Tatxo Benet. Coleccionista y empresario. Dueño del Museo del Arte Prohibido

Tatxo Benet: «El Museo del Arte Prohibido nos confronta con una realidad que existe  y que vuelve permanentemente a nosotros»

Abre sus puertas en la Ciudad Condal el Museo del Arte Prohibido, espacio que recoge algunas de las obras más destacadas de la colección de este empresario catalán que ilustran distintos ejercicios de censura en el arte

Aficionado al arte, el empresario y periodista Tatxo Benet (1957) llevaba años coleccionando, cuando ciertos acontecimiento de 2018, entre ellos, la censura en la feria ARCO de la serie ‘Presos políticos en España’ de Santiago Sierra (y que previamente había comprado) provocó que un grueso de su conjunto se orientara a piezas que han sufrido represión o censura.

Desde entonces, hasta 200 obras conforman esta rama de su conjunto, las cuales han ido despertando la curiosidad (en 2020, un nutrido grupo se mostró en La Panera, en Lleida, de donde es originario), lo que le sedujo a fundar un museo para acogerlas. Ese espacio es el Museo del Arte Prohibido, con sede en la Casa Garriga Nogués, que hoy abre sus puertas con algunos de sus ejemplos más paradigmáticos. Distintas formas de atentar contra la libertad de expresión, de Goya o Picasso a los autores actuales.

—Empezamos por lo que fue el origen de la colección, lo que nos sitúa en ARCO 2018, Santiago Sierra y la polémica con sus ‘presos políticos’.

–Sí, pero te voy a cambiar un poco el paso. Yo coleccionaba arte desde muchos años antes. Digo siempre en broma que cuando me compré mi primer póster con 10 años ya estaba coleccionando arte. Compraba como un aficionado, simplemente lo que me gustaba. Visitaba algunas ferias y cada año iba a ARCO con mi mujer, donde adquiría dos, tres, cuatro piezas…

—¿Qué ocurrió entonces en ARCO 2018?

Ese año no pude ir porque tenía que viajar a París. Tampoco pudo ir mi mujer, así que el día antes de la inauguración, que vais los periodistas, me desayuné en las webs de todos los periódicos con la foto de la obra de Santiago Sierra. Aquella noche misma pensé: «Oye, ya que no puedo ir a la feria, y esta esa pieza ahí, de Santiago Sierra, un premio nacional, del que no tengo nada y con una obra muy actual, muy valiente, que además le pega a mi situación personal, ¿sabes qué? Me la voy a comprar». Sin mayor pretensión. Llamé a un galerista amigo y le pedí que me hiciera el favor de comprármela. Eran las ocho de la mañana. Le pedí que fuera rápido porque al haber tenido tanta difusión tuve miedo de que se la llevara alguien antes. Al cabo de un par de horas, cuando llego a París, recibo un mensaje: era una foto de la obra y un texto que ponía «Reservada». Me la habían reservado a mí. Y 45 minutos después llega otro mensaje, una foto de la pared blanca y el texto «La tienes reservada pero la han sacado». Yo creí que es que la habían quitado porque estaba vendida…

Obra de Leon Ferrari de la Colección

–Pero no era eso.

–Se montó el follón. Al margen de lo que yo pueda pensar o no, se dijo que que yo había comprado eso por una actitud política, por haber sido censurada, y entonces recordé la obra que años atrás se había censurado en el MACBA, la de Ines Doujak, y la compré también. Y que había habido dos fotografías de tema taurino que habían sido censuradas en Barcelona: Una, el Ayuntamiento cuando gobernaba Trías, y otra con el consistorio de Colau. También las compré. Simplemente porque no quería que la gente pensase que yo adquiero una obra porque ha sido censurada en Madrid, que yo voy contra Madrid. Hay obras que se censuran en todo el mundo, y se censura también obras en Barcelona. Pero mi reacción fue un resarcimiento moral mío.

–Así que esa fue una espita…

–Empecé a buscar por internet, «arte y censura», y encontré ‘Silence Rouge et Blue’, de Zoulikha Bouabdellah, que puede verse hoy en el museo, una instalación preciosa que me encantó, y un acto de autocensura en París, en Glichy, por la época de los asesinatos de ‘Charlie Hebdo’. Tuvieron miedo y la retiraron de una exposición. Ahí, con esa compra, empieza para mí la colección de verdad.

