Javier Garcerá, artista del estand de ABC Cultural en ARCO’24

Javier Garcerá: «Es fundamental aprender a perder tiempo para ganarlo»

De la serie ‘Dejarse quieto Flotar’, su monumental políptico de 9 metros generará un ambiente pictórico envolvente en el estand que invitará a transitarlo cuestionando nuestra capacidad perceptiva

Garcerá en su estudio ante el políptico que lleva a ARCO

Llegamos a la dirección facilitada, en Carabanchel, en la Colonia de la Prensa, y el primero que sale a recibirnos a pie de calle, después de que la cancela que da al jardín haya sido abierta por control remoto, es Metta, el perro del artista. No es esta una anécdota baladí, pues el viejo pastor alemán, que ya se ha ganado la jubilación tras dedicar su juventud y madurez a trabajar con el ejército, es testigo silencioso de toda la labor de su dueño, el pintor valenciano (Sagunto, 1967) Javier Garcerá.

Y protagonista del gran políptico de nueve metros que en esta edición 43 de ARCOmadrid, a punto de estrenarse, ocupará el estand de ABC Cultural generando con su superficie rojiza y tornasolada y su sola rotunda presencia todo un ‘enviroment’, una pequeña capilla de reflexión pictórica en la vorágine que es una feria. Comienza la curiosidad…

—¿Cómo definiría ‘Dejarse quieto flotar’, el conjunto en el que se integra la propuesta para el estand?

—El proyecto ‘Dejarse Quieto Flotar’ lo concebí para el CAB de Burgos para una individual que acabo de celebrar allí y que cerró sus puertas a finales de enero. El título es un fragmento de un verso de María Zambrano. Lo escogí porque esas tres palabras –’Dejarse’, ‘Quieto’ y ‘Flotar’– marcaban la actitud que me gustaba que tuviera el visitante de la exposición en las salas. En este caso, esta será la que experimentará el visitante del estand de ABC Cultural en ARCO. Yo quería que saliera de allí con la sensación física a la que la poeta hace alusión, ese ‘dejarse quieto’ en el sentido de que el espectador no interfiere sobre la obra, no proyecta sobre ella, sino que recibe de ella en un ‘estar quieto’. Y ‘estar quieto’ es algo que experimenta no solo físicamente, sino también mentalmente. Y el flotar enlaza con esa idea de permanecer en el presente y ser sensible a las ondas o las olas que la obra proporciona, las que la obra emite.

Garcerá con Metta en su estudio (Foto: Ángel de Antonio)

—¿Por cuantas obras estaba compuesta la exposición?

—La exposición estaba distribuida en tres grandes salas y había producidas para este proyecto tanto la obra grande que se verá en ARCO como cinco más que de alguna manera adelantaban las soluciones que se ven en la monumental. Pero también había una serie de estancias con obras anteriores que para mí tenía sentido mostrar porque contextualizaban cierta problemática pictórica que ahora estoy trabajando.

—Hábleme de ese problema.

—Fundamentalmente, creo que si me dijeras que simplificara la intención de mi trabajo, y dando por hecho que hay muchísimas capas de sentido en él que tendríamos que también abordar, lo más importante de todo es que llevo muchos años haciendo una obra que lo que pretende es detener al espectador, detener su mirada. Esto ha ido acompañado de un desarrollo técnico, el procedimiento que utilizo en la actualidad, que nace de emplear temple acrílico sobre seda. Esto ha dado pie al juego visual que he conseguido que se realice sobre la superficie bidimensional de la pintura entre el brillo de la seda y la superficie opaca de los pigmentos, que impide que la obra se lea rápidamente. La exposición de Burgos incluía obras con las que empecé a trabajar esta cuestión. Obras que eran de hacia el año 2012 y que le daban pistas al espectador de lo que se iba a encontrar posteriormente.

—El políptico que va a formar parte del estand era el final de un recorrido con el que se terminaba encontrando el espectador. ¿Qué matices adquiere la obra ahora que va a vivir de una manera autónoma, sin todo ese acompañamiento ni todo ese transitar que se generaba en las salas?

