Ramón Masats, Premio de Fotografía de Alcobendas 2020

«Nadie considera la foto tan importante en España como para tener su museo»

Premio Nacional de Fotografía, reciente Premio Internacional de Foto de Alcobendas, Ramón Masats es historia viva –ahora de retirada– de la disciplina en España, con exposición en la galería Blanca Berlín de Madrid

Masats se enciende un cigarrillo en su casa estudio en Madrid (Foto: Isabel Permuy)

Nos recibe en su casa, tras una semana «agitada» justo antes de Navidad: días antes ha recibido el Premio Internacional de Fotografía de Alcobendas y ha inaugurado en la galería Blanca Berlín de Madrid. Le preferimos «fuera de foco», en su estudio, bien asistido y fumando como un carretero. Ramón Masats (Caldas de Montbui, 1931), que tanto retrató esa España llena de tópicos –«sin falsear nunca la realidad»–, se muestra cercano, amigable, poco sentimental. Con una incipiente barba («va a ser la primera vez que me van a fotografiar así, vas a tener ese honor», le confiesa cómplice a nuestra fotógrafa), resultado de una convalecencia de meses que le ha impedido afeitarse. Vulnerable, pero firme. Él es historia viva de la disciplina en nuestro país. Hay que escucharle.

¿Le cansa hablar de su trayectoria?

No es que me guste o me disguste. Considero natural que la gente tenga cierto interés en ella. Les suele interesar mucho mis orígenes, cómo empecé… Cosas lógicas, por otro lado.

Todos recordamos cómo cogió Ramón Masats su primera cámara. ¿Por qué decidió soltarla?

Ya tengo 89 años y creo que es hora de descansar. La decisión se toma de una manera natural: No aceptando trabajos y no buscándolos. Recuerdo cuándo hice la última foto, pero uno no es consciente entonces de que sea la última. Fue en la comunión de uno de mis familiares.

¿No le tienta volver a ella?

Si le soy sincero, no. Estoy tranquilo no haciendo fotos. De hecho, regalé las cámaras. A mis hijos, a Chema Conesa, a mi mujer…

«Gijón» (1961). Fotografía de la muestra de Blanca Berlín

Digamos que, a usted, el servicio militar sí que le cambió la vida.

Sí. Ahí entro en contacto con la fotografía. Yo ya dibujaba un poco, tenía cierta inquietud artística. Entonces cayeron en mis manos unas revistas, las de Arte fotográfico, que me interesaron especialmente. Y en la mili me hice con la primera cámara. Empecé a fotografiar a mi familia, que si a un perro, que si a un gato, a mis amigos… Así, poco a poco me familiaricé con ella. Vivía en Tarrasa y allí entré a formar parte de una agrupación fotográfica que tenía su sede en el casino, donde comencé a mostrar mis fotos, a xerrar [charlar] sobre la técnica, participé en algún concurso… Desde ahí llegué a la Agrupación Fotográfica de Cataluña, en el que doy con otro tipo de interlocutores más interesados por la foto que poco a poco me llevaron a dedicarme a esto de forma profesional.

¿Se lo tomaron bien en casa?

Mi padre me dio permiso pero yo creo que siempre con un «ya volverás» en mente. Y di el paso hablando con Oriol Maspons y Xavier Miserachs, que eran fotógrafos de Gaceta Ilustrada, a los que, si me quedaba en Barcelona, les hacía la puñeta. Por eso me ayudaron a hablar con el director de la publicación pero en Madrid. Fue este hombre el que me explicó que no trabajaban con fotógrafos fijos en plantilla. Eso era algo que yo tampoco quería. Ya había estado en sanfermines, para probarme cómo funcionaba. Fue lo que le enseñé y lo que me permitió trasladarme a Madrid. Ya no volví.

¿Qué le ha dado a usted la fotografía?

La fotografía me ha permitido ser feliz. Me ha gustado mucho. No es fácil decir que uno trabaja contento. Yo sí que pude.

Ahora un Premio, el Internacional de Fotografía de Alcobendas, y una expo en Blanca Berlín, le traen de nuevo a la palestra. En verano fue la expo de Tabacalera. ¿Qué balance hace usted de este 2020 funesto?

Estoy agradecido, siempre es bello que a uno le reconozcan su labor. Pero eso no hace que quiera volver a la disciplina. Creo que ese camino está completado. Y el año, lo he vivido con un poco de temor. Por mi edad, el contexto es peligroso. Y aunque desde la televisión intentan aplacar lo que sucede, yo creo que esto es algo bastante fuerte y cambiará muchas cosas.

Se le considera renovador del reportaje fotográfico. ¿Uno llega a ser consciente de esto o trabaja por instinto?

