Isabel Villar: «Viendo como está el mundo hoy, lo mío es pura utopía»

 «Viendo como está el mundo hoy, lo mío es pura utopía»

Con ‘Leones en el jardín’, Salamanca homenajea en el DA2 a una de sus pintoras predilectas. Una mujer que defendió un estilo personal, onírico, figurativo, lejos de las modas

Villar, en su estudio en Madrid – José Ramón Ladra

Es Isabel Villar (1934) de las pocas creadoras que pueden tener a gala el haber hecho siempre lo que le ha dado la gana. Fue figurativa cuando se imponía la abstracción; tremendamente femenina (asociando eso a lo ingenuo y lo ‘kistch’, algo por lo que ahora el feminismo radical se la llevaría por delante) en un mundo dominado por hombres; ilusionante y colorista en una España de ‘grises’… Y todo ello, porque, como confiesa, ella «solo quería pintar». El DA2 (luego el CEART en Madrid) recorre ahora su trayectoria, un ejemplo de libertad –y un redescubrimiento– para las nuevas generaciones.

La muestra del DA2 se concibe como una especie de retrospectiva de intereses pictóricos que abarcan más de 50 años. Es posiblemente la más completa hasta la fecha. ¿Considera que el reconocimiento le llega tarde?

Hombre, me habría gustado que se hubiera celebrado antes. Me pilla con la salud delicada, problemas de visión, pero más vale tarde que nunca, que dice el refrán. La gran ventaja es que desde el centro se están ocupando de todo. El comisario, Sergio Rubira, al que yo no conocía, me parece un chico muy válido. La muestra se organiza entre el DA2 y el CEART de Fuenlabrada. Ambas instituciones se han encargado de los préstamos, de solicitar las obras a colecciones privadas y recoger las que yo tenía. Me han dejado el estudio vacío.

¿Le llama la atención que se la organice un comisario tan joven, es decir, que otras generaciones se interesen por su obra?

Me está pasando mucho últimamente. Pero es que de mi generación ya casi no queda nadie. Es algo en lo que reparé cuando se preparó el catálogo de mi última cita en la galería Fernández-Braso. Ahí se incluía la nómina de todos los que han escrito sobre mí y el 80 por ciento ya no sigue vivo. Moreno Galván, Calvo Serraller, Carmen Martín Gaite, con la que intimé bastante al ser ella de Salamanca y que me hizo un prólogo para una carpeta de obra gráfica… Para el de la galería, el texto lo compuso una escritora muy jovencita, Sabina Urraca, otro Estrella de Diego, a la que tampoco conocía… Ahora de vieja es cuando estoy descubriendo que mi obra gusta.

Una de las obras de la pintora en la exposición salmantina

¿Significa eso que ha creado escuela sin darse cuenta?

Crear escuela, no, porque nadie ha seguido mi camino, ¡No pinta nadie como yo! Eso es ahora una ventaja porque el que ve un cuadro mío lo reconoce al instante. Yo he pintado así desde que acabé la escuela, prácticamente. Cambio los temas pero no el estilo. La última exposición en la galería era de mujeres acompañadas de animales salvajes. Viendo como está el mundo hoy, lo mío es pura utopía.

‘Leones en el jardín’ es el título de la muestra. Eso condensa dos de sus intereses: los paisajes o espacios abiertos y los animales. No hay alusión a lo femenino, pero es otro motivo por el que es reconocida. ¿Qué ha pesado más o cómo ha combinado todo?

Cuando estaba en la escuela, en la que casi todo eran hombres, fíjate cómo sería la cosa que teníamos que firmar con el apellido. Sin embargo, yo tuve la suerte de que a Eduardo Sanz, pintor que terminó siendo mi marido, le gustaba lo que yo hacía y me animó a seguir con aquello en lo que yo creía. En esa época todo el mundo se volcó además con la abstracción, pero a mí siempre me gustó la figuración. No solo eso: me puse a hacer algo que se notara que yo era “muy femenina”, que no se disimulara. Fue cuando comencé a componer unos cuadros que firmé con mi nombre completo, muy matéricos, pero con mis temas figurativos.

