En el estudio de Olga De Dios

El elogio de la diversidad de Olga de Dios

El año pandémico le ha servido a la ilustradora para reducir ritmos y dedicarse de lleno a la pintura. También para hacerse con su nuevo taller, en Madrid, que influye en sus resultados, los cuales se exhiben próximamente en Swinton & Grant

Olga De Dios en su estudio (Foto de Guillermo Navarro)

A Olga de Dios le gusta que la puerta del estudio quede abierta. A veces, por los materiales que usa, entre los que los esprays generan una particular banda sonora al ser aplicados sobre el papel o la madera, y con los que no le queda otro remedio si no quiere acabar intoxicada. Otras, porque la interacción con el vecindario le resulta agradable, una especie de toma de contacto con la realidad; una valoración rápida con lo que lleva a cabo por parte de miradas no expertas, en ocasiones, las menos prejuiciosas y las más limpias: «¡Yo no sé cuántas veces me han preguntado ya que si no podría dar clases a sus hijos!», menciona risueña.

De Dios es un torbellino, una cabeza en ebullición que todo lo expresa con una enorme sonrisa y en voz muy alta. En esos tonos se expresa su pintura, la que ahora da a conocer, después de haber dedicado los últimos ocho años a la ilustración, una disciplina con la que ha conseguido ponerse el mundo por montera. El día que la abordamos empieza a culminar las piezas de lo que será su primera individual, en la galería Swinton & Grant, desde el 21 de mayo. ‘Spray –¿cómo no?– Cocktail Party’ se titulará, un pequeño guiño (el que genera ella misma y todos los personajes que la pueblan) a Antonio Saura, pero también a la diversidad, a la inclusión y al buen rollo, como no podría ser de otra manera con ella.

«Hoy me he vestido de negro porque veníais vosotros –nos confiesa–y para que el estallido de color con lo que os ibais a encontrar aquí no fuera demasiado, ¡pero si llego a presentarme con mis camisas hawaianas, esto habría sido demasiado!», explica, mientras nos vuelve a retar con su gesto burlón. Miramos a nuestro alrededor y, sí, colores a tutiplén nos rodean: en los lienzos colgados y en los desparramados; en los materiales: botes de espray y pantones que utiliza para desarrollar sus degradados; incluso en los recipientes de purpurina que también emplea en ocasiones como pigmento…

En el barrio de Oporto, en Madrid, está su taller de pintura, «un lugar para el trabajo más experimental, el más sucio, el más guarro», afirma. «Aquí genero nuevas formas de expresión y me encuentro con nuevas ideas no preconcebidas». Ella nunca trabaja sobre boceto. Olga distingue entre la «producción digital» y la «analógica», dos universos por los que transita: «En este estudio es en el que creo desde lo físico; en el que incido sobre el papel, sobre la madera; en el que me mancho las manos».

Detalle del muro de botes de spray de la creadora – Guillermo Navarrete

Es su segundo local, hasta que hace dos años decidió emprender una nueva vía en la pintura. Hasta entonces, su entorno era el digital, por lo que podía trabajar bien en casa, allá donde hubiera un a mesa y un ordenador para desarrollar el dibujo e ilustración, en su caso, poco convencionales. «Pero fue tras un viaje a México y California cuando descubrí lo que otros artistas hacían desde el arte urbano, el espray, el gran formato y la pintura, y sentí la necesidad de explorar también yo todo eso». Así que se alquiló un pequeño espacio en el centro, cerca de casa, del que terminaron por echarla la especulación inmobiliaria en Lavapiés y el colocón de usar pintura industrial en un sitio sin ventilación.

Un año después, y también pandemia mediante, Olga de Dios disfruta de un taller en un hangar que comparte con otros artistas y en el quela luz natural y los techos altos han dado un vuelco a su producción: «No soy de las que creen que el espacio influye. Es que te limita. Los lugares en los que he trabajado hasta ahora me impedían usar determinados materiales o alcanzar determinados tamaños». Y me pone un ejemplo: «La muestra que preparo para Swinton incluye mi obra más grande hasta la fecha, una pieza de tres metros. Podría haber sido más grande, pero es la distancia que tengo aquí de un pilar a otro de la estancia».

Hasta una creadora que separa el trabajo manual del intelectual o de ordenador, el «sucio» del «limpio», se ve obligada a generar otra zona (más o menos) limpia dentro de la sucia en el taller («piensa que, por usar el espray, ahí donde me pongo dejo una nube que tiñe de ese color todo lo que hay alrededor»). Así que el estudio se divide en dos partes: aquel donde Olga mancha, y ese otro en el que la artista deja las cosas que no quiere que se contaminen de pigmento. «Y aunque parece que todo es un caos, esto es como una cocina, como un quirófano: he de saber en cada momento dónde está cada cosa».

De dios con uno de los retratos de su expo – Guillermo Navarrete

Por eso, lo primero que llama la atención es el muro en el que se depositan, bien ordenados, todos los botes de pintura. Se ordenan por composición (con base al agua u otro tipo de disolución), también por colores y por «cantidad» («porque no se aprieta igual un bote empezado que uno lleno»)… Destaca después la mesa con ruedas donde dispone los útiles que precisa para trabajar, donde quizás puede sorprendernos las innumerables espátulas que utiliza.

