Delcy Morelos: «Nos cedemos continuamente saberes en el tiempo y el espacio»

Delcy Morelos: «Nos cedemos continuamente saberes en el tiempo y el espacio»

La colombiana, aclamada en la anterior Bienal de Venecia, ocupa los espacios monumentales del CAAC y los conecta, a través de la tierra, con nuestros saberes más primarios

Por Javier Díaz-Guardiola

Reaparecen desnudos y renovados los espacios monumentales delCAAC gracias a la intervención de la colombiana Delcy Morelos, aclamada en la última Bienal de Venecia, con gran muestra ahora en la DIA Art Foundation de Nueva York. Ella entiende además ‘Profundis’, su propuesta en recorrido laberíntico para estos ámbitos, como un gran útero del que salimos con una nueva conciencia sobre la tierra (su material fetiche), nuestra conexión con ella, en esta «iglesia dentro de otra iglesia». Un viaje de ida y vuelta en el que la artista nos imbuye en tradiciones ancestrales más respetuosas con la Naturaleza, mientras realiza un guiño sin rencor a los viajes de Colón, a la Historia de un museo tan vinculado al Descubrimiento y la colonización.

—¿Cómo entiende ‘Profundis’, que no es una exposición con distintas obras, sino una instalación en sí?

—Mi trabajo no se basa en hacer pinturas o esculturas, sino que yo genero experiencias. ‘Profundis’, para mí, es una cueva que en realidad representa un útero realizado con tierra. Es una iglesia dentro de otra iglesia, y el recorrido que propongo es el de penetrar en este útero, asumir el paso por el mismo y, de alguna manera, renacer cuando se vuelve a salir y se enfrenta uno al amarillo de la pieza del altar. Literalmente esto es un ‘dar a luz’. La muestra, con sus distintas partes y ubicaciones, lo que hace es mostrar la tierra en distintas profundidades. Es útero en la cueva. Es albero en el altar. Es seno en otras estancias. Es alimento en la Capilla de Colón… La tierra es oscuridad, pero las semillas, latentes, van brotando, abandonándola.

distintas propuestas de ‘Profundis’, en el Monasterio de la Cartuja, actual CAAC (Foto: MARÍA GUERRA)

—Comienza a trabajar como pintora, pero en algún momento lo bidimensional se le queda corto y da el salto a lo tridimensional. ¿Qué ocurrió?

—Tienes razón. Yo pinté mucho y trabajaba con problemas que veía que no solo tenía mi país, sino toda la humanidad. Problemas de racismo y de violencia principalmente del hombre hacia el hombre. Constaté entonces que la tierra siempre era un trofeo de guerra. En Colombia, sin ir más lejos, la guerrilla y los paramilitares sacaban a los campesinos de sus tierras y se apropiaban de ellas. Asimismo, tuve mis maestros ancestrales e indígenas que me mostraron la tierra en otra dimensión que es la que yo pongo en valor en lugares como el CAAC, que se basa en su naturaleza sagrada. Para mí, ha sido un sueño hecho reaidad: pensé que nunca se iba a lograr. Introducir la tierra en el ámbito expositivo ya era un gran paso para mí pero hacerlo en un espacio sagrado como es una iglesia era algo impensable.

—Es cierto que aquí tiene muy en cuenta la Historia de este lugar, un antiguo monasterio, sede de los restos en el pasado de Cristóbal Colón, más tarde industria cerámica. ¿Es lo habitual en su proceder?

—Hay pocos espacios tan connotados históricamente como este en el que a los artistas se nos permita trabajar, de forma que aquí era inevitable. Yo entré hace unos años en el Arsenale de la Bienal de Venecia pero ese lugar no está tan cargado emocionalmente como este. El DIA Chelsea es una antigua bodega, antigua, pero nada que ver. Este es sin duda el lugar más poderoso en el que he expuesto. Siempre intento que la memoria del escenario expositivo entre en mi trabajo, pero aquí no afectaba solo la carga espacial, las dimensiones, la luz que penetra en él… O la no luz.

—¿A qué se refiere?

—Cuando empezamos a trabajar en esta exposición esta sala tenía sus ventanas tapiadas. Y la luz artificial es una luz muerta, una luz que no genera vida. Por contra, la natural permite germinar a las plantas y genera ambientes. Es decir: si tu vienes al CAAC por la mañana, la luz incide en el albero del altar, pero si lo haces en la tarde, lo iluminado es la entrada de la iglesia. La experiencia de la pieza es distinta y la energía que se genera también. La luz artificial es neutra, continua. No genera vida. Aquí las plantas que empleo se alimentan de la luz. Como lo haces tú.

—Alude a las culturas indigenistas y señala cómo estas subrayan la relación directa entre el ser humano y la tierra, algo que hemos perdido en Occidente. ¿Cómo cree que el arte puede ayudarnos a recuperarla?

—Cuando uno ve la tierra que he depositado en el altar, ese color dorado del albero, recuerdas inmediatamente los estofados dorados de los retablos barrocos. Para mí la tierra es como el oro. Pero no nos hemos dado cuenta de lo valiosa que es. Sin su fertilidad no nos podríamos alimentar. Sin una agricultura sostenible desertificaremos los campos. El que ahora los alimentos se compren en el supermercado es lo que rompe la relación con su poder y que se pierda el conocimiento que da cultivarla. Por eso dejo a la vista cómo crecen las semillas de maíz o de chía en el CAAC.

Propuesta de ‘Profundis’, en el Monasterio de la Cartuja, actual CAAC (Foto: MARÍA GUERRA)

—Le hago de abogado del diablo, sobre todo por la dimensión ecologista de las obras. ¿No le plantea cierta contradicción el realizar cierto trabajo de extractivismo, de sacar la tierra de su ámbito natural para que llegue a un museo donde no es tratada como se debería?

—La tierra es un ser viviente. Y estoy segura de que a ti te gusta viajar…

—Por descontado. Aquí estoy hoy.

—Te gusta experimentar. A la tierra también. Hoy es feliz aquí estando en esta antigua iglesia, está disfrutando estando en el altar, disfruta siendo ahora vientre. Disfruta mostrando su vocación de generadora de vida. Así lo siento. Y volverá más tarde, tras su paso por el museo, a un jardín, a un campo de cultivo, y llegará nutrida por sus propios nutrientes y por el sudor de las manos que aquí la tocarán. Invito a tocar las piezas…

—¿Se considera una artista del Land Art?

—Yo soy escultora. No he hecho ninguna intervención en el paisaje. Creo que soy una nueva manifestación del Land Art, más actual. Esa corriente se dio en un momento específico de la Historia del Arte pero ahora mismo se está revisando y enriqueciendo.

—Tengo también que preguntarle por sus formas, por esas tendencia a la abstracción en sus resultados y geometrización en sus formas. Esa cueva es casi un zigurat.

—Eso es así porque pienso que si muestro la tierra de una forma mucho más barroca, el resultado sería muy cercano a cómo ella misma lo hace en el plano natural. Si tiendo a formas más minimalistas la asumes de manera directa y distinta. Me gusta jugar con esa tensión entre lo muy orgánico de su naturaleza y lo geométrico de su presentación por mi parte.

—Hay un mensaje femenino y feminista en las propuestas. Me gusta una alusión en el texto de la comisaria que dice que todo lo relacionado con los afectos, los cuidados, puede que sea ‘femenino’ pero que es fácilmente aprendible por los otros géneros.

—Creo que todos los seres, llámese hombre, mujer, animal, planta, tiene una parte masculina y otra femenina. Lo que ocurre es que tenemos una tendencia a irnos a los extremos, a ser o muy femeninos o muy masculinos. Y lo que debemos hacer es buscar un equilibrio. Obvio que el hombre puede generar cuidado, ser respetuoso con el lenguaje y sus palabras, que son otra forma de violencia. Yo aquí he usado unas herramientas que yo llamaba «mis armas secretas» con las que generar cuidados desde el arte. Porque también creo que mientras hablamos generamos arte, y hay que cuidar a esas personas que me están ayudando a hacer arte, los que te traen los materiales, los que te proveen… Precisamente porque trabajo con la tierra tengo que generar un ambiente fértil, de cariño, porque la tierra es cariñosa y si no recibe cariño se torna hostil y es imposible trabajar con ella. Te lo digo muy en serio.

