Sophie Calle. Centro Pompidou-Málaga

«Cuando estoy feliz no fotografío: Vivo el momento»

Seis conjuntos artísticos le bastan al Centro Pompidou en Málaga para esbozar una retrospectiva de esta creadora capital de la plástica en Francia, una mujer obsesionada con la idea de ausencia

Sophie Calle, ene Pompidou de Málaga. Foto: Francis Silva

No es normal que una muestra tenga banda sonora. La de esta, la ponen pesos pesados como Bono de U2, Laurie Anderson, Raphael o Pharrell Williams, por poner algunos ejemplos. Son los autores que compusieron un tema para Souris, el gato de Sophie Calle (París, 1953) cuando este murió y que ahora resuena en las salas del Pompidou-Málaga. Con seis de las obras de la francesa que forman parte de la colección del museo parisino, el homólogo andaluz repasa la trayectoria de esta artista. El resultado es verdad que pone mucho el foco en su persona, pero lo trasciende para subrayar una de las obsesiones de Calle desde sus inicios en los setenta: todo aquello que motiva una ausencia.

¿Cómo es que habla español?

Porque viví en México en los setenta. Estuve viajando por todo el mundo en esa época, pero decidí establecerme allí durante un año.

Ahora estamos más habituados a que las personas relaten su vida en redes a través de imágenes. Supongo que esa ‘exposición personal ‘sería algo más raro cuando usted cogió su primera cámara. ¿Qué le llevó a dirigir el objetivo a sus propias historias?

Quizás deberíamos matizar que no llego a dirigirla a mí del todo. Lo hago al cincuenta por ciento. Y no se trató tanto de contar mi historia, sino de generar una ficción desde mi historia. Es decir: es realidad lo que cuento, pero es también ficción por el mero hecho de que escojo unos textos para ello y no otros, de que elijo unos momentos y no otros.

«No sé lo que soy. Creo que mis fotos sin texto no son tan buenas. Para mí, son formas de entrar en la historia. La foto la fija, pero los textos la amplían»

Por ejemplo, la película ‘No Sex Last Night’, que aquí se proyecta en el auditorio, y que rodé con mi exmarido [Greg Sephard, protagonista de alguna de sus series fotográficas] es el resultado de condensar sesenta horas de grabación en una. Podríamos haber dado pie a otras diez películas que dijeran todo lo contrario escogiendo otros fragmentos. Por eso hablo de ficción: el viaje sucedió como se grabó, las habitaciones de ‘El hotel’ son esas, no invento las situaciones, pero es el estilo personal el que puede cambiar un sentido: si expresas algo con humor o lo haces desde la tristeza, inevitablemente, la historia no es la misma. No hablo de mi vida, sino de momentos dados.

Y cuando ha ficcionado su vida, ¿ha preferido el humor o la tristeza?

Utilizo normalmente como base del trabajo situaciones más tristes porque cuando estoy feliz prefiero vivir esos momentos. No los fotografío. No doy un paso a un lado. Cuando hago eso es porque quiero mantenerme distante de la situación. No importa que se refiera a mi vida, a mi esposo… Estoy manteniendo una distancia. En cierta manera, eso hace que aquello ya no sea «mi vida». Y los momento felices, esos los vivo, no los «miro».

Sophie Calle, en el Pompidou de Málaga. Foto: Francis Silva

Cuando estoy en el teatro o en un concierto, no se me ocurre mirarlos a través de una cámara. No entiendo a las personas que lo hacen, porque si filmas, no disfrutas. Si me aburro, quizás sí que saque la cámara. La mayoría de las veces parto de situaciones complicadas que sé que van a dar lugar a una historia. Cuando estás feliz, cuando todo está bien, ¿qué vas a contar? Sin embargo, aunque la situación no sea agradable, el humor ayuda a poner distancia. Si soy yo la que se pone a llorar, ¿qué espacio le dejo al otro para reaacionar? Es necesario que yo, aún estando, parezca ausente para que el espectador pueda responder.

Le hablaba antes de las redes sociales, de cómo nos hemos vuelto grandes ‘voyeurs’ de la vida de los demás…

Yo no tengo nada de eso. Sí que hay alguna cuenta con mi nombre, pero que no tiene nada que ver conmigo y que hace por su lado una mujer. Con mucha gracia, por cierto. Ella es muy agradable. Además es que cuando miro las de otros, no las soporto.

Sin embargo, ¿cree que el espectador ve sus obras de otra manera gracias a o por culpa de las redes sociales?

Llevo trabajando desde los años ochenta. Mi trabajo es muy anterior al fenómeno. Y espero que no se haga paralelismos. Yo no hago un trabajo en el que expongo mi vida. Creo que lo mío es mucho más poético, te traslada a otro lugar. Lo que se expone en redes sociales es un continuo anuncio publicitario de cada uno de los usuarios.

«Aunque la situación no sea agradable, el humor ayuda a poner distancia. Si soy yo la que se pone a llorar, ¿qué espacio le dejo al otro para reaacionar?»