Que han sido muchos…

Pinté hasta gitanas y toreros, era la serie ‘España cañí’. Tengo que admitir que siempre me ha ido muy bien y que he vendido. Tampoco es que tuviera unos precios desorbitados. He pintado ángeles, familias (entre cuyos miembros introducía animales, siempre salvajes, nunca perros, gatos o gallinas), y que copiaba de los álbumes familiares de fotos que me pasaba mi abuela. Ella fue la que me habilitó mi estudio en un bajo de la Plaza Mayor de Salamanca, que tuve hasta después de su muerte, cuando ya me había casado y me había ido a vivir a Santander.

Dice que se recuerda de siempre dibujando. ¿Cuándo comienza su andadura la Isabel Villar artista?, ¿cuándo se da cuenta de que aquello iba en serio?

Desde bien pequeña dibujé. El Día de la Mujer hago 88 años y me acuerdo de los recortables con los que jugaba de niña, que se llamaban “Mariquita”, con unos personajes femeninos a los que yo les recreaba sus maridos, sus niños, otros trajes… Lo hacía para mí y para mis hermanas, una mayor y otra más pequeña. Hubo unos años que vivimos en Ávila, porque mi padre era ingeniero de montes y le destinaron allí, donde teníamos una casa frente a un parque. Cuando llovía, yo con un palo dibujaba el parque entero sobre la arena mojada.

Una de las obras tempranas de Villar

Para ingresar en San Fernando solo pedían tener buena maña con el dibujo. Dejé el colegio en cuarto de bachillerato, antes de la reválida, porque las matemáticas nunca me gustaron. Lo hice para asistir más a una academia de dibujo en la que me prepararon francamente bien. Tuve suerte en San Fernando, ingresé a la primera. Allí coincidí con Manuel Alcorlo como compañero. En breve inaugura también exposición en el MARCO de Vigo Alfredo Alcaín, que también era de mi curso y gran amigo aún. En la galería Sen coincidí con él, con Luis Gordillo, con Eduardo Úrculo, que vivió mucho tiempo en mi casa…

Afirma que en su época no era difícil dedicarse a la pintura como mujer, pero sí ser pintora.

En Madrid yo recalé en la antigua residencia de señoritas, que acabó en manos de la Falange, pero que por entonces era un lugar estupendo en el que coincidí con Teresa Gaite. No había acabado aún la carrera cuando se convocaron unas exposiciones al aire libre que se hacían en El Retiro, muy famosas (en ellas participó, por ejemplo, Juan Genovés), para las que fui seleccionada. Fui la única mujer. Y mis compañeras, que debíamos ser una nueve o diez, se dedicaron todas finalmente a la enseñanza. Yo era algo que tenía claro que no quería para mí, pues eso acaba con el tiempo necesario para pintar mis cuadros.

Me interesa eso que ha mencionado de que su estilo fue pretendidamente «ingenuista y femenino», de tener que luchar en un mundo exclusivamente de hombres.

Es algo que me fijé desde muy pronto. Independientemente de que mis mundos hubieran parecido hasta entonces muy infantiles. Recuerdo que en casa yo hacía los ‘christmas ‘de la familia, que llevaba a casa de mi abuela y allí vendía a otros familiares. Llegué a componer yo misma los recordatorios de comunión para mi hermano el más pequeño… No me resultó difícil apostar por esos mundos tan ingenuos. Fui intencionadamente ingenuista.

