Teresa Margolles («El testigo». CA2M)

«El cadáver debe estar sobre las mesas del mundo del arte»

El CA2M, en Móstoles,  es el primer museo europeo que se atreve a hacerle una exposición a la mexicana Teresa Margolles. Su trabajo no es fácil de digerir, atento a las injusticias. Ahora, en Madrid, nos convierte en testigos y nos interroga por nuestras promesas

Teresa Margolles por Ignacio Gil en el CA2M

La promesa, obra central de este repaso a la obra reciente de la mexicana Teresa Margolles (1964), no es un desecho, ni un despojo. Es un desplazamiento. Metáfora de miles de promesas que se le hizo al pueblo de Ciudad Juárez y que acabaron en ruina. En el CA2M, empatizaremos con ellas deshaciendo su estructura con nuestras manos. Dice su autora que ahora está centrada en la «arquitectura forense». Ella, una vez más, se convierte en altavoz del sin voz. En El testigo (título de la muestra) responsable.

La exposición del CA2M se titula “El testigo”. ¿De qué ha sido testigo Teresa Margolles con su trabajo en los últimos veinte años?

De muchas cosas: de un país en cambio continuo, que sube y baja, con brotes violentos en el norte, en el sur, en el centro… Pero, sobre todo, de una conciencia ciudadana que se conforma a partir de lo que va sucediendo. Desde jóvenes a señoras que ya están hasta los huevos…

Son muchos los artistas que se han ocupado de analizar el cuerpo, pero pocos los que se han interesado por el cadáver. ¿Cuáles son las diferencias?

Con el cuerpo difunto, no es que te acerques nada más a él. Es que te aproximas a toda una comunidad. El cadáver está rodeado de lo que fue, una colonia, un pueblo. El cuerpo muerto siempre viene con algo. Si es anónimo y encontrado en la calle, se acompaña de esa tierra, esa sangre pegada, esas miradas observándolo, de esos murmullos y de ese temor. El cuerpo conocido viene cargado de la desesperanza, de la venganza, del coraje, de la ruptura familiar.

¿Cómo nace su interés?

La historia es larga, pero lo importante es que, una vez fotógrafa y dentro del grupo SEMEFO, entro en la morgue, y la curiosidad inicial, el morbo científico, te enfrenta a un cuerpo social, un cadáver acompañado de un informe que te cuenta por qué está esa persona muerta ahí. Y entonces empiezas a comprender el sentido de esos espacios, un receptáculo de historias sociales, mientras te topas con lo que queda fuera: los familiares, los deudos… Te acercas a la historia de un cuerpo abierto, de unos fluidos, de unos vapores, de todo lo que puede poetizarse desde dentro, que contrasta con la realidad cruda que queda fuera: gente desesperada por saber la verdad o clamando para que ese no sea su familiar. Son gente que no tiene para comer y ahora tienen que pagar un ataúd. Sólo una pared te separa de las dos realidades. Y el quid está en poder contar lo que estas viendo, cómo hacerlo, cómo transmitir ese horror a la gente de afuera. Esa pared separadora es la que simbólicamente para mí es el arte.

Vista de la instalación “PM”

Siempre cuenta que el año 2006 fue el año más violento en México hasta esa fecha, lo que la llevó a salir a la calle. ¿Cómo cambia entonces el trabajo con el paso del espacio íntimo de la morgue al público del escenario del delito?

Lo que me llevó a la calle es que, dado el número de asesinatos, quedaba fuera mucha gente ya no anónima, sino con nombres y apellidos esperando cuerpos. Cuando ya estoy plenamente activa trabajando en la calle en 2008, se contabilizaban una media de 5.000 asesinatos anuales. Dos años después se alcanzaban los 70.000. Era imposible abstraerse, sobre todo en el norte del país. En la morgue estaba viendo el cuerpo desmaterializado. Me interesaba trabajar con los vapores y los fluidos. Eran cuerpos desnudos, limpios, en planchas, con un resperto absoluto. En la calle, portaban su ropa, ropa sucia, en cualquier postura… Y la mirada también cambiaba de dirección, de mirar a uno a la altura de los ojos y al otro hacia abajo. En la calle la muerte se convierte en espectáculo público. Un ruido que se contrapone al silencio de la morgue. Y todo eso transformaba mentalidades: los niños, las amas de casa, la gente de a pie, de repente se topaba con masacres, aunque no quisieran. El SEMEFO se llevaba los cuerpos, pero nadie se enargaba de limpiar los restos. La sangre se secaba, se convertía en polvo y, aunque no quisieras, te caía en la cara cuando se levantaba. En Juárez o Tijuana el viento es muy normal. Aunque pensaras “a mí nunca me va a tocar”, “yo no tengo que ver con esto”, la sangre convertida en polvo te golpeaba en la cara. Era imposible continuar en la morgue porque la reflexión estaba fuera.

