Isidoro Valcárcel Medina («En función de 1, 2, 3…» Conde Duque)

«Quizás me guía un sentido estúpidamente optimista en todo lo que hago»

Si hay algo que le gusta a Valcárcel Medina, uno de los grandes popes del conceptual español, es tirarse a la piscina. Este miércoles lo hace en Conde Duque desde la danza. Todo preparado para su acción inédita ‘En función de 1, 2, 3…’

Valcárcel Medina en su domicilio (Foto: José Ramón Ladra)

Acabo esta charla con Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937), en su casa (él tiene ya un rango y un talento demostrado como para permitirse que sea en pantuflas) y me escribe en mi libro de visitas: «Aquí se habla de todo / Por ejemplo, de arte / También aquí sale a la luz / la paz del silencio… / en el sonido. / ¡Y no pasa gran cosa / Aquí por fin se hace la calma de la creación / que es de lo que se trata…». «Yo leo muy mal, pero ‘escribo’ muy bien», me confiesa, en el sentido de que la escritura ayuda a este veterano, uno de los grandes del conceptual español, a clarificar ideas. ¡Y claro que pasa! Bote pronto, que nos cuenta su proyecto inmediato, la semana que viene, en torno a la danza en Conde Duque, en Madrid. Y sus ideas sobre Afganistán, sobre el precio de la luz, sobre la pandemia, sobre el Mar Menor… También, como no podía ser de otra manera, su manera de afrontar el arte.

Cuando hablé con usted en 2015, resultado de la concesión del Premio Velázquez, me dijo que sentía que ya se había «institucionalizado» y que hacía falta, pues, «hacer otra cosa» para que no le encasillaran. ¿Esa otra cosa era la danza?

¡Pues puede ser! Mira, he hecho unas invitaciones para los amigos del evento que quizás te responda… [Me la entrega y leo]: «Nos enseñaron que las artes eran 7. Al autor le faltaba por experimentar la que en esa clasificación ocupaba el lugar 6. Y eso es lo que intenta ‘En función de 1, 2, 3’». [Tras ello, Valcárcel prosigue] Fíjate: si hay algo que me molesta es el sometimiento a la especialización. Como tú estás especializado en esto, ni se te ocurra tocar otra cosa. Por esa razón, hablando con los organizadores del festival de danza en el que se insertará la intervención, cuando uno me preguntó que si no me apetecería participar, fui consciente de que no conozco nada de la disciplina. ¡Si ni siquiera he ido en mi vida a una discoteca! Dos o tres veces habré ido a uno de estos espectáculos. Pero me lo ponían en bandeja. Y precisamente porque no lo he hecho y no tengo ni idea es por lo que tengo que meterme. Y ya estoy metido.

¿Cuándo se lo propusieron?

Pues hará tres o cuatro meses. Fue antes del verano, eso desde luego. Me puse a ello y ya hemos hecho hasta un ensayo general, como si fuera de verdad la cosa. Y a la gente que aprecio, te lo digo a ti ahora, les dejo claro que esto no es un espectáculo de danza en el sentido estricto. Sin embargo, a la par me doy cuenta de que todo lo que hace un bailarín en escena lo hacemos nosotros, solo que ellos lo hacen con una técnica, de una manera determinada, y nosotros de otra. La nuestra es infinitamente más inexperta, pero no se escapa de un canon asociado al movimiento y al desplazamiento. Ahora estoy muy ilusionado, pero hago la advertencia. Por eso hemos creado una especie de coro: la acción la realizo yo y cuatro bailarines profesionales.

¿Qué va a ser entonces ‘En función de 1, 2, 3…’?

La palabra función tiene muchísimas aplicaciones, y yo he tomado la que se refiere directamente a la escenificación teatral, pero también al concepto matemático por el cual ‘algo actúa en función de otra cosa’. Yo mezclo ambos significados y esta función teatral se moverá por una función numérica. Desde mi ignorancia, actúo conociendo las acepciones de función, en la que se encuentra también la de ‘sustituto’: alguien actúa en función, por ejemplo, del ministro, sin serlo. Esta es la enrevesada artimaña que me he fabricado para justificarme a mí mismo como bailarín.

Un momento del ensayo de «En función de 1, 2, 3…»

El hecho de trabajar con cuatro ‘performancers’, ¿hace de esto una nueva ‘participación colaborativa’, estrategia que siempre ha defendido?

Eso es. He de decir que esas cuatro personas conocen bien el territorio de la danza. Una quinta, yo mismo, que no lo conoce, acude a ellas para que le introduzcan en escena. Pero luego, al final de la obra, durante un ‘segundo acto’, uno se da cuenta de que ese ‘saber’ no cuenta nada ya. Ya actúa el que no tiene ni idea, el que no ha dado un paso rítmico en su vida, pero que sí sabe lo que es ir de aquí a allí. Respeto la danza, acudo a los que saben danzar. Les concedo el primer acto de la acción, pero me quedo con la otra mitad…

En música, a los que le preceden se les llamaría ‘los teloneros’.

