Entrevista a Soledad Sevilla («La Algaba, Vélez-Blanco, El Rompido». CAAC)

«Cuando una obra sale de mis manos, yo prefiero olvidarme de ella»

Soledad Sevilla es una de nuestras autoras más hondas. (Casi) toda su trayectoria se reparte ahora entre el CAAC de Sevilla, donde muestra sus instalaciones, y, Valencia, que se ocupa de su pintura

Soledad Sevilla en el CAAC (Foto: Vanessa Gómez)

Soledad Sevilla (Valencia, 1944), se reivindica como pintora. Aunque ahora el CAAC la convoque en sus salas por sus tres grandes instalaciones «andaluzas», las que realizó inspirándose en la almadraba de El Rompido en Huelva, en el patio de armas del castillo de Vélez Blanco en Almería y en la sevillana Torre de los Guzmanes, y que reproduce en las zonas monumentales del museo. Su pintura sí que se muestra paralelamente y de forma extensa en Bancaja, en Valencia. Ambas muestras dan una buena idea de lo que ha sido su devenir, el que le convierte en una de nuestras creadoras veteranas más intensas y poéticas.

La muestra del CAAC es interesante no solo por la rotundidad de las piezas, sino por los debates que suscita. Uno de ellos es la reactualización de tres obras que fueron pensadas para tres emplazamientos distintos, pero también históricos. ¿Cómo se recuperan ahora para el lugar que no es el original sin que pierdan su esencia?

Una de las características de mi trabajo, como mencionas, es que se desarrolla en un espacio determinado. Eso me ha obligado a readaptarlas para este nuevo emplazamiento, la zona monumental del CAAC. Yo creo que, en ese trasvase, las tres obras seleccionadas no han perdido. La inspirada en la almadraba de El Rompido en Huelva (2000), que originariamente se expuso en el Centro del Carmen, cuando este pertenecía al IVAM, me ha obligado a envejecer las paredes en Sevilla. Su grieta de luz ha tenido que ser reconstruida allí y, en ese ejercicio, ha alcanzado una nueva dimensión y quizás una belleza añadida. Para elaborarla es preciso levantar un muro de madera, un muro doble para simular en él una rotura y que la luz entra de la calle. Y sobre él hemos pintado aquello que tapa, una pared con pinturas que ahora no quedan a la vista. Esa es una novedad interesante, que se suma a una nueva dimensión, porque, aunque la grieta es la misma, la pared es más alta.

Soledad Sevilla en el CAAC (Foto: Vanessa Gómez)

En cuanto a Mayo 1904-1992, esa instalación partía de un espacio en ruinas, el castillo de Vélez-Blanco, que ya no existe. Han forrado aquello de hormigón, le han puesto un texto, lo han llenado de columnas, de forma que ha perdido todo el romanticismo y encanto que tiene una ruina, para permitir así otros usos en ese espacio. Cuando yo hice mi proyección en los noventa, lo hacía sobre el espacio que se había dejado cuando el patio del castillo fue sustraido para ser instalado en una vivienda privada en Nueva York. Lo que hacemos ahora es reproducir con pinturas, con trampantojos, lo que había entonces, esas paredes en ruinas. El espacio es más pequeño y evoca otro virtual, que también lo fue en origen, porque entonces también aparecía un patio de armas proyectado como lo hace aquí. A mí me resulta muy interesante esta “reconstrucción” y esa reaparición de un espacio y de un patio que ya se perdió y que no se podrá recrear jamás por la intervención arquitectónica que ha sufrido ese lugar.

Por último, la pieza Toda la torre, pensada para la Torre de los Guzmanes de la Algaba, en Sevilla, es bastante diferente porque sus dos partes, el espacio nocturno y el espacio diurno originales, se reparten aquí entre el altar de la antigua iglesia de la Cartuja de Santa María de las Cuevas y lo que fue su sacristía, respectivamente. Los elementos son los mismos: hilos de algodón, con luz ultravioleta que concilian una imagen luminosa. Siendo estos dos lugares diferentes, la nueva versión es sin duda muy interesante.

Desde luego ni los espacios, ni usted son los mismos de hace 20 años ¿Qué nuevas lecturas ganan las piezas en su recuperación?

