Guillermo Pérez Villalta (pintor)

«Siempre me han tenido manía las izquierdas y las derechas»

Estaban faltando las memorias de uno de los pintores más locuaces y deslenguados del panorama nacional, que despuntó en plena Movida Madrileña, y todavía en activo. Las publica Mecánica Lunar. Un homenaje también a la pintura

Perez Villalta por Ignacio Gil

Guillermo Pérez Villalta (Tarifa, 1948) es un hombre inquieto. En Madrid se siente atrapado, pero es el peaje que hay que pagar para estar en la pomada, ver a amigos, cerrar acuerdos… la feria ARCO y la presentación de sus memorias la semana pasada en su galería, la Fernández-Braso, han sido algunas de las cuestiones que le han retenido más de la cuenta en esta ocasión. Pero él ya está deseando volver a su Andalucía, a la costa, la que le activa como creador. Son más de cinco décadas trabajando, aprendiendo, con los de su generación y con los jóvenes, buscando la belleza… Todo ello da para un buen puñado de experiencias que ahora vuelca en Espejo de la memoria (Mecánica Lunar Ediciones). ¿Qué le queda por contar a alguien que no se ha callado nunca? Se lo preguntamos.

Al final, tenemos memorias de Guillermo Pérez Villalta…

Parece mentira, pero me ha llevado muchísimo tiempo. Todo el proceso de «cristalización» del libro ha sido un rollo espantoso, con todos los inconvenientes de las operaciones, que me acaban de operar de cataratas… He tenido muchísimos problemas.

Que le toquen los ojos a un pintor son palabras mayores…

Tenía un cuadro pendiente de diciembre de 2018, dibujos sobre el mismo, porque sus bocetos eran perfectos. Los dibujé antes de operarme. Lo dejé todo perfectísimo para pintarlo a la vuelta. Y cuando volví, ha sido un verdadero enfrentamiento a una nueva manera de pintar. Una de las cosas que han variado, por ejemplo, es que me ha afinado muchísimo la visión cromática. Por eso ahora todo el cuadro gira sobre colores muy extraños y poco llamativos. No puedes decir qué es. La mayoría lo interpretará como una gama de grises, pero no he empleado ni un gramo de negro: es todo resultado de combinaciones contrarias a base de mezclar violeta con verde, y, de pronto, meterle un ligero rosa. Al final, salió un color indefinible… Y eso me ha hecho pensar muchas cosas.

El caso es que no todo ha sido escribir.

Para nada. Por ejemplo, con Óscar Alonso Molina preparo una muestra para la Sala Alcalá 31, un proyecto de exposición que tenía en mente desde hace siglos. Pero no quiero desvelarla aún, aunque girará sobre la parte geométrica, metafísica o trascendental de mi obra, llevado casi al terreno de lo sagrado, proyectando, más que la exposición, el espacio expositivo. La idea es que no tenga ningún recorrido, que no haya una descripción de algo, una narrativa… Y luego, por ejemplo, hay otra cosa que hice antes de venirme a Madrid. No quería empezar un cuadro grande de nuevo, nada de pintura, y me puse a dibujar. Y de pronto está saliendo algo, que, si cuaja, se va llamar Pabellones. Son una serie de dibujos como para hacer una publicación. Pensaba hacerlo en un grabado. Llevo como 12. Quiero llegar por lo menos a 24…

Pérez Villalta en su domicilio de Madrid (Foto: Ignacio Gil)

¿Ha tenido «negro» para el libro o se lo ha escrito usted solo?

No, no. He tardado nueve años en componerlo. Y es un problema, porque resulta que el editor, que es muy amigo, me han quitado casi 300 páginas. Es que al final me salieron cerca de 800…

Puede hacer como Nazario, que las va sacando poco a poco.