Propuesta de ‘Profundis’, en el Monasterio de la Cartuja, actual CAAC (Foto: MARÍA GUERRA)

—Habla también la comisaria de «activismo silencioso». ¿Qué significa para usted este concepto?

—Aunque no lo percibamos, la materia habla. Aquí, la materia se está manifestando. Lo hace en silencio. Lo que ves no se oye.

—Casi es más evidente la presencia de lo olfativo…

—Me interesa mucho el olfato porque este está muy relacionado con la memoria en el cerebro. Nuestra memoria olfativa es básica aunque la hayamos perdido, y nos lleva directamente a nuestros instintos. Cuando estábamos en las cavernas, si venía el tigre lo tenías que oler, porque este puede ser muy silencioso y puede que no sientas su presencia, pero su olor no lo puede disimular u ocultar. Tu supervivencia dependía del olfato. Creo que gracias al olfato se despiertan también hoy determinados instintos y comienzan a operar, ante una pieza olfativa, partes de ti de las que no eras consciente. Te vuelves más sensible.

—Coincide este proyecto con el que ha mencionado en Nueva York, el ‘Abrazo’ en la DIA de Chelsea. ¿Qué les une y que les separa?

—Aquí hay muchos elementos con los que ya trabajé en Nueva York pero son muy distintos en su formulación porque lo son los contextos. Allí, mi primera exposición en Norteamérica, la arquitectura es muy diferente. Aquí trabajo mucho más con el lugar, con el contexto. Y las tierras son muy distintas. El albero, yo creo que no hay nada parecido en otras partes del mundo. Nunca habría pensado en un altar para la DIA. Aquí se dio de forma natural.

—¿Es obligatorio que el material con el que trabaja sea de proximidad?

—Eso es. Como lo es trabajar con personas del lugar. Ellos me comunican cosas que yo no conozco o entiendo de la tierra de un lugar. Aquí me ocurrió con un agricultor. Me he dado cuenta de que la tierra aquí es muy fértil. Nunca antes habían germinado las semillas tan rápido.

—La instalación en Venecia de 2022 fue la que le dio notoriedad internacional. Su disposición era más laberíntica. ¿Lo es esta sin que nos demos cuenta?

—Justo, porque te obliga a transitar por distintas habitaciones y te puedes perder en ello, mientras la pieza te invita a ‘perderte’ en ella.

Propuesta de ‘Profundis’, en el Monasterio de la Cartuja, actual CAAC (Foto: MARÍA GUERRA)

—¿Qué supuso Venecia para usted?

—Fue una experiencia muy intensa. Mi primera exposición de gran formato fuera de Colombia, lo que significaba también estar fuera de mi hábitat natural y conocer por vez primera otro tipo de tierras. En Sevilla me ha ocurrido lo mismo. La tierra es distinta en cada lugar y eso hace que las obras sean irrepetibles, distintas, aunque intentara hacer la misma.

—¿Ha visto la Bienal de Este año? Quizás por su discurso orientado al sur global le era más favorable.

—Quizás, pero también pienso que fue importante participar en ese momento, y que la propuesta de Cecilia Alemany era sólida e interesante.

—¿Y ahora?

—Después de cada trabajo intenso como este me surgen más inquietudes. Aprendo más cosas. Se me ocurren más obras haciendo estas. Las circunstancias llevan a soluciones distintas. Igual que homenajeaba aquí la llegada de ciertas plantas a España desde América gracias a Colón, yo ahora me llevaré cosas. Nos estamos cediendo continuamente saberes en el tiempo y en el espacio.

Delcy Morelos, con una de las piezas en la Capilla de Colón
Delcy Morelos. ‘Profundis’. CAAC. Sevilla. Avda. Américo Vespucio, 2. Comisaria: Jimena Blázquez. Hasta el 9 de marzo de 2025

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 1 de junio de 2024

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