En el estudio de Salim Malla

Un entorno a la medida de Salim Malla

Un pequeño estudio en Madrid acoge todos los lugares posibles, todos los tiempos posibles. Se trata del «espacio intelectual» de Salim Malla, en el que se desarrollan sus ideas sobre el territorio que luego han de desplegarse en otros ámbitos

Salim Malla, desde el balcón de su estudio (Foto: Guillermo Navarrrete)

Si algo hemos aprendido gracias a esta sección es que no existe una idea unificada de lo que se entiende por «taller» o «estudio de artista». Cada creador ocupa un espacio y desde él va construyendo el entorno perfecto para llevar a buen puerto la concepción y materialización de su labor creativa. Y, por lo mismo, dado que cada autor precisa de unas necesidades y no de otras, el concepto de «fundamental» o «necesario» también es muy voluble.

Me vienen estas ideas a la cabeza mientras mi compañero de vídeo termina de tomar algunos recursos para este reportaje sobre «el taller» (o «estudio») de  Salim Malla (sí: uno de esos artistas que «dieron que hablar» en  ABC Cultural y que nos acompañó en el estad de ABC en ARCO en 2016), en Madrid, muy cerquita de la Puerta de Toledo, con todo el trasiego de la ciudad a nuestros pies y ante unas preciosas vistas con el horizonte a la altura de la mirada. La estancia no es muy grande. En realidad, es su vivienda, la que comparte con su compañera, y también artista, Tania Blanco Prieto, que nos observa atentamente mientras realizamos nuestro trabajo, sin la posibilidad de ocultarse en ningún otro espacio, sobre todo, porque la casa no cuenta con él. 

El atista Salim Malla en su estudio (Fotos: Guillermo Navarrete)

En ámbitos así es necesario tenerlo todo pautado, todo muy medido. Tener claro lo que es prioritario y lo que no. Y, sin embargo, me llama la atención la numerosa presencia de piezas de fruta en la estancia, sobre todo piñas… Ya les dije que la mía era una idea idiotaque dio pie a esta cavilación: «Esta es mi casa estudio desde hace año y medio –me explica Malla, nacido en Vitoria en 1976, pero madrileño de adopción desde hace cinco años–, aunque aquí, en realidad, hago los trabajos más pequeñitos, me dedico más a pensar, mientras que todo lo demás lo realizo donde puedo».

Y ese «donde puedo» incluye desde los espacios de la  Universidad Complutense (donde el artista comenzó primero a estudiar un máster y donde ultima ahora su tesis doctoral), hasta cualquier descampado a las afueras de la ciudad: «Si hace falta, se coge la furgoneta buscando el mejor lugar para desarrollar actividades donde no sea un peligro el uso de materiales tóxicos o donde manejarme con mayores dimensiones». Eso fue lo que le tocó hacer hace unos días, ahora que Malla culmina unas cuantas obras que han sido adquiridas por  Artium, algunos de cuyos resultados descansan momentáneamente en su vivienda. No podemos pasar por alto tampoco que Tania cuenta con un taller de grabado en León (su nombre, en un juego de palabras con su apellido, es Blanco Preto). En éste ha recalado en alguna ocasión nuestro protagonista bien para servirse de sus instalaciones, bien para almacenar sus obras. En este último caso, los colegas artistas y el domicilio materno siempre son otras puertas a las que llamar.

Detalle de la estancia vacía

«Ya sabemos que los espacios en Madrid son caros y los ingresos de los artistas muy fluctuantes», nos recuerda Malla. En el tiempo en el que él ha estado viviendo en la capital, ha contado con hasta cinco lugares en los que desarrollar su labor («casi a un estudio por año»): «Estuve en  Rampa, primero como residente. También puse en marcha un estudio compartido, Oporto 21. Así mismo pasé por el taller de un amigo. Lo de convertir hoy por hoy mi vivienda en mi lugar de trabajo no es algo elegido. Depende de las circunstancias, sobre todo económicas. En cualquier otro lugar los tendría separados. No me gusta llevarme el trabajo a casa. Soy una persona a la que le cuesta mucho desconectar. Aquí lo consigo guardando las cosas, porque el espacio no da para tenerlo todo por medio».

Una mesa en un rincón de la estancia, entre los dos pequeños balcones de la casa, es en realidad el epicentro de las actividades de Salim Malla en su vivienda. «Ése, y un pequeño rincón en el que almaceno cosas. Y luego, me muevo como los girasoles, buscando la luz del sol». Ésta cae de lleno por la tarde, después de comer, que son las horas que nuestro artista puede aprovechar para su actividad artística, después de pasar toda la mañana en la Universidad. 

