La nueva hornada de directores de museos en España

La generación de las ‘buenas prácticas’ asalta los centros de arte

Los museos de arte contemporáneo en España empiezan a recibir en sus direcciones a los gestores culturales nacidos ya en democracia. Es la generación mejor formada, la que creció paralela a los museos que ahora dirigen y a la que han marcado las sucesivas crisis

Manuel Segade (Director del CA2M). Foto: Isabel Permuy

La generación que empieza ahora a copar los puestos de responsabilidad en cualquier ámbito en España es aquella que nació entrados los setenta (y que, en muchos casos, lo hizo mientras también daba sus primeros pasos nuestra democracia). Es la posterior a la del ‘Baby Boom’, definida como Generación X, por la incógnita que suponía. Un colectivo que ya supera los cuarenta pero que no alcanza los cincuenta, que tuvo muchas más posibilidades de estudiar y formarse que sus padres, que habla idiomas y que ha tenido más fácil la opción de viajar y descubrir otros contextos.

A ese recambio no es ajeno el mundo del arte y, dentro del mismo, la llegada de algunos de sus agentes a la dirección de los grandes museos, públicos o privados, centros de arte, de nuestro país. La última en hacerlo, hace unos meses, Elvira Dyangani Ose (Córdoba, 1974) a los despachos del MACBA, que acompaña ahora a otros nombres como Manuel Segade (La Coruña, 1977), en el CA2M desde 2020; Imma Prieto (Vilafranca del Penedès, 1975), que estos días cumple dos años en Es Baluard, y Beatriz Herráez (Vitoria, 1974), que arribó en 2018 a Artium en Vitoria, un año antes de que Javier Hontoria (Madrid, 1975) escalara hasta la dirección del Patio Herreriano en Valladolid. También se suma Gilberto González (La Laguna, 1975), que en ese 2019 entra en el organigrama de TEA-Tenerife.

Es Segade, ahora en el CA2M de Móstoles, el que comienza a esbozar lo que define a los profesionales de ‘su quinta’, artistas, comisarios y gestores de la generación en la que se integra: «Sin duda, somos una generación que ha accedido a muchísima información, que ha estudiado sin problemas y que ha salido fuera, algo que para las anteriores era un privilegio. Eso nos ha acercado a proyectos internacionales en un intercambio más fácil. Además, somos la generación de las buenas prácticas en el sector, algo por lo que lucharon mucho las anteriores y que nosotros entendemos claramente, sobre todo porque muchos hemos sido ‘freelances’ y sabemos que, por ejemplo, todo trabajo ha de ser remunerado».

Elvira D. Osé, directora del MACBA (Foto: Inés Baucells)

Continúa la descripción Javier Hontoria, desde Patio Herreriano, que recuerda cómo su colectivo es el que arranca la carrera profesional en el cambio de siglo –y que, como puntualiza Elvira D. Osé, creció de forma paralela a las instituciones artísticas en las que ahora trabajan–, «para el que Internet y los nuevos canales de comunicación hicieron posible un acceso franco a todo lo que ocurría en el escenario artístico nacional e internacional». Las compañía ‘lowcost’ ayudaron, y mucho, a viajar y abrir los ojos.

El cambio climático, el feminismo, los conceptos interculturales, el conflicto migratorio, la sensibilidad LGTBi, la respuesta al auge de las ultraderechas… Estas son las contranarrativas de esta generación

Nadie puede poner en duda lo señalado por nuestros interlocutores. Basta con echar un ojo a sus currícula de antes de acceder a los puestos directivos que ahora manejan: Segade se inició en el Metrònom barcelonés de Rafael Tous y llegó a ser comisario-jefe del CGAC. Elvira Dyangani Ose sale del The Showroom londinense siendo además la comisaria invitada de PHotoEspaña’21, tras tocar palos en el CAAM, el CAAC o la Tate.