Sin duda, lo que yo hago aquí es enfrentarme a un nuevo espacio con la premisa de usar los mismos elementos que empleé en su momento para que el reto sea darle una nueva lectura a un entorno, algo que me gusta y que me ha caracterizado siempre. Pero, sí que es cierto, que yo tengo que puntualizar que soy una persona en activo y que me gustaría que me pidieran instalaciones nuevas…

Esa era otra de mis preguntas, si no se les ocurrió hacer una nueva instalación para este emplazamiento específico…

Parece que tanto en las instalaciones como en pintura, lo que interesa ahora es recuperar mi pasado. Le reconozco que me aburro un poco volviendo a recuperar obras anteriores como la de los hilos… Bueno, en este caso, no, porque me he tenido que enfrentar un espacio que es inmensamente más grande que el de La Torre de los Guzmanes y las soluciones que hemos tenido que emplear han agudizado nuestro ingenio, por lo que diría que los resultados no han sido una repetición o retroceso, sino que todo ha sido para mejor.

Entonces quedamos en que le cansa repetirse…

Si entras en Internet, ahora todo el mundo hace cosas con hilos. Yo creo que fui de las primeras en hacer cosas así; antes que yo no las había hecho nadie.

«Toda la torre», pensada para la Torre de los Guzmanes de la Algaba, en Sevilla

Y si le hubieran dado una carta blanca en el CAAC, ¿qué habría salido de allí?

La verdad es que no puedo responder. Tendría que pensarlo y meditarlo mucho. Eso también es la base de mi trabajo. No me gusta improvisar nunca nada. Pero algo se me ocurriría, seguro. Lo que sí que tengo que admitir es que las dimensiones de todos los ámbitos en los que intervengo en el CAAC son tan inabarcables que ya de por sí planteaban el reto de este proyecto. Estoy contenta. Cuando me llamó el director, asumía el encargo, pero no sabía que opinar. Ahora, a posteriori, creo que el resultado es estupendo. Estoy contenta, sí. El esfuerzo ha sido tremendo. También el empeño de todo el mundo.

La exposición es un tanto sui generis en tanto que parte de la donación de una de las piezas, la de El rompido, su deseo de exhibirla y de recuperar sus tres grandes “instalaciones andaluzas”.

Así es. Lo que a mí se me propuso fue reproducir o rescatar mis instalaciones que estaban vinculadas con Andalucía. Velez Blanco es un pueblo de Almería, la Torre de los Guzmanes es la de La Algaba de Sevilla y el Rompido nace de un recinto protegido en Huelva al que sigo yendo porque me gusta mucho, lo que dio en su día también pie a una serie amplia de pinturas. Dos grietas inéditas y exactas en una de las puertas que daban al patio en esa almadraba fue la que me inspiró. En una de ellas, el muro había cedido y entraba la luz, lo que no ocurría en la otra, que estaba oscura. Recuerdo hacer una foto de eso, colgarla en el estudio, y esperar a que un día su mensaje deja de ser muro para convertirse en idea, aunque se materializara en Valencia.

Con la propuesta del castillo de Vélez Blanco, en su día, pretendía “hacer visibles fantasmas del pasado”. Ahora hace visibles los fantasmas de unos fantasmas, en la Capilla de Colón y cuando tanto se habla de “memoria histórica”.

Recuerdo que lo que me propuso entonces la comisaria de esa exposición, que fue Mar Villaespesa, fue hacer algo en alguna de las provincias de Andalucía, coincidiendo con la Expo del 92. Había asistido recientemente a un curso de arquitectura del Renacimiento en el que se habló de ese patio. Fue cuando descubrí que estaba en Nueva York, lo que quedó almacenado en mi cabeza. Cuando me llegó la propuesta de Mar me plateé: ¿Por qué no le devolvemos al castillo el patio que le arrebataron?”. Lo primero que hice fue revisar el estado de la ruina. Allí estaba aún la torre del homenaje, y se usaron pantallas para cubrir las paredes ausentes y que la imagen “no se escapara”. El resultado fue mágico. Aquí hemos creado un loop que hace que aparezca la imagen muy suave sobre la ruina representada que va despareciendo lentamente. Dura como un minuto, poco más.
Yo no creas que tengo una mirada nostálgica o de recuperación de la Historia. No cabe duda de que esos ingredientes están en esa pieza. Pero mi acercamiento a las tres piezas, incluso ahora, ha sido otro. Lo que he querido lanzar es una llamada visual, que una vez desplegada, verdaderamente trae a colación todo lo que lleva consigo: la Historia, la memoria, el pasado… Pero este no es el origen de mi trabajo. Si intentara intelectualizar desde estas premisas, probablemente no me saldría nada. Suelo ser una persona más sensible e intuitiva, y una vez que mi sensibilidad y mi intuición me ponen delante de algo es cuando me pongo a buscar qué más cosas hay detrás.

