Cristina García Rodero (fotógrafa)

 “La vida es interesantísima y estar ante ella de testigo merece la pena

 La foto documental –y el imaginario contemporáneo español– no sería lo mismo sin la figura de Cristina García Rodero: miembro de Magnum, Premio Nacional de Fotografía e infatigable creadora, entre muchos otros logros

Cristina García Rodero en su casa de Madrid (Foto: Matias Nieto)

Es imposible que haya alguien que no sepa quién es Cristina García Rodero (Puertollano, 1949), una de las grandes de la fotografía en España. Ahora bien, su dinerito le ha costado (en lo metafórico y en lo literal) llegar hasta donde ha llegado. Nunca ha sido fácil empuñar una cámara en España y mucho menos hacerlo siendo mujer. Ella lo recuerda en esta conversación al hilo de su participación ahora en dos expos en Madrid: Modos de mirar (Efti / Conde Duque) y Players (Fundación Telefónica), con fondos de la Agencia Magnum, de la que fue el primer autor español en estar representado.

En su modestia, esta mujer menuda que bien ha demostrado ser de armas tomar, me pide que no mencione estas citas, que sería despreciar al resto de artistas que las integran. Y como sabe que soy periodista, me busca “una percha”, un motivo para publicar: La conversión, en breve, del Museo Municipal de Puertollano en Museo Cristina García Rodero, donde se mostrará parte de su trabajo y donde quiere que se ofrezca la obra de los Premios Nacionales de Fotografía, a los que este país cainita que es el nuestro les da la espalda nada más galardonarlos. Porque si algo obsesiona a García Rodero es el tiempo, el paso del tiempo, su impronta. Valga esta conversación para constatarlo.

Cristina Garcia Rodero durante la inauguración de su exposición “Tierra de sueños”, en Barcelona (Foto: Maya Balanya)

Me impone entrevistar a gente como usted porque asumo que ya le han hecho todo tipo de preguntas, que va a ser difícil que yo sea original. Pero entonces reparo en que debe de ser la misma sensación que tiene el fotógrafo antes de disparar en un mundo como el actual, saturado de fotos. ¿Cómo se sabe cuándo se ha de disparar y a qué?

Eso te lo dice el corazón, desde luego. Pero, sobre todo, yo busco mis temas. Y voy a donde haga falta ir. Intentas que en ningún momento se te pase nada que pueda resultar interesante. Eso obliga a estar con los cinco sentidos puestos en cada instante, porque nunca sabes cuándo va a llegar. Y eso supone llenarse de lo que percibes, intentar resistir físicamente y emocionarte con lo que ves. Siempre digo que es una emoción la que te hace disparar, que es cuestión de segundos, una verdadera lucha…

Esta noche me he quedado trabajando hasta muy tarde revisando un trabajo que estuve haciendo en La India. Allí fue tal la cantidad de empujones, unos trances tan fuertes, un intentar meterte en un huequecito donde ni cabes para que no se me escapara nada, que son muchas las veces que o no enfocas o se te va el foco por los movimientos. Y el resultado fueron más de 6.000 imágenes que había que seleccionar de tres días de trabajo.

Y así voy, pagándomelo todo yo, porque, si tengo que esperar a que alguien le interese lo que hago o me dé dinero, no habría comenzado a fotografiar

También es verdad que yo me aburro de mí misma, porque mi vida no cambia. En definitiva, es ir haciendo un trabajo que pueda resultar interesante y que pueda crecer. Y hacerlo sin repetirse. A veces se te cae el alma a los pies porque las buenas fotos no salen, no salen. Cuando no se te cruza uno, está sonriendo otro detrás cuando se supone que aquel es un trance muy dramático, cuando no te han pegado un empujón o no había luz suficiente… Esos problemas hay que ir resolviéndolos en cada momento, mientras luchas contigo misma para no desfallecer y no aburrirte mentalmente. Resistir para no tirar la toalla en muchas ocasiones es muy complejo.