Beatriz Herráez trabajó codo con codo con Xabier Arakistain en el Centro Cultural Montehermoso desplegando las prácticas feministas en el arte («algo que entonces no estaba tan asumido y nos dio muchos quebraderos de cabeza»). A Imma Prieto le avalan quince años de trayectoria como comisaria, escritora y profesora, algo en lo que coincide con Hontoria. Gilberto González sabe lo que es manejarse en el CAAM, en la Bienal de Canarias y en FotoNoviembre, por hablar sólo de sus puestos desempeñados en España. Todos ellos cuentan con una noción de museo que les diferencia de los de otras décadas.

«Somos herederos de las frustraciones en torno a ciertas instituciones y ciertas prácticas. Si abanderamos algo es un juicio y un sentido crítico con respecto a lo que es la institución, lo que incluye al museo –señala Dyangani Ose–, sobre todo la de los 90, época en la que comenzamos a establecernos como profesionales. Creemos más en la interdependencia del arte con otros mundos. Yo abogo por el museo de los afectos, el museo hecho por las personas, que entiende la institución desde su equipo». Para Imma Prieto, por su parte, «el museo es un espacio generador de conocimiento, cuya función excede el marco de una programación y que se despliega en otros dispositivos como los debates, las conferencias, las charlas o los talleres. Eso es algo que tiene asumido mi generación».

Javier Hontoria, responsable del Patio Herreriano

Matiza las explicaciones la directora de Artium, para la que los cambios en la idea de museo no llegan por el recambio generacional, sino por los impuestos por «los tiempos que nos tocan vivir, que hacen replantearnos la definición de museo y su rol: Los reajustes son necesarios. Eso es fundamental y algo que la pandemia nos enseñó con respecto, por ejemplo, a lo digital aplicado a la institución artística». Hasta ahora –agrega Gilberto González– el museo era un ejercicio de poder de una élite muy concreta. Nuestro trabajo es incorporar otras narrativas a la institución. Solo así la convertiremos en espacio para hablar de todo aquello de lo que llevamos años sin hablar».

Y es que el espíritu crítico es algo que sí que define bien a esta hornada de directores. Porque no todo es de color de rosa. Y enseguida una palabra lo filtra todo: ‘precariedad’

¿Y de qué les gusta hablar a los nuevos directores de nuestros centros de arte? González nos ha dado ya el pie: Esta es la generación de las contranarrativas, lo que también implica una vuelta a la Historia del Arte para reescribirla. Prieto se muestra más específica: «El cambio climático como cuestión perentoria para poder seguir hablando de cualquier otra cosa; el feminismo; los conceptos interculturales; el conflicto migratorio; la sensibilidad LGTBi; la respuesta al auge de las ultraderechas, que demuestran ser misóginas, machistas, racistas y homófobas… Temas que, sin embargo, todos tenemos sobre la mesa, no solo los museos».

Es Segade el que consigue que nos fijemos en un punto importante. Todos ellos son ‘directores de nueva generación’: «Sin embargo, venimos con un bagaje de más de década y media mínimo de trabajo independiente, y quizás por ello tenemos unas ideas un poquito más libres o lejanas de la institución, porque no nos hemos creado dentro de la institución».

Otra cuestión diferenciadora es que todos ellos han accedido ya a sus puestos a través de un concurso público, «el modelo que debe prevalecer, a pesar de que, en ocasiones, asistimos a procesos de selección abiertos que son muy discutibles. Quizás la administración debe plantearse qué museos quiere tener», señala Hontoria; «un avance que nos hace mejores como sector y como profesionales, y que ya compartimos con profesionales de más edad. Algo irrenunciable», reivindica Herráez. Sin embargo, un sistema con trampas, como constata la regidora de Es Baluard: «Habría que revisar sus bases. El 80% exigen experiencia en un cargo similar. Eso boicotea la entrada a gente con muchísima carrera como ‘freelance’ en el ámbito artístico pero no en la gestión».

