Entrevista a Elvira D. Osé (Directora del MACBA)

Elvira Dyangani Ose: «No puede haber un único MACBA. Tiene que haber tantos como corazones laten en él»

Es la nueva directora del MACBA, la primera mujer en sus 26 años de vida. Llega tras otro capítulo de crisis en la institución, pero dispuesta a «revolucionarla», haciendo el museo «más permeable y transgeneracional»

Elvira D. Ose, en el MACBA (Foto: Inés Baucells)

Es difícil no conocer a Elvira Dyangani Ose (Córdoba, 1978), la, desde julio, nueva directora del MACBA. Pero para el que no la tenga aún en su objetivo, baste con decir que es una mujer con un currículum intachable: responsable saliente de The Showroom en Londres, es profesora de Culturas Visuales en Goldsmiths desde 2014. Ha sido comisaria de la Bienal de Göteborg, conservadora de la Tate Modern, directora artística de la Bienal de Lubumbashi, en Congo, así como conservadora del CAAC y el CAAM de Las Palmas, donde se inició promoviendo el arte emergente y que le dejó ese acento canario que aún luce.

Para los que no, lo primero que llama la atención de ella es su tremenda sonrisa y su capacidad para irradiar ‘buen rollo’: «El optimismo es contagioso –confiesa–. Cuando te sientes querida y cuidada es fácil trabajar. Y creo que esta positividad me viene de que este espacio –se refiere al MACBA, su nueva casa– es increíble. Su Historia, con todos sus momentos difíciles, también es espectacular. Pese a todo, es una fantástica oportunidad y tengo la mayor de las ganas y el mejor equipo para llevar a cabo una revolución en él».

Dyangani Ose regresa a la ciudad en la que se formó (estudió allí Historia del Arte en la Autónoma de Barcelona, e Historia y Teoría de la Arquitectura en la Politécnica de Cataluña), justo después de uno de esos momentos ‘difíciles’ que menciona, tras la decisión de la gerencia del museo de despedir al jefe de programas, Pablo Martínez, y a la conservadora jefe, Tanya Barson, y de que, en protesta por esas decisiones, dimitieran dos miembros de su futuro equipo (las profesoras Marina Garcés y Yayo Guerrero), lo que hizo que la salida del último director de la institución, Ferran Barenblit, no fuera tan tranquila como este se esperaba y se cuestionara el futuro ‘poder’ de ella en el cargo. La nueva directora es consciente de que «no se han hecho las cosas bien», y promete trabajar desde ahora para hacer del MACBA una institución más permeable y cercana. Así lo plantea y así explica esa ‘revolución’ que propone, como no puede ser de otra manera, con una enorme sonrisa.

Cuando hablé con usted en junio de este año en Madrid, con motivo de la presentación de su proyecto para PHotoEspaña, ¿estaba ya pensando en hacer las maletas?

Pues casi. Recuerdo la conversación, pero no podía decir nada. Además, en ese momento todo esto era aún una esperanza. No se había consensuado nada y no tenía ni idea de lo que podía pasar. Pero era algo muy deseado. Una vez que se fue materializando la cuestión, cobraba en mí el deseo de ser la persona que dirigiera el MACBA.

¿Qué le lleva a presentarse a un concurso como este? O, dicho de otro modo, ¿cómo se deja una escena tan interesante como la londinense por otra tan ‘justita’ como la española o la barcelonesa?

Básicamente, por el nuevo reto que se presentaba ante mí, que es la posibilidad de llevar un equipo mayor, de gestionar lo público, y la posibilidad de redefinir la estructura y noción de museo. No se trata solo de cambiar el MACBA, sino de cambiar la definición de lo que entendemos por este tipo de instituciones. Durante la pandemia, me di cuenta de que esas estructuras, tan interesantes, no estaban realmente poniéndose al día, ni demostrando lo que significaba ser relevante para la comunidad en un momento como ese. No planteaban nada alternativo que no hubieran ofrecido ya un mes antes de marzo de 2020.