–¿Por qué razón?

–Porque la razón de esa compra no es algo que me afecte a mí personalmente, ya no es ARCO, el MACBA o el Ayuntamiento de Barcelona, sino que compro una obra en Francia, de un artista argelina, que además tiene que ver con la religión musulmana. Y a partir de aquí empecé a buscar por internet así, de manera sistemática, de una forma no profesional, pero casi, obras bajo el hastag ‘censura’, y a comprarlas.

–¿Significa esto que tiene dos colecciones?

–Sí. Tengo mi colección personal, que no tiene nada que ver con el mundo de la censura, y para la que sigo comprando obras, que no tienen nada que ver con lo que se exhibe en el museo. Y no es que mi gusto cambie. Es que cuando compro para mí, solo hay una cosa que sobresale, que es el gusto. Sin embargo, cuando buscamos una obra censurada, lo primero que tenemos que saber es qué tipo de censura, cancelación o agresiones la rodean. Por eso en el museo es tan importante, no solo exponer las piezas, sino también explicar muy bien su contexto, por qué esa obra está aquí, qué le ha pasado. Eso es tan importante como la obra en sí.

–La colección la constituyen a día de hoy unas 200 obras. ¿Eso es entonces lo que las unifica?

–Como decía, las unifica que son obras que han sido censuradas, o que han sido agredidas, o que han sufrido algún tipo de protesta, por parte de grupos de presión o de individuos. Por eso se llama «Museo del Arte Prohibido».

–De ahí la contradicción del museo: que se ejerza la censura no es deseable, pero abre focos de interés para la institución. Además se darán casos en los que el espectador no entienda lo que motivó el acto censor.

–Eso te va a pasar con muchas entradas. Casi diría que en 90 por ciento de los casos. Ante algunas dirás: «Bueno, ya me imagino porque la han censurado», aunque la reacción no tuvo ningún sentido. Pero con la mayoría no entenderás nada hasta que no se te explican la historia que hay detrás. Y lo que he comprobado cuando investigas sobre arte censurado es que cuando se produce un acto de censura con cualquier obra en cualquier museo, sobre todo en museos importantes, normalmente lo que se produce es un escándalo que dura 48-72 horas.

stancia con piezas de Chuk Close que anteceden al vídeo de Yoshua Okón

En algunas ocasiones, tiene que dimitir el comisario, el director, el responsable artístico de turno. Y cuando eso sucede, el asunto se olvida. Nadie vuelve a hablar de las obras. La obra de Inés Doujak pasó desapercibida hasta Barcelona: había tenido un periplo normal, había sido portada en la Bienal de Sao Paulo… Llega aquí, se monta el escándalo, cesan a comisarios, dimite el director del MACBA. Y después, se la lleva la artista que desde entonces la tenía en su estudio. ¿Por qué? Porque Inés tampoco quiere que le monten un pollo cada vez que se exhibe; lo que quiere es enseñar su obra, y si ahora cada vez que la muestra se monta un cisco, lo normal es que el artista intente pasar desapercibido.

–¿No es lo que va a pasar ahora?

–Lo que hacemos aquí es recordar y poner a los visitantes, a la sociedad, delante de realidades que en algún momento supo que pasaron, pero que ha olvidado por completo. Las fotos que te comentaba de Barcelona: seguramente si se las llevamos a alguien habrá quien ni recuerde el caso, o que crea que esa censura se realizó con otro consistorio. Entonces te confrontas con una realidad que vuelve a ti y que además está permanentemente aquí. Luchamos contra el olvido.

–Entiendo que no es solamente un gesto político lo que se ve aquí: se censura por razones de raza, de sexo, de religión…

–También por razones comerciales. Hay empresas que han censurado. Los dos vídeos más grandes que mostramos han sido censurados por esta causa. Como «Nation State», de Larissa Sansour, fantástico, presentado a un premio que daba Lacoste, que al final decidió sacársela de encima diciendo que no quería temas políticos. Eso provocó que todos los demás artistas abandonaran la convocatoria y que Lacoste no diera ya nunca más premios en su vida. El otro, de Yoshua Okón, lo presentó en una muestra de arte mexicano en Londres. En él se ve simplemente a una persona muy obesa tirada encima de una mesa de McDonald’s, con un señor detrás de ella limpiando con toda normalidad las paredes. La marca se quejó.

