Javier Mariscal («Abcdario Mariscal». Centro de Arte de Alcobendas)

«Estoy aburrido de los señores serios con corbata. Son los más chorizos y los que más nos han jodido el planeta»

El «Abcdari Il.lustrat» de 1978 de Javier Mariscal le sirve ahora al Centro de Arte de Alcobendas para repasar en letras mayúsculas la trayectoria del internacional diseñador español

Mariscal en Alcobendas (Foto: José Ramón Ladra)

Mientras Javier [Errando, mal apellido para un diseñador] Mariscal (Almazora, 1950) termina de fumar, pululo por las salas del Centro de Arte de Alcobendas sacando fotos con el móvil. Y me sorprendo al descubrir cómo su sistema de reconocimiento facial encuentra caras que no existen en las propuestas de este autor. Así de juguetona se revela la tecnología, con un diseñador, que desde el autodidactismo y la dilexia, nos ha invitado siempre a jugar y romper con sus propuestas. ABCDario Mariscal, la muestra que nos reencuentra con él, resucita un alfabeto que el valenciano diseñó cuando aún no le había llegado la fama, y desde el que hoy se cosen sus grandes logros: del cómic underground de los garriris, hasta el Cobi de los noventa o la película Chico y Rita con Trueba. Mariscal sigue jugando, de oca en oca, y tira porque le toca.

Ya que hablamos de alfabetos, le pregunto si tengo que llamarle Javier o Xavier. 

Yo me llamo Javier con jota. Pero mis nietos me llaman «avi Chavi» [el abuelo Chavi]. En familia es verdad que me llaman Chavi…

Y su madre, ¿cómo le llamaba? Porque generalmente, la que marca la pauta es ella…

Javier. Y mi abuela «Francisco Javier». Pero yo ese «Xavi» lo escribo con «ch». Es Chavi. Y en vasco, es Xabi, con «b». ¡Qué bonito es romper! A mí me encanta romper las normas. Y la ortografía son normas. Además, soy muy disléxico: hay muchas cosas que me costaron un triunfo.

Desde la modestia, usted y yo compartimos, además del nombre, que los dos empleamos el apellido materno. ¿Por qué lo hace usted?

Primero, porque soy de una familia de once hermanos, mi padre era muy conocido en Valencia, de forma que yo siempre era «el hermano» o «el hijo de». Cuando me fui a Barcelona quise romper con aquello de donde venía, típica familia bien, de padre médico, a lo que se suma que el abuelo Mariscal algo escondía. Mi abuela nunca fue «viuda de Mariscal», aunque mi abuelo no estaba entre nosotros. Resultó que estaba vivo y su historia nos fascinó a todos cuando nos la contó mi madre. Yo no he tenido más hijos porque sus madres no quisieron, pero, cuando eres padre te das cuenta de que nueve meses ahí dentro pesan mucho. Tú, parece que estas como para ayudar, reconociendo siempre que mis tres hijos y dos nietos ha sido el gran regalo que me ha dado la vida. Pero, hablando en plata, la madre pesa mucho más en ellos que el padre. Está muy bien lo de darles cariño, lavarles el pelo, pasearlos, jugar con ellos, compartir, pero siento que «estamos»…

Detalle del montaje de «Abecedario Mariscal»

Ha mencionado su dislexia. ¿A usted le sirvió como herramienta creativa? En el fondo, es otra manera de romper.

Yo descubrí que era disléxico a los 50 años. De joven no recuerdo pasarlo mal, pero no fue grato. Recuerdo hacerme listas de palabras y no entendía por qué los demás tenían siempre la respuesta tan rápida y a mí me costaba tantísimo. ¿Acaso yo era tonto? Yo me paraba a mirar las letras, a recorrerlas con la mirada. No le daba importancia, pero sabía que era un bicho raro con respecto a los amigos o a mis hermanos. Todos leían mucho. Pero, sin darme cuenta, me agarré al dibujo porque con esta herramienta «aprendía y aprehendía la vida». Me apropiaba de lo que dibujaba. Estuve en Bellas Artes quince días. Las escuelas me daban urticaria. Ahora se dice que hay que ser muy didáctico… Yo no puedo con nada de eso. Siempre he dicho que si no hubiera sido por el dibujo habría acabado en un psiquiátrico.