¡Espero que no se esté viendo lo mío como una publicidad de mí misma! Es lo último que quiero hacer. Yo estoy tratando de escribir, de componer imágenes, de hacerlas coincidir, no de mostrar literalmente lo que hago o con quién lo hago.

Esta no deja de ser una exposición pequeña, con seis obras que forman parte de la colección del Pompidou. ¿Cree que condensa bien sus intereses, cuatro décadas?

Es por eso que la exposición la «hace» el Pompidou. Yo les he dado mi opinión, les he ayudado en lo necesario, pero tenían que estar estas obras porque son las que poseen. En realidad tienen alguna más, pero esta es la historia que querían contar. Y resumen bien mi trayectoria, aunque se centran más en mi persona, como indicabas al principio. Pero esta no ha sido mi única metodología de trabajo. El Pompidou tiene alguna de mis piezas trabajando con ciegos, pero no casaban con esto. He investigado sobre pinturas robadas, sobre lo que ve la gente… sin estar yo en el retrato

¿Y cuáles son los intereses globales?

Desde el principio me he obsesionado por lo que no está, por la ausencia. Un hombre que rompe una relación, una madre que muere, un gato que fallece, un sujeto que no ve, una pintura robada… No se trata de abordar únicamente la muerte, que también. No me marqué unos parámetros en mis inicios, pero descubro que mi interés ha ido por aquí y continúa por ahí, seguro que hasta el final.

Imágenes del conjunto ‘El hotel’

Y cuando convierte su vida en arte, ¿cuáles son las ventajas y los inconvenientes?

Yo solo veo ventajas. Soy artista. Por eso es lógico que me sirva de mis vivencias, aunque no solo de eso. Hace cuarenta años que no persigo a nadie por las calles, pero me sigo escondiendo. Porque el resultado no es mi vida, son mis obras. Utilizo momentos de la misma, o de otros. Y no me muevo pensando cómo voy a utilizar esto que hago ahora mismo. Pero a veces sucede una idea, un momento de gracia. No tengo la sensación de estar constantemente frente a una cámara invisible.

Vivimos en una sociedad exhibicionista. ¿Lo es también más puritana? ¿No hay cosas en esa sala que quizás no podría hacer ahora?

Es muy posible. Soy provocadora pero no de una forma pretendida. Cuando perseguía a la gente con la cámara o me colaba en las habitaciones de hotel no buscaba escándalos o secretos oscuros. Yo seguía más una silueta, una sombra, un rastro. En las habitaciones intentaba plasmar cómo desarrollar un sentido en torno a alguien que no conoces.

«Estoy segura de que si comenzara a trabajar ahora ni escribiría como al principio, ni diría las mismas cosas. Espero ser un buen ejemplo de mi sexo, de mi tiempo, de mi cultura»

Es difícil que alguien pueda identificar a sus huéspedes. Quizás ellos mismos se podrían reconocer pero ni siquiera yo sabría quienes son. Los testimonios de ‘Dolor exquisito’ no aparecen identificados. Tampoco se trata de abordar toda su vida. Ellos solo me cuentan un momento, el más doloroso para cada uno. Quizás al que expuse algo más fue a mi exmarido. Pero muchas obras las hicimos juntos, de mutuo acuerdo. Mi gato, tampoco se quejó…

Comentaba antes como seña de identidad personal la inclusión de textos junto a las imágenes. ¿Por qué Sophie Calle es una fotógrafa y no una escritora?

No sé lo que soy. El texto, de hecho, es lo que más me cuesta elaborar. En la serie ‘El hotel’, lo que más costó fue encontrar ese trabajo de camarera de habitaciones para poder colarme en ellas. Eso me llevó un año. El mes que estuve trabajando hice las fotos casi sin escoger, porque tenía que cumplir mis horarios laborales. Pero los textos fueron resultado de largas jornadas reflexionando sobre los mismos… No sé lo que soy. Creo que mis fotos sin texto no son tan buenas. Para mí son formas de entrar en la historia. La foto la fija, pero los textos la amplían. Yo siempre he visto mis imágenes necesitadas de esos pies de foto.

¿Y el formato fotolibro, le interesa?

En la exposición de Málaga se incluyen dos. Yo siempre he tenido dos tentaciones: la pared y el libro. Mi padre era coleccionista de arte contemporáneo y yo quería seducirlo, hacer algo digno de estar en sus conjuntos. Mi manera de impresionarlo, pues, era enfrentarme a una pared. Mi madre siempre escribió. Y el hecho de mostrar mi trabajo como obra de arte definió mi escritura y mi estilo, pues había que presentar textos cortos, condensando la historia… Cuando empiezo una obra de los conjuntos denominados “Autobiografías”, los textos suelen ocupar una página entera y, a veces, me lleva seis meses dejarlas en cinco o seis líneas. Regreso mucho a los textos. Es difícil por ello que cada una de esas obras se exponga tres o cuatro meses después de haber sido realizada.