El caso es que las han pulido. Eran unas memorias con las que mucha gente se podría ofender y, de hecho, aún así, se va a ofender. Es indudable. Pero no he escrito con esa intención. Son absolutamente íntimas. Las memorias las empecé porque estoy perdiendo mi memoria. Me di cuenta de que mi memoria, cuando se iba acercando al presente, se desvanecía. La infancia la recordaba bien, pero el resto se iba enturbiando. Y el libro está escrito así: A partir de un momento, la memoria empieza a enturbiarse. Antes de que se me fuese, que tengo verdadero miedo a ello, quería dejarlo todo por escrito. Mi manuscrito, porque es manuscrito, está escrito con un HB a mano. Luego la han corregido, la han pulido… Yo soy disléxico, pero escribo… Y soy muy descriptivo, puedo escribir muy bien, pero con la ortografía y la gramática, soy un desbarajuste absoluto.

¿Quién se le va a ofender más, artistas, galeristas…?

¡Yo que sé! No lo sé. Porque además, se ha eliminado mucho, se han dejado cosas que la mayoría de las veces no ofenden, pero había verdaderas acusaciones… Eso lo han eliminado.

Usted nunca se ha caracterizado por morderse la lengua.

Pues, imagínate. Pero había cosas «muy fuertes», resultado de estar escribiendo para mí. Y más que los protagonistas, puedo enfadar a sus herederos, porque muchos han muerto. Además, contaba todo ese trasmundo que ha tenido mi vida. No solo el del arte, sino un mundo muy divertido, aparte de colectivo, el que vivimos a finales de los sesenta y los setenta, antes de la famosa Movida. Esa época era verdaderamente alucinante y maravillosa a pesar de… [silencio].

Le acabo yo la frase: ¿el contexto político?

Problemas políticos, los había. Pero eres tú el que decidías si te dedicabas a estar «en eso» todo el día… ¡Váyase usted a freír puñetas, entonces! Uno seguía su vida como quería y ya está. Mi problema es que a mí siempre me han tenido manía las izquierdas y las derechas.

¿Y todavía estamos en esas?

Creo que sí. Primero, en la derecha, los hay absolutamente incultos, pero la izquierda, a la que se suponía más culta, cada vez es más dogmática. ¡Es como si hubieran ido a catequesis! Les han enseñando el catecismo, y van todos con el catecismo como si fuese el libro de Mao. ¡Yo que siempre he sido un adalid de la libertad! ¿A mí me va a imponer usted una lista de mandamientos? ¡Y más en el mundo del arte, que es lo peor! La lista de cuestiones que tienes que tratar, de cómo las tienes que tratar. ¿Qué dice usted? Si precisamente el arte es el imperio de la libertad absoluta.

«Autorretrato con hepatitis» (1983)

Ahí abre un buen melón. ¿El mundo del arte es mucho más dogmático y opresivo de lo que transmite?

Es una cosa terrible. Y algo de lo que tuve conciencia muy temprano. Cuando fui a la Documenta de 1972, porque he ido yendo a todas, esa era todavía muy divertida. Pero de pronto, me di cuenta de que de algún modo te estaban diciendo: «Esto es lo que hay, y si no lo haces, no eres nadie en el arte». Pero, ¿quién me tiene que decir a mí qué quiero hacer? ¿Por qué? ¡Y un teórico, además, que no tiene nada que ver con la práctica artística, y que es mucho más compleja que saber pintar; que es una cuestión puramente de pensamiento! ¿Él me va a decir lo que tengo que hacer? Hay una serie de cosas que me interesan, las que me llevan a pensar y hacer lo que me gusta. La belleza, por ejemplo, esa palabra desterrada, supone un gran problema de pensamiento. Porque hay una atracción hacia algo que es la belleza, que no sabemos lo qué es, pero que la sientes. Esa búsqueda de lo que es bello, aunque sea «lo bonito», que es una palabreja que les calienta aún más, es maravilloso. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que estar pintando tragedias? ¿Por qué tengo que estar siendo activista y de ideologías que tampoco son las mías?

¿Por qué se puso usted a pintar?