Los últimos proyectos -algunos recalan aquí- se centran más en la arquitectura. ¿Es otro punto de inflexión?

Es posible. Pienso que ahora estoy más en contacto con el día a día, con la gente, más que con el cadáver. Estoy más con el que se queda. Cada asesinato es una tragedia, porque destroza una familia. Pero afecta también a vecinos, amigos, compadres… Ahora me interesa más escuchar, saber de los que se quedan. Por eso me interesan sus casas, porque de alguna manera se parecen a nosotros. Cada casa abandonada, cada casa destrozada, es un nuevo cadáver.

Curiosamente, el recorrido de esta exposición es circular.

He de decir que todos los trabajos vienen a contextualizar a la pieza La promesa. El recorrido se inicia con la instalación PM 2010, las portadas de un periódico local del año más violento en México que se vivió en el norte. Ya no es así, pero no se nos puede olvidar, porque era nuestro día a día. Era con lo que te levantabas, con lo que convivías, con lo que la gente de Juárez se desayunaba para ir al colegio. Mientras dormías eso es lo que pasaba en otro punto. Este periódico no está digitalizado y a los tres meses destruyen sus excedentes. Se distribuye a partir de la una de la tarde, de lunes a sábado. Es muy popular, pero aunque no lo quieras leer, sirve para envolver la carne que te llevas a casa, para armar las piñatas infantiles… Aunque no lo quieras, lo tocas, lo ves. Es una forma imposible de negar lo que está pasando en la sociedad. Es un periódico amarillista pero su número de cadáveres son reales.

La siguiente obra es una pieza sonora que evoca los espacios en los que se encontraron cuerpos de personas asesinadas. Su título es El sonido desde la muerte, lo que te puede hacer pensar en una película de Hitchcock, pero lo que realmente interesa es que esos espacios son la mar de cotidianos. Lo que se escuchan son coches, gente hablando, niños jugando… No hay un lugar especial para que te maten. Es donde te encuentran. Esta pieza ya se vio en Vigo en una muestra comisarida por Gerardo Mosquera.

La siguiente serie es la titulada Esta finca no será demolida (2009-2013). Tengo más de cien fotos de casas y espacios que han sido abandonados, unos por presión, otros por extorsión, por incendios, porque al cerrarse “maquilas” (fábricas) no se podían cubrir gastos… En todos los casos, hablamso de desplazamientos forzados de la ciudad. La gente con dinero se pudo pasar a El Paso o a Veracruz, pero la que no se pudo mover se tuvo que quedar y vivir con el devastamiento. Eso nos conduce a un vídeo, grabado en Anapra, una zona de Juárez que desde la época de la revolución ha tenido problemas con los “paracaidistas”, esto es, terrenos no legaliados que nace de asentamientos irregulares. Están pegados al borde de Estados Unidos, en Juárez, por lo que es una tierra muy cotizada. No crece porque los partidos políticos se han peleado los pocos logros que ha dado. En el vídeo, unos niños dentro de un coche están gritando “¿cómo salimos? ¿cómo salimos?”. Me parecía muy simbólico de cómo la mayor parte de la juventud de México está secuestrada por el narco. Ellos les dieron unas expectativas que no les pudo dar el gobierno y con 18 años quieren tener objetos materiales, cuando han nacido y crecido en la miseria. El narco les ofrece hasta una familia.