–¿Y la idea del museo para el conjunto cuándo surge?

–Cuando uno se da cuenta de que tiene mucho que enseñar. Pero no hay nada premeditado, Nada en mi vida lo es. Siempre he ido haciendo las cosas en el momento que correspondía. Esto igual. En 2019, que yo ya he comprado unas cuantas piezas, un periódico, La Vanguardia, se interesa y hace un pequeño reportaje, que tuvo un cierto impacto. Poco después me llama una persona y me dice que hay un grupo de patronos de la Fundación Smithsonian, que es la que más museos gestiona en el mundo, que habían oído de la existencia de mi colección y que les gustaría verla. Yo la tenía entonces en un almacén, pero después pensé: «Vamos a ver qué pasa». Entonces me dejaron la Casa Cervelló, que es ahora la sede del MOCO Museum.

Estancia con la obra de Eugenio Merino «Always Franco»

Allí situé las 20 obras que tenía entonces, muchas de las cuales ya no están ni aquí. Vinieron los patronos y les encantó. Y vi que la reacción era muy positiva. Entonces pensé en convertir aquello en una exposición pues todo el mundo me hablaba de su carácter genuino y espectacular. En el año 2020, me llamó la directora de La Panera, de Lleida, de donde soy. Ella me ofreció hacer una exposición durante tres meses allí, cuando ya tenía más obras, unas 40 o 50. Se expusieron unas 30. Y la verdad es que la cosa fue muy bien, la reacción fue buenísima, no hubo ningún escándalo. Eso me animó a buscarle a todo el conjunto un emplazamiento. Y un buen día, tuve la suerte de que la dueña de este edificio, Liliana Godia, me llamara para ofrecerme el edificio donde ella antes tuvo su fundación y por entonces recalaba la Fundación Mapfre, que estaba a punto de marcharse. Lo visité, me gustó y llegué a un acuerdo. Y aquí estamos como inquilinos, de alquiler.

–El que se ponga en marcha el museo, ¿hace que se tome más en serio el proyecto o tiene que profesionalizar su propia colección?

–Lo que supone es que me rodeé de un equipo profesional, como Rosa Rodrigo para la dirección, o Carles Guerra en la escenografía. Ahora tenemos un equipo en el que yo no soy nadie. A mí lo que me gusta es buscar por Internet, mirar, y cada día encuentro piezas. En los últimos 15 días hemos comprado dos, aunque hemos decidido que vamos a parar las adquisiciones hasta que inauguremos. Y luego, desde que el proyecto es conocido, mucha gente llama para ofrecer cosas que tiene, que conoce… Pero la idea que a veces se tiene del conjunto es equivocado. Se piensa que lo que coleccionamos es arte escandaloso, y no es así, puede ser que haya alguna pieza que lo sea, a lo mejor todas según la persona, no sé. Pero no es por el hecho de que sean escandalosas que están aquí, es porque les ha pasado algo, es porque se ha intentado reprimirlas.

–¿Sigue comprando usted mismo o tiene algún comité de compras?

–De momento, la inminente puesta en marcha del museo paró las compras. Aquí hay un asesor técnico, que es Carles Guerra, que fue director de la Fundación Tapies, y que ha hecho un muy buen trabajo también de comisariado. Y cuando todo esté en marcha la idea sí que es crear un pequeño comité, que no sea ya solo el que selecciona, para darle más discurso al conjunto. Hasta ahora se ha comprado un poco por impulso.

–¿Tiene límite la libertad de expresión? Usted además es periodista.