—La obra que presentamos tiene distintos niveles de lectura. Pero, al margen de esta referencia al tiempo de recepción y a la necesidad de detenerse, conceptos a los que ya hemos hecho alusión, tiene un carácter narrativo quizá más fuerte que las anteriores. En la exposición se daba pistas en las salas anteriores de lo que iba a suceder en la obra grande. Eso no quiere decir que la pieza necesite ese contexto. En aquel proyecto se consideraba útil que así fuera. Pero la obra es totalmente independiente. En ella hay alusión a temas que han estado presentes en mi trayectoria como es la relación entre la Cultura y la Naturaleza. Hay en ella también cantidad de datos autobiográficos. Aparece un perro que para mí es el que indica con su mirada inocente la posibilidad de un cambio que todos creemos que necesitamos.

—Ese perro es Metta, el que nos ha recibido.

—En la obra hay alusiones a una sociedad decadente, a una sociedad que quizá ha perdido el paso. Y es el perro –efectivamente, mi perro– el que mira desde otro lugar quizá más sereno, más pequeño y el que nos está invitando a cambiar la mirada y a obtener otra más sosegada, más limpia.

—La escala es una de las señas de identidad de la pieza. En el CAB ocupaba una única pared. En ARCO, por las dimensiones del estand, se pliega en forma de L. ¿Qué se gana con esta nueva disposición?

—En el estand va a haber un cambio fundamental y es que, en el proyecto expositivo, la obra se concibió para ir toda ella situada en una pared. Pero la he adaptado para que en el estand funcione más como una instalación pictórica. El hecho de utilizar ahora dos paredes que se enfrentan en un ángulo ha convertido la pieza en algo más envolvente. El cuadro mide 1,80 m de alto por 9,30 de largo. Entonces, en la nueva disposición en L nace obligatoriamente una nueva lectura porque si en el CAB la lectura era lineal, era un tiempo de desarrollo horizontal el que primaba, aquí el espectador se va a encontrar envuelto por su situación. Al crearse ese ángulo, el paisaje que refleja, de alguna manera, te rodea y eso es una experiencia que quiero ver cómo funciona.

—Regreso a la técnica que ha mencionado antes y que es en realidad un trabajo de veladuras. ¿Por qué le interesó en su momento iniciarse en esa senda y cómo la ha llegado a depurar hoy?

—Desde siempre me han interesado los procedimientos pictóricos que son complejos y que están discurriendo en los límites de lo pictórico, ya sea por alusión a la fotografía, ya sea por los materiales utilizados. En este caso, el soporte es una seda sintética en la que intervengo con un temple acrílico. La idea es que el brillo de la seda sea el que genere el tipo de iluminación que la obra transmite, la que la obra proyecta. Eso se consigue a través de una superposición de veladuras transparentes mediante las que voy consiguiendo que la seda vaya perdiendo su brillo en función de la densidad del pigmento.

Biblioteca en el estudio del artista (Foto: Ángel de Antonio)

Ahí se desprende un concepto que me parece también muy interesante: Estas son obras muy laboriosas. Para que te hagas una idea, el proyecto que presenté al CAB, que conformaba esta obra más otras cuatro, más cinco piezas de pequeño formato, me ocupó prácticamente todo el año. En ellas hay pues una referencia al tiempo, pero también al tiempo de elaboración, que tiene indudablemente una repercusión en el tiempo de lectura. Para mí eso es importantísimo.

—¿A qué se refiere?

—Fíjate que también pienso que eso está conectando con todas estas propuestas artísticas que últimamente están saliendo de artistas que reivindican otra vez la materia, que reivindican el hacer desde las técnicas artesanales interpretadas desde un punto de vista contemporáneo. Y creo que eso es otro de los elementos que podríamos destacar de esta propuesta: la idea de tiempo que hago a veces proviene de esa otra idea de Zambrano cuando dice que una pintura es una morada temporal, y añade, es «un lugar en el que gastar tiempo». Se atreve a decir incluso «perder tiempo».

