El regreso a las galerías madrileñas de Marina Vargas

Marina Vargas: «Pongo en valor ser eslabón, y no cima, en una cadena de cambios»

‘Anonymous Was a Woman’, en la galería Fernando Pradilla, es el regreso al mercado de la creadora andaluza para hacerse eco de los abusos en el arte (en primera persona)

A nadie en el sector del arte se le olvida la desagradable situación que Marina Vargas vivió hace unos años con un destacado agente del arte español que acabó en un juicio por abuso de poder tras una denuncia. No se le olvida a ella todo lo que vino después: desacreditaciones, silencios, vacíos (también apoyos) y hasta un cáncer, que no desvincula del estrés sufrido esos años. Su regreso a la galería Fernando Pradilla es entendido por la granadina como una experiencia catártica con el que cierra un ciclo y con el que da voz –metiéndolo en la institución artística– un tema que nunca se debió acallar. Ni en ella, ni en muchas otras.

—El título de ‘Anonymous was a Woman’ es un préstamo de ‘La habitación única’ de Virginia Wolf. ¿Cómo llega a un proyecto como este?

—Llego a esto de manera vivencial y biográfica. Yo viví en mis propias carnes la dificultad de contar mi relato. De forma que escenifica cómo hay que luchar para conseguir algo así. Y decidí que eso se llevaría a cabo a partir de un cuerpo de obras y una exposición. Si hago referencia al término ‘anónimas’ es para visibilizar cómo todos los engranajes del sistema se configuran para silenciar determinados discursos, o, al menos, para que no se entienda el relato íntegro. Mis ‘anónimas’ hablan de casos de abuso de poder y violencia en el sector del arte. Algo que yo viví y algo que he llevado en paralelo con mi enfermedad: me diagnosticaron cáncer dos días después de mi juicio.

—En el fondo, lo que pretende la propuesta es convertir un ocultamiento al que se ha sometido a las mujeres en herramienta que juegue en favor de su visibilización.

—La exposición juega en favor de nuestra visibilización y también de mi propio intento de volverme anónima. Yo viví una invisibilización: el miedo de ser artista con una enfermedad, el miedo a denunciar públicamente a un poderoso, las consecuencias de esa denuncia; el miedo a preguntas como «Perdiste el juicio, ¿qué pasó?», porque te das cuenta de que el relato nunca llega íntegro cuando das un paso así. Y fueron muchas chicas y compañeras las que se acercaron a mí a contarme sus propias historias. Yo no puedo salvar a ninguna, ni soy salvadora, ni pretendo serlo.

Distintas propuestas del conjunto titulado ‘La tribu’

¿Que mi situación es especial? Sí; ¿Que tengo que convivir con eso? También. Con eso y con sus consecuencias. Porque escuchar todo esto, implica; hablar de todas estas temáticas, implica; y tiene consecuencias. ‘Anonymous Was a Woman’ es una especie de pregunta sobre cuáles son los mecanismos que nos hace anónimas. Los esfuerzos por tener una habitación propia, pero también los abusos y la violencia que se recibe incluso hoy en un intento por tenerla. Y quiero recalcar una cosa: los abusos de poder están por encima del género y casi por encima de lo político.

o necesitaba hacer esta catarsis y también hacerlo con estas compañeras. He hablado con ellas y se han ofrecido a compartir sus experiencias, resumen de muchas conversaciones, relatos, consejos, miedos… Entendí que esto es algo que me ha tocado, no algo que he elegido, como en su día me tocó padecer un cáncer. Todo ello he querido transformarlo en obra porque para mí era básico meter esta temática en la estructura de poder. Algo que hice desde la calle y a cara descubierta, introducirlo dentro de la estructura de poder establecida y reconocida como es la galería de arte, que a su vez significa introducirlo dentro del mercado. Porque cuando estas temáticas entran en el mercado están ya filtradas y enmascaradas. Para mí era una necesidad implicar a distintos públicos y obligarlos a escuchar. El resultado es una exposición que es bella y a la vez convulsa, en la que una denuncia y unos secretos toman forma.

—Son dos salas contundentes.

—El objeto central por supuesto es el relato. Me remito a máscaras que son africanas porque parto de rescatar la idea de ritual y la creencia de que lo colonial no está en el objeto, sino en el relato. Parto del anonimato como revelación y como ocultamiento. La primera sala se centra en la idea de que la imagen también relata, que el dibujo es también escritura. En ella se alojan tres piezas grandes que forman una especie de templete con tres máscaras: una de ellas es una muñeca de la fertilidad africana, pues el amuleto, el talismán, siempre ha estado muy presente en mi obra. Esta en concreto era usada por las mujeres cuando estaban embarazadas para protegerse durante la gestación. Yo incluyo en ella mi seno en un deseo asimismo de romper el canon, esta vez dentro de lo primitivo.