¿Hay mucha diferencia entre la Soledad Sevilla pintura y la que hace instalaciones?

Yo siempre digo es que yo soy pintora. A mí lo que me gusta es pintar. Y por eso mis instalaciones derivan de mis pinturas, y también al revés, porque estas me invitan a pintar. Fue lo que me ocurrió con otra instalación sobre La Alhambra, que nació de la serie de cuadros. Yo prefiero encerrarme en el estudio, pelearme allí con la obra; me gusta su paz, su silencio, su austeridad, su soledad, que es lo que requiere una pintura. La instalación precisa de unos conocimientos técnicos que yo no tengo y que suplo con la colaboración de otros, como mi hijo que es ingeniero, lo que obliga a dejar en las manos de otros, que son los que construyen, las piezas. Tú puedes sugegir el proceso, pero es distinto al de la pintura, en la que está conectada tu mente con tu mano y estás en guardia desde que lo comienzas hasta que  terminas. Pero me gusta el espacio, y por eso hago las instalaciones.

Obra inspirada en la almadraba de El Rompido en Huelva

Le pregunto ahora por si altruista gesto de donar dos de las obras a la institución. ¿Debería ser algo más habitual?

No te creas que soy muy partidaria de donar. Si lo hacemos, dejan de comprarnos. Lo que ocurre es que lo que nunca te van a adquirir son las instalaciones. He debido de realizar más de sesenta y solamente he vendido una, que adquirió la Caixa, un estanque con luz negra. Nunca aspiro a que me compren una instalación, pero sí a que me compren cuadros. Los grandes formatos deberían ser para las grandes instituciones, que sean ellas las que hagan el esfuerzo. Pero también comprendo que tengo una edad. Tengo unos hijos y cuando yo no esté que hagan lo que crean conveniente con la obra. Para los que no tienen descendencia es interesante, para ellos y para todos nosotros como espectadores, que donen el trabajo.

¿Se plantean los artistas en vida el destino de su legado?

Yo no. Yo llevo tantísimos años pintando y produciendo, que no tengo ni idea de dónde está todo lo que he hecho. Hoy mismo me lo planteaba con los cuadros de El Rompido, preparando una conferencia. ¿Qué será de ellos? Para la exposición de Valencia se ha tenido que hacer una investigación de altura. No siempre tengo los datos de dónde fue a parar cada obra. Pero cuando una obra sale de mis manos, yo prefiero olvidarme de ella. Porque eso no lo puedes controlar.

Es desprendida.

A mí no me importa. Pertenezco además a una generación que no vendía absolutamente nada y que sabía que tenía que vivir de otra cosa. Cuando comencé a vender tampoco es que fuera a mansalva. Además, lo que sí que tengo claro es que una obra que esté en un museo o una institución va a estar muy bien cuidada. El resto, no me lo planteo.

La muestra coincide con otra en Bancaja, en Valencia, que si que lee su obra de manera más retrospectiva. ¿Qué visión de Soledad Sevilla es la que se quiere dar en ella?

Lo que María del Corral y Lorena han querido esbozar, como ocurrió hace un año en Fuenlabrada, es una retrospectiva, con cuadros que parten de los años setenta para plasmar mi labor como pintora. Allí solo hay una instalación frente a 50 lienzos. Su título es Sobre color, porque es lo que allí predomina, en formatos grandes, con una buena representación de mis series, mis Meninas, La Alhambra, las obras geométricas de los setenta, los Apóstoles y las obras de mi última exposición en Marlborough, el pasado mes de septiembre. También hay una pieza de mediados de los noventa que presenté en Soledad Lorenzo hecha con hojas de papel serigrafiadas con las que componía un dibujo de grandes dimensiones. Creo que las comisarias han tenido la intención de mostrar mi pintura porque hay como un pensamiento general en el mundo del arte que mis instalaciones sí, pero mi pintura no. Lo que las comisarias se han propuesto es demostrar que también soy pintora. Que algunos de mis cuadros merecen la pena.

¿Le han menospreciado en el arte por ser mujer?

