qué le parece toda esta corriente internacional que derriba símbolos del pasado?

A mí me parecen medidas poco eficaces. Hay que ir más a la raíz de las cuestiones. ¿Por qué Colón y no otros personajes históricos? No lleva a ninguna parte tirar su estatua. Sí que se debe hacer relecturas pero nunca dejando de observar el tiempo en el que ocurrieron esos eventos, sus contextos. Es inevitable que hagamos lecturas contemporáneas de la realidad pasada, pero intentemos poner remedio de otra forma. Bajo ningún concepto deben seguir existiendo los racismos, porque todas las culturas, todas las razas, son riqueza para la humanidad.

Esta exposición tendría que haberse inaugurado antes de la pandemia. ¿Le ha otorgado el parón otra lectura?

Sí. Me ha dado tiempo, que en el arte es muy importante, pues aporta serenidad para enfrentarse a las ideas que uno se había planteado. Es cierto que las básicas siguen siendo las mismas, pero se han trabajado en mayor profundidad, mientras he localizado muchos más documentos. Todo este tiempo lo ha sido de trabajo intenso.

Supongo que esas semanas le habrán dado para volver a analizar los medios de comunicación, otra de sus grandes fuentes creativas.

El tratamiento de la pandemia ha sido obsesivamente obsesivo por parte de los medios. Comprendo que, por realidad intangible, todos teníamos necesidad por saber y conocer. Pero ha sido un machaque diario constante que habrá llevado a muchos desequilibrios neurológicos. Lo de los niños, que se han visto confinados, ha sido tremendo, expuestos todo el día a cifras de enfermos, de muertos… No sé cómo se tendría que haber hecho, porque informar había que informar, pero habrían sido necesarias pausas para más situaciones creativas.

Una de las piezas de la «etapa minimalista» de syu autora – I. Permuy

Los nuevos canales informativos, webs y redes sociales, ¿no le han dado pie a trabajos como los que lleva realizando desde sus comienzos con los tradicionales?

Me interesan sí, aunque es cierto que yo no estoy en ninguna red social. No tengo tiempo para ellas, y a las redes hay que dedicarles tiempo. Aunque soy afortunada porque estoy bien rodeada de gente que las maneja y que me informan. Me interesan, sí, pero creo que hay que tener cuidado porque en estos medios la gente de una forma frívola se expone públicamente facilitando unos datos que quedarán. Eso es un problema sobre todo con los niños y los jóvenes, materia vulnerable. En las escuelas se nos debería enseñar a usarlos, igual que en su día se nos enseñó a rastrear la información en bibliotecas.

Su trabajo más matérico de los inicios se conoce menos. ¿Lo redescubre entonces esta muestra?

La exposición da una pequeña pincelada, mínima, en vitrinas, porque para mí lo importante es lo que vino después, cuando empecé a tener un lenguaje más propio. Esas facetas anteriores, con las que incluso celebré dos exposiciones (una más centrada en la materia, la segunda en el Ateneo de Madrid, minimalista totalmente), son preludios de lo que llegó desde 1974. Pero son etapas que uno tiene que cubrir. Sobre todo los de mi generación, que tuvimos que «inventar» que entendíamos por instalación, por «ambiente» o «acción». Por eso, por lo general, son trabajos que he expuesto poco.

La cita sí que incluye sus dibujos, otra novedad para el espectador; dibujos que ha hecho siempre pero que dejó de enseñar porque eran valorados por su aspecto técnico y no por su dimensión funcional para explicar sus propuestas.

Eso es. Aunque eso es otra trampa, porque uno dibuja de muchas formas, como hace pintura de muchas formas. Mis escritos ilegibles autocensurados tienen también mucha base de dibujo, son otro tipo de dibujos. En su día realicé mucho dibujo del natural…

Regreso a las escaleras, las intervenciones específicas, algo muy suyo y con un elemento también muy suyo.

Desde que se inauguró este museo yo he tenido los ojos puestos en esos espacios. No entiendo cómo no los han usado hasta ahora. ¡Me han encantado siempre! ¡Poder subir y bajar! ¡Mirar las cosas de un lado u otro! Y sí que es cierto que tengo cierta obsesión por las escaleras, las cosas como son, porque sitio al que voy, escalera que me apropio. Lo que he pretendido aquí es hacer un traje a la medida para estas centrándome en distintos tipos de memoria: en algunos casos, sirviéndome de obras anteriores, que dejan de serlo, para convertirse todo el conjunto en una única pieza. El tiempo de la pandemia si que me dio la oportunidad de ajustar aquí muchas cosas, de quitar elementos, porque yo soy muy invasiva.

Usted ha sido profesora de la Facultad de Bellas Artes de Salamanca y por eso siempre le ha dado mucha importancia al elemento pedagógico en el trabajo. ¿No adolece el arte actual de haberse vuelto muy hermético o ensimismado consigo mismo?