¿Y lo ha sido siempre, Isabel? Lo digo porque cuando ha habido que cargar las tintas de lo político lo ha hecho…

No he hecho muchos retratos, la verdad, pero durante la Transición sí que retraté a Pablo Iglesias, a Besteiros y Fernández de los Ríos porque creí que tenía que hacerlo. ¡Fíjate! El otro día, que murió Paco Gento me acordé de que, recién casados, le hice a él otro, que era muy amigo de la familia de Eduardo, pintores industriales pero muy futboleros. Él era encantador pero muy tímido. Luego dejamos de verlo, aunque hemos vuelto mucho a Santander, sobre todo los veranos. Allí se abrió hace 15 años un museo en el Faro de Cabo Mayorcon los cuadros de faros de Eduardo. Incluso nosotros hicimos nuestra propia colección de obras de otros artistas con este motivo, los faros. Teníamos obras de Pérez Villalta, de Arroyo, de Úrculo, de Luis Sáenz, de nuestro hijo, que también es pintor…

Fue Soria Aedo el que acusó a las mujeres artistas de inscribirse en Bellas Artes «para encontrar novio». El caso es que usted terminó casada con un pintor.

Recuerdo que cuando ese profesor nos hizo ese comentario, una de las chicas enfureció: «¡Si quisiéramos cazar marido nos habríamos inscrito en ingeniería o arquitectura!», le respondió. Pero conmigo acertó, algo de razón tuvo. Me refiero a que me casé con un pintor. Otra salmantina lo hizo con Pepe Carrilero, que aunque es menos conocido es un magnífico escultor; mi amiga Matilde lo hizo con otro artista y acabaron ambos de profesores en Bellas Artes de Bilbao… ¡Las tres salmantinas! Teresa Gaite no, porque ya traía el novio puesto, un medio pariente nuestro que estaba estudiando medicina. Ella fue una gran pintora, pero desafortunadamente lo dejó.

Ángeles en Isabel Villar

¿Cómo se influyeron el uno al otro?

Eduardo me apoyó siempre mucho. Él era muy forofo de mi trabajo y yo del suyo. Él siempre tuvo un aire más moderno por la influencia que recibió en el taller de sus hermanos. Todos ellos dibujaban muy bien. Nuestros estilos no eran parecidos pero él siempre fue muy hábil. Cuando algún compañero me invitaba a mí o a Teresa al cine o al baile, él, muy serio, decía que se quedaba pintando. Pero en una ocasión nos convenció para quedar los domingos para practicar paisajismo. ¡Tanto fuimos que gané un premio! Una residencia de pintura en Segovia, un verano. Él también ganó una plaza. Aparte de ser marido y mujer, fuimos grandes compañeros. Y un buen crítico de mi obra.

Sí que se la considera pionera del feminismo en España. ¿Esto es algo que se hace por supervivencia o conscientemente?

[Ríe a carcajadas]. Yo siempre he hecho lo que he querido hacer. No me he sentido distinta a mis compañeros varones. Y tuve la suerte de que en la escuela nos apoyamos todos mucho. Sigo tratando con los pocos que quedamos. Siempre he tenido muchos amigos pintores…

Hubo una Isabel Villar escultora, que la exposición rescata. ¿Por qué se cortó esta vía?

Realmente yo hice unos pequeños bocetos en barro, con muñequitas de madera, pero que no puedo considerar esculturas, aunque la estudié en la escuela. Pero me gustaban estas obras, a los que incorporaba jardines en madera, las decoraba… Durante una temporada hice bastantes. En Sevilla se conserva alguna en algún museo. Me servían como maquetas para cuadros, como el que tiene en propiedad el Museo Reina Sofía y que han prestado para la exposición. Y si dejé de hacer esas maquetas, como la rosaleda para el Reina, es porque no dejaban de robarme las muñequitas. Hasta de la del Museo Reina Sofía robaron una que tuve que repetir.

Es curioso, leyendo los textos de Rubira y del catálogo para Fernández-Braso, la cantidad de nombres de artistas a los que no ha hecho justicia la Historia. ¿Se siente de alguna manera abanderada de ellos?

En absoluto. Y a mí, que me conozcan o no me da un poco igual. Yo quise ser pintora porque era con lo que más disfrutaba. Cuando hablo con Alcaín comentamos mucho la suerte de poder seguir dedicándonos a lo que más nos gusta en el mundo. Eduardo también pintó hasta el último momento. Eso es una suerte. Antes, en el Museo Reina Sofía, cuando moría alguien, se le hacía una antológica, más pronto que tarde. Yo allí he visto cosas de Lucio Muñoz, de Millares, pero ahora ya solo se dedican a la gente joven.