Eso es algo que uno descubre a toro pasado. Y son los otros lo que lo deciden por ti. Aunque creo que algo tienen de razón. Este tipo de cosas no son las que me quitan el sueño. A mí lo que me interesaba entonces era enseñar lo que había. Trabajé casi siempre por encargo, pero siempre había un espacio y un tiempo para «mis» fotografías, tomas que no encajaban en el reportaje, que yo sabía que no encajarían.

«Misa de las madres de la División Azul» (1957)

¿A qué se refiere?

Sobre todo, la gente, determinados personajes en los que ponía la atención. Y luego la forma de tomar las imágenes. Yo podía interesarme por un edificio, por una pared, que nada tenía que ver con el encargo.

¿Tuvo alguna vez problemas con la censura?

No. No recuerdo encontronazos con las autoridades.

Lo que sí que tuvo fue un «encuentro» con Franco. La única fotografía además de la que dice que se arrepiente.

Eso fue una encerrona en la que me encontré cuando unos arquitectos de Sevilla que estaban reformando una sucursal bancaria en Huelva me llamaron, sin que yo supiera de dónde sacaban mi nombre, para un encargo ligado al banco y al contexto en el que se desplegaba. Y cuando entregué el trabajo, que gustó, el director de la sucursal mencionó que él era muy amigo de Franco, del que le gustaba tener un retrato de él. Me lo propusieron y yo acepté pensando que aquello no saldría nunca…

Pero salió.

A los quince días, ya de vuelta en Madrid, me llamaron del Pardo para citarme el jueves de la semana siguiente, sin preguntar si a uno le venía bien o no. Y a eso no podías decir que no… Yo me presenté, y me trataron bien, he de decirlo.

Que solo haya una foto de la que arrepentirse es un muy buen balance.

Creo que sí, que es de la única foto de la que me arrepiento. No sé cuántas he podido hacer en mi vida. Ahora es mi hija Sonia la que me está llevando las cosas y la que está poniendo orden en mi archivo. Está haciendo un gran trabajo.

¿Cuál va a ser el destino de ese legado?

Quiero venderlo. Y si no hay nadie que me haga una buena oferta, pues ya se verá. Ahora mismo cuento con un almacén en el que albergo las ampliaciones, los negativos, las fotos pequeñas, las familiares…

Se dice que España es una gran madrastra con sus hijos. ¿Es normal que a estas alturas no tengamos un Museo Nacional de Fotografía?

Y nunca lo tendremos. Esto es algo que he hablado mucho con mis compañeros. Aquí siempre se estará discutiendo y cada región querrá el suyo, Cataluña el suyo… A Cristina García Rodero le han tenido que hacer el suyo en su pueblo, como a Carlos Pérez-Siquier. Eso nos sitúa en una red de pequeños museos. Pero, ¿uno grande? Nadie considera la foto algo tan importante aquí para tener su propio museo.

Pero si nos ponemos a hacer un museo Ramón Masats, ¿lo tenemos que hacer en Madrid o en Cataluña? ¿Usted ha sido el eterno madrileño en Cataluña y catalán en Madrid?

Yo soy catalán, pero no ejerzo de ello. Y estos follones que están montando con el asunto no me interesan nada. Están todos locos. Ahora quieren hacer una exposición mía en Cataluña y naturalmente no voy a decir que no. Pero no va a faltar el que se meta conmigo diciendo que fui un renegado…

«Arcos de la Frontera (Cádiz), imagen de 1959

Algo «ejerce». Antes me usó el verbo «xerrar», en vez de «charlar”.

Alguna palabra. ¡Hombre!, ¡Lógico! Llegué a los 27 años aquí, pero mi familia está allí y cuando viajo a Cataluña hablo en catalán.

Y acento tiene…

¿Sí? Poco. Pero no voy a hacer esfuerzos para quitármelo.

¡Al reves! Es un valor.

Es un valor. Cierto.

Un fotógrafo documentalista, ¿es un opinador?

Claro que opinas. Aunque sea de forma inconsciente. Posiblemente no sea tan evidente para los demás, pero es inevitable que tu opinión se vuelque en lo que haces. Y ahora que lo pienso, la censura algún plano sí que me ha quitado.

Siempre ha dicho que sus fotos se hacían en la calle o en el escenario elegido, que nunca dio con ellas en el laboratorio.

A veces sí, pero habrán sido tres o cuatro fotos. Pero en el laboratorio te encuentras más con lo contrario: te das cuenta de que esa foto que funcionaba en la cabeza no sale en la ampliación. Ahora: cuando estás haciendo una buena fotografía eso lo sientes interiormente.

¿Qué piensa de una fotografía como la actual que se basa principalmente en la postproducción?

Es normal que la técnica evolucione. Y el que piense que ese es el camino, pues adelante. Que cada uno haga lo que pueda o le dejen. Hoy hay grandes fotógrafos, y jóvenes. Gente muy buena que no tiene nada que ver con mi estilo o el de mi generación. Por ejemplo, a mí el fotógrafo que más me gusta es «el» Chema Madoz.