Esa idea de perder tiempo, para mí, es fundamental, más en un momento en el que estamos que no tenemos tiempo; podríamos decir que hasta la sociedad o el sistema capitalista nos ha robado nuestro tiempo: el sistema capitalista vive de nuestro tiempo. Esta obra lo que pretende es lo contrario, es decir, perder tiempo para ganar tiempo. Sin duda.

—He de preguntarle por la monocromía del conjunto.

—Las obras del CAB de Burgos eran básicamente rojas. Esta obra de 9 metros es una pieza prácticamente roja en diferentes tonalidades, sobre un soporte de seda del mismo color. He trabajado hasta ahora en diferentes tonos: tengo obras negras, obras verdes, pero he descubierto que el color que me permite sacarle mayor rendimiento a ese brillo de la seda es el rojo. Esa es la razón fundamental por la que trabajo con este material pero, indudablemente, el potencial de la imagen que se obtiene a través del rojo no he podido obtenerlo de otra manera.

—¿Es una obra realmente figurativa o es más abstracta de lo que pensamos?

—Cuando hablamos de figuración y abstracción, yo prefiero referirme a la idea de nivel de iconicidad de la pintura. Porque toda pintura es abstracta, es un trabajo de la realidad sobre dos dimensiones. Lo que sí que es verdad es que en esta propuesta se relacionan distintos niveles de iconicidad: hay partes en las que un exceso de detalle obliga a esa lectura en clave figurativa como son los objetos de la mesa, el perro… Y el espectador se entrega a reconocer todos esos elementos. Pero hay partes, como por ejemplo, el bosque, donde las manchas son mucho más abstractas. Lo interesante es que todos esos aspectos juegan juntos y esa idea del tiempo va abocada a comprender los cuadros como ventanas de atención. Estoy convencido de que el único modo de salir de la situación caótica en la que estamos es recuperando la atención y en mi obra eso es lo que se presenta.

—¿Y cómo se recupera la atención?

—A veces desde ese exceso del detalle, como en los bodegones que había en el CAB, a veces por el silencio, por lo casi sugerido que no se acaba de ver… Son esos juegos del vacío y el lleno, la figura y el fondo, dentro de la misma pieza, los que generan ese interés que va en la dirección de estimular una atención pausada.

—Luego hay otra dicotomía importante que también mencionó al principio: la de lo natural versus lo cultural / progreso.

—Otro de los ejes que ha habido en el desarrollo de mi lenguaje en estos últimos años ha sido el juego entre lo que entendemos por cultura y lo que entendemos por Naturaleza. En el cuadro del estand se percibe perfectamente. Este está compuesto por dos espacios extremos: uno que es un salón en el que hay unos elementos que reconocemos como familiares pero ubicados en un contexto de cierta extrañeza. Algo que es cercano ha perdido su sensación de familiaridad. Hay una anomalía: el salón está abandonado, como en ruinas… En la otra parte está el perro, que ha atravesado toda la escena y que, desde un lugar mucho más modesto, mucho más pobre, mira con una cara sonriente lo que ve en ese salón. Y para llegar allí, para pasar al otro lado, ha tenido que atravesar un bosque, ha pasado a través de la Naturaleza. ¿Qué significa esto? ¿qué conceptos de cultura y de Naturaleza son los que a mí me mueven?

Garcerá en su estudio en Madrid

—Eso le pregunto yo.

—Obviamente, la cultura es ese instrumento que nos permite leer el mundo, pero, ¡cuidado! También es un filtro que puede ser que nos impida ver lo que está sucediendo de una forma más realista, más desinteresada. La visión del perro indica esa posición más fresca, más abierta, más ecuánime, frente a lo que tenemos enfrente. Es de alguna manera la visión que se aleja de la polaridad en la que la sociedad está embarcada. Por lo tanto, la cultura la percibo como instrumento al que hay que prestarle atención porque puede ser también un problema de lectura de lo que tenemos enfrente. La Naturaleza para mí nunca ha sido una dimensión externa, sino que la entiendo como mi parte más íntima. Realmente somos Naturaleza y el viaje a través del bosque es la metáfora de un viaje iniciático, es la metáfora de alejarse de esa cultura que nos impregna para situarse en otro lugar y ver las cosas con mayor ecuanimidad.