Poco se queja.

Es que no me gusta la queja. Al revés. Y más los que hemos nacido en este país. Estamos en un rincón del planeta Tierra que es una democracia con primaveras y veranos, sin tsunamis ni terremotos, de gente súper educada y un humor que invita a disfrutar. Aquí hay muy buen rollo y somos muy civilizados: no te secuestran en un taxi… Lo malo es que, como muchos otros gobiernos, este tampoco le hace ningún caso a la cultura. Alguien como Pedro Almodóvar, en mi opinión, ha hecho mucho más por España que cualquier ministro de asuntos exteriores. Pero, ¿qué es España? Pues es Velázquez, es Cervantes, es Miró, es Picasso, Almodóvar, Trueba, Julián Marías, es Alberto Corazón… Pero no ayudan nada a la cultura. Todas estas personas estudiaron nuestra identidad, desarrollaron lenguajes verbales y gráficos dándonos espejos para que nos miremos y para crear un relato de lo que somos. Cuando tú ves una película de Woody Allen te sorprendes porque descubres que a ti te pasa lo mismo que él relata, que no estás solo, y él te lo retrata mejor de lo que tú lo expresarías… La cultura es fundamental, una especie de mayonesa que nos une. Porque somos animales sociales y necesitamos de la comunicación. Necesitamos que nos cuenten cuentos desde que nacemos. Y el lenguaje gráfico es fantástico, no tanto como el de la música, que para mí es lo máximo…

¿Por qué no se dedicó a ella?

Porque no tengo oído. Tengo hermanos músicos que me dejaban tocar el contrabajo eléctrico desenchufado. Pero tengo la suerte de estar trabajando con Trueba, que es también un fantástico productor musical y con el que preparo una nueva película de dibujos con una banda sonora maravillosa. Hay una escena que es un amanecer en la selva, en el que la mezcla de sonidos de diferentes animales compone una pequeñísima canción con elementos sonoros sacados de la Naturaleza.

Ha mencionado al recientemente fallecido Alberto Corazón. ¿Usted lo conoció? 

Sí, claro. Tuve esa gran suerte. Como a Cruz Novillo. Al final coincides con ellos. Era una excelente persona, además de gran diseñador. Alguien que ha trabajado muchísimo. No somos conscientes del papel de los diseñadores. Si ahora mismo en esta ciudad, en Alcobendas, elimiáramos todo tipo de grafismo, de comunicación visual, la sociedad se colapsaría. Y ahí se mezcla cultura y funcionalidad. Pero desde nuestros inicios, el homo sapiens está dibujando, está generando símbolos, diseñando flechas, cruces, rayas… Y dale un lápiz a un niño y verás lo que sale. Si a un niño muy pequeño le dibujas un perro y le haces «¡miau, miau!» te responde rápidamente que no, que «guau, guau». Tenemos el cerebro adaptado no sólo para las palabras sino también para las imágenes.

Fotograma de «Chico y Rita», con Trueba

Corazón fue de las personas que supo como nadie estirar el lenguaje. La sociedad va cambiando constantemente. Yo acabo de cumplir 71 años, pero cuando tenía 18, un hippie americano por primera vez, en una playa de Ibiza, me habló de ecología. «¿eco qué?», le dije. Continuamente evolucionamos filosóficamente. Cuando yo nací, la pena de muerte no se aplicaba salvo en cuatro países. Hoy, solo se aplica en cuatro. Creo que evolucionamos a mejor, que nuestra ética es más auténtica que la de hace cien años, aunque tendemos a pensar que no. Yo agradezco mucho que un pueblito en el mundo como es Alcobendas dedique su presupuesto y sus energías a hacer una exposición para enseñar mi trabajo, que es un ejercicio de comunicación visual.