Llegó a contactar con Vito Acconci cuando alguien le dijo que su trabajo persiguiendo a desconocidos ya lo había hecho él. ¿Le ha preocupado la cuestión de la autoría?

La verdad es que no es muy agradable que te digan que lo que haces ya está hecho. Sin embargo, el resultado nunca es el mismo. Por esa regla de tres, ya no habría historias de amor. Después de Proust no se podría haber vuelto a escribir. Y la misma idea puede tomar dos direcciones diferentes…

Me llama la atención el conjunto ‘Souris / Calle’, uno de los tres de su trayectoria en el que pone el acento en la muerte, en este caso, de su gato. Dice estar familiarizada con la muerte. ¿Por qué a la sociedad le cuesta tanto hablar de ella?

No lo sé… Yo hablo de ella cada día. Mi madre, antes de morir me dijo irónicamente que soy tan morbosa que ahora iba a ir a visitarla más al cementerio que a su casa cuando estaba viva. Y es cierto que tengo cierto vínculo con la muerte. Mi madre paseaba por el cementerio de Montparnasse estando embarazada de mí. Era el jardín más cercano a casa y el que tenía que cruzar para ir a la escuela. Mi padre era oncólogo y veía morir a gente a diario. Yo iba a buscarlo al hospital.

Fotograma de ‘No Sex Last Night’

También le digo que cuando me muera yo quiero un homenaje como el de Souris: un disco interpretado por grandes como Bono o Raphael.

[Ríe]. Es otra reacción a una ausencia, el resultado de una frustración. Creo que si hablas de algo lo traes al presente. ¡Quién me iba a decir a mí que en Málaga me iba a reencontrar con Souris! Cuando hemos pasado ahora por allí, antes de la entrevista, lo he saludado. Le he visto en el vídeo y lo he recordado. Y sigo mirando y ahí está mi madre, está mi padre… Para mí, esta manera de recordar no me causa dolor. No soy masoquista. Me ayuda y me da paz. Me considero una persona alegre.

En ‘Dolor exquisito’ sí le preguntaba a desconocidos por su mayor pena. ¿Ha cambiado la suya con el tiempo, que es además la que da pie a ese proyecto: una ruptura amorosa?

Desde luego. De hecho, decidí que pararía esa serie o bien el día que el dolor de alguien fuera tan fuerte que yo me avergonzara del mío, la estupida historia de un amor fracasado, o cuando mi propio dolor me aburriera. Sabía que antes o después una de las dos cosas pasaría. Además, si cuentas la misma historia cada día llega un momento que se desactiva. Por eso es una serie cerrada. Y el hecho de terminarla evita caer en la artificialidad, en la impostación. El final de muchos de mis conjuntos sucede así, de una forma natural.

Y el azar, ¿qué papel ha tenido en las obras? No sé si cuanto mayor se hace una, menos espacio se le deja a la improvisación.

A veces las ideas te vienen cruzando una calle, o sosteniéndole la mirada a alguien. Leyendo un cartel o un grafitti. A veces llegan con un encargo, algo que ni te habías planteado…

Obras de la serie «Douleur Exquise»

Usted es mujer. ¿Hay una mirada femenina en su trabajo?

Creo que sí. Soy una mujer y hablo como una mujer. No soy muy crítica en este aspecto pues. No sé cómo contaría estas mismas historias un hombre. Pero también soy francesa, y con la edad que tengo… Todo influye. Estoy segura de que si comenzara a trabajar ahora ni escribiría como al principio, ni diría las mismas cosas. Espero ser un buen ejemplo de mi sexo, de mi tiempo, de mi cultura.

Recuerda la comisaria que cuando Marie Desplechin le preguntó como le gustaría ser recordada le respondió con ironía que «por tener unas piernas preciosas»… [Me interrumpe y me las enseña, colocándolas encima de la mesa. Le hago un cumplimento y ríe]. Luego matizó que quería ser recordada por estar viva. ¿Y cuando no lo esté?

Pues quisiera ser recordada como si siguiera estándolo. Como una persona que vivió. Sin duda.

Alguna vez ha declarado que hay que aprender a perder para llegar a ser. ¿Qué le queda a Sophie Calle aún por perder?

¡Oh! Estamos rodeados de peligros, por lo que seguro que perderé cosas. Podemos perder la salud, la alegría, las ideas, los amigos, el entusiasmo, la curiosidad… Cada minuto es un reto. Para mí, cuenta mucho mi trabajo porque es lo que hago, lo que me ocupa de la mañana a la noche. En vacaciones me aburro. Hoy con una amiga he caminado durante horas. Nos hemos perdido, pero ha sido muy gratificante.

Vinilo dedicado a Souris, el gato de Sophie Calle
Sophie Calle. Centro Pompidou-Málaga. Málaga. Pasaje Doctor Carrillo Casaux, s/n. Comisaria: Christine Macel. Hasta el 17 de abril

 

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