Aquí los teloneros son los profesionales. Espero que nadie se enfade.

Será una única representación, algo casi lógico en un artista tan esquivo como usted. ¿Por qué no se repite?

Es algo que dejé clarísimo. En primer lugar, porque yo no tengo ya facultades para repetir esto todos los días varias semanas. Por otro lado, porque me parece significativo que sólo ocurra una vez. O se ve o no se ve.

Siempre ha comentado que «casa cosa tiene su momento». ¿Por qué este ha sido el momento de fijarse en la danza?

Por puro azar, la verdad. Es el resultado de un ofrecimiento, pero precisamente por el desconocimiento me interesa. La propuesta ha ido creciendo y ya no me puedo escapar.

Coincide este proyecto con la muestra que todavía le dedica el MUSAC a sus ‘arquitecturas prematuras’. Unas arquitecturas pensadas para el papel, no para construirse o ser leídas en clave utópica. ¿Cómo las percibe usted hoy?

Yo las veo como algo terminado, pues no estoy ya en ese tipo de manifestaciones. Pertenecen a una época en la que desarrollé una serie de proyectos, también por otra invitación, en ese caso, de la ciudad de León. Si volvemos a lo de la clasificación de las artes, aquello se englobaría en el número 4 de la lista. Vamos, que no tiene nada que ver con lo de Madrid.

‘Torre para suicidas’, proyecto de Valcárcel Medina, ahora en el MUSAC

Sin embargo, fue en ese número 4, el de la arquitectura, en el que usted empieza a caminar. ¿Por qué esos derroteros no le satisficieron?

En realidad, no me formé como arquitecto. Empecé a estudiar la disciplina pero me fui en el primer año. No me interesaba nada la academia, y creo que mi abandono fue una de las decisiones más luminosas de mi yo jovenzuelo. Pero sí que me gustaba la técnica, y, de hecho, durante años viví de la rehabilitación y decoración de edificios. Pero no puedo firmar nada como arquitecto.

¿Y cómo acaba en el arte?

Allí no es que acabe, sino que empiezo. Por cuestión familiar, tenía un abuelo, ilustrísimo pintor, del que me pasé la infancia y la juventud oyendo hablar. Por inercia me dediqué a ser pintor de jovencito. Cuando hablo con otros artistas, me sorprende las dificultades que tuvieron para hacerse entender al respecto en sus familias. Yo lo tuve en bandeja. Pero he de decir también que, cuando me profesionalicé, la mía daba crédito: lo mío no tenía nada que ver con lo del abuelo. Pero parecía que yo casi tenía que ser pintor, que era lo que requería el caso.

Esa etapa de pintor, no duró mucho.

Hasta los veintipocos años. No me llenaba la cosa. Siempre cuento que, al llegar a Madrid, tuve que vivir en una pensión. La habitación era pequeña y no aguantaba el olor de la pintura y el aguarrás. Lo dejé por eso. Pensé en hacerme dibujante. Y tampoco había trabajado nunca con el sonido, pero en 1970 hice una exposición no me lejos de donde vivo ahora, en la que me percaté que introducirlo estaba bien, y me metí en ese ámbito. Como ves, es ese no tener un excesivo prurito profesional el que me ha acompañado siempre. Cubro requisitos pero reconozco que tengo muchos fallos que muchísima gente no acepta de ninguna manera, pero que encajan con mi manera de pensar. Y por eso sigo.

Si algo define a la arquitectura es su utilidad, frente a la ‘inutilidad’ del arte. Quizás esta era otra de esas cosas a las que le buscaba las cosquillas.

Hablando de eso, posiblemente mis proyectos arquitectónicos, los del MUSAC, ‘serían muy útiles’, pero no son admisibles de ninguna manera, como mi Torre para suicidarse. Pero de una cuestión como el suicidio no se puede hablar. Se solapa, como si nadie se suicidara. Sin embargo, hace poco leía que la pandemia ha disparado sus cifras. Yo lo toco: no se acepta, y ni falta que hace, pero nadie puede decirme que a qué viene que lo haga. El requisito de la ‘hipotética utilidad’ es para mí importantísimo. Ocurre con la danza: yo me muevo, voy de aquí a allí, quizás no como un bailarín. Yo hice arquitectura. Nadie puede decir que mis edificios se fueran a caer, salvo uno, pensado a propósito que así sucediera: el Museo de la ruina, que nace con una intención, y es que estoy hasta las narices de estos espacios, así que quería hacer uno con todas las de la ley para que se cayera.