Es como si me leyera el pesamiento, porque le iba a mencionar a Cruz Novillo, al que entrevisté hace unas semanas, como a Corazón, hace ya años. Cuando terminé de entrevistarle a usted es probable que haya ya hablado con los tres grandes popes del diseño de la España moderna…

¡No, hombre no! En mi caso, no! Y hay muchos más. Sobre todo porque el diseño gráfico es muy anónimo. Pero es cierto que, con la llegada de la democracia, estaba todo por hacer. En los ochenta, me pidieron muchas veces que les firmara el logotipo de Onda Cero, como si yo fuera el dueño de la empresa. Afortuadamente, cada vez hay nuevas generaciones que hacen mucho y bueno por el diseño. Hasta los niños de diez años presentan sus trabajos del colegio al mismo nivel que el art director de la revista Paris Match de los cincuenta. Cada vez sabemos más y las herramientas son mejores. A mí en los cincuenta me cambió la vida una nueva tecnología: la fotocopia. Gracias a eso pudimos comenzar a hacer cómics underground. Luego llegarían las máquinas de escribir eléctricas y los ordenadores. Hoy cualquiera te hace una foto con el móvil y acumulamos millones diarias entre todos. Yo de los setenta, de la época de Ibiza o del Rollo enmascarado tengo diez. Hacias una foto y había que esperar para verla… Lo bueno es que hoy está todo muy mezclado: para cualquier cosa que diseñes necesitas equipo de diseñadores, de márketing, ingenieros, psicólogos…

Los dos, Corazón y Cruz Novillo, reivindacaban sus facetas como artistas. ¿También usted o siempre se ha sentido un dibujante/diseñador?

Como buen disléxico, no entiendo las estanterías con cajones. Desde muy pequeño los he abierto para desparramar los contenidos por el suelo: los de grafismos, tipografías, escaparatismos, cineasta, artista de caballete, creador conceptal… Yo me he emocionado más en París descubriendo con 18 años el paquete de tabaco Gitanes que viendo la Monalisa.

Para mi generación, usted es el padre de Cobi. ¿Le molesta el reduccionismo de todo el trabajo a una única criatura?

¡No, hombre, no! Es lo más normal del mundo. Lo raro sería que me tú hablaras del Framestore del Soho en Londres. Como español de los noventa, lo suyo es que a ti te suene la mascota de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Y ya está. Suena a falsa modestia, y de buen rollo lo digo, pero es que «me la suda». Con 71 años sé muy bien lo que hago y lo que he hecho. Soy autocrítico, sé dónde estoy, a lo que llego y lo que aporto. Le pongo pasión a lo que hago. Y aunque a Miquel Barceló le enfada que lo diga, es una manera de hablar, Las Meninas es el resultado de tener mucho tiempo y mucho aceite. El cuadro es la bomba, y un Mozart no se da todos los días. Hacer un buen libro es muy difícil. Hace poco terminé de leer a Padura, y lo disfruté mucho porque conozco bien el exilio cubano, la Historia de La Habana.

Camarera «Hilton»

La exposición de Alcobendas se basa en un abecedario que hizo en 1978. ¿Las entradas que se le asocian siguen teniendo validez hoy o, como las antiguas enciclopedias, han necesitado de actualizar sus tomos?

Yo ahora mismo estoy muy liado con la nueva película de Trueba, lo que hizo que no pudiera volcarme demasiado con la muestra. Normalmente hago instalaciones y aquí hay rincones que habría llenado de dibujos colgando, de fotocopias, habría creado algún laberinto… Sin embargo, ni había presupuesto, ni yo tenía tiempo. Pero dimos con un buen comisario, Óscar Guayabero, que ha sabido encontrar las piezas, que ha sabido qué tenía que pedirme o preguntarme. Ha sido una sorpresa llegar a la sala y ver el resultado. Me han preguntado si quería mover algo y he dicho que en absoluto. Este montaje es honesto y reivindica además la imprenta digital, de gran calidad hoy, sin que nos demos cuenta de a dónde hemos llegado en cuanto a nivel técnico.