 ¿Y cómo y por qué comenzó a hacerlo Cristina García Rodero? Porque, si no recuerdo mal, su formación fue en Bellas Artes, con Antonio López como uno de sus profesores…

A mí me llevó a la fotografía ver a mi padre, la cara de felicidad que ponía cuando nos hacía fotos. Y el ver los resultados después. Yo asociaba la fotografía, pues, a momentos de felicidad. A ello se suma que era una acción que después dejaba un recuerdo, que dejaba constancia de un momento, de esos momentos mágicos de la niñez. Por eso, cuando llegué a la adolescencia, deseé tener una cámara. Yo se la quitaba a mi padre. Recuerdo mi primera foto: era de mis hermanos vestidos de indios con las toallas de la playa, con unas plumas que no sé de dónde salieron. Me motivaron el juego y el recuerdo, y cuando me compré mi primera cámara, a los 16 años, se impuso el deseo de que quedara algo de nosotros, una etapa que iba pasando, mientras se abría paso también un deseo de crear. Desde muy niña a mí se me dio muy bien dibujar, era feliz haciéndolo. Bellas Artes y la primera cámara llegaron a la misma edad, los 16…

Mencionó antes el esfuerzo que supone hacer una foto.  “Ser fotógrafa –ha declarado–no es disparar una fotos, sino tener proyectos”. Y los suyos han sido siempre a largo plazo…

Una foto buena la puede hacer muchísima gente. Lo veo cuando reviso algunos móviles o compruebo las que mandan a televisión al programa del tiempo. Hay gente que tiene muy buen ojo. Pero lo que no tienen, tal vez, es el deseo de dedicar toda su vida a investigar sobre la fotografía, o a contar de una manera coherente y personal, no solo un rato. Falta el deseo de generar un cuerpo de obra, algo que les defina, que marque una trayectoria. Lo que mueve en esos otros casos es una actitud lúdica, muy por placer. Falta la vocación, que se ha de solapar con el placer. Y en eso incide también una formación, ciertos conocimientos, dedicación; otorgar con toda la generosidad del mundo todo tu tiempo, toda tu paciencia.

También se habla mucho de usted como “fotógrafa documental”, pero para usted, ese adjetivo, el de “documental”es más amplio: se considera creadora.

Claro que soy documental, que es una palabra que me gusta mucho. Pero aunque estés dejando un documento, constancia de algo que está sucediendo con una foto, estás creando, porque tú eres el que decide dónde ir, cuándo, desde qué lugar disparar, a qué personas, con qué encuadre… Todo eso es una pequeña historia dentro de una historia grande. Todas esas decisiones te definen como creador. Quizás yo dejé atrás una fotografía más de estudio, más preparada, pero porque creo que es más interesante lo que yo puedo descubrir que lo que yo puedo contar. La vida es interesantísima y estar ante ella de testigo merece la pena. Y también de esa manera aportas mucho de lo que eres. Yo no soy objetiva para nada. Me sitúo ante lugares y personas que me emocionan, que me intrigan. Voy buscando hilos conductores, historias que contar. No hay nada de casualidad en lo que ofrezco.

Participa ahora en la expo “Modos de mirar” organizada por Efti en Conde Duque. Le pregunto, pues, eso, ¿cómo mira Cristina García Rodero? ¿Qué atrapa su atención, independientemente del contexto? ¿Cuáles son esos temas que tanto menciona?

Cristina García Rodero es ante todo una persona muy curiosa y muy vital. Y lo que quiere es contar cómo es la vida, lo que a ella le emociona de la misma. También lo que le horroriza. Yo necesito sobre todo emocionarme, curiosear, que se me abran los ojos, que sienta lo que tengo delante. Mi manera de mirar, yo procuro que sea lo más tierna, lo más emotiva posible. Porque la vida está llena de dramas y te los encuentras aunque vayas a un sitio donde crees que hay mucha imaginación o divertimento. Esas historias que a veces aflorar y que otras lo hacen tras una conversación son las que me seducen. Mis desplazamientos son pretextos para hablar de la vida, de lo que nos asemeja y nos diferencia, aunque, al final, yo creo que son muchas más las cosas que nos unen, aunque seamos de religiones y países distintos. Son la política y la religión las que crean barreras entre nosotros, no las fronteras.