«Hay una generación que se inventó lo de la necesaria profesionalidad –dice el director de TEA–. En los setenta, uno decía que era paisajista y nadie lo cuestionaba. Si lo decía es que así sería. Decías que eras museólogo y entrabas sin problema en los museos. Ahora tienes que demostrarlo todo. ¡Y tampoco somos tan jóvenes! ¡Tenemos 45 años!». Es la nueva inquilina del MACBA la que amplia la mirada: «Tenemos que generar una cultura del crecimiento dentro de las instituciones y generar redes locales entre las mismas para proveer a nuestros colegas más jóvenes de la oportunidad de ser competitivos en el exterior. Que no sea necesario irse al extranjero para legitimarse». Un talón de Aquiles aún de esta generación.

Beatriz Herráenz, directora de Artum

Y es que el espíritu crítico es algo que sí que define bien a esta hornada de directores. Porque no todo es de color de rosa. Y enseguida una palabra lo filtra todo: ‘precariedad’. «En contrapartida a nuestra buena formación, la crisis de 2008 frenó drásticamente nuestras opciones de desarrollo –recuerda Hontoria–. Tristemente, la precariedad que nos afectó entonces sigue afectando, incluso a los que vienen detrás». Segade reconoce que su primer y único contrato hasta el del CA2M fue el de Metrònom, en los noventa. «En el CGAC fui comisario-jefe con 28 años, pero no tenía contrato. Y el nivel de precarización hoy es algo importante. A mí se me cesa con cada cambio político. Los nuevos directores, Matadero-Madrid, CentroCentro, son nombrados como autónomos… Ser director de museo hoy no es ninguna bicoca».

Y no hablamos solo de estabilidad, accesibilidad o sueldos. Prieto se fija en otros asuntos: «La precariedad abarca también lo académico. Quedarse en la academia, en la universidad, tampoco es mejor… ¡Si revisas los presupuestos de lo gastado en compras en 2007 con lo de ahora!… Pero luego llegó 2008. Y, en 2020, el covid». En este sentido, los museos sufren la parálisis permanente de cualquier estamento social. «Y estamos todavía actuando sin pensar en los otros trabajadores del arte, no sólo los artistas. Si no somos conscientes de cómo eso afecta a la institución estaremos falseando los discursos. No basta con tener programaciones de artistas solo negros o solo indígenas si no cambias las condiciones de trabajo de la gente negra o indígena en el museo, o la incapacidad de estos para acceder a roles en el museo». Así se pronuncia Elvira D. Ose.

«En los setenta, uno decía que era paisajista y nadie lo cuestionaba. Decías que eras museólogo y entrabas sin problema en los museos. Ahora tienes que demostrarlo todo. ¡Y tampoco somos tan jóvenes!», ironiza el director del TEA

El recambio generacional que ahora llega al museo ya se produjo con anterioridad en otros sectores del arte: en el de la crítica, con nombres como los de Carlos Delgado Mayordomo, Javier Montes, Luisa Espino o Mery Cuesta; en el comisariado (Fernando Gómez de la Cuesta, Tania Pardo, el algo más joven Juan Canela, Eduardo García Nietoo Beatriz Espejo, que será nuestra representante en Venecia en 2022); o en el galerismo (Nerea Fernández, Alberto Manrique, Pedro Maisterra…), donde incluso es fácil encontrar a profesionales más jóvenes. ¿Ha tardado más aquí por ser el museo una institución más conservadora? «No tiene que ver tanto con su dimensión como con sus ritmos lentos –remarca Herráez–. Es Juan Luis Moraza el que habla de la atención suspendida necesaria en los tiempos de la cultura».