—De eso se deduce la influencia que en usted tienen las culturas orientales.

—Hace muchos años comencé a entrar en contacto con las filosofías orientales, sobre todo con el budismo y el budismo zen. Su estudio y la práctica de la meditación me ha permitido entender un concepto de la Naturaleza y del yo diferentes. Ideas que han sido trabajadas en series anteriores como la representación del vacío, del silencio, todo eso viene de ahí, de esa comprensión de que la Naturaleza esencial esta relacionada con la ausencia de cualquier contenido racional, la ausencia de discurso. Aunque en las últimas obras haya argumento, una historia que se cuenta, es cierto que se hace desde la perspectiva que te da concebir el mundo como un todo. Es lo que incluyen las filosofías de la no dualidad.

—Confirmó antes que el perro es Metta, su propio perro. El paisaje también le es propio. Yo no sé si estos referentes los necesita, le sirven como anclaje a la hora de ponerse luego a narrar historias mucho más universales.

—Los procesos de trabajo me resultan muy interesantes porque no soy un artista que trabaje proyectualmente. Siempre hay un proyecto, pero este es una parte muy mínima y le doy muchísimo espacio a la improvisación y a dejar que las cosas surjan. No hace mucho me preguntaron que por qué había incluido a Metta en los cuadros y lo que les contesté es que no hubo una intención previa sino que hubo una voluntad de pintar a Metta porque es con quien vivo.

Me parece interesante repetir que la obra tiene distintos niveles de lectura, también de orden social, de orden político, y para mí es importante todo aquello que tiene que ver con los aspectos más biográficos: para mí es muy importante el hecho de que ese sea mi perro, el hecho de que sea el que me acompaña durante todo el proceso de creación, como también el paisaje que se va a ver en el estand, que es un fragmento de un paisaje que frecuento mucho en la Sierra de Gredos, concretamente en el pueblo de Mijares, donde tengo una pequeña cabaña y paso muchísimo tiempo.

—Le hago un poco de abogado del diablo: si esta es una obra tan reflexiva que necesita de la contemplación, de detenerse, ¿es ARCO, una feria, con un montón de ruido y estímulos, el lugar más indicado para entrar en ella?

—El lugar más indicado para comprender a un artista es una exposición individual, sea en una galería o en un museo. Ahora bien: el número de visitantes que esta pieza va a tener en ARCO es incuestionable. No sé cuántas exposiciones individuales tendría yo que hacer para poder acceder a tantísimo público. Y estoy completamente seguro de que no va a pasar desapercibida, primero por su dimensión, y luego por su riqueza formal, cromática…

—Probablemente sea la obra de mayor envergadura que ha realizado hasta la fecha. ¿Su reto se encontraba solo en su escala?

—Cuando presenté la exposición en el Centro del Carmen de Valencia hace unos años también realicé unas piezas que tenían 5 m de alto y 3,60 m de ancho. Aquello también fue para mí un buen reto. Es verdad que aquí ese reto ha ido acompañado no sólo del tamaño, sino de la complejidad narrativa que la pieza propone. Ya he comentado que el proceso no es proyectual, sino que dejo que sucedan accidentes, dejo que la obra vaya hacia delante, vaya hacia detrás, que ella sola se encamine.

Pigmentos que usa Garcerá para hacer sus propias pinturas

—¿Qué puertas le abrió esta serie?

—La realización de este trabajo no se rentabiliza sólo con esta obra: aquí han pasado muchísimas cosas que voy a seguir desarrollando, hay elementos, contradicciones, propuestas paradójicas que han aparecido y que pueden dar lugar a muchísimas obras que ya tengo en mente y que, de hecho, ya he empezado a trabajar.

—No es la primera vez que pasa por ARCO. Tampoco la primera que exhibe en un estand de ABC. Hagamos un poquito de historia.