Lo de la pintura no era una cosa que me plantease. Yo realmente estaba estudiando arquitectura, era mi vocación, pero no la del arquitecto por construir, sino la del arquitecto como arte. Pero, en la carrera, me di cuenta de que eso era imposible. Lo que a mí me salían eran «instalaciones», que ahora se llamarían así. Y también las veía como algo inútil. De hecho, las hice. En mi primera exposición en la galería Amadís había cosas tridimensionales. Pero el problema es que, se acababa la exposición, y todo eso había que meterlo en la casa de mis padres. Aquello era imposible. Tender a la pintura fue algo de pura práctica: es plana, se puede acumular, puedo tener muchas… Algo así de sencillo. La pintura, más o menos, te sale barata. Pero si quiero hacer grandes construcciones, no tengo un duro. Nunca he sido un maravilloso pintor que haya nacido sabiendo pintar, no. En todo caso, dibujar, pero no dibujar de manera suelta, eso tampoco. Sé dibujar porque me imaginaba cosas y las pintaba.

Es verdad que siempre ha dicho que no se consideraba pintor…

Me considero artífice. Es la palabra que he usado toda mi vida. Me gusta hacer cosas bellas.

Pero la pintura le ha servido para plantear un gran escenario desde el que hacer arquitectura, objetos, orfebrería…

Es todo mucho más sencillo, más práctico. Además, que he sido muy atrevido: yo que no tenía ni idea de pintar, ni había estudiado Bellas Artes… Pero si había que hacer una Apoteosis, pues se hacía una Apoteosis. No había ninguna cortapisa, saliese como saliese. A veces salía mejor, y otras, peor.

Vuelvo al mundo del arte, y a una frase suya: «Realmente no es elitista, sino tremendamente populista, porque al final sigue las corrientes de opinión mayoritarias».

Hay poco pensamiento propio, poco conocimiento propio. La gente se dirige hacia los que escriben directrices. Y se creen las ideologías, que es otra de las cosas contra las que lucho, sean políticas, religiosas… Usted de pronto lee una cosa, cree que es verdad y la aplica. Ninguna verdad lo es totalmente. Sin embargo, por otro lado, las religiones me encantan estéticamente, pero no ideológicamente.

«Vísperas de Pascua» (2000)

¿Qué es lo bello –o lo bonito– para Guillermo Pérez Villalta?

Llevo decenas de años pensando si se puede hablar de una manera objetiva de la belleza. En un cierto grado, sí, pero es muy difícil de explicar. La gran belleza no se puede perfilar, es un borde excesivamente vibrante, imposible. Entonces, ¿qué es?  Existe algo que nos proporciona placer –es el mismo sentimiento–. Y analizando eso puedes llegar a saber cuál es la zona donde está tu concepto de belleza. Pero es propia de cada uno. Y la mía la tengo totalmente definida.

Descríbamela.

Se centra en gran medida en lo que llamamos arte. El arte ha producido cosas que son bellas, muy bellas… Bellísimas. Mi biblioteca es una inmensa acumulación de cosas bellas, de civilizaciones. Nunca he tenido ninguna limitación con la belleza. Cuando era joven, lo que me gustaba fundamentalmente era el arte contemporáneo de aquel momento, que era bastante divertido. Me gustaba el pop, toda esa abstracción minimalista Newman, Stella… Stella me influyó muchísimo. Pero poco a poco fui descubriendo el arte pre-moderno. Y, de pronto, me di cuenta de que la Historia del Arte que me habían enseñado aquí y en la Escuela de Arquitectura era absurda, era como un guion hecho por alguien, pero no tenía cohesión. El Renacimiento me flipaba y me sigue flipando, pero mi gran descubrimiento fue, sobre los 23 o 24 años, el Manierismo. Pero había cosas en los libros de Historia del Arte sobre el Manierismo que era para dar tortas a su autor. No entendía nada. Para mí sigue siendo un periodo del arte ignorado e incomprendido, porque, además, no es un periodo del arte: ha existido siempre y sigue existiendo. Es un concepto más intelectual del arte, muy sofisticado, refinado, culto.

El problema es el purismo, que cada vez tendemos más al «a ver si se producimos en masa y llenamos un estadio de gente gritando». El desengaño que tengo sobre el arte dogmático actual es tremendo. Hay gente que surge por ahí que, de pronto, dices: «Este tío brilla. Tiene algo». Pero la mayoría de las cosas son de una obviedad, de una falta de sentido, de una falta de profundidad y consistencia; de alma. Con las dos manos no cuento las buenas… Y ha sido así toda la Historia. Gente que está haciendo cosas interesantes en este país, los conocemos en petit comité. Las grandes galerías los ignoran por completo. De pronto, aparece el gran artista que está súpervalorado. Y piensas: «Este, ¿por qué?».