“El testigo”, fotografía de Teresa Margolles

Y finalmente acabamos en La promesa. Todas estas piezas anteriores sirven para contextualizar esta obra que es la trituración de una casa que perteneció a una familia y de un área en el que se produjo un crecimiento desmedido de domicilios en Juárez, en pleno desierto, donde crecieron las maquilas que se convierten en el centro. Estas casas van haciendo como pequeños pueblitos. Yo les preguntaba a los niños sobre qué les hace ser de Juárez, si lo que les une está tan lejos de allí. Aquí solo les ata su maquila. Es como en la época de las haciendas mexicanas. La casa de la pieza había pertenecido a dos personas, a una que asesinaron y otr a a la que extorsionaron. Ellos «dejan» la casa, yo la compro y la trituro. Pero en vez de hacerlo de una vez, la fuimos desmotando de manera casi artesanal, en once días. De Juárez la llevamos al DF. Era la ruta que seguía la migración a la inversa. Hubo mucha gente que se movilizó y se trasladó en su día a Juárez buscando una vida mejor, para dar un bienestar a sus hijos. ¿Con qué se encontraron? Secuestros, sicarios, muertes… Hay gente que luego huyó hasta dejando a los perros amarrados en la puerta del miedo. Un miedo real. ¿Qué es lo material comparado con la vida? Pero la gente que no se podía ir se quedó entre casas abandonadas, destrozadas, convertidas en tiraderos de basura y de cuerpos. ¿Cómo decirle a tu familia que merce la pena ser honesto, entonces?

Esta cita casa muy bien con cuestiones que el CA2M se ha propuesto reflexionar con cada uno de sus proyectos. Una de las preguntas que se plantean sus responsables es cómo debe representar el arte los conflictos.

En mi caso, con testimonios. Yo he entrevistado a un montón de gente y, sobre todo, a gente muy ligada a mí, gente que conozco, No voy a la aventura. Eso hace que las respuestas sean muy directas: La señora que limpia en casa de mis amigas y a la que le asesinan a su hija en 2010; a una de mis mejores amigas, su marido;  la nieta que es violada… Llevo diez años en Juárez y de no conocer a nadie se pasa a ir abriéndote a una red  de afectadas. Mi admiración absoluta a una sociedad que se levantó, que se levantó de la pena. Y yo creo que aún está en shock. Por eso aún me hago muchas preguntas al respecto. Cómo, en pleno 2014, se reconstruyen las ciudades. Pienso en Alemania. Cómo se construyó Europa. Si todavía en Juárez se oyen los tacones de las mujeres caminando sobre los escombros. Qué es lo que se va a hacer. Qué es lo que sigue en una ciudad de constante cambio. Ha bajado mucho el crimen (de 200 asesinatos al mes a 50, que aún son muchísimos). Pero lo que era Juérez, un lugar de frontera, de música, de comida, desapareció. ¿Qué se va a construir y cómo? ¿Y cón qué nos quedamos? ¿Olvidamos todo y hacemos tábula rasa o aceptamos que mantener un edificio en ruinas es mantener la memoria de sus habitantes?

¿Son el arte y el museo los mejores escenarios para dar respuesta a todo esto?

Como artista, esta es mi trinchera y no sé hacer otra cosa. No soy activista. Soy artista y creo que sí es necesario poner en el mundo del arte y sobre sus mesas al cadáver. Hay que hablar, reflexionar alrededor de él, alrededor del dolor, del vacío. No es el único tema que deben tocar los museos. Menos mal que los jóvenes de Juárez que perdieron parte de su niñez y su adolescencia se pusieron a trabajar. Y ahora salen con cámaras y con los artistas, con preguntas y deseos. Muchos ya no quieren hacer nada que tenga que ver con la sangre. Eso es bueno. A mí me encantaría tratar otros temas, pero mientras haya un asesinato siento que tenemos que estar allí, ser los testigos. Si se hiciera un juicio sobre quién asesinó ese centro histórico, ¿quiénes serían los testigos? Los árboles que se quedaron ahí, acribillados a balazos. En Noche y guerra, la película, se esboza muy bien cómo el árbol de Goethe se vio rodeado por los campos de concentración. Ese es un recordatorio vertical, no caído.

Un momento de la performance “La promesa”

Hay que rconocer que sus instalaciones, muy poderosas, en algunos casos han sido muy bellas. ¿Se corre el riesgo de caer en el efectismo, de que la entrada en el museo anestesie la carga de denuncia?

Hay piezas como las bancas de cemento hechas con el agua de cuerpos y que estaban en el Jardín Botánico de Culiacán, mi pueblo. Buscamos un lugar idílico para ser situadas. Yo quería que la gente se sentara para reflexionar sobre nuestros muertos. Pero todo era tan bello que se olvidaba el origen. Por eso mandé hacer un epitafio, grabado como una tumba. La metáfora es que puedes disfrutar de la belleza, pero la reflexión no se puede olvidar. Tienes que saber donde te sientas. A veces quisiera no tener que utilizar la sangre, ser tan directa, pero es necesaria. No se nos puede olvidar el origen. Para mí la de PM es una pieza muy dura. Me cuesta pensar que eso se vivió. Ahora que lo veo despacio y que hay una distancia, me cuesta pensar que anduvimos por ahí, que hubo niños jugando por ahí. Me parece una ficción.

