El fenómeno de los «famosos que pintan»

Cría fama y ponte a dibujar

El estreno de Pedro Almodóvar como pintor exponiendo en Tabacalera-Madrid y la muestra del músico José María Cano en el Museo de Arte Antiguo de Lisboa nos permiten reflexionar sobre el fenómeno de los «famosos que pintan»

José María Cano, trabajando en su casa de Londres

Fue el director de cine Fernando Colomo el que una vez afirmó: «La pintura fue mi primer amor; la arquitectura, mi esposa oficial; y el cine, mi amante, mi eterno compañero de viaje». Con ello dejaba claro que él no es de los que tiene dudas a la hora de decidir si quiere más a papá o a mamá (metafóricamente hablando) y evidencia una realidad entre distintos agentes de la cultura: «la promiscuidad» con la que son capaces de saltar de una disciplina creativa a otra, en algunos casos, a algo muy distinto de aquello que les ha dado notoriedad.

Estas semanas, dos casos devuelven el fenómeno a la actualidad. De un lado, la colaboración entre el pintor Jorge Galindo y el oscarizado Pedro Almodóvar en Tabacalera. Se trata de la exposición Flores, que convierte momentáneamente al autor de Dolor y gloria en pintor. De otro, la muestra que el Museo de Arte Antiguo de Lisboa dedica al otrora músico y miembro del grupo Mecano José María Cano, donde se mide con su apostolado, nada más y nada menos que al de Zurbarán y a la colección que esta histórica institución alberga del maestro extremeño. Dos casos de diferente calado y estrategia, pero de igual alcance, que invitan a reflexionar sobre un fenómeno que para nada es nuevo.

Luis Eduardo Aute e su taler (Foto: Oscar del Pozo)

Antes que ellos, ya pintaron otros como el músico Luis Eduardo Aute. De hecho, si uno se sumerge en las hemerotecas, las primeras referencias en prensa del autor de Al alba no lo eran por su valía musical, sino por sus pinceladas. Era noviembre de 1961, y Aute, un zagalillo de 16 años en el que la revista Blanco y Negro posaba su mirada por su habilidad artística. A lo largo de su vida, el compositor le ha podido ser más o menos infiel a muchas cosas. La pintura no ha sido una de ellas.

Colomo sigue pintando, como lo hacen otros casos que puedan parecernos más o menos sorprendentes, como los de los actores Sylvester Stallone, Jim Carrey o Johnny Depp. Al igual que encontraron inclinaciones artísticas músicos como Brian Eno (que ha acabado en el videoarte, cuyos resultados hemos visto en España en el LOOP y la galería IvoryPress), Paul McCartney o el camaleónico David Bowie. Hasta Miley Cyrus y Madonna han hecho sus pinitos con la paleta y los lienzos. La última en llegar, Britney Spears. En España, son sonoros los casos de Jordi Mollá (también ha publicado alguna novela) o de Alejandro Sanz, que el pasado año se convertía en «colectivo» junto a otro curioso artista como es Domingo Zapata. ¿Recuerdan al cocinero Ferran Adrià presentado a bombo y platillo como artista en Documenta 12? La lista es interminable…

Fernando Colomo ante uno de sus cuadros

El director de Ópera prima, Colomo, sigue cultivando la pintura, casi como descanso y refugio: «Nunca me he dedicado profesionalmente a ella -nos aclara- pero el dibujo me acompaña desde mi juventud. El óleo empecé a trabajarlo más tarde, poco después de nacer mi hijo, que ahora tiene 31. Fue entonces cuando comencé a tomármelo todo un poco más en serio -llegó a tomar clases-, haciendo alguna exposición importante».

Colomo se refiere, por ejemplo, a la muestra que en 2010 realizó en la galería Kreisler, o el proyecto que en 2018 auspició el Ayuntamiento de Valladolid y que lo llevó a desarrollar un bestiario a cuatro manos junto al pintor Adolfo Alonso Ares. Según señala, si en realidad se inició en el dibujo fue porque sus materiales «eran mucho más baratos para un niño en la España de la posguerra»: «Recuerdo que con 14 años realicé un curso por correspondencia de dibujos de historietas. Me gustaban mucho los cómics, se me daba bien, y me planteé lo de dedicarme a ellos de mayor. Llegué a controlar el sector, a ser un pequeño “crítico”, y a descubrir cómo algún autor español plagiaba viñetas de Flash Gordon, solo que quitando al extraterrestre y poniendo a un indio».

Almodóvar y Galindo, en Tabacalera

En la actualidad, el director de Alegre ma non troppo aprovecha los veranos para dar rienda suelta a este hobby cuyos resultados no están muy alejados de las escenas intimistas de sus producciones. Solo en una ocasión introdujo uno de sus cuadros en una película: «Fue para una serie, El pacto. Sin embargo, salió de refilón. Si llegó a verse algo fue el marco», bromea.

Por su parte, Pedro Almodóvar, tras su paso por el CAF de Almería, traslada (con el apoyo del Ministerio de Cultura) a Tabacalera su colaboración con Jorge Galindo, cuya base son las fotos ampliadas del autor de Carne trémula, intervenidas pictóricamente por ambos. Fotos, por otro lado, que el manchego ya ha expuesto en galerías como La Fresh en Madrid o la Marlborough de Nueva York: «Casi todo lo que empiezo», puntualiza, «salvo el hecho de escribir y hacer películas, que son actos muy conscientes y de los que tengo una vocación clara desde muy joven, el resto de cosas en mi trayectoria ha aparecido de un modo muy espontáneo, sin que yo forzara lo más mínimo. Es cierto que siempre he hecho fotos durante mis rodajes, pero recuerdo perfectamente lo de ponerme a hacer los primeros bodegones fotográficos un poco inspirado por la generación de los hiperrealistas españoles, Isabel Quintanilla, Antonio López, a los que acababa de ver en el Museo Thyssen. A Antonio lo conocía mucho, pero recuerdo un cuadro muy pequeño de Isabel, un vaso casi como los que yo colecciono de cristal, con una flor, dibujado. ¡Fue tal la emoción que me produjo! Fue eso, y que era Semana Santa y estaba profundamente aburrido, lo que me llevó a “descubrir” las cosas que tenía en la cocina».

Jordi Molla, pinta, escribe y hace cine

La fotografía de Almodóvar (con guiños a la misma en Dolor y gloria, así como a buena parte de la colección de su autor, para el que las obras de arte, «en mis películas, no son meros accesorios, sino que me sirven para narrar y contextualizar a los personajes») ha pasado por varias fases, y a punto estaba de incluir la figura humana, algo que interrumpió el «enredo» en el que le terminó metiendo Jorge Galindo: «La pintura me ha abierto un campo de expresión en el que todavía puedo experimentar más. Lo que ocurre es que aún no tengo ningún plan. Lanzarme yo solo sería muy distinto. Pero la experiencia con el color, con el material, es algo tan físico, tan espiritual, que engancha. No quiero utilizar el término «terapéutico», pero alivia. Una de las cosas más gozosas de la pintura es que la respuesta sobre lo que estás haciendo es muy inmediata. En el cine necesitas que pase un año y medio para saber cómo es la película o qué piensa la gente de ella».

José María Cano, el otro «pintor» de actualidad, ya saltó en su día del pop a la ópera (y ahí quedó su obra Luna), para acabar planeando en el ámbito de las artes plásticas. Tal y como dejó referido hace tiempo en una entrevista en ABC, «para mí, música y pintura son ámbitos complementarios. Pero la letra de una canción impone un sentimiento concreto, mientras que las artes plásticas son una propuesta abierta al observador […] El arte hoy requiere de provocación, política, uniformidad total u otredad para ser motivo de consideración. El mío carece de todo esto, de forma que no le voy a negar que mi camino es un tanto solitario». Todo ello, sin embargo, no le ha impedido entrar en espacios como el CAFA de Pekín, la galería Riflemaker, el DOX de Praga, el PAN de Nápoles… o el CAC de Málaga.

Daniel Guzmán fue grafito antes que actor y cineasta

Si echamos la vista atrás, es fácil toparse con un Victor Hugo o Henry Michaux dibujantes excepcionales. También, en España, a poetas como José Miguel Ullán con una interesante faceta artística. De una forma natural, cineastas como Bertolucci o Fellini (a este le vimos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde todavía hoy se exhibe la fotografía de Carlos Saura) convirtieron sus storyboards en auténticas joyas artísticas. Y el arte ha generado trasvases muy sugestivos (del Salvador Dalí escritor al Julian Schnabel cineasta. ¿Y qué era realmente Warhol?). Algunos tan acentuados que han sepultado al artista.

Es el caso de Daniel Guzmán, Goya a mejor director novel por A cambio de nada, una cinta autobiográfica en la que se mezclaba su pasado como grafitero o boxeador. El joven actor, que llegó a ser compañero de farras de un viejo conocido madrileño del arte urbano como Muelle, confesaba cómo para desestresarse de su nueva vida se vio empuñando no hace mucho un bote de pintura y empleándolo sobre un muro, como cuando firmaba como Tifón. O Manolo García, el alma mater de grupos como Los burros o El último de la fila, que estudió artes aplicadas y al que un día no le quedó más remedio que elegir: «Mi familia no acogió con satisfacción la idea de dedicarme a la música -relata-. Eran los setenta y una frase recurrente era que eso era de hijos de famosos o toreros. Que había que tener padrinos. Por eso estudié diseño gráfico».

Uno de los trabajos de Manolo García

García llegó a ganarse la vida como tal y diseñó muchas portadas de discos, incluidos los suyos. Pero al final terminó despuntando en la música y, no lo niega, «por empezar a ser conocido me aceptan en alguna galería». Hoy, en plena promoción de nuevo disco, cuenta con una exposición en Armilla en la que se ha animado incluso a cultivar la escultura, y ha probado a trabajar en colectivo (GoticSur) junto a Montse Clausells, cuyos resultados llegaron a la galería Vanguardia de Bilbao y la Sala Parés. «Mi inquietud social, mi conciencia ecologista, empañan mis canciones y mis cuadros. Música y pintura son las dos pasiones de mi vida. Yo no me adapto a nuestro mundo postindustrial y tecnológico. Si no fuera por ambas disciplinas, ya habría sucumbido».

Independientemente de la mayor o menor acogida de la obra de unos y otros, algunos de los agentes consultados restan importancia a la opinión que la crítica pueda tener sobre esta su segunda faceta creativa: «Al no tener la expectativa de que lo que hago tiene que gustar o se tiene que vender -subraya Colomo- trabajo en la pintura de una manera más libre que en el cine». «Yo ya ni leo las críticas de películas -señala Almodóvar-, pero reconozco que me afectan cuando me las cuentan. Pero el hecho de haber sido un debutante te da la libertad de hacer lo que quieras. La libertad de experimentar te descarga de responsabilidad. Da igual la crítica».

Manolo García, pintor y ahora también interesado en la escultura

Manolo García es el que responde de forma más sincera: «Como soy conocido como músico, y de una manera sencilla y clara lo acepto absolutamente, la crítica me asume como un advenedizo. Pero yo siempre digo que, para mí, pintar, ahora hacer escultura, es algo vital, emocional, que necesito como el sol. No tengo tanto una pretensión de que la crítica me trate bien, de lograr un puesto de honor en el mundo del arte, como de seguir pintando. Es más: yo todo lo que gano vendiendo obra lo dono, no me quedo ni un euro. Se ha escrito que tengo un discurso propio, un mundo pictórico reconocible… Eso ya es mucho para mí».

Y qué tiene que decir el sector del arte de todo esto?

Aunque considera que no todos los casos son comparables (y que algunos son verdaderos ejercicios especulativos que aúnan fama y mercado), Rafael Doctor, el comisario de la muestra Flores, la que ha iniciado a Pedro Almodóvar en la pintura, es más que partidario del cruce de técnicas: «Siempre he defendido que los ámbitos artísticos no sean departamentos estancos -confiesa-. La libertad de traspasarlos es altamente positivo y da un mayor sentido al concepto creación». Él es un buen ejemplo de ello: gestor cultural, comisario de exposiciones, escritor y ahora pintor a través de su proyecto Monsters for animals. «Me parece muy talibán pensar que solo yo por ser poeta puedo hacer poesía o que solo yo por ser cineasta puedo hacer cine. El resultado puede gustar más o menos, pero no puede impedirse, sobre todo si tenemos en cuenta que vivimos en una postmodernidad eterna en la que todas las disciplinas se mezclan de manera natural»

Detalle de «Flores», la muestra de Almodóvar y Galindo en Tabacalera

Del otro lado de la balanza se sitúan voces críticas como las del teórico Fernando Castro Flórez. Él, que incluso llegó a comisariar una exposición sobre la pintura del compositor de música electrónica Vangelis («algo por lo que deberían haberme llevado preso») asume que el fenómeno viene de lejos, y recuerda nombres como los de Stallone, Bowie o Madonna: «El problema es que en España esto se ha convertido en algo epidémico. Aquí pinta hasta la nuera de la baronesa Thyssen. Y todos tienen una lección mal aprendida, que es la del “dripping” de Jackson Pollock. Se creen que arrojar pintura sobre un lienzo ya es pintar».

Para el también crítico de ABC Cultural, el fenómeno se acrecienta con «influencers» que se acercan a famosos (y recuerda los nombres de Domingo Zapata y Alejandro Sanz) o iniciativas como «esas horrorosas meninas plantadas por Madrid e intervenidas por gente más o menos popular»: «Yo no me considero en absoluto un defensor de las esencias. No me importa, incluso, que convirtamos el arte en espectáculo, ojalá fuera más espectacular. Lo que me preocupa es que lo convirtamos en una estupidez, porque lo que hacemos es dar argumentos de peso a sus detractores». Castro tiene claro que el arte es un sistema con un vocabulario, una Historia, con un sistema de cribas: «Este es un espacio hipersistémico con modos de evaluación constante que se rompen con propuestas de este tipo», concluye.

Domingo Zapata y Alejandro Sanz

Texto publicado en ABC Cultural el 6 de diciembre de 2019

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