Yo creo que no. Cuando tú escribes o pintas estás expresando un pensamiento, y el pensamiento es absolutamente libre. Si no lo puedes expresar, entonces no tienes libertad. Si solo podemos tener ideas pero no podemos expresarlas o compartirlas tenemos un problema, aunque luego hay muchos matices. Pero en este país lo estamos haciendo al revés: penamos más la injuria que la calumnia o la difamación, confundimos la calumnia con la libertad de información. Un periodista puede decir que yo he robado 500 millones de la caja del Banco de Sabadell, y yo le pongo una demanda por difamación o calumnia, y es posible que el juez considere que él basó su idea en la información que tenía en aquel momento, aunque no fuese buena, y todo queda en una calumnia.

Estancia con las obras de Charo Corrales y Zoya Falkova (Foto: Inés Baucells)

En cambio, tú le dices a uno que es un hijo de puta y te mete una demanda con la que te condenan por injuriar, por insultar. Insultar está feo, pero solo está feo. Hay gente, colectivos, a los que se insulta, se les injuria, y por ello se considera que tenemos que protegerlos: ahí es donde las cosas empiezan a complicarse. Hay que ver caso por caso. Yo soy un antifascista de mucho cuidado, soy un antinazi, pero no prohibiría el ‘Mein Kampf’. Es mejor explicar bien lo que significa, educar a la sociedad para no caer en él. Preferimos educar enseñando a golpes. La libertad de expresión debería prevalecer.

–Ahora vivimos en plena época de cultura de la cancelación, de toda la filosofía de ‘woke’. ¿Eso entronca también con su colección?

Sí. De hecho, aquí hay una obra de Chuck Close, que murió en 2021. A él le iban a hacer hace un par de años una retrospectiva en la Galería Nacional de Washington, justo cuando saltó todo el tema del #metoo. Y se dijo que Close había abusado de modelos, y el museo canceló la exposición. La colección incluye obra de Close, y lo hacemos para explicar lo que pasó. Tenemos otra que no se expone, de Saul Fletcher, un pintor muy amigo de Brad Pitt, que mató a su mujer y a su hija, y luego se suicidó, lo que provocó una reacción de «este señor no ha existido nunca». Incluso nos costó muchísimo encontrar obra suya.

–¿Tiene un recorrido la presentación de la exposición? ¿Se agrupan las obras por temáticas?

–No, lo único que en el primer anillo, cuando subes, te enfrentamos a lo que nosotros llamamos ‘El manifiesto’. Y hemos escogido unas cuantas piezas que nos parecen emblemáticas, con las que hemos hecho unos audiovisuales, que explican bien esas piezas que ilustran ‘El manifiesto’. A continuación se puede ya hacer el recorrido como se quiera. Luego cada pieza se acompaña de su información, a la que también se puede acceder con el móvil.

–Supongo que los contenidos se irán rotando, que este será un museo vivo.

La idea es ver cómo se comporta el público, cómo se enfrenta a las obras. Nosotros tenemos 200 piezas ahora, iremos adquiriendo más, y por tanto las rotaremos, pero no puedo decirte si dentro de un año o seis meses. A mí me gustaría mucho poder hacer de vez en cuando áreas temáticas. Una, por ejemplo, la política de la cancelación. Otra, ‘Obras censuradas en Barcelona’, para que la gente de Barcelona, y la que está aquí de vacaciones, repare que aquí no somos diferentes a los demás.

–Una semana antes de que le entrevistara, el Ayuntamiento de Valladolid censuraba una obra de Julio Falagán autorizada por la institución en uno de sus espacios culturales. Eso también nos invita a reflexionar que la colección está abierta.

–Si te digo que en un mes hemos comprado dos obras más, y que tengo una listita con otras cuatro, cinco o seis…

–¿Están preparados para algún tipo de acontecimiento de censura en el museo?

–Tenemos un argumentario de crisis preparado. No creo que haya ningún escándalo, pero eso no se puede prever nunca. En Lleida no pasó absolutamente nada. Y a pesar de que era en época pandémica, rozamos los 200.000 visitantes. Era septiembre de 2020, la situación era muy complicada.

Espacios del nuevo museo. Obra de Inés Doujak al fondo
Museo del Arte Prohibido. Casa Garriga Nogués. Barcelona. Calle de la Diputación, 250. Directora: Rosa Rodrigo. Museografía: Carles Guerra.

Texto ampliado del publicado en ABC el 25 de octubre de 2023

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *