En el estudio de Javi al Cuadrado

El lugar donde se cruzan todos los trazos de Javi al Cuadrado

Diseñador, editor y artista. Javi al Cuadrado araña tiempo a su tiempo para desarrollar sus dibujos, con los que puebla la habitación de su domicilio donde los realiza. Para ello le pide a cada jornada buena luz, buena música y mucha tinta

Javi al Cuadrado en la habitación de su vivienda donde dibuja (Foto: Isabel Permuy)

Pensaba que era menos tiempo, pero hace ya tres años (he tenido que tirar de hemeroteca), que entrevisté a Javi al Cuadrado. Entonces presentaba en La New Gallery su proyecto «#Unknown», donde esbozaba (nunco mejor dicho) el retrato de un desconocido apropiándose de un destacado número de sus «selfies» en Instagram, que él trasladaba al dibujo. Un dibujo muy especial por estar realizado con bolígrafo. Recuerdo que se me quedó grabada una frase, aquella que deslizó las sensaciones que experimentó cuando descubrió que su modelo improvisado había cerrado su cuenta en esta red social, lo que le hizo pensar que le podría haber pasado algo: «Entonces miré a mi alrededor y me di cuenta de que tenía 300 dibujos de su imagen colgados por las paredes de mi habitación: ¡Si realmente hubieran matado a este tío, lo hubieran tirado a un río y alguien descubría mi casa, a mí me podían meter en la cárcel!».

Han tenido que pasar tres años, digo, para que nosotros hayamos entrado a esa casa y yo haya entendido lo que Al Cuadrado me explicaba entonces. Subir hasta su piso es complicado para el despistado (demasiados «primeros», «segundos», «interiores» y «exteriores» en ese portero autómatico) o muy sencillo para el que presta atención. De hecho, justo al lado del botón correspondiente a su domicilio, una pequeña pegatina muy al estilo de este creador indica que éste ha encontrado lo que busca. Una vez arriba, se encontrara con un piso amplio, luminoso, de suelos antiguos y decorado con buen gusto con plantas y obras de otros artistas. Sin embargo, cuando uno atraviesa el umbral de la puerta de la habitación que dedica a su labor como dibujante, descubre hileras e hileras de dibujos como si de ropa tendida al sol se tratara, todos ellos a lo largo de las dos paredes que desembocan en la ventana. Desde luego: esas mismas obras, monocromas y dedicadas a un único sujeto, serían el escenario perfecto desde el que maniobra un perturbado, un psicópata, alguien muy turbio… Si no fuera por la luz que baña la estancia.

Detalle de algunos de los ya acabados y colgados en la estancia por el artista (I. Permuy)

Para Javi al Cuadrado es importante que el taller esté en casa: «Si no fuera así no podría hacer este trabajo», explica. El tiempo que se ahorra en traslados para ir a una oficina a desarrollar su labor como diseñador gráfico y sus pocos ratos libres son finalmente los que emplea para dibujar. «Este no es el estudio más grande que he tenido –prosigue– pero sí aquél en el que me he empleado más tiempo a utilizar el bolígrafo como técnica. De hecho, empecé a utilizarlo porque tenía poco espacio, trabajaba en una cama. Y, entonces, empleaba solo los azules, lo que reducía mis necesidades. Ahora que uso los de colores, tengo más infraestructura», bromea.

Nuestro artista (al que esta palabra hasta hace poco no le gustaba demasiado) empezó a dibujar casi como «hobby» («Ahora me he profesionalizado y comienzo a vivir de esto. Miento: estoy viviendo de esto», asevera). Se da la paradoja de que cuando contaba con menos espacio para hacerlo tendía a formatos más grandes. Sin embargo, ahora le gusta recogerse en sitios pequeños y realizar obras de menores dimensiones: «Fue la última exposición de Fortuny en el Museo del Prado la que me dio la pauta. Allí descubrí que sus obras más diminutas fueron las que más me sobrecogieron. Cuando llegué a casa tomé la determinación de hacer las piezas que ahora tengo entre manos en un tamaño menor de aquel como lo había concebido en principio».