«Escrito en Geez. Lalibela. Etiopía, 2009» – © Cristina García Rodero / Contacto

La muestra también se ocupa de la relación del fotógrafo con el modelo. Hace poco le preguntaba a Graciela Iturbide, a la que usted admira, si todas sus fotografías tenían nombre y apellido. Ella me decía que, al menos, todos los nombres estaban anotados en una libreta. ¿Cómo es su relación con aquellos a los que fotografía?

A veces esas relaciones son estupendas y otras pasan en ese momento. Este año vuelvo a La India. Yo no hablo inglés, mucho menos hindi, eso me dificulta mucho lo de anotar todos los nombres al desconocer su alfabeto. Pero cuando puedo tener una relación más tranquila, claro que recuerdo a esa persona en el futuro. Cuando trabajé con Vicente Ferrer, que llevaba una traductora maravillosa, eso me permitió contar con todos los datos de aquellos con los que coincidí. Y hay algunas a las que quiero por cómo se portaron conmigo. Recuerdo que una mujer, mientras yo hacía fotos, no dejaba de coser a toda prisa, lo que hacía que no atendiera a la cámara. Yo pensé: “¡Qué maravilla! ¡Pasa de la cámara! ¡Actúa con total normalidad!”. Y es que me estaba haciendo un camisón. Cuando me lo dio, yo, por temor a equivocarme, pues no sabía si tan solo me lo mostraba, llamé a la traductora. Eso hizo que ella se avergonzara de lo que me estaba dando, pues le hizo pensar que no tenía la calidad requerida para alguien que venía de fuera. A esa mujer yo la recordaré toda la vida con absoluto cariño. Yo sé que si hablara su idioma, yo con ella me iba a entender perfectísimamente. Muchas veces me quedo con un mal sabor de boca por no poder permancer más tiempo en los lugares a los que llego.

Si hay un proyecto que la lanzó a la fama fue “España oculta”. Usted que tanto ha analizado los ritos y las tradiciones, ¿son algo que nos anclan al pasado y no nos dejan avanzar o realmente una esencia que se debe proteger?

Es cierto que no te dejan avanzar, pero muchas veces son el recuerdo de un pasado, y el pasado es Historia. Y conviene saber de ella. Es necesario saber de dónde vienen las cosas y por qué. Toda fiesta es un cúmulo de sensaciones y de ideas. También un ritual. Y algunos te dotan de grandes enseñanzas, pautas que han sido capaces de perdurar siglos y siglos.

Muchas veces ha dicho que a esos pueblos no es que fuera la primera vez que llegara una mujer fotógrafo, es que era la primera vez que llegaba una cámara. ¿Ha cambiado España? ¿Ese proyecto, iniciado ahora, tendría sentido u otro sentido?

Yo tuve muchos problemas en esos días, pero también viví experiencias maravillosas. Y los problemas venían sobre todo de la falta de medios de comunicación, de infraestructuras para llegar o salir a los sitios. Había momentos en los que me quedaba anclada en una ciudad o un pueblo, y yo no tenía dinero para pagar coches privados o taxis. En ocasiones costaba lo mismo el billete de tren para llegar a Galicia que un coche para llegar a una aldea cercana. Tampoco había información, y quizás eso fue lo más complicado y lo que yo más valoro de mi trabajo: las horas y horas que me pasaba hablando con las gentes de los pueblos, primero con las telefonistas, que fueron para mí una ayuda inmensa, pero también con los alcaldes, los secretarios, los sacerdotes, los taxistas; los recepcionistas de hoteles, de fondas, de pensiones; con los camioneros o los que iban a la iglesia a pedir limosna o los feriantes; cualquiera que se sentara conmigo en el autobús o en el tren, a los que bombardeaba a preguntas para obtener la información necesaria para saber dónde tenía que ir o lo que había que ver.