«Yo tengo afán rebelde. Me encantan los retos, y creo que ya he puesto algunos sobre la mesa»

Tenía una necesidad de ‘cambiar el mundo’, que es la percepción que has de tener incluso cuando lo que quieres es cambiar el barrio: pensar que tu gesto puede generar un efecto mariposa. Por primera vez en mi vida sentía ‘ambición’, es decir, la sensación positiva de trabajar con un grupo maravilloso de trabajadores del mundo del arte y la cultura que han hecho del MACBA lo que es hoy. Sentía además que ese deseo que empezaba a nacer en mí, yo no lo podía proyectar en una institución como The Showroom. Por otro lado, y en este sentido, soy muy emocional: significaba también volver a una ciudad que hace 30 años elegí para vivir, estudiar, para imaginarme a mí misma en el futuro…

Empiezo por lo más peliagudo: entra en un ambiente polémico, después de que la gerencia del museo despidiera a Pablo Martínez y Tanya Barson, y de que, en protesta por esas decisiones, dimitieran dos miembros capitales del Programa de Estudios Independientes (PEI). No sé si le compete valorar estos asuntos, pero supongo que sí cuando ha declarado que busca un museo que «cuide a las personas, trabajadores y usuarios», un «museo de los afectos».

Absolutamente. Se podía haber hecho todo mucho mejor, y la institución tiene que repensar la manera en que se dirige no solo a sus trabajadores, sino al resto de personas, al contexto artístico, a las que esa situación las ha afectado. La dimisión de Marina Garcés y Yayo Guerrero no solo tiene que ver con los despidos de Tania o Pablo, sino con lo que ellas presentían que iba a ser un cambio drástico en la institución. Es una decisión que se toma antes de mi nombramiento, que no se me consulta, sino que se me da como un hecho consumado. Y desde ese momento, lo único que yo puedo hacer es imaginar posibilidades para que esta edición del PEI suceda de la mejor manera posible, que para mí es una herramienta fundamental, no solo en la Historia del museo, sino también en su futuro. El PEI seguirá, y fruto de eso son las conversaciones que ahora mismo estamos teniendo con su dirección académica, sus profesores y sus estudiantes.

Elvira D. Ose, en el MACBA (Foto: Inés Baucells)

Sin embargo, supongo que cuando una hace una propuesta para un concurso lo hace contando con un organigrama que conoce de partida. A usted se lo han descapitalizado.

Te diré que en el momento en el que se me presenta, y que coincide con la puesta en conocimiento de los despidos, el socio mayoritario del consorcio del museo [organismo que reúne a los miembros del Ayuntamiento de Barcelona, la Generalitat, el Ministerio de Cultura y la Fundación del MACBA] menciona que existe la posibilidad de regenerar y poner el organigrama en cuestión si eso afecta al desarrollo de mi proyecto. Yo presento un proyecto, como bien dices, que además tiene una transversalidad, un deseo de permeabilidad, en el que ciertos roles son indispensables. Eso no quiere decir que no se pueda construir desde lo ya gestado, sino todo lo contrario: la conversación para mí empezó tras esa reunión y continuará cuando dentro de muy poco me siente de nuevo con la comisión delegada para ver cómo podemos avanzar para sacar adelante el proyecto con el mayor éxito y eliminar la sombra de duda que pudo haber generado esa decisión.

¿Vuelve a estar tocada la credibilidad del museo?

Yo creo que no. Creo que, pese a todo, salimos muy airosos de ese momento, y yo al menos demandé durante mi presentación que así sea: quiero ser criticada por las decisiones que tome desde ahora y por los programas que adopte. Quiero además que esa crítica dé pie a un diálogo constructivo que ayude a crecer y mejorar. El fracaso es parte de un recorrido. Sería muy naif pensar que alguien puede desarrollar algo sin equivocarse. Sobre todo si plantea hacer cosas que son radicales en relación a procesos precedentes. Tenemos que perder el miedo a equivocarnos y construir desde ese lugar como lugar de oportunidad.

Hay quien hace la lectura de que aunque en sus tarjetas de visita ponga ‘directora del MACBA’, su misión allí va a ser la de Martínez y Barson, y que el director será realmente el gerente del museo, una figura en el MACBA al mismo nivel que el director desde el cambio en sus estatutos en 2015, y no por debajo, como sería lo lógico.

Tengo que decir a eso lo que ya declaré en su momento: el gerente no está por encima de mi rol. Somos compañeros de trabajo entre los que el diálogo es obligatorio, como lo es con el equipo y con la comisión delegada y el consejo general, que son los que van a decidir cómo movemos ficha. Los que piensan así no conocen el formato desde el que se desarrollan las cuestiones en el museo. Para mí, por ejemplo, es fundamental ser transparentes e informar a la comunidad del organigrama y de la resolución de una nueva propuesta para el mismo, que espero que acometamos en las próximas semanas y meses.

¿Meses?

