Isidoro Valcárcel Medina, Premio Velázquez 2015

“El Velázquez premia mi vejez”

El galardón, concedido por el Ministerio de Educación y Cultura y dotado con 100.000 euros, reconoce «la solidez y coherencia de medio siglo de trayectoria». Así lo recibe el artista

Valcárcel Medina en una imagen de archivo (Foto: José R. Ladra)

Si acaso todavía hubiera alguien que no conozca a Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937), este señor de aspecto valle-inclanesco puede parecerle un venerable anciano de los que no han roto un plato en su vida… ¡Y vaya si los ha roto! Ahí donde lo ven, el insigne creador es uno de los padres del arte conceptual en España, un visionario (que no un utópico), que cursó estudios de arquitectura para acabar en las procelosas aguas del arte, donde siempre se ha movido rápido antes de que le colgaran una etiqueta o le encasillaran en una corriente.

Eso le ha asegurado poseer una mente inquieta y un espíritu joven.Valcárcel Medina podría ser el abuelo de todos esos artistas jovenzuelos, hipters y resabiados (de los que todos conocemos a unos cuantos), y de aquellos otros comprometidos y enfurruñados, con los que siempre se ha llevado tan bien. Él a menudo recuerda que esto es algo que lo enorgullece, y cuenta como anécdota que le suele suceder que la gente del estatus artístico se acerca a él pensando que es un estúpido, que no quiere saber nada de ellos. «Sin embargo, los jóvenes, más desprejuiciados, se olvidan de todo eso», y por lo mismo se entiende con ellos divinamente.

Ayer, algunos de esos señores encorbatados del arte debieron de pensar que Valcárcel Medina no es en absoluto un ser «arisco, distante e isoportable», pues, en nombre del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte le concedieron el Premio Velázquez de Artes Plásticas 2015, con una dotación de cien mil euros, reconociendo «una sólida y coherente trayectoria de medio siglo» y «su sobresaliente aportación al arte desde el compromiso ético, político y social», que lo ha convertido en «un referente crítico en la escena artística internacional».

«No lo voy a negar: es una buena noticia. Lo recibo con gusto», reconoce el artista, que atendía con su desparpajo habitual. «Además, es algo que yo no he solicitado. Otra cosa son los premios por los que uno da la batalla y no consigue. Sólo entonces si te puedes enfadar». Valcárcel Medina hace otra lectura de lo que este galardón reconoce: «Se ha premiado la vejez, sencillamente. Pero es una excusa buenísima. Creo que los estamentos gobernantes del arte, que no los políticos, se están acordando de una generación que se hace caduca. Pero luego volverán rápidamente a lo ortodoxo».

«La chuleta» de Valcárcel Medina

Válcarcel Medina dice eso porque recoge el testigo de 2014 de Esther Ferrer, miembro de su generación, que ahora ha formado parte del jurado que le premia y que, presidido por Miguel Ángel Recio, director general de Bellas Artes y Bienes Culturales, ha estado compuesto por Bart de Baere, director del MHKA de Amberes; Iwona Blazwick, directora de la Whitechapel de Londres; Suzanne Cotter, directora del Museo Serralves; Marta Gili, directora del Jeu de Paume de París; José Lebrero, director del Museo Picasso-Málaga, el artista Isidro López-Aparicio y el comisario Alberto Martín Expósito. Y recuerda nuestro protagonista cómo ambos autores se devuelven un testigo: «Como ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas en 2007 formé parte del jurado que seleccionó a Esther Ferrer en 2008. Ahora nos volvemos a hacer un guiño».

Esquivo del mercado, autor comprometido y siempre crítico (Tiene para todos: al espectador le pide que dé el callo mientras que acusa a los conceptuales de haber abusado del término), el murciano no se atreve a decir qué ha aportado al mundo del arte: «Lo poco o mucho que haya sido, se hizo siempre desde el compromiso. Y llevo cincuenta años con el mismo. He sido recalcitrante hasta más no poder»

–¿Y sigue siendo válido hoy ese mensaje defendido?

–Desde luego. No me he movido ni un ápice. Lo mío es monotonía aburrida. Mi discurso tiene sentido.

Y si algo le supone este reconocimiento a este autor que ha huído siempre del objeto material en pos de la experiencia artística, que ha expuesto en los más grandes museos y galerías (como el MACBA, para el que trabajó como pintor de brocha gorda; el Reina Sofía, con el que organizó uno de sus deliciosos paseos; o el MUSAC, donde recaló a comienzos de año), para volver luego a la retaguardia, es un toque de atención: «Esto significa que soy reconocido, que me institucionalizo. Ya toca, sin cambiar de dirección, hacer otra cosa». Dará pie, pues, a una nueva pirueta de este Houdini del arte. Infatigable. Todo un señor. Y la crítica, por una vez, asiente unánime.

El artista en su domicilio de Madrid (Foto: José R. Ladra)
 
Texto ampliado del publicado el 9 de octubre de 2015 en ABC (Sección Cultura)

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