El paisaje, como nunca lo habías visto,
en Chema Peralta
Texto compuesto para el catálogo de la muestra «Paisajes de interior» del pintor madrileño Chema Peralta en la galería Utopia Parkway de Madrid, con la que esta firma recibe la temporada en 2025

Por Javier Díaz-Guardiola*
Empezaré por una confesión: Soy madrileño. De padres y abuelos también madrileños. Vamos, que soy gato, gato, ahora que, ante la escasez de ejemplares como yo, ya se ha bajado el listón a una única generación para que a uno le den el título. Viene esto a cuento porque siempre rememoro la misma anécdota de mi infancia al respecto. Cuando yo era niño, un niño de los ochenta, y llegaba el verano, esos veranos en los que Madrid se vaciaba y a uno le tocaba quedarse en la ciudad porque sus padres trabajaban (sí: la película “Barrio”, de Fernando León de Aranoa me representa a la perfección, aunque lo mismo ustedes estaban pensando en la de ‘Manolito gafotas’ de Miguel Albadalejo, con su inolvidable Carabanchel Alto), siempre me surgía la misma duda: “Mamá, mis amigos dicen que se van al “pueblo” estos meses. ¿Qué es ‘el pueblo’?”.
No se rían de mí y pónganse en la situación de un menor, muy menor, que lo más cercano que estaba de un “pueblo” era Vallecas por parte de padre y Lavapiés, por parte de madre. De hecho, en mi inocencia infantil llegué a identificar “pueblo” como realidad geográfica con la Comunidad Valenciana. Por algo se decía que Valencia era “la playa de Madrid”, a donde huían como hordas mis paisanos. No sientan lástima por mí, que hace ya unos años que resolví el entuerto y que -y mucho mejor- me agencié un pueblo para no sentirme desclasado…
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Entenderán que yo me enfrento de manera distinta a los paisajes de Chema Peralta (Madrid, 1965), una línea de investigación en la que lleva ya inmerso desde hace más de 20 años, cuando le dio de lado al bodegón, que en su caso, no dejaba de ser un paisaje más metafísico, con muchos puntos en común, basados en sus propios pensamientos y con pocos elementos compositivos. El artista, madrileño como yo, pero con mayor “capacidad de escape” (él sí que ha transitado mucho camino hacia destinos como la meseta castellana o las tierras del cantábrico) me cuenta que sus paisajes actuales, en los que lleva inmerso literalmente desde hace ya lustros, y que se ven atravesados por una fina línea de evolución en su quehacer, a él le recuerdan a los que observamos cuando viajamos en tren o en coche por el interior de España.
Le ampara el formato ventana o marco del lienzo. O su escala, que no suele ser más grande que la que se reserva para este tipo de estructuras en los automóviles o ferrocarriles. En este sentido, su labor como pintor, ofreciendo instantáneas generales de un lugar en las que es difícil entrar en los detalles, me recuerda a un bellísimo trabajo de la creadora nórdica Eva Koch que presentó en el CGAC de Santiago de Compostela hace ya unos cuantos años. “Villar” era una instalación audiovisual con varias pantallas, en un principio en modo reposo, ofreciendo imágenes muy generales de un supuesto pueblo (quizás el del título), en una sala que se podía atravesar de un lado a otro por su centro. La creadora partía de ese estudio que dice que a una obra de arte contemporáneo no le dedicamos más de 3 o 4 segundos. Ese era el tiempo necesario que había que pararse frente a cada una de las pantallas para que estas se activaran.