Hay gente que tiene muy buen ojo. Pero lo que no tienen, tal vez, es el deseo de dedicar toda su vida a investigar sobre la fotografía

Lo bueno es que todo estaba virgen, por descubrir. No había cámaras de fotos, de forma que todo era un placer: vivías esas fiestas y ritos “en la intimidad”, lo cual es una tontería, ya que llego a lugares donde todo se hace en la calle, de forma masiva. Pero yo necesito de esa intimidad con las personas, que no se den cuenta de que hago las fotos, porque, si es así, el resultado se transforma en otra cosa. Ahora lo que se juntan son montones de cámaras de vídeo, de móviles. Aficionados y profesionales. Cuando yo empecé eran pocos los que se podían permitir una cámara, y tampoco interesaban todas las fiestas, exceptuando unas cuantas, las importantes. Por ese tiempo, todo eso se asociaba al pasado, y a un pasado no floreciente. Me estoy dando cuenta de que antes no te constesté a un cosa.

¿Cuál?

A que por qué dedico tanto tiempo a los proyectos…

Tiempo es entonces de responder.

Pues porque soy una pesada. Así de claro. Soy una perfeccionista a la que le gusta hacer su trabajo perfectamente bien, que piensa que todo lo puede mejorar y, en esa inercia, lo eterniza todo en el tiempo. Lo que más me cuesta es decidir cuándo algo está terminado. Y también me cuesta mucho buscar dónde, cuándo y cómo exponer. Mis exposiciones son grandes, por lo que requieren de mucho dinero y espacio. Y en España no hay tantas buenas salas ni gente que quiera dedicar tiempo a esto. Yo expongo cuando me dan un premio. España oculta lo costeé yo. También España fiestas y ritos, que me apoyó Kodak con 50 fotos… Y así voy, pagándomelo todo yo, porque, si tengo que esperar a que alguien le interese lo que hago o me dé dinero, no habría comenzado a fotografiar.

Hablando de mujeres: en algún lugar le leí que afirmaba que no es que haya fotógrafos machistas. El problema es que la fotografía es machista.

A la mujer se nos ha dejado siempre de un lado en la fotografía. Siempre es el hombre el que ha tenido voz y mando y en la mujer se ha confiado poco. Siempre se ha pensado que esto, para nosotras, era trabajo de un periodo de tiempo que dejaríamos antes o después porque nos vendrían “otras cosas”. Eso lo he oído yo muchas veces. No hay futuro para confiar en ellas. No se ha creído en nosotras, esa es la realidad. Y no es cuestión de que no haya buen material: es que cuando alguien quiere invertir en algo quiere que eso sea a muy largo plazo. Por eso no se nos ha tomado nunca suficientemente en serio. Sí que creo que las cosas están cambiando y que el reportaje fotográfico requiere de muchísima dedicación, muchos desplazamientos, llevar una vida dura, correr riesgos. Es difícil que sea el hombre el que se quede de niñera.

Sin embargo, y curiosamente, hay solo dos españoles en Magnum y los dos mujeres.

No, no. También hay un reportero magnífico de guerra: Moisés Saman, de padre peruano y madre catalana. Lo que hay son dos mujeres españolas que se llamen Cristina. Lo único que nuestro proceso fue a la inversa: yo empecé en Bellas Artes y salté a la foto. Ella comenzó en el reportaje y de ahí salto al arte porque es muy creativa. Son dos procesos muy diferentes.

¿De qué salud goza la fotografía española?

La fotografía y el arte en España son magníficos. El nuestro es un país de creadores, con un potencial tremendo, pero se olvidan de nosotros. No tenemos ni siquiera un centro nacional de la fotografía, cuando países con economías mucho más pequeñas cuentan con ellos. ¿Qué va a pasar con infinidad de archivos? ¿Qué va a pasar con todo aquello, pues somos muchos los que no tenemos hijos? ¿Vamos a tener que seguir oyendo historias de que lo nuestro lo encontraron en la calle tirado en la basura? Y recordemos que ese centro ya estaba aprobado en el BOE. Es una falta de seriedad, de compromiso y de mirar al futuro, cuando es un instrumento fundamental para el conocimiento de nosotros mismos.

