Entrevista a Marisa González. Premio Velázquez 2023

Marisa González: «No tengo apego. Lo realizado, si se perdió, ya tuvo su momento»

El último Premio Velázquez visibiliza cinco décadas del trabajo en la retaguardia de una pionera de las tecnologías aplicadas al arte y la defensa de la mujer. A sus 80 años no piensa tirar la toalla

Se podría decir que Marisa González (Bilbao, 1943) es de esas creadoras que han trabajado desde la retaguardia, sin hacer mucho ruido, por lo que no es una artista conocida por el gran público, pero indispensable para relatar algunos de los episodios fundamentales del arte español: participó en el primer ARCO,también en la primera exposición del Museo Reina Sofía siendo este centro de arte en 1986, en el primer PHotoEspaña

A ello se une que ha sido pionera en múltiples ámbitos: en el uso de las tecnologías aplicadas al arte, en la defensa de los derechos de la mujer… Cincuenta años después le llega el reconocimiento en forma de Premio Velázquez que sitúa en el disparadero una labor que no ha cesado en ningún momento. En su estudio, que es un gran almacén y archivo en el centro de Madrid, repasamos su pasado, su presente y, sobre todo, su deseo de trascender en el futuro.

—¿En qué momento llega este Premio Velázquez?

—He sido varios años finalista. El pasado me quedé la segunda, cuando se lo dieron a Elda Cerrato, que murió seis meses después y a la que no conocía nadie aquí. ¿Sabes que también hago entradas en Wikipedia de mujeres artistas? Bueno, pues mi generosidad cristiana e influencia del colegio de monjas me llevó a escribirle su biografía esa misma tarde.

—¿No la tenía?

—No la tenía. Y lo hice por ayudar a la prensa, a los medios. Creo que fue un premio bastante injusto. Pero, bueno, le hice su wikipedia y me quedé tan ancha. La frustración de saber que me había quedado segunda generó algo creativo. Este año, por fin ha llegado. ¿Lo esperaba? No sé qué decirte. No me frustró el año pasado, aunque estuvo demasiado cerca. Pero depende de un jurado, depende de tantas cosas, que no cuentas con ello. Tampoco tengo el Premio Nacional. Así que lo que tiene que llegar llega.

—Quizás al propio sistema del arte sí que le ha pillado con el pie cambiado su premio.

—En estos cincuenta años, yo me he visto apoyada. He estado exponiendo constantemente. Participé en el primer ARCO; en la primera junta directiva del Círculo de Bellas Artes, el Círculo Transformador en el año 1983; en la primera exposición del Reina Sofía, ‘Procesos, Cultura y Nuevas Tecnologías’, en 1986; en el primer PHotoEspaña, en 1998, y en el primer festival Ellas Crean en 2015. Soy desmemoriada pero me he aprendido las fechas. Es decir: que he estado en los primeros eventos que han construido la Historia del Arte español reciente.

Marisa González en su estudio de Madrid. Foto: Isabel Permuy

Con lo cual, no he estado aislada, no he estado marginada, pero sí independiente, y mi galerista, que era Evelyn Botella, era una profesional muy honrada, pero con poco tirón. Y mi galería de Bilbao, Vanguardia, con Petra Pérez, tan honrada igualmente, tendría que haber tenido un poquito más de osadía. Expuse recientemente allí y cuando el Museo de Bellas Artes ha visto que el Reina Sofía me ha comprado la serie ‘La violación’ les ha faltado tiempo para darse cuenta de que no estoy representada en el museo. Y Petra le recordó a su director actual que hasta seis exposiciones me ha celebrado sin que se hayan pasado por ninguna.

—Vamos, que ahora le han salido muchos amigos.

—¡No quieras saberlo! Pero sí que es verdad que no sabía que fuera tan querida. Me han mandado un montón de whatsapps, de SMS, mails, cientos. Ese día no paró de sonar el teléfono. Me gustaría recopilarlo todo, documentar ese momento.

—Quizá pocos sepan que dejó una carrera musical, la superior de piano, por el arte. ¿Son tan incompatibles una cosa y la otra?