El espectador, pues, podía optar por pasar de un lado al otro de la sala sin que nada sucediese. Sería el mismo resultado que cuando vamos de viaje en coche y decidimos pasar de largo por esos pueblos que flanquean la carretera de uno y otro lado. Los observamos con la atención que lo hace un científico, de forma aséptica y objetiva, sin mucho afán de que nos cale. Pero si se paraba uno esos 3 o 4 segundos ante alguna de las pantallas, entonces estas se activaban, y en cada una, un personaje empezaba a contarnos una historia acaecida en el pueblo. Y si persistíamos en la misma pantalla, ese mismo personaje nos regalaba un segundo capítulo, y un tercero… Como era de esperar, cada uno de los “habitantes del pueblo” tenía una versión distinta de aquello que entre todos narraban. Una metáfora de implicación con el contexto, algo que es a todas luces voluntario y basado en la curiosidad.
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Pero volvamos a la pintura de Peralta. En realidad, su factura es realista porque ofrece escenas “reales”, que podemos reconocer. A ello contribuyen unos títulos que nos sitúan (‘Verano’, ‘Bajada y cero’, ‘Llegando al valle’….), pero parte de su magia reside en no tener referentes concretos. Son, digamos, paisajes inventados. De ahí el título del conjunto: “Paisajes de interior”. El artista juega con esa tipología intermedia propia de este género pictórico que se refiere a esas escenas de exterior que que no lo son ni de montaña, ni de costa. Pero en un plano más intelectual, y poético, como poética es la obra del madrileño, se referirían a paisajes más metafísicos (mucho de esta corriente hubo en sus primeros bodegones, en una estela que, desde De Chirico, llegan a otro español, Alejandro Calderón, artista que también ha expuesto en esta galería, de forma que se puede decir que Peralta ha creado escuela), solo existentes en la mente de su autor.
El pintor admite que puntos de anclaje de lo suyo con lo real hay, algún referente (una ermita sacada de internet; un vehículo de maquinaria agrícola que acaparó su atención en un lugar indeterminado de la geografía…), pero estos pronto son manipulados por su trazo delicado y su paleta reducida. ¿Se han dado incluso cuenta de que en sus escenas no hay personas, no hay animales, que por no haber no hay ni tendidos eléctricos? Eso es lo que hace que todos, hasta los que no tuvimos pueblo como un servidor, nos veamos de forma más o menos directa reflejado en ellos, sin ser estos ningún destino concreto.
Incluso, de manera aislada, cada una de las propuestas, analizadas de cerca, se despojan poco a poco de su carácter figurativo para hacernos pensar en cierta abstracción geométrica. Eso nos haría también bascular en las influencias, la de Díaz-Caneja, con la que tantas veces se ha emparentado a nuestro pintor, y con el que se siente identificado, a un Luis Fernández, hasta -¿qué se yo?- un Morandi, pues los elementos del paisaje podrían ser un pequeño guiño y representar un pequeño bodegón dentro del paisaje, un cuadro dentro del cuadro. Así tendríamos dos flancos cubiertos. El tercero, el del retrato, ese que se dice que nunca ha cultivado Chema Peralta, en realidad llegaría por añadidura, puesto que al ser estos “paisajes del alma”, “paisajes inventados” y nacidos de la mente de su creador, no dejan de ser una imagen de él mismo. Y en este sentido, permítanme que mis referencias no vengan tanto de la pintura como de la imagen visual, las propuestas de este artista me remiten a las escenas vacías de Bleda y Rosa, a los parajes casi anodinos de Juan Carlos Martínez en la serie “Espermo Sida”, donde lo importante no es tanto lo que se ve, sino lo que puede llegar a acontecer en la escena. Y eso depende de la pericia del espectador.
En otro orden de cosas, colores planos para que el resultado no emparente demasiado con ese pop con el que muchas veces se le ha asociado, sobre todo en los inicios (la sombra de Carlos Alcolea es alargada). Paleta más ocre o amarilla, frente a la habitual de colores agrisados. Estarcidos que generan profundidades y sombras. Líneas del horizonte bajas que hacen que los cielos (por donde empieza a pintar esta autor) empujen la escena hacia la dureza de la tierra, que impone su gravedad. Formatos pequeños, decíamos, porque el artista se maneja mejor en ellos. Si los hace más grandes, la simplificación de elementos le resulta ingenua, me confiesa. Siente que agiganta la figuración y el resultado no le es óptimo. No sería la primera vez que se ha visto desclavando bastidores porque experimentaba cómo la escena se pasaba de escala…

«Pared naranja» (2023)Peralta es lento y concienzudo trabajando. No le sale la idea rápida. Por eso poco más de una docena de cuadros son los que ahora les rodean en sala. Estos comienzan, como les decía, desde el dibujo, y tras una estudiadísima paleta de color preparada con anterioridad. “No me gusta tantear la obra”, me espeta. Además, me recuerda que el acrílico seca rápido y cambia el tono al hacerlo, oscurece. Hay que tener muy claro el siguiente paso. Y aunque no lo trasmitan sus resultados, Peralta se define como caótico y desordenado. Cualquiera lo diría, pues lo que transmite es bastante ‘oriental’, con cada elemento en su espacio justo. En este sentido, podemos hablar de auténticas pinturas abstractas, sin referencias de la realidad, donde la realidad es secundaria, el reclamo para no perdernos en este viaje de aproximación a un lugar que es más mental que físico.
Peralta no es un “impresionista” (impresiona por otras cuestiones), ni un autor de la Escuela de Barbizon aterrizado en el siglo XXI. Su España no es la de Azorín, la de Machado, la de Ortega, a los que no niega. Ha intentado el ‘plein air’, pero lo resultante no es la imagen que quiere. En este orden de cosas, valoremos aún más el tiempo empleado, la dedicación, sobre todo cuando le pregunto si sus obras acotan también una sensación temporal como acota una sensación espacial. Entonces no contesta pero se sonríe. La suya es la capacidad de sintetizar sensaciones que se manifiestan con un silencio ensordecedor…
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Les voy a hacer una segunda confesión. Bueno, en realidad ya casi la hice arriba. Hace unos años, me lie la manta a la cabeza y le pedí a un pueblo que “me adoptara”. Está en Guadalajara, esos parajes que Peralta seguro ha transitado, de regio nombre (mi pueblo tiene hasta apellido), que, como hiciera aquel, tampoco merece la pena recordar. Lo importante es que ‘mi pueblo’ se encuentra en un valle, y para alcanzarlo hay que balancearse por la curva que generan dos colinas. Mi casa queda a las afueras, de forma que para llegar a ella hay que superar este desnivel, dejando el perfil de las viviendas a mano derecha y generando un skyline incierto de manchas encaladas. Sin ser muy consciente de ello, lo que he estado haciendo todos estos años al llegar a sus inmediaciones ha sido materializar en mi mente una escena de Chema Peralta. El cuadro está ahí, pero por más que quiera no podré transmitírselo porque lo que a mí me traslada es una sensación… ¡Qué inteligente y qué hábil es nuestro Chema Peralta! Yo, ya no podré volver a percibirlo de la misma forma.

Guadalajara, 20 de julio de 2025
*Javier Díaz-Guardiola es periodista especializado en arte contemporáneo, crítico y comisario de exposiciones. En la actualidad es coordinador de ABC Cultural, redactor-jefe de ABC de ARCO y autor del blog de arte contemporáneo “Siete de Un Golpe”