Hablando de tiempos, también en esa última charla que tuvimos me comentó que es de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue peor, pero la actualidad, hoy no nos lo pone fácil. ¿Es optimista con respecto al ser humano?

Estamos en un momento en el que se suceden acontecimientos que yo no consigo entender. Y no te hablo ya racionalmente. No entiendo cómo el ser humano se ha enredado en ciertas situaciones, que ha provocado él. Estoy muy cabreado con lo del Mar Menor, porque soy de allí. Pero recuerdo que un compañero de colegio, cuando acabamos el bachillerato, ya se metió en la construcción en La Manga, que era un paisaje maravilloso. Todo lo que ha venido después demuestra que entonces lo viéramos ya como un disparate. Pero así hemos estado 50 años, manteniéndolo.

Luego tenemos Afganistán, el coronavirus…

Lo de Afganistán es también increíble. Yo no me puedo explicar que hayamos llegado hasta donde lo hemos hecho. Llega Occidente para pasarse 20 años y dejarle luego las armas a los enemigos.

El artista en una imagen de archivo durante su juventud

¿Cómo ha vivido la pandemia?

Me ha afectado y me afecta. No en un sentido depresivo, pero sí desalentador. Por ejemplo: Yo iba mucho a la Filmoteca, que la tengo al lado. Esta, ahora, ya no edita programa. Lo coloca en un cartel en su fachada, por lo que tengo que ir hasta allí. Las entradas las tengo que sacar por internet, algo que no se me da bien… Todo ese tipo de cosas, que se van a amontonando consecuencia de la pandemia, me aplanan mucho. Pero, junto a eso, aunque resulte irónico, me he visto impulsado a hacer ciertos trabajos fruto de las circunstancias. He hecho uno sin salir del Barrio de las Letras, que es un desguace del mismo, que para nada se me habría ocurrido. Pero es que no podía salir de aquí. También hice una serie, ‘Paisajes de balcón’, durante los 49 días que estuve sin salir a la calle. Pero no compensó. Habría preferido salir…

¿Usted se imaginaba algo como lo que hemos vivido?

La sensación final es analizar en qué medida algo te transforma la vida. Pero creo que es mejor pensar qué se puede hacer para que algo así no llegue a transformarla del todo. Sabía que podía salir solo por el barrio, y hasta las ocho de la tarde. Pues veamos qué fruto puedo sacarle a esa posibilidad. Quizás me guía un sentido estúpidamente optimista en todo lo que hago. Me muevo, no me van a paralizar por completo. He de servirme de esas artimañas, que además son aplicables a todo. Sentí un placer inmenso cuando desarrollé el proyecto ‘Ley reguladora del ejercicio, disfrute y comercialización del arte’, mi ‘Ley del Arte’, que presenté al Congreso.

Era una estupidez que esa Cámara jamás aceptaría, pero lo que yo quería conseguir era su respuesta de no admisión, que además tenía que estar argumentada según los cauces disciplinares. Y así fue: se me contestó que los contenidos de mi proposición de ley eran objeto de ley orgánica y, por tanto, no competían a un ciudadano. Pero el hecho de que un organismo tuviera que responder a un tipo que propone cosas inadmisibles, que no ilegales, me llenaba de alegría. Y ellos, que son de gran rango, no mueven un dedo para legislar sobre lo que yo no puedo, pero sí para negarme la posibilidad a mí.

¿Qué proponía con su ley?

Regular el cometido del artista, del comerciante del arte, de su exhibidor, y las normas que rigen todas esas prácticas, sobre todo, las del creador. Por ejemplo, entre las cosas disparatadas, proponía valorar las obras de arte por su tamaño, la escultura por su peso en kilos, la música por minutos… Al margen de lo buenas o malas que sean. Me encanta que eso quede escrito de forma impecable, aunque sea inaceptable. Y que los que rigen estas cosas, con la mismo corrección, hayan tenido que contestar. «Está absolutamente permitido copiar una obra, excepto la de uno mismo». ¿Te das cuenta? Eso también se lo colaba.

Son las rendijas del sistema por las que le ha gustado siempre colarse.

¡Eso es! Porque, en el fondo, creo que el arte tiene un cometido, no diré revolucionario, pero al menos revulsivo. Imaginemos que las cartelas de las exposiciones fueran más grandes que las obras. Es una imbecilidad, pero también una posibilidad.

Portada de ‘El encanto de la crisis’, de Valcárcel Medina

El caso es que vivimos en la crisis permanente. También este 2021, la editorial Pombo ha publicado su ‘El encanto de la crisis’. ¿Qué le seduce a usted de la misma?