Son piezas de formatos grandes conformadas por dibujos circulares a modo de célula, que fui haciendo a lo largo del tiempo sin tener una idea de totalidad. Eran dibujos que iban creando un diálogo interno. Ellos remiten a símbolos ocultistas, a imágenes de diosas orientales, a representaciones como el de la boca con la lengua fuera, que hace referencia a diosas orientales que eran así representadas en un deseo de plasmar secretos que habían sido revelados… Esos dibujos se van acumulando: hay piezas que constan de más de mil, cuyo proceso de elaboración es un intento de poner cierto orden en el caos. Al ir solapándose, van generando nuevos dibujos y nuevas lecturas y vinculaciones. Juego también con la idea de lo micro y lo macro.

—El pasillo funciona como bisagra de ambos espacios.

En el pasillo que une las dos salas he situado una pieza que remite a anteriores mías cuya base es la lengua de signos. Esta reproduce la frase ‘Se acabó’ en lengua de signos. Hace referencia al hastag que se usó para apoyar a Jenni Hermoso en su denuncia tras en Mundial de Fútbol. Sus manos están pintadas de negro en su exterior y en rojo por dentro en un guiño a las manos de la diosa indú Kali, la destructura. Porque cuando uno decide que algo ‘se acabó’ es preciso destruir para construir. La pieza está en una línea temporal en la que coincide con una nueva ley del ministerio, en la que también está MAV, con la que se va a crear un departamento sobre violencias machistas y abusos de poder.

–Llegamos a la última sala.

—La más potente, en la que la máscara se convierte en objeto de protesta. Son máscaras africanas intervenidas por mí, elegidas en función del objetivo por el que fueron creadas. Las hay de la enfermedad, de la fertilidad, máscaras-cuerpo… La de la fertilidad, por ejemplo, fue entregada a una anónima cuya principal preocupación era ser artista con tres hijos, que se quedó en la calle tras denunciar maltrato. El problema es que tampoco puede recibir una manutención para sus hijos porque su inestabilidad económica como artista le impide tener unos ingresos fijos que lo justifiquen. Ser artista y maltratada no está contemplado por la ley. Toco puntos de vulnerabilidad, de escuchar los relatos, de proteger los anonimatos… La pieza la conforman once máscaras; diez están activadas.

Detalle de las obras de la primera sala

La pequeña del centro es la única que no, titulada ‘Hermana máscara’, porque es la única que se permite activar a la mujer danzando en un ritual de hombres enmascarados. Ellas se acompañan de un vídeo en el que las anónimas narran su propio relato. Está grabado de una forma muy epidérmica, muy casera, en mi casa, habiendo sido un ritual recibir a cada una de ellas, de acompañamiento previo. Para nosotras era una manera de realizar una especie de catarsis. Salvarlas era algo imposible, pero sí visibilizar su dolor. Para mí ha sido una limpieza, una especie de cierre de ciclo.

—Hay muchos elementos simbólicos y del ritual que ya le habían interesado en proyectos anteriores y que ahora le vuelven a funcionar. ¿En qué sentido?

—Es cierto que aquí me he revisitado a mí misma, temas como lo esotérico o lo mágico me siguen interesado. Los talismanes, los amuletos, y creo en cierto modo, que mis dibujos y mi pintura se vinculan con el tatuaje. De hecho yo reivindico el contenido del ornamento. Y por eso intervengo las máscaras. El que no reconozca mi estilo me podría confundir con una artista aborigen. Incluso me gustaba la idea de vincular el trazo o el resultado con el del arte degenerado. Es arte de excluidas.

En una de las máscaras se incluye el texto ‘ornamento y delito’, pues en el fondo hablo de lo marginal, de excluidas. Los abusos y los maltratos son una marca de la que es muy difícil deshacerse. He intentando hacerlo en una ceremonia colectiva, con el vídeo. Y lo esotérico, el tarot, que he investigado, siempre me han acompañado, en realidad representan lo que está fuera del orden. Todas estas cuestiones, que me cayeron como una losa, merecían de una especie de aquelarre.

—La máscara es un recurso recurrente en la muestra. ¿Por qué si se habla de acabar con el anonimato se hace tanto hincapié en algo que oculta?

—Porque no creo que la máscara sirvas para ocultar sino más bien para revelar. El anonimato se usa para proteger de las consecuencias. Yo misma las sufrí por hacer público mi mensaje, por las estructuras sociales. Ese ‘Anonymous was a Woman’ de Wolf sigue siendo una referencia feminista porque avanzamos a base de sangre. Yo pongo en valor el ser eslabón, y no cima, de una cadena de cambios. Y también el exponer las vulnerabilidades. En la lucha mexicana se humilla y vence publicamente cuando se le quita la máscara al contrincante. Manejamos la creencia de que exponer una vulnerabilidad victimiza. Pero si no lo hacemos no podemos crear nuevas herramientas para avanzar.

—La cita cuenta con una comisaria, Semíramis González. ¿Por qué era interesante que esto fuera así mejor que emprender el camino sola?

—Porque ya lo hice en solitario. La puesta en escena quería compartirla con ella, pues ya antes me acompañó en el camino individual. Fue una aliada. E igual que me interesaba meter la temática en los circuitos de mercado, en ARCOmadrid, el 8 de marzo daremos ambas una charla en la galería en base a crear nuevas estructuras. Ella además está muy posicionada en temas feministas, así que era una invitada de lujo a esta ceremonia.

Detalle de las manos de ‘Se acabó’

—Ella hace alusión a otras ‘máscaras’ históricas en la lucha del feminismo como la simbólica de Joan Rivière y la física, en forma de careta de gorila, de Guerrilla Girls. Y aquí pone el dedo en la llaga al recordar cómo el trabajo de este colectivo ha buscado visibilizar el compandreo en el mundo del arte y el silenciamiento de violencias. ¿Se dan en el mundo del arte español? ¿Por qué se habla tan poco de estas cosas?

—Es un tema muy candente en el ámbito internacional, no tanto aquí. Además, aquí, en el arte, no existen protocolos. Cuando yo cuento mi situación y se la explico a mi pareja, que viene del mundo de la publicidad, o a otros compañeros con otros trabajos, alucinan con lo que sucede en el ámbito artístico. Hay abusos que son invisibles. Lo mío, en comparación, es una desfachatez. Pero hay abusos que son psicológicos, muy sibilinos. Todo es muy piramidal y sostenido sobre la precariedad. No existe una conciencia colectiva. De existir, estos abusos no se arrastrarían en el tiempo. Aquí hay mucho miedo a que tiemble tu silla cuando se señala a una persona.

Y te digo que es algo que trasciende el género. La reciben hombres y mujeres. En uno de los vídeos recojo el abuso de una mujer recibido por otra mujer. El porcentaje es menor, pero existe. Tener que dejar de producir, dejar 20 años de carrera, porque de no ser así no van a recibir ayudas tus hijos es otro tipo de maltrato. Obviamente que las mujeres tenemos menos visibilidad en el mercado, llevamos menos tiempo en él, y los clichés sociales son mayores. Y no hablemos de los descalificativos si reivindicas tus derechos. Pero creo que gracias a lo sucedido en el mundial, en el mundo del cine, el silencio se ha roto. Y asumes que si tienes que ser eslabón, lo eres. Como artista, lo que estoy viviendo es histórico y por eso fue mi elección recoger el pañuelo de algo que no elegí. Porque nunca antes en España ha habido una denuncia pública como la vivida.

—En su caso personal, todo esto le supuso una enfermedad, y que su trabajo iniciara también una senda en torno a los cuidados y las curas. ¿Es una etapa superada o sus palancas siguen filtrándose en un conjunto como este?

—Superada, solo en cierta manera. Un cáncer no se supera nunca. Yo sufrí un desencanto enorme con el mundo del arte. La comunidad se me volvió hostil: porque cuando tú denuncias a un agresor no denuncias a una persona, lo haces con todo un sector. Todo ha cambiado en mí: mi percepción del sector, mi forma de trabajar. He puesto en el centro ahora los cuidados, con respecto a mí y a mi entorno. Mi obra ha virado hacia lo social, sin atender a lo formal, porque creo que las formas han de tener contenido. Las formas tienen poder. Si hay algo bello en esta exposición es que he transformado dolor en forma. Pero para eso hay que vivirlo y saber filtrar. Me siento mediadora y compañera.

—El pasillo es ocupado por la pieza con el lema ‘Se acabó’, lo mencionaba antes. Aquí tiene una intención más en la línea de la filósofa india Gayatri Spivak: «Lo que no tiene sonido, tiene entidad y existe aunque permanezca en silencio».

—Exactamente. Sobre todo porque muchas de estas situaciones se llevan en silencio. Es la resistencia al abuso. Lo mío fue una desfachatez. Pero hay otros muchos más sibilinos, que no hacen ruido, y que te dejan marca a ti que no tienes cómo demostrar. La pieza habla precisamente de eso: de que los gestos hablan. Las palabras construyen y destruyen. Y el vacío entre mano y mano son esos eslabones de muchas mujeres, y muchos hombres, antes de que se pueda escribir la próxima letra.

—El clímax de la exposición se alcanza con el conjunto ‘La tribu’, con mujeres denunciando sus abusos y haciéndolo detrás de una máscara, que se carga artísticamente para utlizarla como talismán o arma desde la que buscar alivio y sanación. ¿El arte cura?