Ahí quería llegar yo. Contra esto, otra colega, Isabel Muñoz, arremetía, a su manera, en una entrevista que le hice recientemente. ¿Nos tomamos en serio nuestra fotografía?

Los fotógrafos, por descontado, pero también con dolor. Sabemos el camino que nos toca. Cuando ves a gente tan joven formándose, que nunca ha habido tanta interesada en la disciplina, sabes que les queda todo un camino de espinas. Si Isabel se enfadaba es porque sabía que el centro en el que estaba exponiendo [Tabacalera, en Madrid] se había destinado a Centro Nacional de Fotografía y Cine, y nos lo han quitado. Los Premios Nacionales no tienen donde exponer. ¿Dónde los vamos a exponer?

Color o blanco y negro. La eterna pregunta. Usted apunta que el color es “más objetivo”.

Sí, porque te da mucha más información que el blanco y negro. Este, al anular parte de la realidad o reducirla a dos tonos en múltiples gamas, te aleja de la misma. Todo se vuelve mucho más misterioso e imaginativo. El color te centra, te resitúa. Los dos son hermosísimos, te hablan de una manera diferente, pero lo que de verdad importa no es la técnica sino lo que cuentas y cómo lo haces, lo que es tu estilo. ¿Qué importa que eso vaya en color o blanco y negro?

Cristina García Rodero es ante todo una persona muy curiosa y muy vital. Y lo que quiere es contar cómo es la vida, lo que a ella le emociona de la misma. También lo que le horroriza

También es de los pocos artistas a los que les he escuchado que la digitalización fue positiva.

¡Claro que tiene sus cosas buenas! Pensar que el progreso te trae solo cosas malas es absurdo. Aprende a quedarte con lo positivo. Yo, hubo un momento en el que pensé que me iba a quedar para siempre en el blanco y negro, porque cuando se empezó a imponer la tecnología digital, yo ya llevaba muchos años trabajando con la técnica analógica. Pero el digital me da unas facilidades que el analógico no. Ya no tengo que ir cargada con película de sensibilidad baja, media y alta porque no sé que me voy a encontrar, que llevaba unos maletones con carretes, que luego terminaban caducando. Ahora cambias la sensibilidad o la temperatura de color en la cámara con un botón. Estás viendo al momento lo que estás haciendo y puedes saber si lo que falla es la cámara o tú mismo.

“Fotografiar es querer ver”. Admite que cuando sale a la calle no ve nada, que eso solo ocurre cuando le acompaña la cámara. En realidad, con la cantidad de fotografía volcada ahora en redes, en internet, ¿vemos tanto como pensamos o la tecnología nos impide realmente ver?

Estamos experimentando una euforia por la imagen. La gente está literalmente pegada a sus móviles, que son como una verruga, que es como yo siempre he definido cariñosamente a mi cámara, porque para mí no es un objeto, sino algo mío, que no noto, una prolongación de mi ojo, de mi mano, de mi corazón. A eso se suma a que, sin conocimientos, porque el teléfono te lo da todo hecho, estamos logrando hacer muy buenas imágenes, mientras somos capaces de documentarlo todo, para luego, a la postre, compartirlo con los demás, aunque sean auténticas tonterías. Estamos en un momento de “todo vale”, en el que no hay selección de los contenidos. Por último, somos especialmente sensibles al concepto de fama, que las redes sociales amplifican. Las aguas volverán a su cauce, estoy segura, sobre todo cuando nos demos cuenta de que la privacidad es mucho más importante que mostrar lo que comes o el cine al que vas. Además, el tiempo es oro, y lo están perdiendo abusivamente en todo esto, en subrayar lo irrelevante. Ahora: yo no niego la importancia de estas redes, que permiten que la información llegue más lejos y fomentan la participación. Lo complicado es saber quedarse con la calidad frente a la cantidad. Soy de las que piensan que el anonimato es algo magnífico. La intimidad es lo más valioso que tenemos y la estamos sobreexponiendo en exceso.

Estoy con usted, creo que las nuevas generaciones han mezclado los conceptos de privacidad e intimidad. ¿Usted tiene redes sociales, Cristina?