Para Dyangani Ose, la permeabilidad del museo es difícil de romper: «Pero venir de espacios más pequeños o escalas menores no significa que no seamos candidatos idóneos para el puesto: la clave es no dejarse vencer por una especie de identidad preestablecida. Cuestionemos la institución antes de cuestionarnos a nosotros». Y quizás «nadie esté preparado con 25 años para dirigir un museo» (I. Prieto). Tampoco llegamos mucho más tarde a esto que en otros países. Herráez confirma que en Francia, donde el País Vasco se mira con facilidad, el ritmo es similar. Difiere Elvira D. Ose, que ha vivido los últimos cinco años en Londres. Ella se acuerda de coetáneos como Kasia Redzisz en Pompidou-Bruselas o Naomi Berwick en el Guggenheim.

Gilberto González, responsable del TEA

Cualquiera de nuestros interlocutores habla con vehemencia de su época, pero reconoce la labor de sus antecesores. Les pedimos referentes. Segade menciona a la María Corral o el José Guirao del Reina Sofía, a la Gloria Moure del CGAC, a la todavía en activo María Bolaños del Museo Nacional de Escultura de Valladolid… Hontoria derriba fronteras y rescata a Charles Esche (Van Abbemuseum) o el Adam Szymczyk de la Kunsthalle de Basel; González reivindica a Juan Manuel Bonet; Prieto a Nuria Enguita, Valentín Roma a Hou Hanru… Todos tienen palabras agradables para Manuel Borja-Villel, el que supo adelantarse a muchas cuestiones que ahora les atañe a ellos desde la Tàpies o el MACBA, y que sigue trabajando en el MNCARS…

¿Y qué retos creen que le corresponderán ya a la siguiente hornada a esta generación que tuvo que asumir lo digital, siendo ellos analógicos (Y subraya el director de TEA:«La única posibilidad que le veo al museo es escapar de lo digital. Puedes tener Tinder o Grindr, pero llega un momento en el que hay que enfrentarse al cuerpo del otro. Nosotros somos el momento del cuerpo)?; ¿a este grupo que se declara ecologista o que defiende el feminismo («siempre que no promueva una guerra de géneros», dice Prieto; «que debe abrirse a las cuestiones negras o racializadas», explica Ose; y que no llegó siempre de base: «posiblemente en ellas sí. Los demás es preciso que hagamos autoconciencia», confiesa González)?

Las cuestiones pendientes, decimos, serán, para Segade, la flexibilización de las plantillas para incluir a extranjeros; convencernos del valor de la producción contemporánea, para Hontoria; los públicos y hacer de los museos lugares a los que se viene una y otra vez, para Herráez. Para la directora del MACBA, cambiar las estructuras y lograr «que las exposiciones no sucedan en los museos sino que les sucedan a los museos». Trasladar al día a día de un centro de arte la conciencia ecologista, explica Prieto… Y lanzar la pregunta de si tiene sentido para las próximas generaciones el museo (Gilberto González). Trabajo les dejan. Prepárense, treintañeros.

Imma Prieto, directora de Es Baluard

El ‘equipo mejor formado’ en cinco claves

1 La generación a la que pertenecen los actuales directores de MACBA, CA2M, Artium, Es Baluard, Tea y P. Herreriano es la primera que accedió a una educación integral (y a la que aún no le afectó la fiebre de los másters) y que viajó con facilidad.

2 Su crecimiento fue paralelo al de nuestras jovencísimas instituciones artísticas. No crecieron ‘en’ la institución, sino a su lado, lo que ayuda a que sean más críticos con ella.

3 Es la generación de las buenas prácticas, la que accede ya a sus puestos con concursos públicos, lo que no quita para que, interiorizadas estas, no siempre se cumplan.

4 Es un colectivo al que le gusta hablar de cambio climático, de feminismo(s), de crisis migratoria, de cuestiones LGTBi y demás contranarrativas hegemónicas.

5 Pero, sobre todo, es una generación precaria: en sueldos, en presupuestos, en estabilidad laboral. Atravesada de cuajo por la crisis de 2008 y, ahora, la de 2020.

Lámpara de Javier Pérez, uno de los emblemas de Artium

Texto publicado en ABC Cultural el 23 de octubre de 2021

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