—Sí, porque para tocar bien, que suene medianamente bien, tienes que estar horas y horas y horas repitiendo la misma secuencia. Y yo soy muy impaciente, muy activa, aquello me aburría muchísimo. Y aunque terminé la carrera con sobresalientes y notables, no era de 10. He tocado y ahora tengo el piano como hobby.

—¿Su primera opción siempre fue el arte pero tuvo que pagar ese peaje?

—No, simplemente que en Bilbao no había Bellas Artes. Empecé con la música y la terminé jovencísima, con 16 años. Pero mi vida no estaba ahí.

—¿Y por qué estaba en el arte?

—Son todo casualidades. En Bilbao, ya iba a Artes y Oficios, y me gustaba mucho. Abrieron además una academia privada, Leonardo da Vinci. Me apunté como loca, y allí los profesores preparaban para Bellas Artes en Valencia. Aprobé el ingreso a la primera, con lo cual ya pude hacer el traslado a la matrícula oficial en Madrid, que es donde quería formarme. Y con toda la ilusión que uno pone en Bellas Artes, me encontré con esos profesores tan academicistas. Tres meses pintando al estilo del maestro de turno. Aquello tampoco era lo mío, pero saqué una conclusión muy clara que es lo que no quería hacer.

—Pero tuvo que salir de España para acceder a las nuevas tecnologías.

—Con mi pareja, que ya era funcionario, más joven que yo, me fui a Chicago. Él pidió una excedencia para hacer un máster en Economía, y yo en Bellas Artes. Tras dos años volvimos a Madrid, pero a los pocos meses le otorgan a él un puesto en el Banco Mundial en Washington. Ya habíamos tenido una niña, y me negaba a ir de mamá a EE.UU.. Así que me matriculé en la Corcoran School of Art, donde me convalidaron los tres primeros años, con lo cual me volví a graduar. O sea que yo, titulitis toda, lo que empiezo lo acabo, y si me dan el papelito mejor.

‘La mulata y sus máscaras’ en la galería Isabel Hurley de Málaga

—La palabra que más se repite ahora al acercarse a su trabajo es «pionera». ¿A qué suena eso 50 años después?

—En Chicago, a mí quien me fascinó fue Sonia Sheridan, sus máquinas. Yo elegí lo opuesto a Bellas Artes aquí: el vídeo, la fotografía, los sistemas generativos… La tecnología. Me pasé dos años inmersa en ello, la primera fotocopiadora a color del mundo. Ella, muy buena pedagoga, veía que la usábamos como un juguete, y nos animaba a plantear un concepto. Eso fue en 1971-1973.

En 1975, con otra impresora que aún conservo aquí hice mi serie ‘Violencia mujer’, que imprimía en acetatos de alto contraste, inspirada en las torturas que sufrieron las mujeres en las cárceles de Pinochet. A mis compañeras de estudios les leía las noticias al respecto y les preguntaba cómo vivirías ellas esa violencia. Yo ya había hecho un trabajo sobre la violación en el barrio negro de Chicago, donde me encontré una muñeca despatarrada que me inspiró. Pero es que ayer domingo me encontré al lado de mi casa en Chamberí una Barbie gigante, e hice todas estas fotos. Así que hasta ayer estuve trabajando. Una Barbie gigante con el pantalón bajado.

—La otra es feminista. Usted vivió la segunda ola y de la mano de Mary Beth Edelson.

—Fue mi profesora, la que me incitó, y tengo obras protagonizadas por ella, que son las que me compró la Verbund Collection de Viena.

—¿Hemos avanzado algo desde esa segunda ola?

—Sí, sí. Por lo menos tenemos más conciencia. Hay políticos que nos quieren volver para atrás, eso hay que tenerlo muy presente, pero sí, se ha avanzado bastante. Ahora por lo menos se denuncian los malos tratos, y aún así la gente sigue violando. Yo no lo entiendo.

—Se menciona también su interés por el desmantelamiento del paisaje industrial.

—El siguiente hito en la carrera fue el trabajo con los transgénicos, pero al poco tiempo me entero de que en Bilbao, de donde soy, la fábrica de pan Harina Panadera, monopolio todo el siglo XX, cerraba en el año 2000. Allá que me fui, conseguí permisos para entrar. Los propietarios ya habían sacado lo que les interesaba. Yo tenía un Dos Caballos, me fui con el coche y me lo traje lleno de materiales. Hice una instalación que se llamó ‘Luminarias’, registrando las memorias del consejo de administración y luego las fotocopias de los libros de familia de los trabajadores.