Dice el comisario que sí que ha querido arrojar luz sobre facetas menos conocidas de su producción. ¿Qué nos queda conocer de su trabajo?

No tengo ni idea, y tampoco me importa. Seguro que hay gente que me conoce más por la faceta de cómics, mientras a otros atraigo por la ilustración o por los muebles.

¿Está la sociedad de hoy más sensibilizada con el diseño o creemos que lo consumimos y todo está demasiado estandarizado?

Llevamos ya mucho tiempo en una sociedad industrial en la que absolutamente todo está diseñado, del reloj que usas al calzado, cualquier pieza de las que conforma tu casa. Siempre habrá diseño bueno y diseño no tan bueno, aunque cada vez es más difícil encontrar diseño malo. Son procesos largos, con grandes equipos, y donde suele ser más evidente el industrial, cuyo cliente es mucho más importante que si hablas de «un diseñador».

Pero, ¿por qué no se agota? Yo pieso en su Taburete Dúplex, hecho en los 80, que tiene validez hoy. ¿Acaso nos sentamos de otra manera?

Por una parte, porque depende mucho de la tecnología vigente. Piensa en lo que era un silla y un coche en 1920, en 1930, en 1950… Sus formas te explican la filosofía de cada sociedad, pero también sus tecnologías. Hace cinco años realicé una silla que nace de inyectar a presión el plástico en su molde. Eso hace quince, era imposible. Dicho esto, hay que tener en cuenta que vivimos en una sociedad de capitalismo enfermo en la que prima el márketing y el aumento de ventas. Si algo bueno tiene esta pandemia es que esta especie de locura consumista se ha frenado. Después de un viaje por Japón, China y la India, volví a casa y me fijé en una tienda: ¿A cuántos pares de zapatos por persona tocamos de todos los que hay en los escaparates ahora mismo? ¿A cuántas sillas, si contamos también las de los estadios, los teatros, las parques? Igual vas a Senegal y pocas sillas ves.

Cobi, mascota de Barcelona 92

Y que te puedes sentar solo en una cada vez.

¡Y casi todas de plástico! ¿Cuántas camisetas? ¡Sin estrenar! El número asusta. Es necesario un futuro que lo asuma, en el que cooperemos mucho más. Vivimos en una casa muy petitona [pequeña] que es el planeta tierra. Y no somos los únicos, no somos los únicos animales inteligentes. Las células sí lo son. Y las plantas. Hay pulpos que son más inteligentes que cualquier vecino o cuñado que tú tengas. Tenemos que aprender a funcionar de otra manera. Eso empieza a calar.

Usted siempre nos ha invitado a ser juguetones. Eso significa subrayar el papel de la infancia, pero sin llegar a ser ñoños.

Yo he sabido bastante, dentro de lo que cabe, vivir al día. Y eso es algo que observo en los niños. Sobre todo el humor. Reivindico el juego, el hacerte creer que ahora soy uns niña o un tigre. Tú sabes perfectamente que no lo soy. El juego es algo que tenemos muy interiorizado y es muy enriquecedor. El diseño tiene la posibilidad de subrayarlo. Lo hace al través de un lenguaje compartido, y lo que buscamos al final es comunicar. Yo he hecho esto porque me lo pasaba bien y me pagaban, no aceptaba que me llamaran diseñador. Eso lo acepté ya con treinta años. Me costó y no era falsa modestia, era alto nivel de autocrítica. Al no haber ido a una escuela no sabía si «dibujaba bien». Eso obliga a desarrollar tu propio sistema, que es un sistema muy personal, muy intuitivo. También son muchos los que creen que lo que he hecho ha sido una mierda. ¡Allá ellos! Pero sí que soy consciente de que me metí en un oficio que lo que busca es comunicar con la imagen, que utiliza los colores, las tipografías, las rayas, los volúmenes…

Un trabajo ligado a Barcelona. ¿Por qué sigue apostando por esta ciudad, ahora que usted podría trabajar en cualquier parte del mundo?