¿Le damos un tirón de orejas a los museos españoles, que no cuidan a sus padres y sus abuelos?

Mira, a mí, como además no tengo similares con los que compararme, ni en colectivas me pueden incluir. Conocí a todo el grupo de Realistas de Madrid, del que solo queda Antonio López, pero ni ahí caso. Quizás es que la pintura esté pasada de moda…

Una de las esculturas de la creadora

Quizás se le conozca menos por estos trabajos, pero también ha realizado portadas de discos y carteles de películas. ¿Se maneja bien en el encargo?

En realidad hice muy pocos. Un cartel para Martín Patino, que lo conocía por ser de Salamanca. Pero realmente yo hacía un cuadro. Toda la tipografía posterior era cosa suya. Un retrato de María Dolores Pradera para una portada de un disco, ella sentada con un león a los pies, para que se viera que era mío….

Apostar por la figuración en pleno auge de El Paso también era posicionarse.

¡Es que todo el mundo hacía lo mismo! Y aún así yo expuse mucho.

¿Vive ahora un momento dulce la figuración?

No lo sé. Yo ando muy metida en casa, salgo muy poco. Conozco pocos artistas jóvenes.

Hemos hablado poco de sus ángeles, el cuarto elemento de su imaginario…

Hice una exposición en la galería Sen que era sólo de ángeles. Llegué a la conclusión de que la peor raza es la humana. Y por eso, tanto animal en mis obras. Lo que hacemos los hombres, matándonos los unos a los otros, es horrible. Los animales, por muy salvajes que sean, matan para alimentarse. También está la Naturaleza. Ahora tenemos una mayor conciencia ecologista, pero yo en los setenta ya pintaba a mujeres en jardines, además, todas desnuditas. Me hizo un reportaje TVE que salió en el telediario, pero me censuraron los desnudos. Solo pusieron jardines y más jardines. Me llamaron los reporteros, que fueron muy amables, para disculparse porque les habían censurado.

La mujer, gran protagonista de sus cuadros

La obra que se vio en Fenández-Braso, el pasado año, ¿es su obra más reciente?

Eso es casi lo último. Después he pintado un par de cuadros. Aunque no he tenido que preocuparme mucho por la exposición del DA2, a mí me ha descolocado bastante. Ahora me tendré que someter a alguna intervención quirúrgica, por la vista, y cuando pase un poco, volveré al taller. Haré lo que pueda. Sé que el cuerpo empezará a fallar algo más.

Nadie diría que esos cuadros que vimos allí son de una mujer de casi noventa.

Pues lo son. Quizás no se transmite porque sigo disfrutando mucho con lo que hago. Ahora ya solo pinto por las mañanas. Bajo a las ocho al taller, porque duermo mal, y estoy hasta la una o así en el estudio. Por la tarde he descubierto que me gusta cocinar. Y me dedico a hacer la comida para el día siguiente.

¿Qué retomará cuando vuelva al taller?

No creo que se desligue mucho de lo que se vio en Madrid. En Fernández-Braso presenté cuatro cuadros alusivos a las cuatro estaciones. Se vendieron dos. Ahora quiero, no repetirlos, pero sí reemplazar las dos piezas que faltan. Me gusta tirarme a los cuadros. Yo casi no los dibujo. Mancho el lienzo y voy dibujando según profundizo en él.

Sí que había oído que tenía esa costumbre: reemplazar con similares piezas que le gustan y de las que se ha tenido que deshacer.

Ya te digo: Me meto mucho en los cuadros…

La pintora, por José Ramón Ladra
Isabel Villar. ‘Leones en el jardín’. DA2. Salamanca. Avda de la Aldehuela, 37. Comisario: Sergio Rubira. Hasta el 2 de mayo. Itinerancia: CEART-Fuenlabrada

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 29 de enero de 2022. Nº 1.505

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