Balance de ARColisboa 2022

ARCOlisboa 2022 habla ‘portuñol’, leyendo los labios

Dicen que no hay quinto malo y, tras dos años de parón por la pandemia, la edición portuguesa de la feria de Ifema retoma su actividad en Lisboa con una feria asequible en tamaño, ‘inabarcable’ en calidad y posibilidades

Un visitante de la feria se detiene en el estand de Heinrich Ehrhardt

ARCOlisboa cumple estos días cinco ediciones, que en realidad son siete años, pero, como a todo el mundo, los dos últimos se le atragantaron en forma de pandemia y versión digital. Es por eso que la entrega que arrancó ayer para profesionales y que se extenderá hasta el próximo domingo es ofertada por sus organizadores como “la edición del reencuentro físico con el arte contemporáneo (¡chúpate esa, NFT, que te dejan relegado a simple charla en los denominados Millennium Art Talks) en la capital lusa”, aunque deja abierta la ventana de los ARCO E-Exhibitions, si es que alguien hizo uso alguna vez de ellos, activos en la red desde el 13 de mayo y disponibles en la web de la feria para los que no puedan acercarse a la Cordoaria Nacional, sede a la que es fiel desde 2016.

La franquicia portuguesa de Ifema llega con cambios (aunque el más significativo es el de ser la primera feria desde 2019 a la que podemos asistir sin mascarilla, algo que se agradece, dadas las altas temperaturas en estas jornadas, también en el país vecino. Eso no nos sucedía desde ARCOmadrid 2020, donde se hacía tan raro ver a gente con cubrebocas como descubrir que hay quien la lleva en mayo de 2022 en la feria portuguesa). Entre los más evidentes, la reducción de sus jornadas a cuatro lo que ha perjudicado a JustLX, la otra feria española que también repite en Lisboa y que siempre atrasaba su presentación un día a la de ARCO para favorecer “el flujo” de visitantes. Esta se celebra este año en el Palacio de Congresos de la capital, lo que las aproxima y genera un circuito interesante.

Obras de Mónica de Miranda en el estand de Sabrina Amrani

Sin embargo, ARCOlisboa le sigue siendo leal a sus esencias,como la de celebrarse en la Cordoaria, donde se despliegan ahora 65 galerías de 14 países, frente a las 45 con las que se inició hace siete años. La arquitectura de este edificio histórico contrasta con la frialdad de Ifema, e invita al tránsito sosegado, a la contemplación, y al disfrute de las obras y las charlas, algo impensable en Madrid. Los únicos peros son el elevado calor (se agradece cuando a la caída de la tarde entra “la fresca” por los grandes vanos; pero se valoraría más que se notara la “excepcionalidad ibérica” y se encendieran los aires acondicionados a pesar del precio del kilovatio/hora); y el suelo, en el que los todavía existentes rieles de las vagonetas empleadas en esta antigua fábrica, pese a intentar disimularse con moqueta (un elemento tan dosmiles que creíamos ya desterrado de las ferias), provocan más de un tropezón y el consiguiente aterrizaje en las obras expuestas. En el tiempo dedicado por este crítico durante la inauguración contabilizó tres esguinces.

Lisboa pues, y no Madrid, invita más a alzarse con el reconocimiento de “feria de descubrimientos” por esa posibilidad que ofrece de detenerse en los estands, cuyo recorrido es más orgánico y ordenado que en la capital española. Y ahí llega una de las novedades de este año: una tendencia a proyectos más definidos que persiguen el correcto diálogo entre los artistas. En un buen número de casos, y sobre todo entre las galerías españolas (el país más representado en estánds después de Portugal), una especie de SOLO/DUO (aunque esta marca no se importa desde España) entre un creador luso y otro español. Así ocurre con Belén Uriel y Luís Lázaro Matos en Mandragoa, o con Mar Arza y Diogo Pimentao, en el exquisito espacio de Rocío Santacruz en la feria.

Otros aspectos distinguen a la “hermana mayor” de la mayor. El más evidente, su público, lo que se refleja no tanto en su apariencia como en el “tamaño de las obras” que se pone a su disposición. No les digo más que una firma inmobiliaria vende pisos entre tanta contemporaneidad. Eso no pasa ni en Londres… Pero más significativo para un español es la pérdida del “vínculo latino”, en el adn la feria madrileña, con el deseo de Lisboa por conectar con África, donde se encuentra su ‘pasado colonial’, ese que no se puede mencionar tal cual porque no casa con la susceptibilidad de estos tiempos.

Obras sobre papel de Paula Rego en los pasillos de la feria

No en vano, ARCOlisboa cuenta con un espacio comisariado por Paula Nascimento titulado “Africa em foco” donde países de estas latitudes o de otras (europeos pero con conexión con sus artistas) intentan mapear su realidad creativa. Ahora bien, sin entidad suficientecomo para generar un ámbito propio en el salón y diseminando sus propuestas a lo largo de la feria. Quizás esto se deba a que es a su vez un talón de Aquiles de la misma, algo “obligatorio” pero sin mucho donde rascar, donde se impone cierta figuración expresionista “normativizada” o un exotismo políticamente correcto, conservador y que no hiere a nadie (Hablando de conservadurismos:¿saben que en ARCOlisboa no hay ni un solo vídeo expuesto? ¡Adoro esta feria!). Pese a tanto pensamiento catastrofista por mi parte, hay algunos nombres que conviene rescatar. Como los de Angela Ferreira en Arte de Gema, Keyezua en Movart o René Tavares en This is Not a White Cube.