Los asideros que tiene y a los que nos podemos agarrar. Evidentemente, lo que es criminal es criminal, perjudicar a la gente su vida cotidiana es imperdonable. Fíjate el tinglado que tenemos ahora montado con lo del precio de la luz. Pero el encanto de la crisis es que esos momentos pueden estimular la creatividad de otros. Ese texto publicado ahora tenía un precedente en la crisis de 1993, cuando en Madrid di una conferencia sobre la misma cuestión. Y es que las crisis son recurrentes. Pero, puestos a asfixiarnos, veamos si somos capaces de agarrarnos de alguna manera.

Le gusta mucho escribir.

¿Escribir? Sí, mucho.

Considera la escritura como «salvación del mundo».

Es una exageración de las mías… Pero he de decir que leo muy mal, pero escribo muy bien; no que tenga buena letra, sino que me es fácil expresarme por esa vía. Y por eso me pregunto: ¿Y si escribiéramos todos? Dejemos aparte la calidad. Manifestemos en ese lenguaje, mucho más complejo que el de la expresión oral, esforcémonos en convertirnos en hombres y mujeres en la ola de la Historia. Este pequeño desvío no cambia mi vida, pero la dificulta, la hace más compleja y más rica.

Lo que sí que afirma ser es «recalcitrante con el compromiso, algo en lo que no me he movido ni un ápice». En ese sentido, es usted un conservador.

Sí, sí, sí. Pero soy más del compromiso en el arte que del arte del compromiso. Para mí, ese compromiso es lo que mueve. Yo te doy un empujón, y tú estás abocado a dar una respuesta. Estamos encantados con que Fulanito pinte bien, pero tenemos que pedirle también que se implique, que se comprometa. Por eso yo subrayo lo de la actitud del creador frente a la aptitud. Cuanto más de esta última, mejor, pero como creador tienes que transmitir una inquietud. Puede que el compromiso no sea lo fundamental, pero sí que es algo absolutamente imprescindible.

Valcárcel Medina en Conde Duque, por Elena Feduchi

Menos mal que no es muy amigo de la institución artística, porque, si no recuerdo mal, el Velázquez lleva aparejada exposición en el Museo Reina Sofía. ¿Llegará?

¡Es que ni se ha entregado el premio aún! ¡No les da tiempo! ¡Están a mil cosas! Pero ese es otro de los mitos que se cuentan sobre mí. «Valcárcel Medina no quiere meter obra en los museos». Sí que quiere, pero bajo unas condiciones. Esos rumores se mantienen como mantras. Cuando en 2009 entré en el Reina Sofía, me propusieron una retrospectiva. Dije que no porque tenía la sensación de estar haciendo cosas en ese momento por las que no era preciso recurrir al pasado. Así que propuse esa ‘retrospectiva’ como una exposición dentro de la exposición. Y que durara tres días. Eso no entraba en su lógica. Yo respeto al museo, pero a mi manera. El MACBA quería incluir algo mío en la colección, pero a mí esa idea de colección me parece algo mortecino. Estaba encantado en colaborar con ellos, y hacer algo para ellos, pero que no fuera coleccionable. Ya me ocupé de ello. Pero fíjate lo que son las cosas que hace un año largo me llama una conservadora del centro para preguntarme si quiero variar el valor de mi obra. «¿Pero al final tienen ustedes algo mío?», le dije. Eso para mí es una contradicción, pero también un disfrute.

Ese tipo de chispazos son los que le dan la vida.

¡No me dirás que no es divertido!

¿Sus máximos enemigos en le sector del arte son los conservadores de arte?

A ver, que ellos cumplen su función. Como los comisarios. El problema es cuando unos u otros, o los que sean, condicionan el proceso creativo. Es como si me llegan y me dicen que el color verde es el que más se deteriora en una obra. ¡Pues yo quiero pintar césped! El arte institucionalizado es un arte con reglamentaciones como cualquier otro. A mí no me amarga la vida su existencia, pero me fastidia si me condiciona. Creemos que la práctica es muy libre, y bueno…

¿Y dónde volverá a reaparecer pasado lo de la danza?

Creo que voy a hacer una exposición en Cuenca, en el Antonio López, de obras sonoras, con algunas piezas nuevas para la cita. Sus responsables lo son de Radio Fontana Mix, la emisora más comprometida y vanguardista de España con diferencia. Desconozco por completo las técnicas de grabación actual. Yo cojo una grabadora y la coloco al lado de otra y al lado de otra, y recojo los sonidos. Me horroriza acudir a un experto porque este inmediatamente empieza a decirme cómo se hacen las cosas. Y claro que yo quiero saber, pero hasta un cierto punto. Los errores de sonoridad a mí no me preocupan con el ahínco con el que le preocupan a un profesional del sonido.

Valcárcel Medina en su domicilio por José Ramón Ladra

Texto ampliado del publicado en ABC Cultural el 4 de septiembre de 2021. Nº 1.483

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