No. Quizás en los inicios ocupé un lugar secundario, pero yo empecé e n los sesenta. Es cierto que no se te consideraba al nivel que los hombres. A la hora de exponer no te daban las mismas oportunidades y los precios no eran los mismos. Poco a poco eso se ha ido corrigiendo. Actualmente, creo que  se ha superado y que la cosa está muchísimo mejor. Lo que sí que queda todavía es que hay un determinado modelo artístico que se considera más masculino que femenino. Si algo apunta a ser muy femenino en una obra y su finalidad no es reivindicativa, eso se sigue denostando. Eso es así porque no se corresponde con la imagen del arte que ha creado el hombre a lo largo de los siglos.

¿Significa eso que las obras femeninas se siguen leyendo bajo parámetros masculinos?

Yo creo que sí. Absolutamente. Y esto hay que superarlo. Las cuestiones femeninas son igual de válidas y para nada de segunda categoría.

«Mayo 1904-1992», originariamente en el patio de armas del Castillo de Vélez-Blanco

Su inauguración en Sevilla coincide con la de otra pintora, joven, Ana Barriga. ¿La técnica demuestra que tiene músculo?

El trabajo de Ana Barriga me ha encantado. Me ha parecido valiente, hermoso, rotundo y monumental. Y sí: la pintura ofrece aún muchas posibilidades. Lo que ocurre es que es más difícil y duro enfrentarse a una tela en blanco que coger una cámara o grabar un vídeo. Esas suelen ser en principio imágenes más agradecidas. La pintura tiene recorrido porque somos muchos los que sentimos vocación por ella. Mientras eso ocurra, la pintura seguirá avanzando.

Mencionó la serie de La Alhambra, que no entra en el CAAC. ¿Por qué?

La verdad es que no se barajó nunca. De hecho, el director en ningún momento apostó por la pintura en su exposición…

Pero esa serie tiene instalación…

Que es la que compró la Caixa. Pero ni lo pensó Juan Antonio (Álvarez Reyes), ni se me ocurrió a mí. Tú me lo acabas de descubrir.

Valencia nos permite ver obras datadas recientemente. ¿Qué es lo que le preocupa como pintora hoy en día?

He cerrado una etapa en la que estuve volcada tres años muy intensamente trabajando muchas horas al día y todos los día de la semana, que ha coincidido con la organización de estas dos muestras, magnas exposiciones. Se ha producido un parón obligatorio. Marzo me va a tener entretenida con cursos y charlas, pero en cuanto pueda volver al estudio, quiero concentrarme y volver a pintar, hacer unos cuadros con textos de Pessoa, con el que he hecho instalaciones pero que quiero llevar a la pintura. Pero no sé ni por dónde ni cómo voy a empezar. Pero ese es el reto de la tela en blanco.

¿Ha cambiado mucho con el tiempo?

Las obsesiones son siempre las mismas. Si uno ve una exposición mía parece una colectiva, de lo geométrico a los toros, de los insomnios a las instalaciones… He ido cambiando de sistemas, sí, pero si uno analiza mi obra, hay una constante, un elemento, una unidad que repito. La idea es que por acumulación, lleno campos extensos para que desaparezcan las unidades. Esa es mi pretensión. Eso está en las líneas de mis geometrías, en las hojitas de los insomnios, en las cuadrículas más grandes y en las series más recientes. No soy de brochazos enérgicos, sino de trabajos más minuciosos, de repetir y repetir.

¿Futuros proyectos?

Serán actividades más académicas. Voy a ser nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Granada. También celebraré un taller en la de Alcoi, que cuenta con el departamento de textil más importante de España. Ese taller lo desarrollaré con Simon Zabell. Iré a Barcelona, donde tengo el estudio grande; el pequeño está en Madrid. Tengo que dar una conferencia en El Museo del Prado…

La pintora, con Ana Barriga en el CAAC

Los tres proyectos andaluces

I Huelva. Una doble grieta en la almadraba de El Rompido inspiró a la valenciana para dos obras en el Centro del Carmen. También hoy, una deja pasar la luz. La otra, la reproduce en metal.

I Almería. La capilla de Colón del CAAC se ha condicionado con proyecciones como en su día lucía, según lo imaginaba Soledad Sevilla, el patio de armas del Castillo de Vélez-Blanco.

I Sevilla: La noche y el día fueron representados con sendas piezas de hilos en 1990 en la Torre de los Guzmanes. Ahora, estas se reproducen en la iglesia y la sacristía del museo.

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 9 de marzo de 2019

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