Si que comparten Madrid y Lisboa granero de galerías jóvenes, la sección Opening, que en Portugal cuenta con un anexo específico separado del Salón General. Allí Chus Martínez y Luiza Teixeira de Freitas desarrollan un nuevo formato curatorial: el de los expositores sin cartelas. A partir de ese momento se imponen varias posibilidades. La más lógica, la de dedicarse a preguntarle a diestro y siniestro que artistas llevan. Además, con esta se hace amigos. La que genera interesantes coreografías es la de acercarse a las mesas para intentar leer de soslayo los nombres en las carpetas de los galeristas. Por último, resta aquella por la que optan muchos: jugar al “creo que es” o directamente pasar por delante. Después de practicar el portugués, regresar al español o intentarlo con el inglés se llega a la conclusión de que aquí las responsables de la sección optaron por los diálogos entre dos artistas en cada “no estand” (otra modernidad).

El premio otorgado en este sector por, entre otros, Aaron Cezar, Florence Ostende y Agustín Pérez Rubio, recayó en el maridaje orquestado por la georgiana ArtBeat, ni de lejos lo más interesante. Van a tener la suerte de saber que sus artistas son Nika Kutateladze y Nato Sirbiladze porque, como muchos expositores, han terminado escribiéndolos con lápiz sobre el muro ante tanto desconcierto. Yo les invito a detenerse ante el Joao Gabriel de Lehmann Silva, el revelador luminoso de Ana Pérez Quiroga en No.No, o los diálogos de Alice Guittard e Inês Zenha en Doble V, los de Ixone Sadaba y Susana Rocha en ATM, Vicente Blanco y Luisa Jacinto en Silvestre o Lucía Bayol y Andrés Izquierdo, en Intersticio.

Una mujer consulta las piezas de Mar Arza y Diogo Pinto en el espacio de Rocio SantaCruz

A partir de aquí, déjense llevar por las propuestas, de gran nivel, que traen las galerías. Desde las que se estrenan (como Elvira González–con Barceló, Mapplethorpe u Olafur Eliasson, entre otros–, Galería de las Misiones, –con un histórico como el uruguayo Carlos Carnero– o Heinrich Ehrhardt –Secundino Hernández, Fernando García y Julia Espínola casan allí a la perfección–), a las que son ya “de la casa” en este salón: Vera Cortés (Bunga, el grafitero Vhils, Gonçalo Barreiros o los ‘maceteros’ de Celine Condorelli), Pedro Cera (Antonio Ballester Moreno o Adam Pendleton), Bruno Murías(Calçada Bastos), Filomena Soares (Delio Jasse y Feranda Fregateiro) o Fernando Santos (Pedro Calapez). Con ellos aprendemos una lección magistral (y tampoco tan difícil): hay que cuidar a nuestros ‘mayores’. Aquí no hay reparos en llenarlo todo de Helenas Almeidas, Jose Pedro Crofts, Cabritas Reis y Joanas Vasconcelos, o lo que se tercie. Paula Rego, por descontado, no podía faltar (Galería 111).

Yo les aporto mi lista de la compra, susceptible de ser ampliada o modificada por ustedes: históricos como Julio Le Parc, en Poligrafa, o Matisse, Gargallo y Tàpies en Leandro Navarro; también entra en esta categoría el Chaves Barcellos de Zielinsky. Ángela de la Cruz (la artista más repetida) en Helga o Krinzinger. Cierta belleza no reñida con el contenido político de Mónica de Miranda en Sabrina Amrani y Carlos Carvalho (en su estand también me quedo con el maridaje fotográfico y poético de Os Especialistas y Gonçalo Tavares). Los móviles de papel de Aurelia Muñoz en José de la Mano. El hipnótico dibujo a lápiz de Pedro Paixao (Galería 111). Y los estands de Juan Silió, Alarcón Criado y T-20.

Lienzos de Antonio Ballester Moreno en el estand de Pedro Cera

Si aún les sobran fuerzas, en esta feria que no tiene VIPs, sino “Guests”, todavía les queda una segunda en su seno, ArtsLibris, que, todo hay que decirlo, en Lisboa parece un supermercado robado, pese a contar con 31 editoriales como expositores. La desgana de este ámbito llama la atención (¿será eso la ‘saudade’?). Pero hay aquí una diferencia fundamental con respecto a Madrid, que ya podría aplicarse el cuento: la entrada es gratis e independiente de la del salón general. En Madrid, sus 40 euros frente a los 15 de Portugal a veces supone una inversión mayor que algunos de los libros que se pueda adquirir allí. Y una segunda cosita para implementar: que el sábado, por la tarde, los jóvenes entre 18 y 25 años no pagan. Se hace eso en Ifema y se arruina.

Espacios de ArtsLibris en la feria de Lisboa

Texto publicado el 20 de mayo de 2022 en la web de ABC Cultural 

 

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