Sí, porque creo que es algo que se tiene que acometer con mucha calma. Estoy deseosa de contar ya con un equipo, pero hay una serie de pasos que se tiene que dar para que la visión que yo tengo de este MACBA que acaba de comenzar sea posible. Eso pasa porque la gente entienda que aquí no hay un ‘ejercicio de gerencialización’. Si piensas en la Historia del centro, a esa figura se le otorgó ese poder, pero, en estos momentos, mi compañero, Josep Maria Carreté, tiene sus responsabilidades y roles tan definidos como yo los míos, y dentro de los míos, está el de repensar la institución. Ya me han preguntado cuál será mi primer proyecto…

¿Y qué ha contestado? Ha mencionado varias veces la palabra ‘revolución’…

Tiene que ver con redefinir, reformular la institución tal y como dicen los ingleses ‘from the bottom up’, de abajo arriba, pues ha de surgir desde los usuarios del museo, entre los que incluyo al equipo humano del centro. Y surgir del diálogo con la gente, no solo del barrio, sino también la comunidad artística, la crítica y el resto de instituciones de la ciudad, también del mundo. Si en The Showroom quería conectarme con lo que estaba más allá de Londres, aquí muchísimo más.

¿Qué MACBA es el que le propuso a los miembros del jurado que la eligieron?

Un MACBA que atiende a la permeabilidad del edificio, es decir, que sale de la arquitectura dura que este ofrece para transformarse en plataforma en la que, de alguna manera, la plaza forme parte del museo. Para mí esa permeabilidad es fundamental, una condición sine qua non. Sé que son muchos los que antes que yo hablaron de ese diálogo, pero algo hemos hecho mal si todavía hay gente que nos considera elitistas, frente a los que tienen un sentimiento de pertenencia o propiedad. Tenemos que hacer un museo del que la gente se sienta dueña. Un museo en el que te puedas perder y puedas sentir que es una experiencia única para ti, pero también tan absolutamente abierta que dé cabida a perfiles muy diferentes. Y quiero que este sea un museo en el que presentar obra no signifique que tienes una edad o que has muerto. Este tiene que ser un museo intergeneracional. Más que nunca hay que volver al museo rompedor o radical en términos de crítica institucional, capaz de superar su propia historia e imaginarse desde otra perspectiva. Y creo que también debe ser un museo en el que, dado que su colección es un conjunto público, pagado con el erario público, tiene que ser gratuita para su gente.

Un gran reto: esa plaza, hoy, es de los ‘skaters’ y los ‘botelloneros’.

Pero también tiene que ser de los vecinos. Hay ahí un sentido de la apropiación planteado por estos colectivos, y por eso hay que entrar en diálogo. Tiene que haber espacio para todos. El gran reto es unirnos a las instituciones cercanas, no solo de la plaza dels Àngels, sino de todo el Raval, y generar una sensación de espacio de comunidad en el que, si no tienes un patinete y una lata de pintura, no te sientas ajeno. Ha habido conversaciones, y no creo ser la primera directora que ha hablado con ellos. De hecho la relación es cordial. Lo que ocurre que hay otros usos del espacio público que se tienen que promulgar para que esos no sean los únicos.

Fachada del MACBA

«La primera directora». Y jovencísima. No han faltado los titulares estos días recordando este hecho, inédito en 26 años.

Sí. Es maravilloso, y en otros espacios está pasando también: Judith Carreras en el CCCB, el Teatro Nacional tiene a Carme Portaceli… Pero también rompo una lanza por todas las compañeras que han estado apoyando a esos otros hombres que estaban al mando. Es importante destacar que el 90 por ciento del equipo del MACBA son mujeres. Otros directores ya apreciaron esto, pero tenemos que hacer balance del éxito transgeneracional de esos trabajos y hablar de la importancia de esa fuerza casi invisible que hizo posible el mandato de los que me precedieron. Esa fuerza además será la que me llevará al éxito, lo tengo clarísimo. Sin mi gente no voy a conseguir nada.

¿Hará como otros museos, como el CAAC, de la cuota –programando, comprando obra– seña de identidad?

No seré ajena a las cuestiones de género porque este es el lugar desde el que me posiciono y desde el que hablo, y tengo una mirada que responderá al trabajo de muchas mujeres: ahora tenemos en el museo a Teresa Lanceta y en breve a María Teresa Hincapié, a Cinthia Marcelle… Y hay mujeres a las que admiro mucho y para las que por primera vez tengo una plataforma para invitarlas a tener un diálogo con el museo y con la ciudad de Barcelona. Eso no dejará de lado a artistas hombres, trans, no binarios que existen en la ciudad y en este contexto. Por supuesto que será algo que mire, porque si miramos a la Historia, hay mayor abundancia de exposiciones de artistas hombres, pero también me interesan otras perspectivas, artistas de otras partes del mundo, o de otros episodios de la Historia del arte a los que no hemos prestado tanta atención.

¿Incidir en que además es la primera persona negra que lo dirige es racista o es algo que se debe poner en valor?

Debemos incidir en ello para ponerlo en valor, pero también hay que preguntarse por qué hay esa necesidad de resaltarlo, es decir, qué es lo que cambia a partir de ese momento; qué significa eso para mucha gente de la comunidad negra o afrodescendiente, personas marcadas por una racialización que no afecta a otros. La ruptura de ese techo de cristal supone un cambio que reverbera en otras vertientes; me siento muy honrada por esa parte. Pero he de decirte que mis padres me educaron para ser una persona a la que eso no le pesara la raza como una responsabilidad. Era una posición de partida, y eso me parece interesante: de improviso no soy solo yo, sino es esa idea del otro que se adentra en la institución para transformarla o presentar como mínimo otros puntos de vista a una Historia que compartimos.

Lo ha dicho antes: Usted se formó aquí, pero esta no es la ciudad en la que lo hizo. ¿Le van a servir en Barcelona las cartas marcadas que traiga bajo su manga?

[Ríe] Eso me interesa, ¿cuáles son esas cartas?

Yo sí que no lo sé.

Es curioso porque ahora está en puestos de relevancia gente que compartía conmigo horas ‘de marcha’ y también de estudio y reflexión. Mencionaba en mi proyecto que para mí es muy importante la contracultura y toda la escena independiente que ha surgido de ella y que hizo posible en un momento determinado el arte de los setenta o los ochenta, esas páginas que se escriben desde espacios como Metrònom o propuestas tan geniales como la de Rafael Tous. Yo formaba parte de un grupo de investigación de la universidad, B5-125, que de hecho había nacido en los setenta en la Universidad Autónoma y que era, junto a otros espacios como la Sala 3 o Sala Vinçon, los representantes de lo institucional antes de ser institución.

«No tenemos que operar como un museo que presenta un mundo del que nos gustaría formar parte, sino que hemos de actuar como si ese mundo ya existiera»

Escribir esa historia de ‘lo institucional’ me parece fundamental y es algo que nos toca a nosotros. Además, es una coartada perfecta para observar la contracultura desde este lugar y este momento: quiénes son ahora los artistas emergentes que están desarrollando propuestas colectivas, quiénes los que están cambiando los formatos expositivos. Dónde está la energía, las prácticas que cambian el modelo institucional o de ‘display’ al arte. Todo eso me parece fundamental y es preciso establecer un diálogo con ello, dotarle de las condiciones para que entre en el museo ahora y no dentro de 20 o 40 años, cuando ya sea legitimado por una escena, incluso a veces la internacional más que la local.

¿Pero eso no convierte al museo en un centro de arte?

No, porque nosotros seguimos teniendo una colección, seguimos teniendo líneas de investigación en torno a ella, que, si podemos, las expandiremos de ámbito geográfico. Utilizaremos la colección para hablar de las ausencias y por qué se producían. Esta forma de proceder nos convierte en un centro activo, que tendrá diferentes velocidades, alguna de investigación profunda, que se desarrollará a lo largo de los años, otra más fresca, que responderá de inmediato a cosas que estén sucediéndose… Quiero jugar a ser más intergeneracionales. Ni solo para jóvenes, ni solo para mayores. Hay una lógica que decide por qué un artista puede o no llegar a exponer en un momento de su carrera en la segunda planta del MACBA. Su obra tiene que ser tan potente que el edificio no le absorba. El cuidado del artista pasa también por saber cuándo es posible generar un proyecto con él en un lugar como ese.

En su presentación se habló mucho de la necesidad de «hacer renacer el MACBA de nuevo». Pero el concepto renacer implica que está caído.

[Ríe de nuevo]. Es cierto que hay un momento en el que todos miramos para atrás y hacemos balance. Creo que los 25 años fueron ese momento, pero que yo ahora me encuentro en una situación, también por todo lo que pasó este verano, para decir «Bueno: parémonos y emprendamos una serie de acciones que han de ser a corto, medio o largo plazo». Esto es un maratón, no un sprint. Tenemos la posibilidad de generar cosas meditadamente. Podemos tener conversaciones que después darán fruto. Pero para eso es preciso creer en un museo posible, creer en un museo necesario. Tenemos que generar la actitud que nos va a llevar a desarrollar ese espacio. Hoy mismo me invitaron en la Universidad Autónoma, algo que me hizo mucha ilusión, a participar en su lección inaugural. Allí he explicado que no tenemos que operar como un museo que presenta un mundo del que nos gustaría formar parte, sino que tenemos que actuar como si ese mundo ya existiera. Todo lo que hagamos entonces reverberará en la sociedad para generar, quizás, aspectos de ese mundo de forma real.

Recibe un museo que, entre otras cosas, afronta su ampliación con un edificio del equipo catalano-suizo Harquitectes y Christ & Gantenbein. ¿Es el edificio que usted necesita?

Creo que vamos a hacer de él el espacio que necesitamos todos. Tenemos que reorganizar nuestra relación con los ciudadanos de la ciudad, y, sobre todo, con la gente del barrio, y vamos a generar espacios en ese nuevo edificio junto con los dos existentes para armonizarlo todo. Este va a ser ‘el lugar’. Tenemos que transformarlo en ‘ese lugar’ y enfrentarnos a los aspectos arquitectónicos o de proyecto y display que afecten a la posibilidad de generar esa propuesta.

Vocación internacional, voluntad de conectar con los debates contemporáneos y compromiso con las problemáticas sociales. Suelen ser las líneas generales de todos los directores, además de grandilocuentes. A la gente ahora mismo le preocupa el precio de la luz. ¿Cómo va a conseguir conectar con el contexto?

Con mucha escucha activa, para empezar, e intentando hacer palpable el resultado de esas conversaciones. Nosotros teníamos unas fórmulas en The Showroom que espero que funcionen aquí. Ese era un lugar que estaba dentro de la comunidad y que desarrollaba cosas para la misma. También tenía sus problemas, no puedo decir que todo fuera perfecto. Pero sí pienso en la producción de obra de arte, la posibilidad de generar no solo un trabajo de artista con una comunidad local a través de un programa de residencias, sino también de trabajar con otras instituciones, no necesariamente de Barcelona, sino también del resto de la Comunidad Autónoma o del resto de España; incluso internacionales. O crear plataformas en las que las conversaciones de los vecinos generen un espacio público en los espacios que compartimos, por ejemplo, con el CCCB.

Ose, rodeada de autoridades, durante su presentación en julio

Pero como le decía a mi equipo hoy, tenemos que ver el MACBA desde los ojos de los usuarios, y los primeros usuarios son mis compañeras. Yo no quiero una única historia del MACBA, una única idea de museo. Quiero un MACBA que sea plataforma de muchas voces. Tiene que haber tantos MACBA como corazones laten en él. Si no conseguimos eso, erraremos un poco. Los primeros ‘embajadores’ de la institución son las trabajadoras –ellas, porque son mayoría–. Si se sienten vinculadas al proyecto alcanzaremos a un grupo humano muy potente que podrá decir cosas muy distintas de la institución. Mostrar esa cara humana es fundamental. Y mostrar lo que hacemos con otras gentes de nuestro entorno, esas comunidades orgánicas de las que nos rodeamos, también va a ser básico.

Obviamente, la escala de The Showroom no es la del MACBA, y mucho menos su naturaleza privada. Ya sabemos que en España sobre lo público siempre planea la sombra de la injerencia política. ¿Está preparada por si sucediera?

Firmemente, sí. Cuando me preguntaron lo que significaba para mí el cambio de escala, lo que le dije a la comisión es que realmente yo siempre he trabajado a la escala del MACBA. La escala de Showroom era más pequeña pero suponía liderar a un equipo humano. Aquí, de hecho, es una labor que no desarrollo en solitario, también está el gerente, que me ayuda en eso, o el departamento de personas y organización. La parte más divertida del asunto está en la posibilidad de plantear el MACBA como proyecto total en el que la gerencia y la administración técnica de la institución están al servicio de esas visiones más poéticas de lo que el museo debería ser.

Pero una de las paradojas del MACBA es que suele tener un público más foráneo que local…

Eso está empezando a cambiar, sobre todo después de la pandemia, pero es verdad que tenemos que intentar que ese público, que debería ser público fiel, vuelva al museo. Eso es fundamental.

En su día, Ferran Barenblit, el director saliente, dijo que «no venía a romper nada» de lo anterior. ¿Tiene usted afán destructivo?

[Ríe a carcajadas] Yo tengo afán rebelde. Me encantan los retos, y creo que ya he puesto algunos sobre la mesa. Pensar en la permeabilidad real del museo es uno de ellos. O devolverle a la ciudadanía su sentido de propiedad de la institución. Conseguir que la colección pueda visitarse de manera gratuita. Pensar en las historias del museo de manera diferente, con esa transgeneracionalidad…

«Creo que debemos ser un museo en el que, dado que la colección es un conjunto público, pagado con el erario público, el acceso a la misma ha de ser gratuita»

Algunas cosas sí se romperán, como los límites de ambición geográfica que teníamos. Hemos mirado a Latinoamérica desde la colección, pero quizás hace falta mirar a otros territorios y a otras historias del arte que forman parte de la universal. Romperé con la aproximación únicamente occidental a la creación artística tras titubeos al Norte de África, por ejemplo, porque creo que es importante dar lugar a narrativas de artistas que nos vinculan con la historia de la comunidad local, sin por eso generar nichos.

¿Pero eso no es pensar el MACBA como el Museo de Arte Contemporáneo ‘en’ Barcelona y no el Museo de Arte Contemporáneo ‘de’ Barcelona?

Esa es una lección que tengo aprendida de mi última etapa de Londres y Estados Unidos. Las instituciones tienen su medida, y es importante ser capaces de mantener una conversación internacional relevante en un contexto en el que hace tiempo que el MACBA tiene juego, pero también pensar en que hay una realidad barcelonesa y catalana, con una producción local interesante, quizás no tan productiva como la de Londres, pero cuando llevas una temporada viviendo allí, también te parece limitada. Hace falta ir de historias en historias más que tratar de abarcar lo imposible. Hay que soñar primero con lo imposible para empezar a detenerse en lo pragmático.

Con él, con Barenblit, hemos aprendido mucho de los años noventa. ¿Adolecen los museos públicos españoles de ser muy personalistas, reflejo de sus directores? ¿Va a ocurrir lo mismo con usted?

Una de las cosas que incluí en mi proyecto es precisamente que tenemos que superar esos museos en los que todo está generado por agendas individuales. Por más que yo sea la persona que lleva el liderazgo, quiero que esta sea una institución en la que resuenen aspectos de una cierta colectividad. Cómo se define todo eso se verá proyecto a proyecto. Este no será el MACBA de Elvira, pero sí por el que yo me paseo. Quiero que lo construyamos entre todos. No se trata de que me vaya bien a mí, sino de que nos vaya bien a todos. Por supuesto que yo tengo un rol y acepto la responsabilidad, pero asumamos también la corresponsabilidad a la hora de dirigir una institución como esta. Es básico.

Instalación de Francesc Torres, de la Colección Tous, en el MACBA

Una pregunta que les suele gustar mucho a los directores: Con qué presupuesto va a tener que lidiar y si le parece suficiente.

[Ríe tras escuchar la pregunta] Pues yo estoy acostumbrada a hacer cosas con muy poco, lo que no quiere decir que el museo no necesite un buen presupuesto. Venimos de una situación muy complicada, pero si queremos que la colección o parte de ella pueda ser visitada de forma gratuita eso significará una disminución de ingresos de recursos propios. Estoy centrada con el equipo para ver qué fórmulas de financiación son posibles para suplir esas partidas con los estatutos que tenemos. Ahora manejamos en torno a unos diez millones de euros anuales que aporta el consorcio: Ayuntamiento en gran medida, Generalitat, Ministerio de Cultura y Fundación.

¿Cuándo podremos decir que el MACBA que vemos es el de Elvira D. Ose? Me refiero más a efectos de programación.

Supongo que a finales de 2022. Casi prefiero decirte que en 2023. Lo que haré serán cambios en exposiciones que estaban ya planteadas por Ferran pero simplemente para adecuarlas a la nueva situación.

Cinco años, que es lo que dura su contrato, ¿son suficientes para desplegar un programa?

Seguramente no. Yo tengo una libreta con exposiciones que me gustaría hacer y que me da para diez o quince años. No creo que esté aquí tanto, pero más de cinco sí que sería una oportunidad genial. Pero ese es un regalo que tengo que merecerme. El tiempo que esté lo voy a dedicar para hacer no mi MACBA, como bien dices, sino para hacer el MACBA del futuro, lo que es una responsabilidad.

Elvira D. Ose, en el MACBA (Foto: Inés Baucells)

Texto publicado en la web de ABC Cultural el 30 de septiembre de 2021

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