Ahora se está haciendo un gran trabajo por sacar del olvido a muchas creadoras. ¿Es otra moda?

Precisamente hoy, mientras dibujaba, escuchaba en la radio que había una exposición sobre retratos de pintoras y de artistas, y pensando: «Prácticamente desde mediados de los 50, las mujeres que querían destacar, destacaban». El problema ha sido la pasividad educativa. A las niñas se las educaba para ser monas y casaderas, pero la que salía artista, pasaba por el aro. Estoy pensando en montones de ellas que podemos nombrar que eran buenas y están ahí. Y ya no te digo de las generaciones próximas a mí. Cuando hay que reivindicar algo, es que algo falla. ¡Si no hace falta! La que brilla, brilla, como brilla un hombre. No lo entiendo.

¿Usted se ha sentido discriminado en alguna ocasión por ser homosexual en el mundo del arte?

Sí, lo he sentido. Hace tiempo me presentaron, que yo no me presenté, a académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Una fracción se opuso porque yo había dejado claro mi modo de pensar y actuar. Les parecía impropio. Pero me daba igual. Lo de académico no sé si lo llevaría bien. No es algo que me preocupe. Lo he dejado bien claro… Recuerdo también una exposición en la Biblioteca Nacional. Fue muy escandalosa. Y yo no lo hacía por escándalo, ¡Eso era mi vida! Y no iba a mentir. No iba a poner a una pareja amorosamente heterosexual porque no lo siento. En el fondo, todo eso siempre me ha dado igual.

«Los baños» (1993)

¿Ha sido un artista a contracorriente o son etiquetas que le van poniendo a uno?

–¡Qué va! ¿A contracorriente? Hay poca gente que va a corriente, como lo llaman ellos. Está el gran río en el que vamos todos por el mismo lado, pero yo tengo una visión de 360 grados. Y miro a muchos, no un solo sentido. Mi lado práctico lo he tenido siempre. No es una cuestión teórica. El conceptual… Pues es que una fotocopia no es muy bonita. Puedo hacer cosas más «monas». A mí siempre me han gustado las acuarelas. Por todo eso, de algún modo, sí que he estado a contracorriente, porque gran parte de lo que se llamaba Minimalismo, que ahora se denomina «esencialidad», siempre me ha gustado. He sido más bien de cosas sencillitas, pero tengo la cabeza muy grande y se llena de muchas cosas. Sin embargo, lo que me gusta es una habitación blanca con una ventana, y se acabó. Esa esencia, esa «esencialidad». Pero cuando te dicen que la esencialidad solo puede ser acero inoxidable… Pues no, mire usted, puede ser una pared encalada. Tengo suficiente conocimiento de las cosas, suficiente capacidad de analizar, suficiente capacidad para reconocer.

Una etiqueta que no le gusta nada es la de «artista de la Movida».

Porque, además, no sé cómo explicarla. Primero, la Movida es mucho más joven que yo, como 10 o 12 años. Lo único que hicieron fue meterse en el espacio en el que estábamos nosotros, los de mi grupo, es decir, Herminio Molero, Alcolea… Nosotros existíamos mucho tiempo antes… Por otro lado, nosotros éramos mucho más cultos, y estos eran muy incultos. La mayoría eran tontos, muy superficiales. Yo no tengo nada que ver con eso. Lo siento por gente de esa gran Movida. Pero no me encuentro relacionado ni artística, ni mentalmente con ellos, para nada. Pero, en aquel tiempo, esa gente era más divertida que los progres, y me lo pasaba bien con ellos. No soy un artista de la Movida: en todo caso, la Movida nace de mí. Esas anatomías y maniquíes nacen de la utilización de una figura mía inspirada en el Manierismo, de Pontormo, Beccaffumi, autores que estos otros no tenían ni puñetera idea de quiénes eran. La Movida era una cosa popular, pero era más divertida que el muermo progre.

Pero sí que fue un «chico Almodóvar». Él le ha comprado, obras suyas salen en sus películas… ¡Protagonizo un corto suyo!

Éramos amigos. Pedro vivía en casa de Blanca Sánchez, que ha sido mi gran amiga toda la vida. Yo iba allí, hablábamos… Era uno más de ese mundo de los 70. Su última película me ha gustado mucho porque hay más del Pedro que yo conocía que del posterior. Tenía algo entrañable para mí.

¿Será de los que lean las memorias sin asustarse?

Pues probablemente sí. Antes de la revisión, contaba varios rodajes suyos muy divertidos. Los amigos hacíamos de extra cuando estaba rodando Laberinto de pasiones. Nos mandó a gente que íbamos al Obelisco, que entonces era una carrera gay, no sé si lo seguirá siendo. Teníamos que hacer bulto por ahí paseando. Y de repente, le pregunté a Pedro: «¿Quién es ese chico tan mono?». Y me dijo: «Se llama Antonio, y es de tu tierra». Me hizo mucha gracia.

Villalta con Herminio Molero y Almodóvar

¿A quién más quiere recuperar, personas que cree que no se les ha valorado como se debía y para las que sus memorias van a servir para eso?

En este momento se me viene a la memoria una persona inteligentísima, que es Sigfrido Martín Begué. Nunca se le ha tomado en serio. Pero son muchos a los que he conocido, que hablo de ellos en el libro, y que la vida los ha apartado, renegado o que han muerto. Hay un capítulo de fallecidos demasiado lúgubre. Me acuerdo una entrevista que me hicieron cuyo titular, la verdad, es algo que reivindico: La fama es hortera. Ahora, sencillamente la gente es famosa, y ya está. Eso me parece una aberración. Y en el arte hay mucho «famoso».

Mucho hortera.

Totalmente.

¿Por qué quiere ser recordado?

No quiero ser recordado, quiero que se recuerde mi obra. No porque mi obra me parezca excelente, sino porque es una puerta hacia algo. Puedo ser recordado, porque en el fondo pertenezco a una época muy divertida. No esta, que es bastante pocha.

Lo vuelvo a mencionar, pero Nazario me dijo en su día lo mismo. Les gustaba mucho el cancaneo, y se cancaneaba mucho, a pesar de todo.

Es que te daba igual. Lo único que importaba es que fueras político o comunista. Si no eras político ni comunista podías hacer lo que te diera la gana, porque no lo entendían, porque no sabían lo que estabas haciendo. Así de claro, porque eran muy incultos.

Al final, ¿qué aporta la edad: Sabiduría, nostalgia, sensatez?

Si no fuese por el deterioro físico, la vejez es maravillosa. Te lo puedo asegurar. Desde que cumplí los 50, todo es muchísimo más interesante. Quizás es porque en los años juveniles estás luchando por la vida. Llega un momento que luchar por la vida no te interesa, te interesa vivirla. De pronto, empiezas a apreciar la belleza de las cosas… Soy más feliz ahora que nunca. Tengo una extraña sensación, y me gustaría preguntárselo a psicólogos, pero experimento con más fuerza el placer, el estético, el sexual… La sensación de lo bello, el placer, contemplar arte, me produce verdaderos estremecimientos. Antes no. Incluso, sexualmente.

La última vez que hablamos fue justo en el momento en que hizo la donación al CAAC de buena parte de su obra. Ahora creo que está un poco regañado con ese asunto.

Parece que se empieza a enderezar un poco. Pero creo que fue como una especie de secuestro. Yo dejé las obras para hacer la exposición. Se llevaron todo lo que había, cosas que forman parte de mi casa, muebles, cuadros que han estado allí toda la vida. Vamos: que quedó la huella del cuadro en el muro. Y de pronto, me dejaron despojado, y no me lo han devuelto. ¡Meta en sus almacenes los cuadros grandes que en mi casa no me caben, pero el cuadro que ha estado toda la vida ahí, este mueble que diseñé para ese rincón, quiero que me lo devuelvan! Se llevaron cosas como mi colección de jarrones de los años 50, que pinté en La Cartuja, un conjunto que, cuando empecé, decían que había perdido la cabeza y que era lo más hortera del mundo. Pues a mí me encantaba contemplarlo. Lo hice para contemplarlo, no para que esté metido en un almacén, porque exponerlo no lo van a exponer.