No. ni las quiero. Ya paso muchas horas tirando correos electrónicos a la papelera, mucha publicidad, cosas que yo no he pedido. Y seguro que me quedo sin muchas cosas buenas de la redes, pero sobre todo, sin nada de la parte mala. La pérdida de tiempo…

Detalle de «Mirada de ángel. Lalibela. Etiopía, 2009» – © Cristina García Rodero / Contacto

Por cierto, es la autora del retrato oficial de los Reyes actuales…

No, no, no. Es Gorka Lejarcegi, que es una magnífica persona, que ha sabido hacer un retrato muy sencillo pero de gran calidad. Yo lo que hice fue un reportaje sobre el cuarenta cumpleaños de Doña Letizia, porque hay una tradición entre la realeza de hacerlo entonces, cuando se supone que estás en la mitad de tu vida.

A mí lo que me interesa de este asunto es que por primera vez se empieza a apostar por la foto y no por la pintura para cuestiones como estas. ¿Qué lecturas hace de esto?

Yo recuerdo que en ese momento, Letizia… ¡Me estoy dando cuenta de que te estoy hablando de ella como si fuera mi amiga! Lo que la Reina siempre me decía era “yo quiero fotos sencillas. Sin joyas, sin diademas, por favor”. Y así lo hice. Lo que yo quise transmitir en ese momento es que aquella era una familia normal, una pareja que trata a sus hijas con muchísimo cariño, desde la absoluta normalidad me recibieron… En la misma línea, yo, que considero que la fotografía es un arte, sabía que la técnica, sin discusión, podía dar buenos resultados para un encargo como este. No hay más que ver la obra de muchos autores para saber que la fotografía es un arte. No todos los pintores son creativos, lo que tienen es mucha técnica, lo que nosotros llamamos “cocina”. Voy a recordar a alguien que para mí fue entrañable: Manuel Marín, que fue Presidente del Congreso. Él se empeñó en meter la fotografía en esta Cámara, pues a cada presidente saliente hay que hacerle un retrato. Él apostó por nuestra técnica, y eso dice mucho de él, de lo abierto que estaba. Fue un hombre con ideas modernas. Y tuvo que luchar por ello, porque no nos aceptaron tan fácilmente la fotografía. Se tardó toda una legislatura. Pero él quería ser fotografiado. Yo no lo conocía hasta entonces pero se generó una gran amistad. Recuerdo su sentido del humor y lo entrañable que era. Doy gracias a la fotografía porque me permitió conocerlo.

“El ser humano tiene una espiritualidad. Necesita creer en cosas”. Esa es la base de “Entre el cielo y la tierra”, otro de sus grandes proyectos. ¿En qué cree Cristina García Rodero?

¡No te lo digo! (ríe)… Creo en la bondad de la gente, y mira si eso es algo frágil, porque muchas personas con buenos sentmientos, en una situación difícil, pueden cambiar de parecer radicalmente.

Premio Nacional de Fotografía, Magnum, miembro de la Academia de Bellas Artes…¿Qué queda por hacer? ¡Ya sé: una cuenta en Instagram!

Déjame que te recuerde el premio que a mí me llenó más de satisfacción, que es la Medalla al Mérito del Trabajo, algo que jamás me esperaba. Pero si algo me define a mí, es que soy una gran trabajadora. ¿Qué me queda? No lo sé. Al menos cerrar todos los proyectos que tengo abiertos antes de que me haga más mayor. Pido que la ilusión no se me agote. Que todo lo que viene en mi contra no me haga tirar la toalla. Voy a seguir luchando por mi obra, pero también por la de los que vienen detrás. Pelearé porque haya más becas, porque haya un centro que gestione la fotografía en España y un espacio para gente consagrada y para gente que comienza en la disciplina. Para los que han cumplido. Que no se nos vayan, como ha ocurrido con muchos de los que trabajaron en los cincuenta y por ello nunca pudieron optar a un Premio Nacional de Fotografía o medallas al mérito en las Bellas Artes.

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 16 de junio de 2018

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