En el catálogo, es Eyal Weizan el que argumenta que hoy somos muchos los espectadores pero pocos los testigos. Usted incide en la responsabilidad del que mira.

Somos responsables porque miramos. Mi mirada me llevó a la denuncia. Los artistas jóvenes ahora denuncian produciendo. Las madres de Juárez le dieron un gran ejemplo a México. Fueron las primeras personas que, como testigos, empezaron a reclamar. Pienso por ello que no se nos puede olvidar el vecino asesinado o el que se fue. Porque fuimos testigos de cómo ocurrió aquello. Weizan acuña el concepto de “arquitectura forense”. Sirvió para darle nombre a lo que yo estaba haciendo.

¿Nota diferente la mirada del mexicano que la del español cuando se enfrenta a las obras?

Yo creo que España, en las exposiciones que había hecho hasta la fecha, no se había identificado tanto. Ahora este país se esta acercando más, a causa de la crisis. Aquí se han producido desalojos, privatizaciones de servicios públicos, abandono de calles… Yo vivo en Usera, que es una zona de latinos, chinos, eslavos… Una zona que está muy abandonada ahora. Todo está sucio. El Retiro no tiene nada que ver, donde todo es impecable. Hay gente buscando comida en los contenedores. Gente durmiendo en la calle mientras hay edificios en los que vive una única persona. La promesa  aquí se activará por gente de Madrid. Entonces dejará de ser una pieza mexicana y se convertirá en una obra española, que tiene que ver con lo que sucede aquí.

Esta es una escultura inconclusa. Nunca logra fraguar. No lleva cemento. Es el agua con los fragmentos, que se vuelven a unir. Y se quita con las manos. Son esas promesas siempre inconclusas. Viene de Alemania ahora mismo, es decir, de países donde el capitalismo funciona. Y viene recorriendo caminos de conflictos. Baden Baden es una zona de turismo, absolutamente rica. La gente que la comenzó a activar también tenía sus promesas, que se habían cumplido. Pero querían experimentar las promesas ajenas. No sé si se seguirá moviendo. El CA2M fue muy generoso en querar traerla aquí. Además esta es mi primera individual en un museo. Eso me emocionó mucho. Aquí queda bien contextualizada con el resto de las piezas. Porque esa pieza no es un escombro. Es un desplazamiento de una familia. Hablo del vacío. Cosas muy dolorosas.

Fotografía de la serie “La promesa”

¿La muestra en su conjunto es entonces un canto de optimismo o una constatación de que nada cambiará?

No lo sé. Cuando veo el PM y veo que de alguna manera está mejor Juárez, sí que me alegro. Pero, lo que sigue quedando en Juárez y que no se ha movido ni un milímetro es la situación de las mujeres. Yo fui a Juárez precisamente por eso en 2004, algo que no conocía pero que me atraía. Estaban matando y desapareciendo mujeres, algo que no me entraba en la cabeza. Y cuando voy es cuando comienza esta violencia de fuego que nadie sabe de dónde vino. Entonces, se acaba el problema de las mujeres para el gobierno. Le vino muy bien.  Ahora que baja la violencia, queda lo mismo que había. El centro histórico está tapiado de fotocopias de fotos de niñas y mujeres desaparecidas. Si no se soluciona eso, lo que se construya se va a volver a caer. No sé por eso si soy optimista.

¿Eso es lo que la ocupa ahora?

Así es. Estoy donde empecé. Si se va a construir se hará sobre esos cadáveres de nuevo. Son mujeres que no mueren, sino que desaparecen. ¿Qué es eso? No tiene figura legal aquello. Pero algo sucede con esas personas. ¿Cómo es la sociedad en la que vivimos para que haya mujeres que se quieran ir?

Margolles por Ignacio Gil
Teresa Margolles. «El testigo». CA2M. Móstoles. Avenida de la Constitución, 23. Comisaria: María Inés Rodríguez. Http://www.ca2m.org. Hasta el 25 de mayo de 2014.

 Texto extendido del publicado en ABC Cultural el 22 de febrero de 2014

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *