Contenidos de la Colección Otazu en Navarra

Otazu: al pan, pan, y al vino, una pensada colección de arte

Cita obligada de los VIPs de ARCO, la bodega navarra cuenta con uno de los conjuntos internacionales de arte mejor incardinados en la filosofía de la empresa que los promueve

Cuenta Jorge Cárdenas, director ejecutivo en Bodega Otazu (primo de Guillermo Penso, su actual responsable, patrono asimismo del Museo Reina Sofía), que cuando su tío decidió jubilarse, después de haber hecho negocios por todo el mundo (y, de ahí, el melodioso acento venezolano es tan marcado hoy en nuestro interlocutor), tenía claro que su retiro habría de realizarse en su Pamplona natal.

Hablamos de finales de los años ochenta. El protagonista de nuestra historia, fanático del buen vino, oye entonces de un paraje en Otazu, a escasos kilómetros de la capital navarra, donde en el siglo XIX ya se documentaba que se elaboraban algunos de los mejores caldos de España.

Una del as obras de Tomás Saraceno del conjunto

No es para menos: bajo la peña de Etxauri, flanqueado por las sierras del Sarbil y el Perdón, y con el río Arga como delimitador natural, se da pie a un paisaje excepcional –si la niebla lo permite, se tiene buenas vistas de los Pirineos–, con un microclima atlántico propio (y en las horas que pasamos allí podemos dar fe de ello, distinto al que se sucede a pocos kilómetros de nuestro epicentro en Pamplona), que da pie además a unas variedades vinícolas excepcionales. Nos encontramos, de hecho, en la bodega más al norte de la Península Ibérica dedicada a la elaboración de tintos.

En buena hora

El tío Penso no lo dudó mucho y recondujo su nueva condición de hombre ocioso en la de bodeguero, haciéndose para ello con una destacada superficie de tierra que además incluía una pequeña iglesia del siglo XII (hoy totalmente restaurada), un palomar del XIV y dos señoríos (el de Otazu, que daría nombre al negocio, y el de Eriete, más o menos coetáneos). Era el origen de un proyecto que aunaría el recién sufrido flechazo por el vino con el amor ya existente por el arte.

Pieza de Alfredo Jaar en el exterior dela bodega

Hoy, la Fundación Otazu (nacida en 2016), tiene como objeto la gestión y dirección de actividades de un centro de arte incardinado en las instalaciones de la bodega, con una colección de arte contemporáneo de más de 700 obras de las que una cuarta parte se muestra de forma permanente y que en 2020 fue reconocida con uno de los premios ‘A’ que otorga anualmente ARCO.

Baste con echar un ojo alrededor para darse cuenta de que este no es un capricho más en torno al arte actual. Nombres como los de Iván Navarro, Carlos Garaicoa, Ai Weiwei, Isaac Julen, Ernesto Neto o Bill Viola forman parte de los conjuntos. Y el compromiso va mucho más allá que el de ‘decorar’ sus botellas con aportaciones de firma. Así, desde 2015, la fundación organiza un premio internacional denominado ‘Bienal de Arte Monumental’ cuyo ganador tiene el privilegio de instalar su propuesta en los entornos de la finca.

No hemos entrado aún en ella y ya nos asaltan fantásticas piezas de Alfredo Jaar (‘El color de nuestras vidas’, cuatro grandes cubos llenos de líquido, en proporción directa con la cantidad que la bodega embotella de tintos –la más grande, un 70%–, blancos –20%–, rosados y espumosos); Asier Mendizábal (‘Crudo Zarzo’, un encofrado de hormigón que imita el vaciado de una barrica); y Hans-Peter Feldmann (con un reloj como caído del cielo y de dimensiones colosales cuyas manillas se pararon a las 15:07, hora del nacimiento de la primogénita de Manso). Manolo Borja-Villel era hasta ahora presidente de su jurado. No sabemos si este 2024, que vuelve a convocarse, le sustituirá Manuel Segade.

Área de barricas inundada por una obra lumínica de Cruz-Díez

En los espacios privados familiares se concentran obras de Jaume Plensa o un neón de Tracey Emin (‘The Last Great Adventure is You’, situada en un área de recreo que se habilitó para el esparcimiento de los habitantes del complejo, incluidos sus trabajadores, durante el confinamiento); piezas todas cuyo hilo conductor es «activar un diálogo entre la Naturaleza, el arte y los retos de la sociedad contemporánea». Pero donde se encuentran en mayor número es en la bodega, un edificio de 1840 de estilo ‘chateaux’ francés que fue restaurado íntegramente en un deseo de mantener vivo un pedazo de Historia. Lo fácil habría sido tirarla y empezar de cero.

La misma preside las hasta 116 hectáreas dedicadas al cultivo de vides de las 350 de la finca (desde 2018 y en colaboración con la Universidad de Navarra, se recuperan incluso cepas autóctonas que se creían extinguidas por la filoxera); 66 parcelas que reúnen hasta 22 tipos de suelo distinto, identificadas con nombres de músicos y pintores: al norte quedan Modigliani, Picasso, Vermeer; al sur, el merlot es cosa de Mahler, de Brahms… Y el inmueble es a su vez defendido por dos grandes ‘guardianes’ de Xavier Mascaró. Atravesada su puerta, la gran ‘Ariadna’, de Manolo Valdés (algunas de sus meninas nos saldrán al paso más adelante). Se dice que esta figura mitológica fue amante de Baco, del que engendró a Enopión, quien enseñó a cultivar la vid a los hombres. Ambos artistas son responsables de los logos de dos de las líneas de negocio de la marca.

Y no es la única colaboración de Otazu con los artistas, lo que redunda en otra línea que engrandece sus conjuntos más allá de las compras: Jordi Bernadó (que también ocupa la biblioteca) inició el programa ‘Una hectárea, una historia’ con una poética serie fotográfica en torno a los trabajadores de estas tierras; el denominado ‘Artist Series’ (con ediciones especiales de hasta 900 botellas) deja sus ‘restos’ en forma de dispositivo musical de Leandro Erlich en el exterior; de dibujo monumental de la ‘performance’ de Tony Orrico en la zona de embotellado; o el inmenso mosaico cerámico en el archivo de Héctor Zamora.

Detalle del proyecto para una de las botellas de la marca con Cruz-Díez

‘Art weekends’, visitas de los ‘collectors’ de ARCO en la Semana del Arte (este año no se llevaron a cabo)artistas generando sus propios caldos… Pero, sin duda, la propuesta más ambiciosa, la que ha sobrevivido a su propio creador, el autor cinético Carlos Cruz-Díez, que ha diseñado la etiqueta (triangular, para más señas) de un gran reserva (Vitral) hasta 2042. Y una obra múltiple y a gran escala, que incluye la caja de la botella. Si cada añada tendrá un sabor, cada año contará también con un color específico.

Por ‘arte de arte’

Hablando de colores: Si aún no se les ha quedado la boca abierta en la sala obra de Jaime Gaztelu denominada ‘La Catedral del vino’, en la que descansan hasta 1.200 barricas de roble francés a las que se las mima con canto gregoriano (sin duda, se genera un espacio cuasi religioso, con su propio altar, presidido por una presa), han de saber que la estancia se transforma por ‘arte de arte’ en una de las obras de ‘cromosaturación’, la más grande del mundo, también del autor venezolano. Esta «no se la activan a cualquiera»

Este crítico no sabe de vinos, pero a poco que las propuestas de la firma sean la mitad de buenas que la calidad de sus fondos artísticos, ustedes se encuentran ante una de las grandes bodegas del planeta. Visita obligada.

Dos guardianes de Xavier Mascaró vigilan la entrada a la bodega

Texto publicado en ABC Cultural el 16 de marzo de 2024

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