—La verdad es que es para mí muy ilusionante volver a ARCO con esta pieza porque yo he estado en la feria con diferentes galerías quizá más de 11 o 12 veces. Incluso, como recuerdas, estuve en el estand de ABC cuando se realizaban los premios de pintura, creo que fue al final de los 2000, que me dieron una mención. Es una oportunidad maravillosa volver a ARCO con una pieza de estas características y con un estand dedicada a ella exclusivamente. Quizás es volver otra vez cuando ya ha llovido mucho y en unas condiciones yo creo que admirables.

—¿Es importante para un artista pasar por una feria como ARCO?

—Yo creo que tal como está montado ahora el mercado del arte, las ferias son importantes. No se pueden comparar con la galería, ni con una exposición en un museo. Pero nos guste o no, el público accede a las ferias, los coleccionistas acceden a las ferias, y hay que estar.

—¿Qué espera usted de esta feria?

—El trabajo ya está hecho y yo estoy satisfecho. Entonces lo que espero es que se vea bien, que lo disfrute el público y que aquello genere interés y ganas de ver más cosas de mi trabajo.

—Entiendo que la obra se gestó en el espacio en el que estamos ahora.

—Yo vivo en Carabanchel, vivo en la Colonia de la Prensa, y tengo el estudio donde resido desde que disfruté de la beca de la Academia de Roma y luego la beca de la Casa Velázquez, en las que obligatoriamente tenías que trabajar y vivir en el mismo lugar. Entonces me di cuenta de que ese era mi modelo: no me gusta separar y no me gusta tener que dejar el trabajo para ir a comer y luego volver. Vivo en un lugar en el que hay dos elementos que son fundamentales para mí: uno, el silencio, y, otro, la luz.

Es un lugar muy agradable, con un jardín que me permite la templanza y la serenidad que este procedimiento exige, porque es un procedimiento que por sus características debe ser pausado y cuidadoso. Luego tengo otro pequeño estudio que no es como este en sus condiciones, en Gredos, en Mijares, y que me sirve para, sobre todo, proyectar, para dibujar, pensar… Ambos tienen que ver con lo que hablábamos de la Cultura y la Naturaleza: por un lado, la ciudad; por otro, el bosque.

Detalle de «Dejarse quieto Flotar», de Javier Garcerá

Una experiencia que exige tiempo

Toma prestado Javier Garcerá el título de la propuesta para el estand de ABC de un verso de María Zambrano. ‘Dejarse Quieto Flotar’ era una invitación de la pensadora y ensayista a desligarnos de nuestros bagajes personales, que el pintor valenciano aplica a la recepción de la obra de arte: se trataría entonces de no volcar nuestra experiencia en la pintura, ese ‘dejarse quieto’, pues solo así empezaremos a recibir de ella: comenzamos a flotar.

La pieza, un políptico de más de nueve metros, formó parte de la muestra homónima que Garcerá celebró en 2023 en el CAB de Burgos. Allí culminaba un recorrido del que ahora se presenta autónoma, en una disposición no lineal, sino en ángulo, lo que convierte el estand en una instalación pictórica, un entorno en el que el espec- tador se verá envuelto en la situación propuesta por el artista y que se relaciona con su intención de detener al que mira, para lo que emplea una técnica (temple acrílico sobre seda) que impide una lectura rá- pida y completa de la obra de una sola mirada: se hace obligatorio transitarla.

¿Y qué es lo que Garcerá propone? En la escena es fácil distinguir dos espacios extremos: de un lado, un salón, que resulta familiar pero sobre el que se cierne cierta extrañeza. Del otro, un perro, que llegó a un punto más modesto, pero que dirige su mirada feliz a lo dejado atrás. En medio, un paraje natural que hubo que atravesar para llegar allí. La llamada del pintor a ‘dejarnos quietos y flotar’ enlaza también esa otra idea de Zambrano de que toda pintura es una morada temporal en la que tenemos que aprender a ‘gastar tiempo’. Es, en definitiva, en tiempos de caos, un recuperar la atención, entender lo cultural como un constructo que ayuda a leer el mundo pero que asimismo se establece como filtro que lo deforma.

Garcerá en su estudio (Foto: Ángel de Antonio)

Texto publicado en ABC Cultural el 2 de marzo de 2024. Nº 1.606

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