—A mí me ha curado porque me ha ayudado a resistir todo esto. Me ha servido para abrazar mis transformaciones físicas producidas por el cáncer, para asumir mi nueva normalidad… Muchas de las que aparecen en el vídeo no habían encontrado forma de contar su relato antes. A veces es complicado encontrar una solución radical, pero el hermanamiento, el ritual colectivo, da pie a una catarsis: tú verbalizas, el agresor puede que se sienta aludido, los que escuchan pueden que generen empatía… No lo sé. Al menos la pieza genera posibilidades.

«Ekuk»

Lo que está claro es que lo que no se visibiliza o no se le da voz se pierde y se enquista. Y es necesario que estos temas se aborden desde las mismas estructuras de poder y con total normalidad. Porque todos tenemos la piel muy fina. Y es posible que yo en mi pasado lo haya fomentado. Repito: no soy la salvadora de nada ni nadie. Pero cabe preguntarse: Por alcanzar cierto estatus, ¿tengo que dejar a todas estas caer? ¿Y qué pasa si no trago? En esas estamos. Habrá que llegar a un convenio entre todos, mirándonos todos, siendo realistas todos, porque lo que está claro es que no hay marcha atrás.

—Es entonces optimista: se acabó y se acabó de verdad.

Para mí se acabó. En el sentido de que lo he soltado todo ahí. He acompañado a otras. No he podido hacer más. Que haya una ley es motivo de aplauso. Que MAV se haya mojado significa que el sector se vincula a un departamento de abusos machistas para los que además no hará falta denuncia. Y esto es básico porque hay violencias de las que no se tiene pruebas, que no dejan huella física. Hace diez años nada de eso existía, nada existía cuando yo denuncié. Se ha dado un paso de gigante que siembra una semilla de continuidad. Esta exposición va en esa línea de tiempo.

—Hacía tiempo que no la veíamos en galería en Madrid. ¿Es porque no procedía o porque ha costado encontrarla?

—Porque ha costado encontrarla, no te voy a mentir. Las consecuencias de mi denuncia también fueron profesionales, no solo éticas y morales. El paso no fue fácil. Y se complicó todo más al diagnosticarme cáncer. Es difícil que una galería fiche a nadie con tres años de tratamiento de quimioterapia. Los artistas no tenemos derecho ni a enfermar. Creo que aquí se están moviendo muchas cosas que son interesantes y que se está generando un espacio de reflexión. La galería, con esta muestra, ya se está implicando.

—¿Da por cerrado un círculo con este proyecto?

—Para mí es un cierre, sí. La temática la doy por agotada. El proyecto ha sido una reparación y ya está lanzada. Necesitaba volver a una galería con esta temática. Para muchos, mi cáncer fue una forma de que se me olvidara lo anterior. Y no: no se me había olvidado. Eso tuvo que ver con mi cáncer y por eso quise retomarlo todo. Los gestos hablan y con este gesto quería volver a una galería. He puesto mi cuerpo en ello y lo pongo en valor porque nadie lo hará por mí.

—Entre los futuros proyectos, el más cercano le lleva a Washington esta primavera, también en clave feminista…

—Ahora soy presidenta de Intra-Venus, una asociación sin ánimo de lucro de creadoras con cáncer para la que creé una escultura de mármol de Carrara que invierte a los protagonistas de una piedad clásica y que viajará a Washington, pues he sido seleccionada en el Museo Nacional de Mujeres de la ciudad con la pieza para un proyecto con 28 creadoras internacionales. Creo que esta parte de la historia se me quedaba por contar, y era importante solventarla porque pienso que una de las misiones del artista es la de ser mediador.

—Supongo que fue una gran alegría.

—Fue una gran alegría, sí, porque fue estando en pandemia que me pidieron un dossier. La comisaria que lo hizo fue Rosina Gómez-Baeza. La convocatoria se lanza cada tres años. El museo ha estado en obras y la resolución se alargó. No lo esperaba. Fue luego un comité internacional el que tomó la decisión final. El proyecto se llama ‘New Worlds’, yo soy la única española que participa. La temática es imaginar nuevas posibilidades tras la pandemia desde lo visionario. Para mí, lo visionario no es mirar al futuro sino estar encarnado en el presente. Ser ese eslabón. Reaccionar y accionar en tu tiempo actual, abriendo huecos y resquicios para los que vienen detrás.

Obras enmascaradas de la última sala
Marina Vargas. ‘Anonymous Was a Woman’. Galería Fernando Pradilla. Madrid. C/ Claudio Coello, 20. Comisaria: Semíramis González. Hasta el 16 de marzo

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 17 de febrero de 2024. Nº 1604

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