«El instante preciso» (1991). Óleo sobre lienzo

¿Se hace buen arte hoy, y, sobre todo, en España?

Sí. Sigue habiendo bastante gente buena. Es el estado de penumbra el que me molesta. En este momento, estoy muy relacionado con lo que llamo el grupo de Granada: Jesús Zurita, Antonio Montalvo… Dices: «¡Qué gente más buena y más llena de ideas!». Valencia antes era una ciudad que visitaba mucho… En Sevilla, donde he estado viviendo 11 años, hay gente… ¿Por qué luego a esa gente no la ves por ahí fructificando? Traen cosas de fuera como un gran acontecimiento, y la mayoría de las veces te preguntas: «¿Qué me cuenta? ¿Y por qué?». Todo eso forma parte de ese gran complejo de inferioridad que se tiene respecto al arte de España. Fuimos diferentes en una época, y esa diferencia era lo que teníamos de interesante. Si vas a Brooklyn, a Viena… Todo es igual. Lo que se hace ahora mismo en España es tan moderno como lo que se hace en Ámsterdam, porque todos nos estamos impregnando del espíritu de una época. Yo soy además un gran defensor desde que era muy joven de la estética y el pensamiento del Mediterráneo, artistas como Gioconti, los metafísicos… Es algo que damos al mundo, verdaderamente hermoso, esencial para mí. Vibro con su belleza. Enseñemos eso.

Tiene una biografía llena de maravillosas contradicciones, como el hecho de que la nueva figuración madrileña la hicieran andaluces. Ahora que se ha parado a ver toda su vida, ¿hay algún capítulo del que se arrepienta?

Arrepentirme, no, porque la vida es así. Pero momentos bajos y momentos altos sí que ha habido. Bastantes. Por ejemplo, la exposición que hubo en el Guggenheim de Nueva York. Tuve en The New York Times las mejores críticas, con un cuadro mío en la foto. No sé inglés. En aquel momento podría haberme, si hubiese sabido inglés, aprovechado de eso. Pero tampoco he luchado por la fama. Me hubiese gustado haber tenido una galería internacional. Sí que he perdido muchas oportunidades. Tuve otra en Italia y se jodió. En Milán, hubo un señor que montó una galería. Hizo una exposición que se llamaba Una alternativa europea. Estaba en mi onda mental. Esa galería cogió gente de Italia, de Inglaterra, pero, por una serie de circunstancias, el dueño se peleó con su hija, que era la directora, y se fue a la mierda. Aquí vinieron a coger gente para la Documenta de 1982, y se eligió a Barceló, pues le tocó a él la china. Tampoco es una cosa que yo haya luchado, porque por lo que luchaba fundamentalmente era por el placer de la belleza. Me divierte, me llena espiritualmente. El rollo que tengo con las religiones… Siempre he dicho que si a la religión le quitas la ideología, lo que queda es arte, arte del bueno, porque nunca se ha dado más pasta para poder hacer maravillas. Ya me hubiese gustado a mí ser Bernini.

Portada del nuevo libro de Pérez Villata

Faltan mecenas.

¿En España? Más que en ningún sitio. Si te pones a pensar, aquí, hasta que llegaron los Borbones, todo era demasiado austero.

¿Le salen más páginas para otras memorias?

Me gustaría seguir escribiendo, porque me gusta mucho escribir. Me han propuesto hacer otro libro y he dicho que sí. Ya he firmado. Lo que quiero es componer una especie, modestamente, de rememoración de la Historia del Arte, pero que sea mi Historia del Arte. Tengo mucho insomnio, y una de las cosas a las que me dedico con el insomnio es a rememorar, y tener otra visión de artistas, a repasar el siglo XX, a defender el rococó, que la gente lo desprecia y es un arte sublime a más no poder. ¿Por qué no se dan cuenta de que el rococó es una de las cosas que más bellas que han existido nunca?

Perez Villalta por Ignacio Gil

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 14 de marzo de 2020. Nº 1.416

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