Ese proyecto que «ahora se trae entre manos» es el que cuelga ante nuestros ojos, salpimentado con otras obras, las que aún le quedan de series anteriores como la mencionada «#Unknown» y «Almost Gorka» (la que presentó en la Fresh Gallery). «Tenerlo todo a la vista me viene bien porque me da referencias sobre lo que estoy haciendo. Tengo costumbre de colgar sobre todo lo que me quedó bien porque me llevó a soluciones correctas. Es una manera de recordarme “aquí lo hiciste bien. Sigue por esa vía”».

Al Cuadrado, concentrado en el dibujo (I. Permuy)

Al Cuadrado confiesa llevarse mal con el orden. Una mesa y sus bolígrafos es todo lo que necesita para trabajar. «Eso y tener muchas cosas delante», agrega: «Me atasco en los espacios blancos. Irremediablemente busco una ventana. Me pone igual de nervioso que enfrentarme a un papel sin estrenar. Siempre creo que es más sencillo empezar rodeado de cosas, no porque las vaya a copiar, que igual sí, sino porque me hace pensar que lo que estoy ejecutando no es tan trascendental, y puedo calmarme. Lo mismo me sucedía con los cuadernos del cole. Yo me manejaba mejor en sus márgenes, no en el centro, donde se supone que vas a colocar lo más importante».

En la habitación también hay un caballete, que el artista utiliza para alejarse de la imagen que está componiendo y de la maraña en la que se convierten los trazos de bolígrafo. Y es que esta técnica es traicionera. Lo descubrimos según nos explica su forma de proceder con ella: «Yo trabajo en horizontal por una cuestión técnica. Si pones un boli también en horizontal la tinta no cae. Y éste obliga siempre, además, a operar con luz natural. Primero, porque refleja muchísimo si sitúas un foco directo de luz artificial. Luego, porque con él operas con mezcla óptica, no funciona como la pintura. Tienes que usar una gama muy limitada de colores porque no todos funcionan bien superpuestos con todos».

avi confiesa que hoy ha recogido un poco. La lista de «agravios» que comienza a enumerar podría hacernos pensar que es un poco maniático cuando se pone manos a la obra: «No me gusta que los dibujos estén rectos. No me gusta ver montones de papeles ordenados. No me gusta meter los dibujos en carpetas; quiero verlos, saber que están aquí. No me importa trabajar rodeado de obra de otros, pero sí vivir con obra mía. De hecho, en la casa, ésta se sitúa en espacios que no veo: algún dibujo detrás del sofá [un gran mural que conforman, entre otros, intercambios con Silvia Lermo, Rafa Doctor, Guillermo Martín Bermejo…] o en un rincón [se refiere a un papel de grandes dimensiones que rivaliza en tamaño con una foto de Amparo Garrido]. Me gusta el desastre, pero la casa la tengo muy ordenada», bromea.

Detalle del escritor odel artista (I. Permuy)

Y «casa», para Javi al Cuadrado, es cualquier lugar en el que se encuentren dos fotografías que el considera «fetiches»: «Una es de Gerardo Custance. La otra, una obra anónima que, de hecho, encontré en la calle. Pero yo la tengo mucho cariño. Todo lo demás, bolis, papel, es secundario. Eso se puede comprar en cualquier lado». A nuestro protagonista le cuesta separar su labor de dibujante de la de editor 0 diseñador. De hecho, mientras hacemos esta entrevista, le entra alguna llamada al móvil con «fuegos» que se ve obligado a apagar en ese momento: «Esta es la ventaja –también el inconveniente– de vivir al lado de donde trabajas. Voy dándole salida a los proyectos “por emergencias”. Lo que responde a un “lo necesito para mañana” es lo que se pone arriba del montón. Sin embargo, para mis dibujos, para mis expos, intento actuar con tiempo, aunque luego le vuelques muchas más horas al final, que es cuando te entran también los miedos, las dudas…».