Quizás porque empiezas a tener niños y echas raíces en un lugar. Me habría gustado más vivir en Los Ángeles, simpre me he sentido muy Californian boy. Pero podría haberlo hecho en cualquier rincón del mundo. Muchas veces he pensado en trasladarme a Madrid, a París, a Nueva York o a Denia o Alicante. Ahora quisiera ir a vivir al campo, soy muy jardinero, me gustan las plantas. No sé si podré. El día a día cuesta y hay que pagar los estudios de los hijos. Pero no me quejo, voy tirando. Llevo una vida austera porque es lo que toca. Estoy encantado porque soluciono problemas a mis clientes y estos me dan abrazos. ¿Qué más quiero? Me siento muy querido, muy amado. Me gustaría, antes de morir, dar las gracias por haber vivido tan bien y tan intensamente. Llevamos en el adn, o deberíamos, pasarlo bien los diez minutos que se nos ha concedido vivir.

¿Le va a dar tiempo a volver a Barcelona para votar? [Esta entrevista coincidió con la campaña de las autonómicas catalanas de 2021]

Voté por correo. Me voy a quedar unos días en Madrid para trabajar con Fernando.

¿Tiene fecha de estreno esa película?

Será de aquí a dos años mínimo. El proceso es largo y muy artesanal, con un equipo pequeño, mientras cerramos tratos con diferentes países europeos porque la animación es cara y se necesita financiación de muchos. Las ayudas millonarias a la cultura no se dan como para las industrias del automóvil.

La E del abecedario se dedica aquí a «expresivo, extrovertido y explosivo». Usted lo ha sido, para bien y para mal. Se le ha tomado en serio a Javier Mariscal?

¡Espero que no! No creo que la seriedad aporte mucho. Desde que he nacido estoy aburrido de los señores serios con corbata. Son los más chorizos y los que más nos han jodido el planeta. También los que más han ninguneado al cincuenta por ciento de la población que son las chicas.

Me mencionó antes a Nazario. No es el único artista del que he leido memorias por las que usted pulula. ¿Las de Mariscal están en ciernes?

No. Yo no tengo memoria. Nací sin ella. Pero es que Nazario siempre ha llevado una agenda y ha escrito bastante. Además de que tiene muy buena memoria. Yo, como mucho, podría hacer ciertas historietas de cosas que recuerdo y aderezarlas con muchas mentiras. Me gusta fantasear, me gusta ser mentiroso en el aspecto de decirte que recuerdo aquella vez que fui millonario y viajé en un descapotable… Un descapotable que me prestaron y con el que me hacía el millonario.

Y además de irse a vivir al campo y acabar la película, ¿qué otros proyectos tiene en mente?

Tengo varios, uno de ellos, un cómic muy potente, de trescientas páginas, de las que llevo un tercio. Espero acabarlo. Pero necesito trabajar para comer y dar de comer a los que dependen de mí… Y también estoy con otra película de dibujos animados. Me interesa mucho la animación, porque es trabajar con el tiempo, con la banda sonora, entra por las orejas, por los ojos… El dibujo animado tiene muchísimas posibilidades, incluso científicas: con dibujos puedes explicar una operación complicadísima mucho mejor que filmándola. Cuando sacamos Chico y Rita ya se nos miró como bichos raros porque dibujo animado era sinónimo de Navidad y niños. El publico ha cambiado. Y este proyecto no es ficción, sino un documental basado en entrevistas que Trueba hizo en 2010. Un material auténtico que estamos dibujando. El resultado, aunque parte de la realidad, es más poético.

Mariscal en Alcobendas (Foto: José Ramón Ladra)

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 19 de marzo de 2021

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *