Conclusiones de ARCO’19

Algo se muere en el alma

Acaba 2019 como empezó: con fuegos artificiales que no prendieron. La vista está ya puesta en 2020, para el que se avecinan cambios tras esta (nueva) Transición tranquila en la dirección, que se ha enfrentado a los retos de siempre

Detalle de la propuesta de Pepe Espaliú en García Galería

En España –y esta edición de ARCO lo ha vuelto a confirmar– tenemos una idea distorsionada de lo que es el mercado y, por extensión, una feria de arte, que terminamos confundiendo con la plaza de un pueblo: que compartimos una idea distinta del modelo de Estado que profesamos, pues en vez de volcarlo en una obra de arte, lo hacemos en una falla y lo colocamos allí; que estamos superobsesionados con que en las cartelas de los museos faltan nombres acabados en A (aunque luego nos carguemos el idioma hablando con E o con X), allá que nos vamos a gritarlo a los cuatro vientos… Demos gracias de que la huelga del taxi de Madrid, a las puertas de Ifema, acabó, porque si no sus responsables seguro que habrían valorado la posibilidad de desfilar con sus coches por el pabellón 7 y 9.

Una feria de arte debería ser, simple y llanamente, un lugar en el que se compra y se vende arte. Cuanto más nos alejemos de esta idea, yo más me acordaré de esa inteligentísima apreciación que hace el crítico Iván de la Nuez en Teoría de la retaguardia, de lo mucho que le escuece al sector descubrir que es parte de bastantes de los pecados que denuncia. Tira la piedra y escapa en limusina. Carlos Urroz no dejó de insistir en las últimas ediciones que su empeño era el de hacer de ARCO un salón sexy. Bueno: se puede ser sexy y tremendamente soso. No pasa nada por ser soso. ¿Qué sentido tiene qué todo esté en excitación continua, que todo sea una fiesta interminable, más allá de enturbiar la razón de ser de una feria, esto es, un lugar en el que se compra lo que te gusta y, si no, te vuelves a casa? 

Detalle de la obra de Juan Luis Moraza en Espacio Mínimo

Hablando de Urroz, hoy acaba una etapa para él (y posiblemente para todos nosotros). Por edad, yo he vivido los ARCOs de Rosina Gómez-Baeza, aquellos del pelotazo en los que cualquier centímetro cuadrado de la moqueta era bueno para montar un sarao; también los de Lourdes Fernández, que acabó «electrificando» Ifema. Tras ellas llegó el primer director varón, «el pacificador», el hombre al que veía con bueno ojos el sector y también la institución ferial, y al que le tocó lidiar con la crisis económica y la falta de credibilidad. Nos guste más o menos su modelo de feria, hay que reconocerle el esfuerzo para invertir tendencias. Y lo primero sobre lo que habrá tomado nota su sucesora Maribel López (aquí queda todo atado y bien atado. Esta ha sido nuestra nueva “Transición” política), incluso antes de la apertura de puertas de esta edición, es que ARCO es una feria mediática como pocas en el mundo: necesitó de los medios en sus comienzos en los ochenta, se sigue aprovechando de ellos en la actualidad, y estos se fijan en ella en forma de titular. Quid pro quo. Y el sector lo sabe. Ya saben: lo de la plaza del pueblo.

Texto publicado en ABC de ARCO el 3 de marzo de 2019

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