Sin embargo, eso se debe a su metodología de trabajo: De Dios no ‘pinta’ en un sentido literal, sino que emplea una técnica de máscaras por la que genera capas sobre capas que va raspando, sobre la pintura fresca, para sacar lo que hay debajo. Las cartas de colores son además fundametales con unos materiales, los esprays, en los quelos colores vienen preparados y con los que no se puede hacer mezclas. Cintas de carrocero y pintor, barnices y purpurinas son otros de los ingredientes de una pintura que la alejan del pintor tradicional.

Y detrás de nosotros, lo que la artista denomina «rincón Wallapop»: un espacio lleno de «objetos maravillosos», encontrados o comprados en mercadillos y tiendas de antigüedades, como los marcos con los que ahora adorna sus retratos, dando pie a obras que son objetos en sí mismos.

«Yo me considero una artista –me cuenta–, y son los demás los que me encasillan. Voy a cumplir 42 y me he formado en muchas disciplinas. De hecho, soy arquitecta por la Universidad Politécnica e ilustradora por la Escuela de Arte, Estampación y Grabado. Me he ido preparando en aquello que pensaba que me ayudaría a ser mejor artista. Pero cuidado: los recorridos los marcan las oportunidades que vas teniendo y la gente que vas encontrando. Mi primer libro nació porque era la recompensa al premio que recibió un proyecto. Yo no tenía intención de darle esa forma a ese trabajo, pero es así cómo llegó a más de veinte países. Y en ese proceso, una galería se ha interesado por lo que hago y me va a permitir exponer ahora.Las inseguridades de los artistas siempre están ahí y si no es por estos ‘empujones’, muchas ideas se quedarían en un cajón».

La artista, en su mesa de trabajo (Guillermo Navarro)

La exposición de Swinton a la que se refiere su autora, comisariada por Semíramis González, aunque se retrasó, como muchas otras cosas a causa de la pandemia, es ahora el resultado de su propio recogimiento (la imposibilidad de viajar en 2020), de mucha meditación (la imposibilidad de salir durante el confinamiento), y la concreción de su obsesión por crear personajes desde sus inicios en 2013. Estos, en un principio, eran ejecutados con ceras, porque a De Dios le interesaba utilizar materiales que remitieran al mundo infantil. Sin boceto, las formas resultantes se las llevaba a lo digital, donde empezó a generar narrativas con los resultados. El siguiente paso fue el empleo de las tintas negras, que después saludaron a los esprays, a las purpurinas y a las técnicas de enmascaramiento, que ahora se lleva a los fluor, «que son parte de la estética de los años noventa en los que crecí».

Como hemos señalado antes, ‘Spray Cocktail Party’ es un guiño a una de las poquísimas series que Saura hizo en color, pero, sobre todo, un alegato por la diferencia, una defensa de la libertad, la que no se nombra en vano: «En esas me intento situar yo siempre como mujer, como lesbiana, una persona en la frontera de lo heteronormativo que reivindica la diversidad siempre que puede». Y nos señala el tríptico situado a su espalda: «Fijate en ese elemento amarillo en torno a tanta normatividad roja en la parte izquierda de la obra. Esa figuranota el peso de la diferencia. Sin embargo, si nos vamos al otro extremo, es la forma roja la intimidada ante tantas realidades amarillas. Y, en el centro, lo que ocurre cuando nos damos cuenta de que todos somos diferentes y cuando todos respetamos la diferencia. Somos más felices. Lo que hay en ese centro es la vida».

La cita se completará con un montón de retratos, resultado de ‘aislar’ a algunos de los personajes de la creadora: «Esta es una exposición de pintura, técnica que reivindico. Y uno de sus géneros básicos es el del retrato. Estoy a tope con esto, empleando los marcos para generar objetos con las obras y desarrollar así la personalidad de cada personaje».

Un rincón del taller

De Dios rechaza tajantemente que sus libros sean para niños y su pinturas para adultos. De hecho, nos obsequia con un ejemplar de ‘Los tres hermanos de oro’ (editorial Nube de Tinta), en el que deja claro –nos dice– «mi pesimismo en torno a todo esto»: «Me especialicé en contenidos para la infancia, pero mis libros y mi arte los experimenta mucha gente. Sin embargo, es una suerte llegarle a los niños y niñas porque son los adultos del mañana yporque son observadores muy exigentes. Me encanta saber que ha venido a ver mis cuadros un niño o una niña que ha leído mis libros. Hagamos contenidos de calidad, no nos preocupemos tanto por la edad de sus receptores».

Antes de marcharnos, Olga nos enseña carpetas llenas de obras, nos muestra cómo ha evolucionado su técnica, cómo han cambiado sus resultados. Nos ilustra –nunca mejor dicho– su proceder haciendo aparecer uno de sus personajes ‘escondido’ hasta ese momento en una de las maderas que nos han estado acompañando sobre la mesa toda la entrevista.

«¿Que si este será mi estudio definitivo? No pienso en esos términos. No tengo hipotecas, no tengo propiedades que me aten a un lugar. Yo trabajo donde hay una pared y una mesa. También donde hay colores, aunque me basta con tres: el rosa fluor; ese no se puede acabar. Para mí es como el papel higiénico de la pandemia. Y luego, otro oscuro para generar detalles y el negro para los contrastes». No le hace falta más. Con solo eso es capaz de generar una legión de personajillos diversos que estarán siempre dispuestos a abrirnos los ojos y ayudarnos a reconocer la belleza en lo que nos hace únicos.

La artista, con una de sus obras

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 11 de mayo de 2021

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