Un premio Nacional como usted.

Sí.

¿Lo conoce personalmente?

Sí. Y nos hemos intercambiado obra. Nos gusta reunirnos alguna vez, «charlar» juntos, pero hablamos poco de fotografía. Es más divertido ponerse a criticar a los otros…

¿La de la fotografía es una labor individual o de grupo? Se lo digo porque también fueron decisivos para usted colectivos como La Palangana o AFAL…

Es un trabajo tremendamente personal. Lo que ocurre es que luego coincides con mucha gente con la que compartes gustos y con la que estás de acuerdo. Entonces se producen los acercamientos. Pero hasta en esos colectivos cada uno hacía lo suyo. Cada uno aportaba su estilo y había pocas contaminaciones.

Y, a día de hoy, ¿cuál cree que ha sido «el tema» de la fotografía de Ramón Masats?

La gente. La gente… Este país ha cambiado mucho. Y yo, siempre, para hacer la foto de una persona, pedía permiso. No puedo decir que alguna vez no haya robado alguna escena. Si noto cambios en la gente es que antes te preguntaban para qué era aquello. Y tenían razón. Ahora están muy preocupados por su imagen. Ha cambiado nuestra forma de situarnos delante de la cámara. Antes éramos más amables. Ahora el retratado está mucho más resabiado. En tantos años me ha pasado de todo…

«Plaza Mayor de Madrid» (1964)

¿Lo más raro?

No recuerdo haber tenido que salir por patas, ni encontronazos con nadie…

Inevitable hablar del tópico: toreros, guardias civiles, Semana Santa, curas… ¿A qué le incitaba a usted esta palabra?

A mí el tópico me ha interesado siempre. Luego yo intentaba darle una vuelta, un toque personal, una lectura propia, a favor o en contra. Y no he querido nunca mentir por utilizar tópicos.

¿Cuáles son los tópicos actuales?

En gran parte son los mismos. Han cambiado las cosas, incluso hemos mejorado, pero en gran parte nos movemos entre los mismos tópicos. Continuamos haciendo romerías, procesiones, sigue habiendo curas, guardia civiles…

El boxeo fue otra de sus aficiones. ¿Lo llegó a practicar?

No. Pero es una afición, es verdad, desde mi época de Barcelona, anterior a la fotografía. Allí fui a muchos combates. Y mi hija recuerda que siendo ella muy pequeña, veíamos en la tele los de Cassius Clay. Me ha gustado siempre como espectador y por eso le hice un homenaje en forma de libro.

¿Y cuál es esa foto icónica de Masats que quizás no lo sea tanto para la crítica?

Creo que son las mismas. Recuerdo con cariño la del cura parando el balón…

La de la mujer pintando esa línea oscura alrededor de su casa…

Durante mucho tiempo no supe que era lo que hacía. Incluso estuve en Tomelloso con Publio López Mondéjar junto a una serie de intelectuales que lanzaban sus versiones, aunque nunca hemos llegado a una conclusión firme. La teoría más solida sostenida en esa reunión es que ella marcaba esa raya, que en la vida real era de un azul muy intenso, para proteger de las plagas de insectos la bodega, que se solían situar en la parte inferior de las casas. Pero como acción estética y para una fotografía, aquella actitud era perfecta.

La del seminarista parando el gol, una de las fotos icónicas para su autor

Ahora que habló del azul: Hay una distinción clara entre su uso del blanco y negro y su empleo del color. Este último lo dejó para sus encargo bibliográficos. ¿Ha sido realmente tan tajante esta diferenciación?

A mí me gusta tanto el color como el blanco y negro. Es cierto que este último tiene un halo de nostalgia asociada a una época. Pero no ha habido una imposición de ambas cuestiones por trabajos. También trabajé para el cine y la experiencia fue fatal. Hice una película y me dije: «Nunca más» [Se trata de Topical Spanish, de 1970].

¿Se siente reconocido?

Lo importante es que no tengo mucho afán de notoriedad. Soy tan vanidoso que me lo puedo permitir.

El autorretrato no lo ha practicado mucho, ¿verdad?

Voluntariamente no me los he hecho. Los he tenido que realizar cuando me los han pedido. Pero no me importa que me fotografíen. Si no fuera una grosería, diría que cuando lo hacen ignoro al fotógrafo.

Si volviera a comenzar, ¿qué repetiría y que evitaría?

Alguna cosa sí que cambiaría, pero la fotografía seguiría siendo mi sustento de vida si me dieran a elegir.

Confíeseme un secreto, Ramón: ¿La foto es más ojo o técnica?

Yo he sido muy poco técnico. Pero una buena fotografía, para serte sincero, tampoco se hace con el ojo. Se hace con el corazón. 

Ramón Masats por Isabel Permuy

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 2 de enero de 2021. Nº 1.453

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