Obra de Marisa González

La estrené en la Fundación Telefónica. A lo mejor termino donándola. Sus pantallas las tengo aún en un sótano. Y esa instalación representa la industria vasca, que: ¿quién la ha levantado? Los emigrantes, no los latinos: en aquel momento los emigrantes eran los gallegos, los andaluces, los extremeños… Ellos levantaron la industria vasca, con lo que esa obra es un poco la Historia del siglo XX.

—En este ámbito, es mucho más conocido su proyecto sobre la central nuclear de Lemóniz.

—Es cierto. Cuando había cogido ya cierto peso en el ámbito de la arquitectura industrial, descubro que van a desmantelar esa central nuclear. De nuevo, por enchufe, conseguí entrar allí. Esa serie la estrené en el CAB de Burgos. Me hicieron una entrevista en prensa que levantó la liebre. El abogado de la galería Evelyn Botella me aconsejó hacer un contrato con la empresa, que me contrataba como fotógrafa y videoartista para registrar el proceso de desmantelamiento, sin contraprestación económica. A cambio, la autora se reservaba los derechos de uso con fines artísticos. Con ello se callaron en Iberdrola, los propietarios, pero yo no volví a entrar. Pero ya había sacado un camión entero de objetos, con los que hice instalaciones para Tabacalera. También trabajé con otra fábrica, Arcelor, pero las importantes son estas.

—Desde el principio apostó por las nuevas tecnologías, pero uno de los problemas asociados a ellas es la obsolescencia. ¿No le perturba eso?

—Tengo tres ordenadores en uso y 11 discos externos. Ya me ha fallado uno. Y me he hecho un documento casero, lo tengo ahí al lado de los ordenadores, con colorinchis, para saber lo que contiene cada disco. Tengo que hacer duplicados o triplicados. Mi intención es que el dinero del premio me sirva para contratara alguien, un profesional, para ordenar mis archivos.

—¿Ha perdido muchos trabajos?

—Sí, sí, sí… Por suerte saqué algunas fotos de las obras de la fotocopiadora a color. Retratos que estaban hechos todos con esa máquina: de Rosina Gómez Baeza, Carlos Jiménez, Menene Gras, Paloma Navares, José Ramón Danvila, Pedro Garhel… Garhel, el performer, fue el que más juego me dio. Todo en la vida pasa. En el fondo, no tengo apego: ya lo hice, lo desarrollé. El portátil lo tengo desde 2008. Ahora con el premio me voy a comprar otro. Llegué a tener tres hijos. Yo no quería tener ninguno, mi carrera estaba por encima, ¡con lo que me costó salir de Bilbao!

—¿Y la inteligencia artificial le interesa?

—No, no. Ya es demasiado. Tengo ya 80 años. Con recuperar todo esto ya tengo tarea. Marina Núñez sí se mete, pero es mucho más joven. Pero mira, hoy me he estado leyendo sobre el asunto, por si acaso.

—Lo que sí que ha puesto otra vez en el disparadero el premio son las exposiciones que tenía ahora en Málaga.

—Eso es, individual en Isabel Hurley y participación en la colectiva resultado de la donación del legado de Evelyn Botella. Y ahora el miércoles nos vamos a Turín, a Artissima, con la misma galería malagueña.

González, con una de sus viejas cámaras de vídeo. Foto: Isabel Permuy

—Habló antes del Museo Reina Sofía, que supuestamente le tendría que hacer una exposición con motivo del premio Velázquez. ¿Sería la mayor retrospectiva hasta la fecha?

—La de Tabacalera fue la última, pero no era completa, porque la parte de los transgénicos no estaba presente.

—¿Es esa serie la que le tiene ocupada ahora?

—Sí, sí, sí, porque es lo que de verdad me divierte. Eso y la muñeca, que aún no me ha dado tiempo a pasar las imágenes al ordenador. Sigo haciendo fotos, ya con el móvil, donde tengo 18.000 imágenes. Y luego está el poner orden en el archivo y lo de la Wikipedia.Tengo trabajo…

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 4 de noviembre de 2023

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