Pese a ser disciplinado, Al Cuadrado no es nada sistemático. Puede comenzar su labor diaria leyendo mails, haciéndose café o poniéndose al lío. Decida hacer lo que decida hacer, siempre será con una bebida (nunca agua) y con música. Y «fuertecita». El ruido le gusta y le sienta bien. A las horas de sol dedicará el trabajo más delicado, mientras que la noche, si se le echa encima, será para labores más mecánicas –rellenados, encajes, esbozos–. Puede comenzar 40 dibujos a la vez, y acabarlos cuando toca entregar: «Lo hago así porque me he dado cuenta de que en los procesos descubres hallazgos que puedes ir trasladando a otras propuestas similares o de la misma serie. Tiendo a alargar los finales para ver si surgen cosas. Si comienzas algo y lo acabas, y luego pasas a otra obra y a otra, al final se ve una evolución entre los primeros trabajos y los últimos. No hay homogeneidad en los resultados».

Detalle de las obras de otros creadores que Al Cuadrado guarda en casa (I. Permuy)

A lo largo de su trayectoria como artista, Javi al Cuadrado siempre ha dibujado lo que ve: «Siempre he copiado. Soy figurativo. Y hablo de la realidad a través de fotografías que yo no he hecho. Ya vivimos demasiado saturados de imágenes».

–¿Por qué duplicarlas, entonces?

–En cierto sentido, porque así legitimo las que me gustan, las doto de cierta dignidad. Porque, además, a mí me gusta la foto mal hecha, la mal iluminada, con cortes y flashazos. ¡Vivan los noventa!

Él comenzo trabajando con fotos extraídas de las redes sociales, la –en su opinión– más denostada, «aunque no debería ser así porque ha generado nuevos usos sociales para con la imagen y está creando nuevos lenguajes». Su labor como artista y como editor se junta ahora en el proyecto que se eleva ante nuestros ojos y en el que está trabajando, el siguiente libro de Los Doscientos (la editorial que puso en marcha hace unos años junto a Rafa Doctor y Guillermo Espinosa, y cuyo testigo acaba de tomar Christian Rodríguez): un cuaderno de apuntes desde el que narrar una historia, la suya propia con 20 años, «una época decisiva porque fue el de mi despertar al amor, a mi sexualidad, a ser artista». Como en ocasiones anteriores, Al Cuadrado se dispone a hacer un retrato fragmentado y múltiple de un mismo individuo desde imágenes que no le pertenecen pero con las que rememora vivencias que sí que fueron suyas: «El resultado es muy como de esas carpetas que llevábamos al instituto, “metaanuncios” de lo cada uno de nostros éramos». El conjunto recupera a iconos como Kurt Cobain o Vicent Gallo, fotogramas de películas, cuestiones con las que él se identifica y espera que los demás, en algún punto, también lo consigan.

El dibujante retratado por Isabel Permuy

Javi no incluirá en esta serie ningún retrato propio, sino que dejará que las imágenes (a veces una escena de la luna llena; otras una escultura clásica; también una radiografía…) hablen por él sin estar él presente. Tampoco el espacio en el que desarrolla su labor (su mesa en casa, pero también un sofá, una cama,una terraza en la calle tras ordenar una cerveza, si se tercia…), termina revirtiendo en sus resultados. Aquí permanecerá hasta que le dejen (el piso, cerca de Atocha, en Madrid, no es de su propiedad, sino que está alquilado). Ese es el consuelo que a nosotros nos queda: no importa donde recale este artista. Sus dibujos mantendrán su esencia; su autor, su devoción por el desorden y la acumulación; la habitación, buena luz natural, para que el boli corra por el papel dando lo mejor de sí mismo.

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 25 de junio de 2018

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