Entonces, los materiales casi como de oficina sobre su superficie –la impresora, la cámara, los libros, sus reglas, otros sistemas de medición– comienzan su pequeño periplo por la habitación. Reparamos también en un proyector en una estantería cercana a la cocina y que lanza sus haces de luz sobre la pared en la que se sitúa la cama (bajo la cual encontramos otra zona de almacenamiento). Su dueño lo usa para hacer pruebas, tal y como lo enciende ahora para que lo comprobemos. En un espacio tan pequeño como éste podemos presenciar un eclipse de multiples colores sobre el colchón y la almohada.

Malla, con una de sus obras

«No soy nada ordenado, pero aquí no me queda otro remedio –nos confiesa–. Si tuviera más sitio lo llenaría. Pero es mi manera de trabajar, a mí me funciona. También mi cabeza procesa así. Conecto unas cosas con otras que de cualquier otra forma no lograría. Luego me enfado conmigo mismo, porque no encuentro lo que sé casi seguro que está cerca de mí; pero soy poco sistemático, aunque me concentre mucho en aquello que esté haciendo. Toda obra nace en mi cabeza: allí todo es perfecto y funciona. La decepción llega cuando te pones a trabajar, ves lo que falla y te tienes que acoplar a los resultados. Y en ese proceso, el cuerpo lo mismo me pide salir a la calle a comprar algo, contestar un e-mail, leer o buscar una referencia mientras olvido que tengo el soplete encendido…».

Para Salim Malla un estudio es un lugar para acumular materiales y herramientas. Por eso la obra puede generarse en cualquier lado. «Lo importante es que ese lugar en el que lo que tienes en la cabeza y lo que tienes entre las manos esté junto. Por ahora, como eso no ocurre, he de tender a otro tipo de procesos». Si en algo constata que el actual lugar de trabajo le limita de alguna manera es en la gran cantidad de págins en su cuaderno de artista que empieza a acumular rellenas: «Mi cuaderno de ideas se está llenando, también porque paso mucho tiempo, por la tesis, en la biblioteca. Eso me da pie a crear muchas piezas pero en la cabeza, tengo obras para muchos años. Pero me limita para materializarlas».

En cuanto a la luz, a las vistas de la vivienda, eso no sólo es que le influya en su labor; es que afecta hasta a su propia actitud: «Yo trabajo además con el territorio. Desde aquí veo cómo llega la lluvia a la ciudad, cómo se desplazan las golondrinas, veo el sol moverse… Este es un rincón que me ayuda a coger aire». Malla siente una predilección especial por cómo el ser humano conceptualiza el entorno que le rodea y lo traduce en convenciones. Él, que estudió delineación industrial y más tarde topografía, antes de saber que su camino venía trazado por el arte («Había que contentar primero a los padres y estudiar algo de provecho»). 

Algunas de las obras acumuladas en el taller

Sus conjuntos artísticos se centran en las leyes y medidas que compartimentan nuestro tiempo y nuestro espacio: «De ahí mi interés, por ejemplo, por los mapas. Por qué el norte está en el norte y el sur en el sur. Cuando estudiaba topografía nadie me hizo preguntarme por qué un metro mide un metro, sino que tan sólo estaban preocupados en que lo cogiera y lo usara». La tesis que tiene que presentar antes de que en enero se acabe su beca se centra en el uso simbólico que los artistas contemporáneos desde el conceptual han hecho de los sistemas de medición. Por eso algunas de sus obras, como las que remata para Artium, se ocupan del tiempo como concepto mesurable. «Y me gusta marcar paradojas: En la Antartida, por ejemplo, en su centro, se dan a la vez todos los husos horarios».

Por el momento, no hay en el horizonte una futura muestra en  la galería Javier Silva, con la que el artista generalmente trabaja (la última la celebró el pasado 2017). La universidad ocupa todo su tiempo, aunque conviene plantearse lo que llegará después, si bien la tesis está dando pie a una interesante red de colaboraciones: «Gracias a ella he contactado con artistas como Juan Luis Moraza Toni Abad y están surgiendo cosas. Si soy artista es porque me cuesta poner en palabras lo que hago, por lo que este proyecto me está costando, pero me está viniendo muy bien». 

El artista en su vivienda-taller

Qué duda cabe de que este pequeño apartamento en el cielo de Madridno será el estudio definitivo de Salim Malla. Lo será mientras permanezca en la ciudad. Pero la idea es incluso marchar más lejos, salir del país. «Cualquier sitio en el que pueda trabajar será un buen sitio. Si puede ser grande y luminoso mejor, con muchos libros. El dela escultura es un ámbito en el que me siento cómodo. Y aunque ahora parezca que hago una labor más bidimensional, yo la concibo de esa forma. De ahí que tienda a acumular capas». Entonces, cuando toque retirada, Malla volverá a encender el motor de su furgoneta. Será cuestión de tiempo (y de espacio) saber hacia dónde enfila ésta y dónde se para.

Texto publicado el 28 de mayo de 2018 en la web de ABC Cultural

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