No. De hecho, ahora hay de todo, incluida una tendencia llamada de «arte sociológico» que a mí en muchos casos me parece más sociología que arte. Y nosotros, como seres humanos, tenemos muchas facetas herméticas. Es fantástico situarse ante un cuadro de Rohtko y que no te explique nada, que lo que experimentes sea un diálogo con la pieza. Yo disfruto con toda la Historia del Arte, de la Antigüedad hasta hoy, porque cada artista y cada obra te adentra en un mundo riquísmo si te atreves a profundizar en ello. Lo importante es hacerse preguntas.

Detalle de la sala dedicada a la galería Propac en la muestra

El buen arte es aquel que te enfrenta a algo no tan lógico y que mueve toda tu lógica. Eso es extraordinario. Por eso no creo en el arte elitista: ¡Qué tontería! No existe, para nada. Yo cuando entro en un quirófano tampoco entiendo nada. ¿Por eso digo que la medicina es elitista? Pues no. Simplemente, se mueve por unos códigos que no tenemos por qué conocer todos. Y ante los que hay que moverse despacio.

¿Una retrospectiva de Concha Jerez se entiende sin el trabajo de José Iges?

Afortunadamente, nosotros ya hicimos otra retrospectiva hace unos años en Tabacalera, que si bien no incluía toda nuestra obra conjunta, sí que contenía los proyectos fundamentales. Y la obra común de ambos no es ni de uno, ni de otro: somos uno más uno igual a tres. Él está mostrando ahora mucho mas su trabajo, de lo cual me alegro, que se diferencia del mío y del común. Mezclar lo uno con lo otro no sería buena idea. ¿Que queremos seguir trabajando en cuestiones comunes? Estupendo, pero mostremos eso en otro contexto sin distracciones, lo que nos facilitará hacer cosas que ni el uno ni el otro en solitario se permitiría hacer.

Le quiero preguntar por la memoria del mundo del arte con el mundo del arte. ¿Reconoce bien el sistema a sus padres y maestros?

Aún no se ha reconocido de forma generalizada a mi generación. Son muchos los artistas, muy buenos, que no han vivido su reconocimiento. Muchos han muerto ya. Pienso, por ejemplo, en Luis Lugán, que no ha tenido una retrospectiva en su vida. No hay una publicación suya, pese a ser un pionero del arte electrónico. Hay que trabajar mucho más todo esto sobre todo para que muchos jóvenes no vuelvan a inventar el teléfono. Pueden inventar si quieren otro teléfono, pero sabiendo con conocimiento lo que se hizo antes.

«Mesa de conflictos móviles»

Y hay que trabajar también más en las colecciones. Las colecciones son nuestras bibliotecas del arte, al margen de valoraciones económicas. Las obras de hoy son el patrimonio del futuro. Hay que conservar el pasado, por descontado, pero hace falta un presupuesto para invertir en creación actual. En Francia llevan haciéndolo desde los años sesenta. Así están las colecciones de sus museos. Un poco de modelo francés no estaría nada mal.

Alejarse del mercado, en su caso, fue una opción. Teniendo en cuenta que el reconocimiento le llegó igual (premios Nacional y Velázquez, por ejemplo), ¿fue la correcta?

Sí. Y lo volvería a hacer. Porque en el momento que lo decidí, en 1975, acababa de hacer una exposición exitosa en Madrid en el Ateneo, y hasta Juana Mordó me compró obra. Pero yo quería desarrollar el concepto de instalación, la obra site-specific. Eso no estaba en el mercado, por lo que no quedó más remedio que apartarse. Sin embargo, nunca me habría gustado vivir de las ventas porque eso era un gran condicionante. Me obligó a buscarme la vida de otra forma, con la enseñanza, que era lo que más me interesaba. Empecé dando talleres a profesores hasta llegar a la universidad. Eso me permitió realizar instalaciones, que también entraron en galerías como Propac, con una sala específica en esta muestra. Y, casi más importante, tirar toda la obra que no sobrevivió, porque no todas las cosas que hacemos los artistas son maravillosas. Lo malo es cuando ese trabajo malo pertenece al patrimonio de un museo, que de ahí no lo sacas. Para mí es una ventaja: todo lo malo ha desaparecido y hace pensar que soy mejor artista de lo que soy [ríe].

Concha Jerez en una de las salas de la planta tercera, del Museo Reina Sofía, sede de su muestra
(Isabel Permuy)
Concha Jerez. «Que nos roban la memoria». Museo Reina Sofía. Madrid. C/ Santa Isabel, 52. Comisario: Joao Fernandes. Hasta el 11 de enero de 2021

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 25 de julio de 2021

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